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Ana María Navales: <i>El final de una pasión</i> (Bartleby, 2012)

Ana María Navales: El final de una pasión (Bartleby, 2012)

    AUTORES
Ana María Navales (Zaragoza, 1939 - Borja, 2009)

    BREVE CURRICULUM
Doctora en Filosofía y Letras y profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Zaragoza, dirigió la Sección de Creación Literaria del Instituto de Estudios Turolenses y las revistas Albaida y Turia. Considerada como una de las escritoras españolas más relevantes de la segunda mitad del siglo XX

    OBRA PUBLICADA
Libros de relatos Cuentos de Bloomsbury (1991), traducido a varios idiomas, Zacarías, rey (1992), Tres mujeres (1995) y Cuentos de las dos orillas (2001). Novelas El regreso de Julieta Always (1981), La tarde de las gaviotas (1981), El laberinto del Quetzal (1985) y La amante del mandarín (2002). Obra poética: Travesía en el viento (1978-2005) (2006). En 2008 vio la luz el volumen de artículos Los senderos que se bifurcan

    PREMIOS
Fue premio Antonio Camuñas 1984. Con el libro La lady y su abanico. Acercamiento a la literatura femenina del s. XX. (De Virginia Woolf a Mary McCarthy) obtuvo el Premio Sial de Ensayo 2000. En 2001 recibió el Premio de las Letras Aragonesas, máximo reconocimiento literario del gobierno aragonés




Creación/Creación
Ana María Navales: El final de una pasión
Por Ana María Navales, jueves, 07 de junio de 2012
"Con El final de una pasión Ana María Navales sella, aunque de forma abrupta –no se olvide que estamos ante una novela póstuma interrumpida por la muerte–, la «pasión» que cimentó su trayectoria creativa. Me refiero a la curiosidad –fruto quizá de un «virus» adquirido en la London Library– por el universo Bloomsbury: sus gentes, sus paisajes, su ideología y, más en concreto, por la figura de Virginia Woolf, en la que Navales encontró a la interlocutora –¿alter ego de ciertos rasgos de su carácter?– que la acompañó hasta sus últimos días. En su novela, y a través de la técnica narrativa del manuscrito encontrado –cuando no robado–, Navales entra de lleno en lo que constituyó su empeño último, según sabemos quienes tuvimos la suerte de tratarla: explorar la compleja relación entre Virginia y su hermana, pintora y miembro también de Bloosmbury, Vanessa Bell. Todo ello nutre unas páginas que, pese a las trágicas circunstancias en que se escribieron, inoculan un entusiasmo por la literatura, el arte y la vida que sólo una persona de su fuerza arrolladora podía suscitar" (por MARTA AGUDO)

The best letters of our time are precisely those that can never be published.
Virginia Woolf

Cada identidad está formada también por el destino de los otros.
Claudio Magris



No recuerdo la fecha exacta, pero fue al terminar la carrera, mientras preparaba el doctorado, cuando me contagié en la London Library de un virus, no bien conocido en nuestro país, al que llaman bloomsbury, igual que el barrio de Londres que se extiende a espaldas del Museo Británico. Desde entonces, cada año, y como cualquier buen musulmán que acude a la Meca, emprendo mi peregrinación sagrada, no para rezar y contemplar la Piedra Negra sino para investigar en el territorio Bloomsbury, que se ensancha por la zona de Sussex y la húmeda campiña inglesa, la génesis del virus que me envenenó la sangre, con la esperanza de curarme un día de esta enfermedad.

 

Hace unos minutos no era mi propósito escribir una historia morbosa, en la que lo cruel, lo prohibido o lo desagradable, apareciera ya desde las primeras páginas; pero es difícil contar lo que uno quiere sin que alguna palabra impida el paso de las otras o salte por encima de los obstáculos que encuentra en su camino. Aquí la palabra que estorba es enfermedad, esa extraña demencia que percibo, siempre predispuesta a la aventura, con la que he vivido momentos excitantes, algunos peligrosos, todos dignos de recordar porque quedan fuera del círculo de monotonía y aburrimiento en que, a veces, nos encierra la vida.

