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Santos Domínguez en la Sala Galileo de Madrid

Santos Domínguez en la Sala Galileo de Madrid

    AUTOR
Santos Domínguez Ramos

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Cáceres (España), 1955

    BREVE CURRICULUM
Catedrático de Lengua y Literatura. Crítico y poeta. Su obra poética figura en varias antologías nacionales e internacionales, la más reciente aparecida en Francia en 2008: Inuits dans la jungle. 25 poètes d’Espagne. Parte de su obra poética ha sido traducida al francés, inglés, húngaro e italiano. Como crítico, dirige la revista Encuentros de lecturas

    OBRA
Libros de poesía: Pórtico de la Memoria (1994), La orilla del invierno (1996), Cuaderno de Abul Qasim (2001), Tres retratos del frío (2004), Díptico del Infierno (2005), Las provincias del frío (2006), En un bosque extranjero (2006), Las sílabas del tiempo (2007), La flor de las cenizas ( 2007), Para explicar la nieve (2009), Nueve de lunas (2010) y Luna y ciencia nocturna (2010)

    PREMIOS
Ha obtenido abundantes reconocimientos con premios nacionales e internacionales de poesía: Gerardo Diego, Jaime Gil de Biedma y Alba, Eladio Cabañero, Tardor, Alcaraván, Barcarola, Kutxa Ciudad de Irún, Ángaro, Miguel Labordeta, Alegría o el Manuel Alcántara, de Málaga, el más importante que se concede a un poema suelto en España




Creación/Creación
La mirada del tiempo de Santos Domínguez
Por Santos Domínguez, viernes, 1 de julio de 2011
Avance de la Antología de Santos Domínguez que publicará próximamente La Lucerna, en su colección de poesía dirigida por Miguel Veyrat.

Desde un bosque extranjero

El escritor es un extranjero. Es el extranjero por excelencia.
(Edmond Jabès)


Trazar una poética es, inevitablemente, escribir un elogio de la incertidumbre desde un bosque extranjero, desde ese impreciso territorio de perplejidad en el que habita la poesía.

Desde un bosque extranjero y nocturno, lleno de acechos y hogueras, de peligros y destellos, desde un territorio levantado sobre la emoción y el lenguaje con técnica y llanto, como tituló Carlos Edmundo de Ory un libro memorable.

El paisaje de fondo de ese territorio extranjero y nocturno es un paisaje elegiaco, porque el poema es una manera de recuperar el pasado. Se canta lo que se pierde, decía Machado. Incluso una poesía tan celebratoria como la mística tiene que resignarse a la evocación posterior al gozo de una experiencia acabada de la que sólo queda una rosa como la de Keats o ese resto de ala de mariposa que le quedó en los dedos a Juan Ramón.

Lo nocturno y lo extranjero. Esos son el tiempo y el terreno del poema. Y allí donde fracasa el pensamiento lógico empieza el territorio interrogativo de la palabra que va más allá de la palabra, de la poesía que se construye con un puñado de dudas, como ha escrito alguna vez Antonio Colinas.

Por eso algunos estamos tan cerca de María Zambrano y su razón poética y vemos en el impulso órfico un componente esencial de la poesía como forma de conocimiento, como un aullido en la noche o como un largo lamento.

Recientemente recordaba Félix Grande que, como en el universo, en el poema coinciden magia, ciencia y forma. Forma, pues, que se levanta desde el estado consciente de la razón o la ciencia o desde el estupor alucinado de la magia verbal de las revelaciones.

Y es que el lenguaje del poema no es sólo forma, es la misma materia poética encauzada en ritmo y transformada en imágenes, en ímpetu visionario, en instrumento de conocimiento, en fuerza reveladora que sobrepasa la intención inicial o el conocimiento del poeta antes de escribirlo.

El poeta se convierte así en un cazador de voces, por decirlo con palabras de Rilke, en artífice de una experiencia en los límites de la lengua, del conocimiento y de la realidad.

