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Rosana Acquaroni: <i>Discordia de los dóciles</i> (Olifante, 2011)

Rosana Acquaroni: Discordia de los dóciles (Olifante, 2011)

    TÍTULO
Discordia de los dóciles

    AUTOR
Rosana Acquaroni

    EDITORIAL
Olifante

    OTROS DATOS
Zaragoza, 2011. 72 páginas. 10 €




Reseñas de libros/Ficción
La claridad de lo leve: Discordia de los dóciles, de Rosana Acquaroni
Por Marta López Vilar, miércoles, 18 de abril de 2012
Hay poetas a los que se echa de menos. Poetas cuyo último verso de su último libro se queda clavado en nosotros como una herida abierta que no duele, pero que cada vez que la miramos sabemos que algo falta, que hay algo que es necesario que llegue ya. Eso mismo me ocurrió con la poesía de Rosana Acquaroni. Esta poeta madrileña llevaba alrededor de diez años sin publicar, con ese silencio prolongado del buen oficio que, sin embargo, llenaba a sus lectores de una delicada nostalgia del futuro.

Con una carrera cuidada y firme, Rosana Acquaroni publica con la zaragozana Editorial Olifante su último libro titulado Discordia de los dóciles. Ya el título es sorprendente. Su inesperado juego de contrarios nunca fue tan acertado. En este libro, Acquaroni da voz, palabra escrita como una huella que quedará para siempre, a todos aquellos –a todos nosotros-  que habitan el tiempo con la sensación de existir siempre al otro lado. Pero no caigamos en el error. La voz poética de Rosana Acquaroni no se desenvuelve en un grito exaltado de proclama. Es algo mucho más profundo. La poesía en este libro se encarga, con vertical transparencia y levedad, de presentarnos a aquellos que nunca fueron héroes –tampoco ninguno de nosotros lo fuimos alguna vez-. Poco hay de épica en estos versos y sí mucho de humanidad, de lírica humanidad. En todos y cada uno de los libros de Acquaroni puede verse cómo el gesto del día -el lugar de todos- está impregnado de poesía, de esa otra manera de estar en ese mismo mundo. Recuerdo dos de los primeros versos de leí de ella: “La ventanilla de un tren / puede llegar a contener el mundo en un instante”, de su libro Lámpara de arena (2000). Yo iba en un tren a París y la poesía se empeñaba en aparecer como una invocación. Esa misma ventanilla de ese tren a París contenía el mundo en un solo instante. Algo tan simple y lógico como es el viaje, la borradura fugaz del paisaje atardecido fueron convocados en dos versos, de repente, a golpe de página.

En Discordia de los dóciles retoma ese viaje poético que no clama, sino que atrae, presenta  en el papel a todo aquello que está mudo. Uno de los primeros poemas dibuja a la perfección en qué va a consistir esa invocación a los hombres del silencio:


Como un cuadro que ha sido

descolgado a destiempo

y deja una marca gris en la pared vacía,

mi cuerpo se desprende

                      más allá del olvido,

ocupa su lugar.

Como esa marca actúa el verbo poético de Rosana Acquaroni. Tiene el don de desposeer a la palabra de todo su disfraz engañoso. Sabe tejer los versos para hacer del poema un peplo hermoso. Quizás como Perséfone tejía el universo. Ese desprendimiento del cuerpo trasciende para convertir ese olvido en parcela de la memoria. “Mis poemas no quieren ser órganos de precisión, sino pedazos de olvido ganados al recuerdo; piezas que no se encastran sino fluyen, dejan correr el aire en los resquicios; nombran la transparencia”, escribe la poeta. Nombrar la transparencia de los débiles, la rebelión del amordazado. Eso emociona cuando sabe hacerse y ella lo sabe hacer, porque creo que no sabe hacer poesía de otra forma. En su poema “Anorexia” escribe:


Ella

sueña con despertarse en otro cuerpo,

un cuerpo ingrávido que ruede

                                o se deslice

en el silencio inservible

de las cosas.

 

No se deja tocar.


Hay mucha sensibilidad en estos versos, también mucha poesía, mucho dominio exacto de la palabra. Y esto se sabe por la facilidad con la que sus versos se hacen nuestros, se convierten en esa ventana de un tren a París, tan de repente. La poesía de Acquaroni consigue –sólo los buenos poetas lo hacen- despojarse de todo, volverse transparente para llegar al lector como una presencia anónima que no quiere ser dicha, tan sólo pretende quedarse y hacernos ver que todos y cada uno de nosotros formamos parte de ese lugar.  El sobrecogedor poema “La sombra del maltrato” vuelve a recordárnoslo. Lejos de una visión compasiva, la poeta nos lleva al reconocimiento feroz del dolor fino, hilvanado. Y todo eso nos deja sin palabras: “Como al amo que esconde / su señuelo / a veces le suplica. // Después / guarda cada pedazo / de corazón dormido / y amordaza su cuerpo.” Estas palabras tienen el poder transformante de ser el otro de manera diferida, el otro que parece que nunca somos ni seremos.  Al fin y al cabo, no es que nos convirtamos en otra cosa, más bien es al revés: la palabra emerge siendo nuestra desde mucho antes de ser dicha, casi como cuando expiramos el aire, el corazón ya siente que un nuevo aire va a llegar al interior de nuestro cuerpo. Somos lo que nos falta, aunque no lo sepamos. Pero este libro ayuda a recordarlo:

Bajo la piedra

                    se esconde un cauce oculto

un manantial de cal itinerante,

un corazón talado

                    que sangra todavía.

