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Clara Janés: <i>Peregrinaje</i> (Salto de Página, 2011)

Clara Janés: Peregrinaje (Salto de Página, 2011)

    TÍTULO
Peregrinaje

    AUTORA
Clara Janés

    EDITORIAL
Salto de Página

    OTROS DATOS
Madrid, 2011. 90 páginas. 12 €



Clara Janés

Clara Janés


Reseñas de libros/Ficción
Peregrinaje de Clara Janés: un viaje al silencio
Por Marta López Vilar, martes, 3 de enero de 2012
La editorial Salto de Página abre su colección de poesía con un nuevo libro de la escritora catalana Clara Janés. Peregrinaje, como bien indica el título, marca un itinerario por las sendas del silencio o, mejor dicho, por las sendas que conducen al silencio. En una línea de indagación que acompaña a gran parte de la obra de Janés, la autora ofrece un recorrido que se sumerge en varias preguntas: ¿qué es la belleza?, ¿qué es la muerte? ¿qué es el amor? Toda pregunta es, en sí, un camino. En el viaje, a veces tan largo, de la búsqueda de respuestas habita el silencio. Es ahí donde se halla la poesía en este libro. Es un susurro tenue, apenas perceptible. Un eco de algo que ocurre en otra parte. “Todo rumor es un dios”, escribía Hesíodo en Los trabajos y los días. Parece que en algún lugar alguien dijo la belleza y sólo puede llegar a oírse por la voz poética como una presencia deformada de lo que fue. La belleza parte de ser un rumor a convertirse en un presagio.
En su nota al libro, Clara Janés nos da una serie de pautas para descifrar las múltiples referencias espirituales, cinematográficas o artísticas que subyacen en el texto. Es interesante su lectura, pero lo bueno de este libro es que no es necesaria para percibir qué ocurre en el libro. Antes he hecho referencia a esas tres preguntas acerca de ciertas presencias que nos acompañan en nuestro día a día desde que nacemos: la belleza, la muerte, el amor. Mucho se ha hablado sobre ello, mucho se ha teorizado. No seré yo quien añada mucho más a todo lo dicho. Pero sí que queda claro que Janés aúna con gran maestría esos tres pilares que actúan como una mónada. La cita de Cioran que abre el libro ya nos prepara para un peregrinaje en busca de la belleza. Como belleza que es, está condenada a su propia inexistencia, a su propia fugacidad. Es, quizá, la tristeza de lo bello, esa melancolía extraña que siempre cubre los ojos ante aquello que es, en sí, su propia extinción. La belleza es la propia muerte, aunque, como Vladimir Holan en su libro Toskana, al final esa belleza, que es amada, es la muerte.

La voz poética inicia el peregrinaje invocando esa belleza huida. Lejana a las invocaciones sanjuanianas del Cántico Espiritual, durante el rito no hay palabras. La invocación es musical, órfica, consciente de su naturaleza vacía e irrevelada:

Enciendo una vela por la belleza.
En la penumbra,
la música
abre la vía del agua bautismal
y los dolores se templan;
la llama no morirá
hasta que se ponga el día.
No sabemos más destino que la mirada.

La música, palabra órfica, se convierte de esta forma en sortilegio que abre los canales del agua que purifica y allana los caminos para que regrese la belleza. Es su manera de cortejarla, de asemejar el espacio a aquello que busca. A lo largo de este libro, el presagio de la belleza aparece en forma de escritura subterránea de la que sólo puede oírse la corriente de agua. Se inicia una búsqueda circular que nunca cesa. La voz se busca en medio de parajes que se van difuminando. A cada paso, es un abismo más hacia aquello que necesita. Me resultó inevitable recordar el cuento “A viagem” de la escritora portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen. En él, bajo la metáfora del viaje –tan cercana a la del peregrinaje- los protagonistas se van acercando hacia su propio final viendo cómo todo cambia de lugar, desaparece a cada instante. Se pierde el espacio, pero también se pierde el tiempo. Es la aniquilación del ser que no puede esperar la llegada de lo bello si no es desposeído de todo. Escribe Clara Janés en su séptimo poema:

El amor se ha llevado la cosecha
como un pájaro,
pero nos queda la tierra
y la plata de la luna.
¿Cuáles son nuestras certezas?
El día y la noche
se dan la mano
en nuestras manos
que, juntas,
borran el tiempo.
Luego
nos espera un lecho
de colinas
y el despertar en la niebla
a las formas indecisas.

Esa indeterminación es el cuerpo en sí de la belleza. Lo bello es intersticio, una grieta, habitarla es en sí conocer lo bello. Pero ese mismo intervalo vacío es lo que hace de ella algo impronunciable. Por eso la voz poética, que por su condición de voz no sabe sino nombrar, decide eludir lo sagrado de la belleza. O elude o se quiebra. Ni tan siquiera alude a ella. La alusión ya indica cierta cercanía y eso resulta insoportable. Elude para recortar aquello que evoca. Como en el cuadro de Magritte La Reponse Imprévue, donde sólo nos queda intuir qué traspasó la puerta. Magritte no nombra esa figura, la recorta y deja su huella en la puerta. Así hace Janés en este libro. No sabemos el rostro de lo bello. Por ser sagrado es imposible que lo veamos jamás. Su manera de nombrar ese amor es sólo a través del viaje. Parece que el amor, por ser amor, siempre está en otra parte y nos incita al movimiento el propio deseo que nunca se satisface. Se busca su centro, cuando, en realidad, su naturaleza responde a lo ex- céntrico hölderliniano:

No,
¿qué sería el puro amor?:
una trampa de entrega al vacío,
una red tendida a la inexistente nada
para recoger la sombra
de un corazón
un instante…

Todo es inaprensible, reflejo de algo que no se alcanza. La sombra de ese corazón no es el corazón. Todo es “lo otro” que busca ser “yo”, “tú”, (nos)otros. El amor circular siempre va delante y detrás de la propia voz poética que busca nombrarlo:

El amor corre tras de mí
y no me deja tregua.
Con largos aullidos me persigue
como un jauría,
me arroja al suelo,
me arranca el corazón,
me devuelve a la vida
y me lanza de nuevo a la carrera
por el bosque.

