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Miyazawa Kenji: <i>El tren nocturno de la Vía Láctea</i> (Satori, 2012)

Miyazawa Kenji: El tren nocturno de la Vía Láctea (Satori, 2012)

    TÍTULO
El tren nocturno de la Vía Láctea

    AUTOR
Miyazawa Kenji

    EDITORIAL
Satori

    TRADUCCCION
Montse Watkins

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-940164-0-0. Gijón, 2012. 167 páginas. 17 €



Miyazawa Kenji (1896-1933)

Miyazawa Kenji (1896-1933)

Ana Matellanes García

Ana Matellanes García


Reseñas de libros/No ficción
El tren nocturno de la Vía Láctea de Miyazawa Kenji (Satori, 2012)
Por Ana Matellanes García, miércoles, 5 de septiembre de 2012
La editorial gijonesa Satori continúa en su empeño por acercar textos japoneses al lector de lengua española, en especial aquellos clásicos o autores de referencia obligada que, si bien tienen un enorme éxito en su país de origen, no han conseguido traspasar (inexplicablemente) las fronteras españolas hasta ahora. Para resolver una de las muchas injusticias que privan a nuestro país de obras y autores necesarios, llega ahora un texto que supone un verdadero placer por su sencillez, belleza y lirismo: El tren nocturno de la Vía Láctea (Ginga tetsudō no yoru, 1933), de Miyazawa Kenji (1896-1933).

El tren nocturno de la Vía Láctea recoge tres relatos que tienen como denominador común historias ligadas con el mundo infantil en las que las fronteras de la fantasía y la realidad quedan difusas. Combinando elementos fantásticos, espirituales y de la Naturaleza, Miyazawa Kenji nos traslada a un mundo onírico donde la vida se torna más brillante e intensa que en la propia realidad y donde la imaginación y la espontaneidad de los niños es su guía. Una suerte de El Principito de Saint-Exupery a la oriental (obra con la que inevitablemente se relaciona) que tiene muchos menos puntos en común con la célebre narración del francés de lo que se ha apuntado.

 

El primero de los relatos, “El tren nocturno de la Vía Láctea” (Ginga tetsudō no yoru, 1924-1933), se caracteriza por su potencia lírica y narra la historia de Giovanni, un niño que sueña “con marcharse lejos” y con que su padre ausente vuelva a casa. Una noche, cruza de manera inesperada la realidad para montar en un tren mágico junto a su amigo Campanella. En su viaje atravesarán paisajes singulares y oníricos, espacios de ensueño ligados con la mitología y el folklore japonés repletos de imaginación y misterios. Un viaje entre dos mundos, el real y el soñado, que tiene algo de iniciático.

 

En “El tren nocturno de la Vía Láctea” Miyazawa teje una narración en la que la infancia y la inocencia impregnan de una manera sutil el relato y en la que realidad y fantasía se mezclan hasta quedar sus límites difusos, como si de un sueño de tratase.

 

Destaca en este relato el personal tratamiento de las texturas sensoriales del discurso narrativo, que fortalecen la riqueza del cuento y son capaces de evocar en el lector las mismas sensaciones que viven los protagonistas. Así, Kenji no escatima la paleta de colores en sus descripciones de los paisajes que recorren Giovanni y Campanella a bordo del tren de la Vía Láctea, recordando en ocasiones al tratamiento de los colores llevado a cabo por Akutagawa Ryūnosuke en su relato “Las mandarinas”, incluido en la recopilación de textos del maestro japonés Vida de un idiota y otras confesiones, también editada por Satori.

 

El segundo de los relatos incluidos es otro cuento protagonizado por niños, un universo muy querido por Miyazawa. “Matasaburo, el genio del viento” (1924) centra su historia en una pequeña escuela rural en la que los alumnos viven sus primeros días de clase con la alegría del reencuentro con sus compañeros y la curiosidad que despierta un nuevo alumno, un extraño  niño vestido a la occidental al que la pandilla protagonista identifica de inmediato con Matasaburo, un genio del viento, por su aspecto físico y porque en su presencia siempre hay un misterioso golpe de viento involucrado. Como en el anterior relato, en éste el autor retrata un universo infantil en el que la realidad y la fantasía se entremezclan de manera coherente y hermosa. La narración es capaz de retrotraer al lector al mundo infantil de sus recuerdos donde los juegos, el descubrimiento y el compañerismo se vivían como emoción y alegría. Un bello cuento en el que un niño puede corporeizar la delicadeza y fuerza del viento.

 

Por último, la recopilación se cierra con el breve “Gauche, el violoncestista” (Seo hiki no Goshū, 1934), un pequeño cuento que tiene como protagonista a un músico que un día recibe la visita de varios animales que, con sus comentarios e intromisiones, cambian su manera de interpretar.

 

Los relatos de Miyazawa Kenji están tejidos con una urdimbre aparentemente ligera, donde esa sencillez propia de los cuentos infantiles envuelve discursos más complejos que apuntan hacia la espiritualidad (en las narraciones del autor nipón se mezclan conceptos o imágenes procedentes del budismo y el cristianismo), la reflexión sobre las fronteras de la realidad y la fantasía y el significado de la muerte. Según se apunta en la web The World of Miyazawa Kenji, la fantasía no es para el autor nipón una ilusión, “sino un espacio y un tiempo donde la mente ha viajado anteriormente”. Más allá de lo imaginado se encontraría así un elemento de verdad que el sueño nos permite recuperar o revivir.

 

Hay además en sus páginas una sutil relación de sus seres con la naturaleza, en una armonía de la que emana la felicidad de sus personajes. Kenji habla de campos, árboles, montañas, viento, nubes o estrellas y nos transmite una sensación de armonía y vitalidad al mismo tiempo.

 

El tren nocturno de la Vía Láctea, erróneamente comparado con el célebre Principito de Saint-Exupéry, en un delicioso conjunto de relatos que se lee con el placer del que recuerda momentos felices e infelices de la infancia. Una narración que esconde más que lo que muestra y que puede (y debe) leerse tanto por pequeños como por adultos. Un mundo mágico e irresistible que nos conecta con la naturaleza y con una espiritualidad sencilla que nos deja con ganas de más obras de Miyazawa Kenji.

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