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João de Melo: <i>Autopsia de un mar de ruinas</i> (Linteo, 2011)

João de Melo: Autopsia de un mar de ruinas (Linteo, 2011)

    AUTOR
João de Melo

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Isla de San Miguel, Azores (Portugal), 1949

    BREVE CURRICULUM
Imparte Literatura Portuguesa y Francesa, Teoría literaria y Escritura Creativa en la Universidad Autónoma de Lisboa. Fue Agregado Cultural de la Embajada de Portugal en Madrid de 2001 a 2009. Es autor, entre otras, de las novelas de Gente feliz con lágrimas (Alfaguara, 1992), Crónica del principio y del agua y otros relatos (Linteo, 2005), Mi mundo no es de este reino (Linteo, 2007) y Mar de Madrid (Linteo, 2009)

    PREMIOS LITERARIOS
Gran Premio de Novela de la Asociación Portuguesa de Escritores; Premio Eça de Queiroz Ciudad de Lisboa; Premio Cristóbal Colón; Premio Fernando Namora; Premio Antena 1; Premio «A Balada»; Premio Dinis da Luz



João de Melo

João de Melo


Creación/Creación
João de Melo: Autopsia de un mar de ruinas
Por João de Melo, martes, 1 de noviembre de 2011
Autopsia de un mar de ruinas es la disección de una barbarie en la que se narra con inusual crudeza el sufrimiento de un pueblo que parece emerger del fondo de un mar de ruinas. La prosa de João de Melo es directa, sin eufemismos que suavicen la existencia de los vivos y la realidad perenne de la muerte. Esta novela es un testimonio desgarrado de la guerra colonial portuguesa.

—El próximo ataque de los turras es a Calambata. Noventa y nueve por ciento de posibilidades.

En verdad, bastaba recordar a los muertos, las minas, la destrucción de algunos cuarteles de la frontera. Ese día, después de la cena, le entraron a Renato unas inesperadas ganas de beber. Había comido sardinas y atún en conserva. Tenía el estómago revuelto y se le había helado el cuerpo de sensaciones lejanas, de llamadas sin voz. Compró, esa vez, una botella de brandy y fue a sentarse en la zanja que daba sobre la mata del carbón. A lo lejos, persistían aún las hogueras del Norte. Aguantó firme el ardor de esa bebida que chocaba profundamente dentro de él, como la acidez de un vinagre que le quemaba las vísceras inflamadas. Se había evadido de todo, de los que jugaban al póquer y al dominó, de los que utilizaban chapas de cerveza como piezas del juego de damas, en tableros improvisados en los puestos de centinela, para que el juego venciese deprisa el tiempo detenido y en suspensión de una noche más en la guerra. Dentro de la caserna, el pelotón oía, hundido en la desesperación, a Lamas rasguear canciones templadas en una vihuela robada en S. Salvador. Renato pensó en emborracharse él solo. Se quedaría allí mucho tiempo, viendo cómo a lo lejos corrían las llamas sobre los pastos y a favor del viento, oyendo el batuque frenético, de sábado, que subía desde el fondo de la sanzala, y pensó en su mujer. Sintió enseguida el deseo latir dentro de él, amordazado en el cuerpo; recordó las noches en que había practicado con ella un amor casi fúnebre, en la partida a la guerra: su mujer giraba, giraba, giraba alrededor de él; a veces la sentaba encima de su cuerpo, mordía el labio inferior y gemía de un placer sofocado y silencioso. Quién pudiera concederle a él ahora una mujer así, una vagina hinchada, la humedad caliente y dulce de la saliva de ella mordiéndolo; quién pudiera concederle por fin realizar allí el milagro de la resurrección de su cuerpo en el cuerpo de ella y verificar que caminaba de nuevo en sus aguas jóvenes y siempre dóciles. Estallaba de locura, de la locura de aquel cuerpo ausente. Pero vino Lamas y se le sentó al lado, en la zanja. Era también un cuerpo de silencio, observando el fuego que corría a lo lejos, en la dirección de los ríos, de los pantanos y de las nubes; vinieron Ricardo y el caboverdiano Semedo y se sirvieron de la botella de brandy. Porque el caboverdiano Semedo pensaba sin duda, en sus Islas mansas, surcadas por la sed, pensaba en la voz de las mornas y de las coladeras y en la cachupa guisada y lloraba sin que nadie lo viese; lloraba para dentro, como solo él lo sabía hacer, preguntándose a sí mismo por qué razón había venido de tan lejos y estaba allí ahora, africano y negro, combatiendo a otros africanos, más negros que él. Y todo era absurdo como la sed que abrazaba la tierra de su pueblo.