El amor destruye e incita a una muerte transfiguradora, como la muerte de Isolda en la ópera de Wagner, que tanto me emociona y sobrecoge. No se muere de amor, sino que, tras la muerte, ese amor asciende para alcanzar la verdad que también destruye. La verdad, como esa belleza, aniquila todo lo creado para unificarlo. Todo se convierte, de esta manera, en sí misma. “¿Pero existe una verdad / tan certera / que aniquile a las demás?”. Como ocurre durante el acto de escritura en el que se empieza a engendrar una metáfora. Lentamente, esa misma metáfora va engullendo palabras para reducirlo todo a una única metáfora que lo diga todo, pero a la vez lo cifre todo. Aniquilar es tornar en nada: el mayor desvelamiento y la mayor ocultación posibles. El vacío de lo sagrado es una manera de nombrarlo:

En la cima de un candelabro piramidal,
frente a la cruz vacía de Cristo,
que es todavía acogida
-pues la madera
es cuna para la muerte-,
frente al vacío de Dios,
deposito la llama y digo:
arde en amor,
aunque sea el amor del vacío
donde el existir se mece […]

El acto de nombrar y de presenciar lo sagrado es un juego de suplantaciones. La cruz vacía arde para hacerse amor. Una existencia que siempre se intenta tocar a través de todos los sentidos. Pero antes de ese tacto hecho palabra es donde ha acontecido el Apocalipsis, que es lo que su propio nombre indica: una revelación (del griego: αποκάλυπσης). Revelación de una visión profética, como ese rumor al que nos referíamos al inicio de estas palabras. Esa profecía indica una destrucción inminente. Los restos serán sustituidos, suplantados, por otra cosa, por una nueva condición reconstruida y diferente, pero que recuerda a la presencia originaria. El objetivo de este viaje de búsqueda es el de la muerte y renovación a través del matrimonio espiritual del alma, la unio passionalis del adentro.
En definitiva, será un rito silencioso. Lo que llega de él a la escritura es el misterio, que es la condición de ese mismo silencio:

Arde como un corazón el icono entero
devorando cuanto no es
ese perpetuo y suspenso llamear
de una belleza que nos sostiene todavía
desde lo inaccesible del misterio.

Escribir con sombras y reflejos y aceptarlo, intuir lo que hay de bello en ello. Así está escrito este libro.


BREVE ANTOLOGÍA DE POEMAS (seleccionados por Marta López Vilar)

19

Dime que
esos divinos clavos
que en las manos llevo
se convertirán en rosas
cuando ya no quede sangre,
ni carne,
ni hueso.

Dime que
en la nada,
en la tierra de nada,
disimulará el vacío
su perfume,
si leve
como rocío.


23

dolor

Ese árbol
abandonado por los pájaros
cuya fragilidad quebradiza
habla de nuestra propia fragilidad…
Huéspedes somos
del humano soporte
que ahuyenta el vuelo.

Tocan las campanas
como manchas de noche.

Los ecos peregrinos
se acercan lentamente
al umbral.


27

albada

Los cipreses definen las olas
de un vagaroso mar.
Se eleva la belleza del sueño
y cumple nuestro sueño
pues cifra es del amor.
Aunque ya nada espere,
se embriaga de hermosura
el que ama.
Amara duerme.
El canto de la tórtola
ciñe su garganta.


37

Esuvia llora
y sus cabellos
se transforman en fuente
que mana el límite del hombre:
ya nunca,
nunca el amor
en el transcurrir.
Y el planto del agua
se extiende por la llanura.

Queda la fe —digo—,
una fe sin esperanza.
Amara, que impera sobre el león,
coloca
la corona de espinas
en la balanza:
fe y esperanza se unen.

No, no tenemos esperanza
y la espera
es reducir al vacío
el sentido de las palabras.


46

Virgen de la gruta
que con absorta calma
recoges las conchas
—peregrinos somos—
e indicas el camino del mar.
Un óvalo de luz
es la hendedura en la roca
que trasluce el verde.
En el negro cóncavo,
las manos infantiles
trazan esferas y pirámides,
suman y restan,
y el ángel
—luna en eclipse—
hace saltar el rojo
y se abre la piedra
de nuestro pecho
una vez más.
Y se abre tu manto
como un cielo estrellado,
azul como las aguas sin fin
de la oscuridad.


53

Arden los bosques de abedules,
los cestos llenos de fruto de espino,
arde la mirada
que no mira la lanza
mientras el dragón agoniza.
Roja es la vestidura de inmóviles pliegues
y blanco el caballo
y esbelto el gesto del espíritu
que guía el brazo victorioso.
Arde como un corazón el icono entero
devorando cuanto no es
ese perpetuo y suspenso llamear
de una belleza que nos sostiene todavía
desde lo inaccesible del misterio. 
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