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Chantal Maillard: <i>Bélgica</i> (Pre-Textos, 2011)

Chantal Maillard: Bélgica (Pre-Textos, 2011)

    TÍTULO
Bélgica

    AUTORA
Chantal Maillard

    EDITORIAL
Pre-Textos

    OTROS DATOS
ISBN: 978-84-15297-11-6. Valencia, 2011. 344 páginas. 25 €



Chantal Maillard

Chantal Maillard


Reseñas de libros/Ficción
Bélgica, de Chantal Maillard: los husos de la memoria
Por Marta López Vilar, jueves, 01 de diciembre de 2011
Cuando se escribe, es inevitable pensar qué ocurrió, qué acontecimiento nos ha llevado hasta allí. Por qué ese lugar nos resulta de una extraña familiaridad, aunque nada de lo que allí aparece sea reconocible. Cuando escribimos, también cuando leemos, ocurre un antes o, quizás mejor, un eco. Es cuando comenzamos a regresar al grito que lo produjo. Eso ocurre tras mi lectura de Bélgica (Pre-Textos, 2011) de Chantal Maillard.
Comenzaré por decir que mis lecturas de Maillard siempre me han producido la sensación de encuentro, de yo ser parte de aquello que se escribe. Pocos poetas logran ser escritura del otro con tanta lucidez como ella. Bélgica es un cuaderno “autobiográfico” (1) -nota al margen de su libro Husos (Pre-Textos, 2006)- pero en él se desarrolla la autobiografía de un viaje interior. Hay muchos tipos de viajes, pero quizás los que nunca se abandonan son aquellos que regresan a nuestro a origen, a nuestro tiempo puro. Escribe Maillard:

Lo que aconteció fue un destello, uno de esos destellos que a Proust le hubiesen gustado sólo que, a diferencia de los suyos, por mucho que me empeñase con estrategias de distanciamientos y aproximaciones comedidos, éste no lograba ensancharse. La visión me transportaba no sé muy bien adónde, sin duda a un lugar muy remoto de la infancia, pero la imagen no terminaba de abrirse y ningún horizonte acudía a ubicar el fragmento en un lugar concreto del pasado (2).

Este fragmento es esclarecedor. La autora habla de un “destello”, una fulguración que convierte el tiempo en un lugar. Es ahí cuando comienza el regreso de la escritura. No es un lugar físico tan sólo, de ahí la dificultad para ubicarlo, para conocer el dónde. Es difícil porque en el momento que se produce esa fulguración todo se vuelve diáfano, con lo que su etimología dice: “lo que aparece” (φαίνειν), también “lo transparente” (διαφαίνειν). Lo que aparece es transparente. Como muy bien expone Lola Nieto, estudiosa de la obra de Maillard: “Y es que Chantal Maillard, en este cuaderno, procura dar cuenta, como Santôka, de una experiencia de retorno al furusato” (3). Esa última palabra es exacta: el furusato para la cultura japonesa es el regreso al lugar puro de la infancia, pero no sólo como lugar habitado, sino como lugar de la mente. Es el lugar exacto que se asemeja al επιστροφή (epistrofí) griego: la vuelta, el regreso a lo originario. No se abandona nada de lo que haya acontecido. Así articula Maillard toda su obra. Eso es Bélgica, un lugar de la mente que re-habita para saberse tras un regreso, para saber qué ocurrió en el . Y es que la obra de Maillard está en constante construcción, su obra conoce el sentido de los ríos. Me fue inevitable recordar otro de sus libros que nacieron a Bélgica y que ya hemos mencionado: Husos. En este libro escribió:

Una a una. Segrega. Se segregan. Vienen de la memoria, unas, otras se construyen al momento (phantasía, decían los griegos: representación; phantasmas: imágenes). Se construyen, las nuevas, con fragmentos de las anteriores y un cierto consentimiento. Se hacen proyecto (4).
 
Cada acto de escritura es una multiplicación de algo que existió, es una escritura especular, pero no repetida, sino prolongada. Nunca encontré una repetición en la obra de Maillard, sino una manera más de presentarse un algo más. Escribe en Bélgica:

Todo remite a otra cosa. Estoy hecha de recuerdos. Soy ya más memoria que presente. Debe ser eso, la vejez: todo es reconocido; nada se ofrece puro. Cualquier impresión apela a otra, anterior, que se activa con tal fuerza que la actual se convierte en simple soporte del recuerdo (5).

