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Alberto Chimal: <i>Siete</i> (Salto de Página, 2012)

Alberto Chimal: Siete (Salto de Página, 2012)

    TÍTULO
Siete

    AUTOR
Alberto Chimal

    EDITORIAL
Salto de Página

    OTROS DATOS
ISBN: 9788415065210. Madrid, 2012. 293 páginas. 19,50 €



Alberto Chimal nació en Toluca, México, en 1970. Profesor de literatura y escritura creativa, es también una autoridad en el tema de la literatura en internet y la escritura digital

Alberto Chimal nació en Toluca, México, en 1970. Profesor de literatura y escritura creativa, es también una autoridad en el tema de la literatura en internet y la escritura digital


Reseñas de libros/Ficción
Alberto Chimal: Siete (Salto de Página, 2012)
Por José Cruz Cabrerizo, miércoles, 5 de septiembre de 2012
A estas alturas, qué le voy yo a contar del siete y sus connotaciones mágico-religioso-filosóficas. Nunca he incursionado en las pantanosas aguas de las elucubraciones sobre arcanos numéricos, pero “Siete de sirenas”, “Veinte de robots”, y “El club de los seis”, son relatos cuyo título se auxilia de un número (por si no se ha dado cuenta). Y de lo que yo no me he dado cuenta todavía es de si el veinte (20) reviste algún valor místico-funcional para un robot pecholata, o cualquier otro autómata con el microprocesador / microcontrolador atiborrado de lógica fuzzy.

Pero bueno, en realidad de los títulos de estos relatos no me interesan los números si no como determinantes. A ver qué le digo: si juntamos el siete (7 número güeno, “¡ay numeriiito, numerito guapo!”, que hubiera podido cantar El Fari, si en en vez de en el torito bravo se hubiera fijado en el siete), si juntamos el 7, repito, con las sirenas, deduciremos que lo mejor que incuba dentro de sí el ser humano, es su yo ficcional, pues no hay nada más ficcional inocente, y poco práctico, que una sirena.

 

Si cogemos el seis, número diabólico donde los haya y lo mezclamos con “club”, no puede salir nada bueno. Un club significa exclusividad y gente, y con lo mala que es la gente, que no inventa nada bueno, pues ahí tenemos unas cuantas perversidades como las que se describen a propósito de las obras de seis los refinados sádicos de “El club de los seis”, que viven tan contentos con su arte (y sus grandes fortunas).

 

Y si el veinte lo pegamos con cianocrilato, (o Loctite por citar una marca comercial) a “robots”, pues nos sale “10110 de robots” (pasado a binario). Como una de las leyes de la robótica es que un robot nunca puede dañar a un humano, y teniendo en cuenta que los robots pintan los coches, manejan materias peligrosas, y desactivan bombas, pues  ya tenemos que el 20 podría ser el número de la sinergia (queda inaugurado este pantano, y el 20 como guarismo de la sinergia).


Siete
 (que no Veinte), es desde luego un libro sinérgico, es un sumatorio de esfuerzos orientados a la consecución de un/unos objetivo/s común/es. Me figuro que en este volumen los citados objetivos serán los de toda la vida: entretener, impactar al lector en la forma, e impactar al lector en el fondo para que reflexione.


Veintiséis relatos (26) dan para cubrir todo el espectro anterior. Y si el fondo de todo es el entretenimiento, base de pizza sobre la que esparcimos el resto de los ingredientes, la base está en cada uno de ellos, no los sostiene el aire. Entretenimiento convencional, tranquilo, hasta cierto punto no carente de poesía, de cierto aire de añoranza de una paz, de un orden intuido, es el que transpira “Se ha perdido una niña”. Pero para entretener hay que captar la atención del lector. Y ganar su complicidad. Por ejemplo a través de un guiño del tipo “seguro que a usted también le gustaría ser así de transgresor y escandalizador de los bienpensantes de su entorno”.  Kink” responde a lo anterior.