Ese buceo en lo oscuro convoca formas iniciales confusas que van delimitando sus perfiles en el contorno acabado del poema, en una poesía que es descubrimiento de una realidad que estaba ahí previamente, esperando que nos la revelaran las palabras.



LA MIRADA DEL TIEMPO


HISTORIA NATURAL DE LA POESÍA

D’altri diluvi una colomba ascolto.
GIUSEPPE UNGARETTI


Vengo de donde mide su conjetura el aire,
de la raíz antigua de la piedra y la música,
de las palpitaciones verdes de la madera,
de los primeros ríos que cruzaron los pájaros.

Yo vivo en la intemperie donde vive el vacío,
donde crece una nube de granizo
y habita la serpiente,
bajo un cielo sin música que alimenta tormentas.

Antes que los caldeos enunciaran el número
para cifrar los astros y su oscuro latido,
ya vivía en el agua interior del planeta
y en las germinaciones de una dura semilla.

Como los temporales, yo vivo en la intemperie
y cruzo las palabras como quien cruza un bosque,
porque sabe que al fin la luz será con ellas
y latirá en el pulso primero de los pájaros
y en las germinativas raíces de los ríos.

Yo vengo de un lugar de baluartes
y argamasas primarias.
Yo vivo en la intemperie del adverbio,
vivo en la carne viva de la palabra mundo
y en lo que ella contiene de veneno y belleza.

Con tiempo y con arena definí los espacios
propicios para el canto. Y antes de celebrar
el transcurso callado de la sangre en las venas,
lamenté un pecho inmóvil y unos ojos opacos.

Yo soy el que en la noche
pesa a plomo el silencio y destila el mercurio,
quien acaricia el hielo
y espera la llegada del sol por los pinares.

Yo soy el que alimenta
el silencio parado de un animal que acecha
su minuciosa dosis de minutos.

Hoy dibujo lo mismo la flor de la vainilla
que el diluvio en un sauce,
la transparencia azul de la tristeza
lo mismo que la herida que gime ante la hormiga.
Soy el que guarda el fuego, el que prende el pabilo,
el que espera cansado
sobre los adjetivos y las declinaciones
cuando arde por los altos campanarios
la claridad caliente de la tarde.

Soy el que incendia el pasto al final del verano,
el que pudre los pozos y envenena las fuentes.

Nadie sabe mi nombre.
Soy el insomne, el ciego,
el que no tiene nada y el que nada pretende.

Soy la salmodia amarga de un reflejo,
la letanía de un eco,
la liturgia vacía del oscuro,
en el fondo del fango, en la penumbra.

Muro de fuego y cólera, vidrio que arde o persiste
bajo la luz del número en la fragua del tiempo
donde un nueve de lunas convoca sobre el yunque
su arista de misterio, su ritmo de metales.



EL REINO DE LOS HIELOS

Soy el guardián del hielo.
(José Watanabe)

Lo he visto algunas tardes de diciembre con nieve,
confundido en las hojas caídas de los chopos
y en la emboscada blanca de la niebla en el río.

Lo he visto en la mirada redonda de los peces,
en el hueco que deja el vuelo de los pájaros
y en las nubes de fuego que disipó un mal viento.

Lo he visto cuando suena la campana en la espiga
y llueve sobre el mar la larga luz de mayo.
Donde gimen las hondas caracolas
y en un bosque de alisos que atraviesa un arroyo,
en la convalecencia más frágil de las rosas,
allí, en la antigua patria de la infancia lo he visto.

Lo he visto mientras flotan
espacio y tiempo y nadie
en el insomnio amargo del ausente,
mientras arde en el mar oscuro del invierno
la llama azul del frío o la memoria.

Sobre su mansedumbre late lenta la noche,
negra y respiratoria.
Suya es la condición fugaz de la mirada,
suyo el viento, la herida, los desmoronamientos,
la luz deshabitada de los amaneceres.