 

Esto reza el final del poema segundo de “Desaparecidos”. La poesía también revisa la historia, tiene una mirada que reconstruye. Somos lo que nos falta, pero también somos lo que fuimos una vez. Y en estos tiempos de memoria desahuciada y miseria emocional, libros como éste son necesarios y curativos. Poesía solidaria, curativa, es la que hace falta en días como estos:


Hay hombres que zozobran cada día

mientras otros descansan

en suntuosos camarotes.

 

Hay vigías cavando acantilados,

levantando alambradas infinitas,

socavando una herida interminable

entre dos mundos.


Esos dos mundos desdibujan al hombre. Esa grieta, ese intersticio se rellena con silencio. Y es cuando la poesía se vuelve necesaria. No denuncia, presenta limpiamente la tragedia y eso hace que cada verso sea un golpe más de conciencia para volver al mundo.

No hay en este libro ningún aliento utópico ni un ansia de purificación, sino que cada poema se presenta como un mirar hacia un lugar necesario, deshabitado y repleto de silencio:


Han venido hasta aquí para quedarse

descargar la ceniza

que interminablemente

se deposita en la esperanza.

 

Traen palabras de esparto, una muda sencilla,

y un dolor habitado y habitable.


Sin embargo, sí que hay mucha belleza y mucha educación sentimental, una profunda dimensión ética, como muy bien apunta la poeta Amalia Iglesias Serna. Es un libro que ennoblece a quien lo lee y puede hacer bueno a quien se deje tocar por cada una de las palabras de este poemario. No se es la misma persona cuando se lee el último poema. Yo no lo fui:

El rescoldo se rinde a la ceniza

el paisaje no alumbra

 

entenebrece

 

Sólo la noche existe.

Arde una tenue sombra

 

-es la esperanza-

 

abierta surco a surco

en medio del vacío.

 

Libro emocionante, cadencioso, que nos hace agradecer el placer de los reencuentros en la poesía.

Marta López Vilar, Madrid, 30 de marzo de 2012



 

 
BREVE SELECCIÓN DE POEMAS
(efectuada por Marta López Vilar)

 

MARCAS DE LA LOCURA

 

Contemplo a una mujer

sin rostro

ante el espejo.

Parece que regresa de algún mundo.

Lleva el alma vendada

                              y la boca cosida

con un ancla de labios y tristeza.

Cruza las avenidas,

huye

tras la añoranza de sus pasos.

No hay camisa de fuerza

y sin embargo, arrastra

su cama de cartón descolorido,

el tetrabrik que calma la miseria.

- Está el mar inclinándose ante mí; no os oigo respirar.

  Alguien viene a buscarme.

Las voces no responden.

- No torturéis mi alma, pertenece a la nieve.

Tras los muros le aguardan

su lecho inmaculado,

el vasito de plástico con la dosis pautada

y la tiniebla blanca

de un paraíso ausente y sosegado.

 

***




 

III

 

Es la conciencia insomne

la que arde

como una oscuridad desencajada,

como una claridad

que ha descendido a los infiernos

para que yo desande

esta alambrada vuestra,

                     busque mis propios pasos,

descosa los pespuntes de la ira,

                     me encamine a las trampas.

Cómo he podido

            durante tanto tiempo

permanecer aquí,                        tan dividida.

 

Doy el siguiente paso

emprendo aquel camino

                     que va de la aridez

a la nostalgia.

 

***

 

VI

 

La oscuridad nos muestra

lo que la luz esconde.

 

Hay tramos de silencio y de quebranto,

hay pedazos de hombre,

astillas que germinan en cauces tortuosos.

Hay arrestos impunes

            y pan domiciliario

hay aviones nocturnos

que parten cada día,

sobrevolando crímenes y estados.

 

Traficantes de almas

                     y fondos monetarios,

instrucciones precisas

para el sometimiento de los dóciles.

 

***

 

IX

 

Cada fósforo enciende

la caverna del mundo

la ceniza que duerme

                     sobre la claridad de la tormenta.

 

Reverbera en tu rostro la penumbra.

 

Es

la cara ciega del vivir

-sus fríos aposentos-,

un fugaz espejismo

del frondoso destierro que es la vida.

 

***

 

LA CLARIDAD DE ATURDE

 

La claridad te aturde

no quieres despertar.

 

Una lluvia menuda comienza a descalzarse,

a trepanar la tierra poco a poco.

Se desata el fragor de la discordia.

Todo se desorienta

                     se desborda.

Los dóciles comienzan a estar vivos.

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