La escritura de Maillard en Bélgica, en Husos o en Hilos es la de la observación, la del verse a lo lejos para presenciarse –con el sentido de hacerse presencia, parousía de aquello que reclama lo que pierde el . Continúa Maillard:

Escribir para no perderse. Como punto de apoyo. Relatar para controlar. Para no perder. Para no perderse. No tanto. No más. Repetir en lo escrito los gestos, decirlos, decirse. Para preservar la constancia del mí entre todo aquello que se escapa:
recorta hojas del papel del tamaño de su mano, las superpone, las dobla y las anuda con una cuerda fina. Es su primer diario. Lo lleva colgado del cinturón como una llave maestra. Sabe que nadie podrá relatarle su vida más adelante.
Los compañeros de infancia, apenas conocidos se pierden de vista; cada año, en cada internado, son otros distintos. Nadie hay en permanencia que acompañe y pueda ser testigo. De modo que se entrena leyendo en voz alta lo escrito para dar así constancia de los hechos, que en su dobles adquieren la cualidad de lo evidente (6).


En Bélgica reconstruye una existencia escindida, la comprende, porque se presencia, añade desde un ahora los fragmentos que les faltaban a las grietas que provoca la nostalgia –ese particular dolor por el regreso que busca com-pasión -. El camino que sigue para esa nostalgia está hecho de la baba del caracol –ese animal que se desarrolla con su capa protectora a la par que él -. Claramente lo expone en su interesante texto En la traza. Pequeña zoología poemática:

O bien, la baba del caracol: la traza brillante, sendas luminosas dejadas por un ser pequeño, insignificante. Trazas de luz sobre la piel. Superficie estriada. No surcos, no hendiduras, no heridas, sino trazas, vías, accesos para el acontecer (7).

Maillard parte siempre desde lo pequeño para llegar hasta el acontecimiento. Y así se hila en Bélgica. El recuerdo de un poema que evoca el olor de la hierba, pero sobre todo el de los lugares que presenciaron a la Chantal niña que comenzó a tejer, ya desde entonces, un discurso poético elaborado con los restos de ese caracol. Su Bélgica natal es la prueba de la memoria que dejó en la infancia, la prueba de “estar viva”, aunque esa distancia que otorga la memoria haga sentir la vida como un animal herido, aterido de frío, alimentando su propio calor, su débil calor. Escribe Chantal Maillard en uno de los fragmentos más emocionantes del libro:

Los lugares duermen durante nuestra ausencia, se inmovilizan. Los hallamos tal y como los dejamos y hay que atraerlos despacio hacia el ahora que somos, que hemos venido siendo mientras tanto. Es extraño encontrarse con la huella del gesto que hicimos entonces: en el bolígrafo que posamos en la mesa, la carta que dejamos sin abrir o el rastro de un objeto que desplazamos. Gestos que no tuvieron continuidad porque nos llevamos las manos a otro lugar y allí se entregaron a otros movimientos. Es extraño ver cómo ahora estas mismas manos recogen el bolígrafo, abren la carta y levantan los objetos con temor a que algo de aquello pudiera quebrárseles entre los dedos (8).

La ausencia abole el tiempo, lo paraliza. Cada objeto, cada movimiento: el gesto de la caída de un bolígrafo sobre la mesa, la carta que espera ser abierta y desvelada o el lugar abandonado por un objeto, se convierten en trazas, en caminos que esperan transitarse. Abandonar nuestras huellas y no encontrarlas nunca es, posiblemente, el peor abandono del hombre. No reconocernos en las cosas, asimilar su movimiento, también su quietud. Al leer este fragmento que acabo de citar, recordé una hermosa conversación con un amigo paleontólogo en un café de Barcelona, hace unos meses. Él me decía que el simple movimiento de propulsión de un pulpo prehistórico podía quedarse marcado en el suelo marino y fosilizarse. Su movimiento podía quedarse ahí, esperando el paso del tiempo y encontrarlo milenios más tarde. Encontrar el movimiento. Eso mismo ocurre en Bélgica. Maillard nos enseña los restos de esos movimientos para que continuemos hasta llegar al acontecimiento, al momento en el que ese pulpo ascendió desde las profundidades marinas. Fosiliza el movimiento.

Pero las metamorfosis del tiempo, su solidificación que se convierte en lugar, también requiere un esfuerzo para poder ver ese no-tiempo de la memoria de una manera nueva. Es difícil reconstruir los lugares, presenciar ese fósil sin recordar el movimiento que lo favoreció. Y ese trabajo de escritura hace mostrar la vida como un telar de resonancias en la que nada es nuevo, tan sólo es nuevo el acontecimiento primero, no su revisitación:

Así también mi vida, en dos tiempos superpuestos, el antes y el ahora, el ahora con su sombra y su resonancia, sus ecos. ¿Cómo dar un paso, en esta ciudad, sin que algo resuene en la memoria? ¿Cómo leer el nombre de una calle sin oírlo pronunciar dentro de mí con el acento de una voz que no es la mía? ¿Cómo ver sin volver a ver? ¿Cómo caminar con mis pasos, ahora? (9)