 

No me avergüenza pertenecer a una tribu fetichista, ser una lunática que consume su tiempo libre preparando al mínimo detalle los itinerarios de su próximo viaje a los santuarios Bloomsbury, a los lugares, casas, granjas, mansiones, en los que ese grupo de intelectuales y artistas, de los que el virus tomó su nombre, se recluyó escapando de la agitada vida londinense y de las guerras europeas.

 

Cada verano recorro media Inglaterra impulsada por un viento de empatía y ese aroma de hedonismo y libertad que todavía se respira entre los racimos de flores amarillentas de los lentiscos o el rojo de las eglantinas, que aún crecen entre los olmos y álamos cobrizos del campo, y los jardines donde los bloomsburries levantaron el cerco de su vida retirada, haciendo de la belleza su entorno cotidiano.

Ir por esos mundos sin coche, con la incertidumbre de la lluvia, y hablando un mal inglés, es algo que sólo un espíritu fuerte puede superar.

El viaje de este año tenía como primer destino Ham Spray, la casa en la que Lytton Strachey y Dora Carrington vivieron sus últimos años y que, en tantas ocasiones, habían visitado Leonardo y Virginia Woolf, Vanessa Bell, la pintora hermana de Virginia y tantos otros componentes del grupo Bloomsbury.

 

Sin haber visto la granja más que en una vieja fotografía, me había informado tan exhaustivamente sobre ella buscando en el índice de cientos de libros Bloomsbury el nombre, Ham Spray, y anotando cada nuevo detalle que encontraba, que estaba segura de poder reconocerla casi con los ojos cerrados. Ham Spray ya era algo mío. Y podía recorrer en mi imaginación cada una de las habitaciones de la casa, pasear entre los fresnos que sombreaban el césped, sentarme con un libro al pie del gran árbol en el jardín, una encina a la que se abrazaba el espinoso acebo, o contemplar la cresta de Downey Hill. Una colina que se alzaba como reina del paisaje, luciendo aquella mancha verde de vegetación que la gente del lugar llama cola de toro y que a mí me parecía un lagarto gigantesco dormido al sol.

 

Todo estaba ya listo. Había dibujado un mapa, situando la granja en el lugar exacto entre Newbury y Hungerford, a cuatro millas de esta pequeña ciudad y a una de Ham y del pueblo de Inkpen, lo que se dice a un tiro de piedra de esas hermosas lomas de Inkpen Beacon.

No se puede tener todo, el verano o el invierno. Así que lamenté no poder ver aquel paisaje cubierto de nieve que intoxicaba de belleza a Carrington, aunque me daba por satisfecha si, al llegar, la lluvia no había dejado la hierba como una esponja que soltase el agua a cada uno de mis pasos, porque estaba dispuesta a ir también a la cola de toro, el bosquecillo que tenía nombre de cascada.

 

La casa era de estilo Regencia, del periodo de Jane Austen, y se accedía a ella por una estrecha avenida de olmos. Una larga marquesina, en la parte sur, protegía del sol y la lluvia. Bajo ese alero, más de una vez, Lytton y Carrington se habían sentado en hamacas para gozar de la conversación a la hora del té, mientras contemplaban el paisaje, el extenso prado que se prolongaba hacia las colinas de Newbury.

 

Me sabía aquella casa de memoria. La disposición de los muebles, el color de las paredes de las habitaciones, en las que predominaba el verde arsénico de las pinturas de Carrington, los motivos que decoraban los paneles, a un lado y otro de las ventanas. Y los trompe l`oeil que cubrían algunos rincones de la biblioteca, con libros de pega etiquetados con falsos títulos, Deception de Jane Austen, The empty room de Virginia Woolf, entre la colección de libros auténticos de autores franceses e ingleses del siglo XVIII.

 

Y podía imaginar el estudio de Lytton con una gran mesa en el centro de la habitación, sobre la chimenea el cuadro de Voltaire pintado por Huber, los muros en tonos marrones, terracota o rojos oxidados, y el gato Tiber dormitando junto al fuego de leña. En el comedor, muy soleado, manteles de lino, jarrones a menudo con orquídeas; azulejos con girasoles pintados y la vajilla con figuras exóticas, pájaros africanos y loros tropicales.