—Si yo hubiese sabido cómo era esto —dijo Lamas, al cabo de unos instantes— bien que me habría pirado a Francia o a Luxemburgo, como hicieron muchos chavales de mi aldea.

Le respondió tan solo el murmullo de los labios vejados, y nada más. La botella de brandy volvió a rodar de mano en mano, en silencio, y los tragos pasaron a ser más largos. Aún no habían desviado los ojos de los incendios del capín: se decía que pasaba, entre M’Bridge y Magina, un gigantesco corredor de penetración del enemigo. Ahora incendiado, cogía por el medio a Calambata, en su paso para el Sur y para el Este. Continuas rondas de helicóptero lo vigilaban, buscando un camino, la marca de los pies descalzos y un encuentro con los ángeles invisibles de la guerrilla. Lo hacían siempre en vano, porque jamás los encontrarían. Solo el fuego y las cenizas podrían denunciarlos.

—¿Se es más libre, cuando se deserta a Francia o a Luxemburgo? —preguntó Ricardo, después de un rato—. No tenemos la obligación de andar huidos durante la vida entera. Tenemos derecho a un país.

Callados, sabían que solo era posible pensar en coro, todos a una, lo mismo de siempre: las palabras habían perdido el sentido, a fuerza de ser repetidas. Las cosas ya no eran las cosas, eran su tiempo: el invierno, el otoño y el verano, nunca por nunca la primavera del renacimiento, de la clorofila y de la renovación del propio tiempo. Por ejemplo: tener una juventud y que eso no sirva de nada, porque solo servía para hacer la guerra, nunca para acabar con ella; servía para morirse, nunca para descubrir cómo la vida era lo único importante para quien va a dejar de vivir. Renato se extendió a lo largo en la zanja y pensó que podía comenzar a llorar, para que los otros lo oyesen. Se le había caído el cigarro de la boca, en un descuido. Subía de dentro de él un grito terrible que salvaría a la sabana verde de la amenaza de aquel fuego y diría Quiero aquí a mi mujer, Quiero que ella me ame todavía una vez, solo una antes de que me muera. Sin embargo, el fuego avanzaba en grandes golpes de viento, era un animal que comía la hierba, las matas y la propia tierra; llegaría, en breve, a los ríos, habría también de devorarlos. Tal vez pudiese hasta alcanzar la costa, echar lastre por todo el mar buscando los pájaros, la voz de las sirenas que en él existen.

—Esta guerra nos ha transformado a todos en barriles de pólvora para arder —filosofó también, con la cara en el suelo, el soldado Ricardo—. Nunca más seremos los mismos hombres.

Los demás, siempre callados, pensaron: nunca más seremos los mismos hombres. Era una bella frase, sin duda. ¿Pero qué sentido tenía? Cada una de las palabras se vaciaba y se descomponía, sílaba a sílaba, hasta la condenación total. Nunca más seremos los mismos hombres, Nunca más seremos los mismos hombres, Nunca más seremos los mismos hombres —y la bella frase de Ricardo se estaba perdiendo en el vacío del oído, en el vacuo de sus caracolas, sin sentido. Todo, sin embargo, tenía un límite, pensaban. Pensaban que lo absurdo de la vida debía tener los días contados en la guerra. Alguien pagaría caro la juventud en aquella que era ya la tierra de nadie. Alguien habría de comer el lodo y el fango, beber el estiércol de los pantanos, nadar en las heces avergonzadas de la conciencia y de la historia. Mientras eso no sucedía, les quedaba aguantar el peso muerto del mundo encima de los hombros, mirar a lo lejos los incendios labrando en el principio de la noche, verlos correr en la dirección de los ríos y del mar. En un cuartel con un noventa y nueve por ciento de posibilidades de ser atacado uno de los próximos días…