Sin que por ello produzcan sueño, algunos de estos relatos entretienen a partir de situarse a medio camino entre el perverso espacio de lo onírico vivido y lo onírico real. Ya sé que son dos expresiones imposibles, pero así de indescriptibles son algunas de las habilidades de las que se sirve Chimal para ir un paso más allá del actual estado del arte en lo formal-temático: en “Corredores”, Leonardo di Caprio es un hombre que se hundió con el Titanic pero que no ha muerto. Buena prueba de ello es que reaparece 100 años después en el sueño de un empresario japonés. El editor de este texto aquí y allá quita exactamente 70.000 palabras que según su criterio son explicaciones tediosas. O “La vida perdurable”, que recuerda a esos cuentos chinos en que los protagonistas viajan a reinos mágicos, y de paso se atisba una  ridiculización del sentido absoluto de “fama”, la  que algunos protagonistas se atribuyen, siendo la fama una situación tan relativa por dependiente del entorno: nadie conoce al más famoso de los constructores de iglús del mundo, lo que no quita que eso sí, sea el más famoso del mundo en un reducido círculo de habitantes en torno al Círculo Polar Ártico (¡Ejem! no es esa la temática del relato, si no un ejemplo que me ha servido).


Chimal es un tío listo, y por eso da una de cal y otra de arena. Sabe que lo experimental-modernísimo terminaría cansando, y por eso echa mano de lo tradicional-socorrido, ya sea a través de la fórmula del manuscrito encontrado en “La balanza”, o recurriendo a la artimaña temática de la difícil ubicación/determinación de lo real a través de la modalidad del amigo/a invisible (me refiero al amigo inventado, no a la últimamente implantada modalidad del regalo sorpresa e inútil). “Mogo” es el relato que abunda en ese tema de toda la vida con las formas de toda la vida, pero que a pesar de todo, por ese gusto nuestro de volver a escuchar las mismas historias atemporales, se lee con la comodidad del camino transitado. Y si no, pues se va a beber de las fuentes del cuento antropológico y no trata de ocultarlo. “Los justos”, con su clara moraleja ejemplarizante sobre la irreversibilidad del castigo y un sutil fondo de película de juicios,  es uno de ellos. Y viniendo Chimal de un país en el que según dicen “se teme más a la vida que a la muerte”, donde la noche de los difuntos se celebra por todo lo alto con “cuhetes” y balaceras de cuerno de chivo, tampoco podía faltar el  tributo a los muertitos a través de “La mujer que camina para atrás”.


Para no aburrir con el tema del entretenimiento, ya lo último que digo es que la madre de todos los anzuelos con que Chimal mantiene al lector enganchado en un libro tan largo es la variedad y lo divergente. “Álbum” puede parecer un ejercicio tallerístico, eso da igual, pero no cabe duda de que es correcto, aprovechable, y moderno en el formato. “Capo de capos” es ultramoderno, pero eso en su ironía y su fluir disparatado, en el narrador, en sus disgresiones. Y además crónica social en clave de soap opera de los Hermanos Marx, reflejo fiel del México desangrado por el narco.


Pues eso, que ese necesario batiburrillo formal de relatos (el contundente y perfecto “El señor de los perros” sigue el modelo de Rashomon, la película de Kurosawa, con personajes que hablan a un interrogador invisible), está trufado de alusiones, de guiños que son reproches al cristianismo como en “Navidades alrededor del mundo”, donde unos cocoteros con cocos parlantes profesan un cristianismo profundo que no puede ser reafirmado por la comunión (aunque los cocos son parlantes no tienen boca para tragar la ostia y el oficiante los rocía en su lugar con agua bendita expelida por una pistola de agua). Otros son ficciones que recrean monstruosidades paradigmáticas reales como en “Acerca del alma”, que además encierra una paradoja. Monstruosidades modernas y posibles gracias a las redes sociales y las nuevas tecnologías, “Manuel y Lorenzo”. A El señor de los perros” no lo incluiremos en el lote porque esas monstruosidades suyas provocan más escándalo que dolor.


Ya que la cosa iba de números, si me preguntan  por la cantidad, que qué relato sobra, yo diría que no por largo, en el libro sobre alguno. Ahora, si me preguntan cuál representa mejor el espíritu predominantemente gamberro del volumen, respondería que “Variación sobre un tema de Coleridge”, que empieza: “Recibí una llamada: era yo, desde un teléfono que perdí el año pasado. Me pregunté dónde se había quedado el aparato; me contesté que en tal y tal cafetería, que yo ni siquiera recordaba”.


Una vez más Siete confirma su fama de número afortunado, porque simboliza o reporta una buena lectura. Si usted no es de los de lectura, sino de bingo, pues qué se le va a hacer, eso que se pierde. “El siete… te la mete”.

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