 

Sobre la chimenea principal el mosaico de Boris Anrep, un hermafrodita para el que pudo servir como modelo el cuerpo desnudo de Carrington; patchworks y cretonas que cubrían los sillones, y cuadros por toda la casa: Henrietta Bingham con rostro de madonna, un grupo de hombres conversando, otros con los pies en el agua, que caía de un desnivel entre las rocas. Dibujos de Henry Lamb, de Duncan Grant y John Bauting. Todo aquello hacía de Ham Spray un lugar en paz para el trabajo, adonde la inspiración podía ser atraída con el canto de sirena de la belleza.

 

En el ático del ala este de la casa estaba el estudio de Carrington y las paredes de las escaleras estaban pintadas con una mezcla de azul pálido y oro. En la sala de juegos de la parte de atrás había una mesa de ping-pong y allí se guardaban los rehiletes, las raquetas de tenis y badmington y los bolos. La puerta de la bodega que daba al exterior, junto al lugar donde se arreglaban las plantas y se almacenaban las botellas vacías, era un grueso panel pintado por Carrington, donde un zorro contemplaba las uvas entre dos ratones borrachos. El uno sostenía la copa en alto, en actitud de brindar, y el otro bebía directamente de la botella. Los vinos eran franceses.

 

Aunque habían pasado más de setenta años desde que se tomó la fotografía de Ham Spray que había visto en un libro, con Alix Strachey sentada en el césped que se extendía delante de la casa, yo tenía la esperanza de que la granja se mantuviera en pie. En otras ocasiones, siempre había encontrado - había que reconocer que con dificultades y desorientaciones que me hacían pensar en la brújula y en algún antibiótico para el virus de aquella enfermedad incurable- los lugares, casi siempre apartados de los núcleos de población, donde habitaron los bloomsburries.

 

Y así, tuve el privilegio de ver Asheham, la primera casa de campo de Leonardo y Virginia Woolf, antes de que, lamentablemente, fuese demolida en 1994 por el East Sussex County Council. Y Charleston, donde vivieron Vanessa Bell y Duncan Grant, o Monk´s House, la última casa en Sussex, de los Woolf. O la de Roger Fry, en Durbins, cerca de la cual una anciana que se movía torpemente con un andador estuvo a punto de llamar a la policía. Sin duda le habían asustado mi inglés que sonaba a polaco y la mala pinta que la lluvia, el barro y el cansancio de muchas millas andadas campo a través, habían añadido a mi aspecto. El de una mochilera con camiseta raída, pantalones deshilachados y una gorra que había soportado todas las peregrinaciones Bloomsbury de los últimos diez años.

 

No fue fácil encontrar Ham Spray. En Inkpen, exhausta y sedienta, con la cara roja como un liviano por el fuerte sol con que la naturaleza me obsequió ese día, decidí olvidarme de la sagrada privacy inglesa y fui llamando, en busca de información, a una puerta tras otra de las casas que encontraba al pie de la carretera. Todavía oigo el eco de los ladridos de los perros que precedían a sus dueños enseñándome los colmillos,  y abalanzándose hacia las verjas o las vallas, con saltos tan poco amistosos que agrandaban su tamaño y ferocidad, hasta hacerme creer que estaba ante un Bull Terrier o un Rotweiller, de muy malas pulgas. Yo trataba, sin mucho éxito, de aparentar una calma flemática.

 

Al fin, una señora de media edad, que sujetó a su perro con una palabra clave, pooh, pooh..., me encaminó con aire de seguridad hacia mi destino.

 

No había andado un par de millas cuando empecé a ver grandes letreros anunciando Ham Spray, todas las explotaciones de la granja, un gran silo con su nombre, pero ningún edificio que se pareciera a la fotocopia que llevaba conmigo de aquella vieja fotografía en la que Alix Strachey delante de la casa, con un libro sobre las rodillas y la mano lánguida apoyada en el regazo, esbozaba una tenue sonrisa. Interrogué a todo ser humano que me cruzaba en la carretera, unos muchachos que parecían estudiantes en un campo de trabajo, un viejo en bicicleta, el cartero que recogía el correo y todos me conducían a la big house, la gran casa con aire palaciego, protegida por altos muros, que, probablemente, era el manor de los dueños de aquella explotación agrícola que llevaba el nombre de Ham Spray.

 

No sé si es cualidad o defecto, pero no suelo darme por vencida y, antes de abandonar, quizá tenga algo que ver el virus con esta actitud, empecé, de nuevo, a llamar a todas las puertas buscando información, y a soportar estoicamente ladridos, suspicacias y caras de pocos amigos. A buen seguro no hay ningún inglés en el campo sin un buen perro o dos que le libren en un santiamén de los intrusos.