En las manos inciertas de mi amor reposarán algunas de las palabras. Las escribo en transparentes, levísimos telegramas de un azul de ángeles, porque viene un avión, son las tres de la tarde y el amor desespera tanto. Nadie mejor que tú, amor, me recordará vivo. Son las tres de la tarde y yo de ti tan sediento como del agua que pudiese caber en los mares del desierto. Soy sin embargo un hombre con manos de cedro. La piel citrina de las arenas soporta mal el alambre de espinas alrededor del cuello. ¿Por qué tardan tanto los abominables sargentos de día la distribución del correo? No saben, no sabrán nunca, amor, que una carta no tiene solo la importancia de ser escrita. Me abre las sábanas para que mi sueño te duela como un címbalo despertado en Lisboa. Me hablas de un país a las tres de la tarde, mil novecientos setenta y dos, y nunca fue tan triste el mes de noviembre. África transcurre-demora en la ausencia de un millón de voces desconocidas. Busca la voz que brame como una campana, en el aire de lejía de la ciudad. No la encontrarás seguro en el Rossio ni en los barrios enmugrecidos por el mirar de los viejos que todos los días mueren de escoliosis o tan solo del mercurio del que se hicieron sus huesos.

no la encontrarás.

ni en los ojos proletarios que a las seis de la tarde regresan a casa, en oscuros transportes de gente condenada a vivir la vida. busca el mirar de los pobres, amor. escucha de cerca a las viejísimas mujeres de los pobres que dicen: tengo un hijo en África.

ahí me encontrarás.

tal vez sepas que sus ojos fatigados recuerdan tan solo la lluvia, el muelle de Alcántara en el mes de noviembre y el modo como yo te hacía señas desde la cubierta, con un uniforme de muerte envolviendo la desnudez, los huesos y todo cuanto la noche ausente arrastró al mar. te amo en África y en todo lo que dejó de estar presente: el cuerpo. mis manos sobre ti se encienden como armas, alas navegantes: pájaros de fuego recorren todo el cielo de noviembre, en el viaje hacia el Norte. Escribiéndote desde África, quería tan solo darte la noticia de los colonos ahorcados en los árboles. hablarte de grandes y poderosos señores envenenados por el cianato de los decretos que hacen la guerra del Norte. sin embargo, voy despacio, amor. ¿te he dicho alguna vez que hay aquí un tiempo? El tiempo de los pastos quemados, de las tempestades que llegan de la frontera y después desertan hacia el Sur, al encuentro de Luanda. quería sacrificarte generales, hacenderos, animales acéfalos: te ofrecería la caliza de los muros de fusilamiento, las flores de tiza que vuelan del suelo y son la polvareda pulmonar de quien muere.

un tiempo.

y sin embargo, he aquí mis días serenos, parados e iguales: un exilio de hombre en la guerra, mientras cree que el amor, amor, tiene sus recuerdos y no conoce otros países. por eso te digo que en todo hay un tiempo y un lugar para él. hasta que el amor ausente sea un canto.

este canto ausente eres tú, mi amor, y solo a ti te lo digo. escribiéndolo con el abandono y el desamparo de un sentimiento de amor que ha de ser siempre mayor que mi vida.



Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Linteo la gentileza por permitir la publicación de este fragmento de la novela de João de Melo, Autopsia de un mar de ruinas (Linteo, 2011), en Ojos de Papel.
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