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Pedro L. Angosto: <i>Los vientos lóbregos</i> (Zahorí Ediciones, 2012)

Pedro L. Angosto: Los vientos lóbregos (Zahorí Ediciones, 2012)

    TÍTULO
Los vientos lóbregos

    AUTOR
Pedro L. Angosto

    EDITORIAL
Zahorí Ediciones

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-938361-7-7. Gijón, 2012. 265 páginas. 20 €




Reseñas de libros/Ficción
Pedro L. Angosto: Los vientos lóbregos (Zahorí Ediciones, 2012)
Por Montxo Armendariz, jueves, 1 de marzo de 2012
Hay en Los vientos lóbregos un gran y primer acierto, que llena de sentido el relato: su estructura circular. Una representación perfecta de nuestras vidas y nuestra sociedad, ya que siempre volvemos al punto de partida, con la experiencia acumulada durante esos años, por supuesto: como si la vida fuera una sucesión de repeticiones, una espiral que va avanzando en el tiempo a través de diversos círculos. De igual forma, Santiago –el protagonista– empieza y cierra la novela en el mismo punto: un futuro incierto, que desconoce, y al cual se enfrenta después de todas las experiencias vividas a lo largo de varios años.
Todo el comienzo de la novela es sobrecogedor, agobiante, como la atmósfera que refleja, como las vivencias de Santiago en el campo de concentración donde permanece detenido, como la tremenda tortura a la que someten a su compañero y amigo Cerezo. Después de este arranque estremecedor, empezamos a conocer la vida de Santiago, de su familia. Y uno se siente hipnotizado con esas historias que Santiago oye contar a sus mayores, como la del abuelo Genaro y los asnos abiertos en canal que le servían para refugiarse en su interior del frío: imágenes y relatos de gran fuerza visual y dramática.

Esta parte de la historia, la infancia de Santiago, está repleta de anécdotas y sucesos que marcarán el resto de su vida: su aprendizaje escuchando a través de la ventana de la escuela, la llegada de la República... y sobre todo, su historia de amor con Laura: una relación llena de sensualidad y silencios, que culmina en un viaje iniciático e inolvidable a la cueva de El Maltés.

Estalla la guerra civil y se llevan a Santiago, como a tantos otros, sin saber muy bien ni qué defiende ni por qué. Esta parte del relato describe de forma magistral el sinsentido de todo enfrentamiento bélico, la sinrazón de la violencia. Son muchas las anécdotas que podrían citarse: su huida del frente, su estancia en casa de la familia valenciana cuidando patatas, sus disparos al cielo para no matar a nadie... siempre desplazado, siempre fuera de lugar, sin encontrar su sitio...

La conversación de Santiago con Uría es modélica de lo que estos dos personajes representan, de sus culpabilidades, sus frustraciones, sus angustias

Entre las personas que conoce Santiago está Máximo Uría, fiel reflejo de sí mismo: los dos se ven obligados a ejercer una profesión que no desean. En el caso de Uría la militar, por amor a Catuxa, por tratar de liberarla. Un amor imposible que marcará su destino y que le hará ser fiel a sus principios y aliarse con la República. La conversación de Santiago con Uría es modélica de lo que estos dos personajes representan, de sus culpabilidades, sus frustraciones, sus angustias: “¿Cómo demonios haces para estar inmerso en una catástrofe y vivir al margen de ella, de qué madera estás hecho?”, le pregunta en un momento Uría a Santiago. Otro ejemplo de este destino absurdo marcado por la guerra es el exilio de Pere y Aurora a un país, Argelia, alejados de su cultura, de sus huertas y de su tierra: “Misteriosa fuerza atávica del destino macabro”.

Pero la vida sigue, gira, y vuelve a aparecer Cerezo, amigo de Santiago, que se reencuentra con él y Uría. El final de la guerra civil está cerca, y el hundimiento moral que acompaña a los perdedores lleva a los tres amigos a enfrentamientos personales, casi a la ruptura de su vieja amistad. Hay un momento que refleja a la perfección esta frustración y enfrentamiento: Santiago juega con una granada en la mano y amenaza con hacerla estallar, mientras increpa a sus compañeros el que sigan “representando esta lamentable tragicomedia sobre el honor y las obligaciones de unos y otros cuando todo está acabado”.

Santiago será encarcelado, sufrirá palizas y tendrá que poner a prueba su honradez para no denunciar a sus compañeros a cambio de salvar su vida. Siempre en el lugar equivocado, siempre haciendo lo que no desea. Y al final, frente a un río, el mismo donde comenzó su relato –aunque sea otro río, otro campo distinto al de su infancia– Santiago se tendrá que enfrentar de nuevo a lo mismo de siempre: a la necesidad de construir un futuro propio, el suyo, desde toda la experiencia vivida.
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