Y encontré una señora mayor que recordaba Ham Spray como el hogar de Ralph Partridge, el marido de Carrington y amigo de Lytton Strachey, que, a la muerte de éste, y tras el inmediato suicidio de la pintora, se había casado con Frances Marshall, trasladándose a vivir a aquella casa en la que ya había pasado gran parte de su juventud con la extraña pareja. Más bien un trío de pasiones compartidas.

 

Algo agradable o pintoresco debió de venirle a la memoria porque toda su cara sonreía y hasta creí ver en ella un gesto de complicidad. Yo sabía que Lytton, muy alto, con larga barba y gafas de concha, ademanes desgalichados, amplio sombrero para protegerse del sol, y su bastón de patriarca, recogía tras de sí, cuando iba hasta el pueblo, a todos los chicos de la vecindad que le miraban entre miedosos y divertidos, y le llamaban Dios, quizá por su barba, quizá por su voz de ultratumba.  No era raro que esa aureola, de extrañeza y afecto a la vez, envolviese de alguna manera también a los Partridge.

 

La señora seguía sonriendo, mientras yo imaginaba a Lytton andando por aquella misma carretera, por el lugar donde se había rodado la película de su vida con Carrington, en Ham Spray.  Y alguna palabra me perdí de la explicación de aquella anciana simpática que se esforzaba en hablar despacio su inglés rural, para que yo comprendiese que en la casa que buscaba vivía ahora el administrador de aquella hacienda, que se extendía más allá de lo que abarcaba nuestra vista, y que el hombre había partido de vacaciones a Irlanda.  Algo así, más o menos.

 

Ham Spray House se hallaba justo donde mi buena samaritana me había indicado. Toda la fachada pintada de blanco. El saledizo había desaparecido y la entrada estaba enmarcada por un pequeño pórtico de forja cubierto de plantas trepadoras que ascendían también por los muros de un pabellón, adosado al primitivo edificio.  En el exterior: hamacas plegadas en una esquina del jardín, macetas, césped y arbustos amarillentos que pedían un riego urgente.  La puerta de la casa estaba abierta de par en par y por ninguna parte acudía ni un solo perro que hubiese olfateado a un extraño.  La tentación era irresistible.

 

No he dicho que mi marido, con una discreta tendencia a la aventura, un exagerado respeto por las vidas ajenas y una paciencia sólo comparable a la del santo Job, me acompaña a todas estas expediciones sin comprender muy bien cuál es mi propósito, pero disfrutando de la campiña inglesa y haciendo más fotografías que un grupo de excursionistas japoneses.

 

Así que él no traspasó el umbral, pero yo ni lo dudé un instante. Avanzaba dando voces desde el vestíbulo para llamar la atención de alguna persona que pudiera estar dentro, pero nadie me respondió, y con toda tranquilidad me dediqué  a recorrer las estancias del piso bajo. Un gran salón con sofás de alegres tapicerías, grandes mesas, una de comedor en la que estaban desplegados casi una decena de periódicos, la cocina todavía con los cacharros sucios de quien acababa de tomar el té..., nada me recordaba la imagen de Ham Spray que yo tenía grabada en mi interior, desde hacía mucho tiempo.

 

La enorme araña del hall, un gran espejo, grabados y fotografías, algunos muebles sobre los que había libros y cestas de mimbre, tenían un sabor más antiguo. Y también los cuadros del diecinueve o principios de siglo, retratos de pintores de poco renombre con poso de academia en sus pinceles. Aquellas damas y próceres, expuestos a la curiosidad en gruesos marcos dorados, contrastaban su toque de vieja elegancia con el desorden de muchas habitaciones del piso superior.

 

La escalera no estaba pintada de azul. Y un arco irregular daba acceso a un delicioso rincón de lectura, con grandes ventanales al jardín, quizá resto del paso por la casa de Ralph Partrigde y su esposa Frances. El pasamanos, bien barnizado terminaba en una redondeada superficie de madera, a modo de bandeja, sobre la que descansaban tres gruesos libros. Uno de ellos la biografía de Duncan Grant, que yo no había encontrado en las mejores librerías londinenses, y que contemplé con ojos ávidos.