En definitiva, ¿cómo volver a ser? ¿cómo recuperarnos? Parece que el ahora tan sólo entiende de un regreso, que nuestro cambio no es más que una nueva huella más para dirigirnos al origen. Leer el nombre de una calle, cuando el acento y la voz, nuestra propia voz, han cambiado hace de la escritura de Maillard un juego de duplicidades. “Autrui est secret parce qu’il est autre” (10), afirmaba el filósofo Jacques Derrida en una entrevista de Antoine Spire para “Le Monde de l’Education” en septiembre de 2000. Autrui y autre, eso es la voz de Chantal Maillard en este libro. Secreta y otra. Autrui, autre. En esa misma entrevista, Derrida proclamaba su admiración por la expresión une fois pour toutesuna vez por todas-. La admiraba porque reducía a la mínima expresión al hecho que no acontece –ce qui n’arrive- salvo una sola vez, pero esa irrepetibilidad deja paso a algo que lo sustituya trasladando su sentido primero del lenguaje –en Bélgica podrían ser las fotografías que a lo largo y al final del libro aparecen. L’inédit surgit, qu’on le veuille ou non, dans la multiplicité des répétitions (11), continúa Derrida. De este modo, el otro fue otro, por eso es secreto, lo que está al otro lado de lo que se observa. Escribe Maillard:

No obstante, el ahora está hecho del antes. Volvemos a plegar en los mismos pliegues, y no basta recordar para alisar el tejido. A menudo, las hebras se cansan de tanto plegar. A veces, incluso, se rompen. El tejido, entonces, cede. Se vino abajo, decimos, en esos casos.
Cuando vuelvo al ahora, mi escritura se endereza, como si la inclinación determinase el movimiento de la ida, o el de la vuelta, es lo mismo, el de una fuga, siempre. Recta, en cambio, la atención se detiene y equilibra, ¿qué es lo que equilibra? No lo sé. Tal vez el ahora sea simplemente cuestión de equilibrio. El de la mente, atrás y adelante, adelante y atrás, el yo queriendo afianzarse. El yo se afianza en la doblez. Ha de poder reconocerse. Por eso vuelve atrás. Para decirse. Y se proyecta hacia adelante por lo mismo. La identidad del yo se forja con el doble (12).

La autora habla de un “volver”, de una vuelta que provoca que su escritura se enderece. ¿Acaso el επιστροφή –epistrofí- griego, no quiere decir eso? ¿No es la vuelta a lo que ya no es per-verso, el furusato? Para ello, la voz poética se duplica. “El espejo se convierte en un caleidoscopio”, escribe Lola Nieto al respecto en su artículo más arriba mencionado. Y es así. Millones de reflejos que nos hacen mirar a todos lados sin saber cuál – palabra nada casual que da nombre a una sección de su libro Hilos (13), por cierto- de los otros es el primer otro. En realidad, Bélgica es la infancia desposeída de tiempo, lugar, detalles…es la memoria de los sentidos que espera, el giro y la propulsión del pulpo bajo el agua, la pertenencia a aquello que en el ahora se observa. Es el sentido primero en la presencia de un hermoso perro negro llamado Toby que aparece en la portada del libro y que custodia al bebé que luego regresará a Bélgica buscando a otro. Autrui, autre.

Marta López Vilar, Madrid, 30 de noviembre de 2011



Bélgica de Chantal Maillard (vídeo colgado en YouTube por EditorialPreTextos)

NOTAS
(1) Las comillas son por la particularidad de la autobiografía que veremos que Maillard nos presenta.
(2) Chantal Maillard, Bélgica, Valencia, Pre-Textos, 2011, pág. 14.
(3) Lola Nieto, “
La memoria sonora”.
(4) Chantal Maillard, Husos, Valencia, Pre-Textos, 2006, pág. 43.
(5) Chantal Maillard, Bélgica, Valencia, Pre-Textos, 2011, págs. 97-98.
(6) Chantal Maillard, op. cit. págs. 196-197.
(7) Chantal Maillard, En la traza. Pequeña zoología poemática, Barcelona, CCCB, 2008, pág. 57
(8) Chantal Maillard, Bélgica, Valencia, Pre-Textos, 2011, págs. 81-82.
(9) Chantal Maillard, op. cit, pág. 171.
(10) “El otro es secreto porque es otro”.
(11) Lo inédito surge, se quiera o no, de la multiplicidad de las repeticiones.
(12) Chantal Maillard, op. cit. pág. 255.
(13) Chantal Maillard, Hilos, Barcelona, Tusquets, 2007.
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