 

Volví a la cocina del piso bajo. quise que mi marido hiciera alguna fotografía del interior, pero ni la fuerza de un viento huracanado le hubiera hecho entrar en la casa porque se habría agarrado con todas sus fuerzas al dosel de la puerta. Hice caso omiso de sus consejos y reconvenciones y seguí curioseando con la impresión de que estaba tocando un sueño que se había desvanecido, transformado en una realidad cotidiana. Me convencí de que los sueños los destruye el tiempo, pero aún me quedaba la leve esperanza de que el tesón por conseguir algo, casi siempre es recompensado.

 

Mi Ham Spray había desaparecido, pero seguí abriendo puertas por si alguna conducía al pasado. En un armario o despensa de la cocina, donde creí que podía haber algún resto de aquella vajilla que pintó Carrington, con gatos y flores, encontré trastos amontonados, periódicos y leña seca para encender las chimeneas en invierno, botas viejas con barro ya cuarteado, y noveluchas amarillentas de leer y tirar.

 

Dentro de aquel pequeño cuarto oscuro había una repisa a la que no llegaba con la mano, pero me subí a una silla, como el niño que quiere atrapar el tarro de miel que no está a su alcance, y hubo una mirada de desencanto a las cajas vacías y oxidadas, a los trapos viejos y a otras inmundicias. Detrás de una jarra desportillada apareció un fardo polvoriento envuelto en un trozo de seda descolorida en la que aún se podían reconocer aquellos ramajes y dibujos geométricos de los diseños de Vanessa Bell.

 

En seguida advertí que la tela envolvía un montón de cartas sin sobres, la mayoría escritas a mano, otras a máquina con letras que subían y bajaban, como si algunas teclas estuvieran hundidas por el uso. Y, pegada a aquel mazo de correspondencia, una nota que traduje como pude, mientras mi marido empezaba a enfadarse y me instaba a salir de aquella casa, con voz enérgica que no daba lugar a dudas.

 

La nota, firmada por Vanessa, decía: “Virginia, unas semanas antes de que volviera a sentir aquellos terribles desórdenes mentales que, en esa ocasión, la llevaron al suicidio, insistió en que debía quemar estas cartas. Nunca compartí su punto de vista. Si he conservado durante toda la vida las cartas de cualquier miembro de la familia y las de los amigos, con mayor razón estas en las que las dos hermanas tratamos de analizar nuestras vidas con total sinceridad, aunque, sin duda, era ya tarde para un balance de esta naturaleza.

 

Pienso que debes leerlas. Después, haz con ellas lo que creas más oportuno: condénalas al fuego o hazlas públicas para que la gente conozca no sólo mi auténtica personalidad sino la de Virginia. Lo que decidas estará bien porque no me interesa en absoluto, a estas alturas de la vida, igual que no me importó cuando era joven, lo que de mí pueda decirse. Sí creo que toda la luz que se derrame sobre Virginia, que tan tenebrosas épocas pasó, le será favorable, como mujer y como escritora”.

 

La nota iba sin epígrafe y pensé que Vanesa se dirigía, tal vez, a cualquiera de sus hijos que podían sobrevivirle. No hay que aclarar que, antes de dejar Ham Spray, escondí el paquete de cartas en el fondo de la mochila. Estuve muy a punto de llevarme también la biografía de Duncan Grant, que me tentaba desde el pasamanos de la escalera, pero la mirada de bulldog de mi marido y su apremio porque saliese de esa casa, que él creía ajena, impidió que ahora yo sepa toda la vida y milagros del pintor.

 

Lamento, una vez más, que mi inglés no sea lo suficientemente bueno para que, en mi traducción de las cartas de Vanessa Bell y Virginia Woolf, las dos hermanas, no se aprecien demasiado bien los matices que diferencian la escritura de ambas, menos íntima la de Vanessa, más lírica la de Virginia de lo que aquí podrá reconocerse, pero he hecho cuanto he podido. No me ha faltado voluntad ni la pasión necesaria para llevar a cabo mi trabajo.

 



Nota de la Redacción: agradecemos a Bartleby Editores en la persona de su director, Pepo Paz, la gentileza por permitir la publicación del extracto del libro de Ana María Navales, El final de una pasión (Bartleby, 2011), en Ojos de Papel.
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