Lo he visto y me ha mirado.
Me está esperando un día de París y aguacero,
un jueves con Vallejo y niebla desolada.

Un día agazapado que yo ya no recuerdo,
un jueves que me mira
desde el reino incontable de los hielos.



VOCATIVO SINGULAR

los muertos y los muertos y los muertos,
surgentes, naturales.
(Luis Rosales)



Te lo advertía tu padre al final del verano,
cuando agosto ponía las primeras tormentas
por un sur de relámpagos, detrás de las montañas,
y silbaban los trenes de la estación remota.
Sonaban sus bocinas como un lamento negro,
bajaban al hollín que había en la chimenea:

-He soñado esta noche
con mi padre
– decía-.
Le veía y me hablaba
como te hablo yo ahora.
Si sueñas con los muertos, es que vienen las lluvias
.

Y tú entonces soñabas con muertos muy lejanos,
con toreros antiguos o con antepasados
a los que nunca viste,
con muertos cuyos rostros conocías de lejos,
en fotos color sepia o en los cuadros antiguos
que el sol iluminaba cuando caía la tarde
en la penumbra tibia de la casa.

Hoy te sigue pasando:
al final del verano y anterior a la lluvia,
se pasea por tu sueño un triste mensajero
que viene de otro tiempo,
de una nada con nubes que arrastra el suroeste.

Pero ahora ese tiempo es reciente y los rostros
son cercanos: amigos,
familiares que vuelven
más jóvenes y enteros para anunciar la lluvia.

Cuando hablan sin nostalgia usan para llamarte
un suave vocativo singular y doméstico
y en su penumbra ignoran que vienen temporales.

En ese vocativo hay algo que te llama
más allá de tu nombre y de tu tiempo frágil.
¿De qué lugar oscuro del corazón de un muerto?



ES QUE VIENEN LAS LLUVIAS

Lo encuentro ahora en sueños,
esa borrosa patria de los muertos.
(Octavio Paz)



Son las lluvias, abuela,
ya lo sé. Y hoy has vuelto
desde tu nada blanca,
desde la niebla fría de tu nombre y tu ausencia,
a no decirme nada,
a una conversación que no era de palabras,
a esta frágil manera de estar en compañía.

Tú no puedes saberlo. La muerte te condena
a ignorar que regresas para anunciar la lluvia
a los sueños triviales de tu nieto.

A no saber que vuelves de tu silencio antiguo,
desde la mansedumbre que otorgan las desgracias
como un don animal que reposa en los ojos,
como esa lejanía que vive en la mirada
azul de las criaturas.

A no saber que vuelves
un día como hoy, el último de un año
que para ti no existe en tu tiempo abolido.

Sólo queda en el aire vacío de diciembre
un recuento de sombras, un río de desventuras
o esa pericia blanca
con que la tarde junta los recuerdos
en el silencio lento de la nieve.

Son las lluvias, abuela, ya lo sé.
Y hoy has vuelto
-no lo sabes y has vuelto-
para dejarme triste como este día de niebla
que tú ya no conoces ni padeces.



¿QUIÉN TRADUCE UN RELÁMPAGO?

¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?
(Vicente Huidobro)




No llueve en la memoria de la infancia,
pero hace frío y la sombra
tiene en metros cuadrados
lo que tiene la casa vacía del recuerdo.

No llueve, pero hay truenos
y hay silencio y relámpagos
y una confusa forma de orientarse en las calles,
una extraña manera
de ir de una esquina a otra en el lugar del sueño.

Con lentitud de estanque,
con la fiebre del pez
en el jardín secreto de la noche,
¿quién traduce un relámpago?

¿Quién cuenta sobre el mar
los granos de mostaza
para medir el hueco que va de un sueño a otro,
la densidad de sombra que flota sobre el frío?

Ya no digo mañana ni conjugo el futuro,
ni siembro ya estos campos
ni riego los jardines entre una nieve y otra.

Ya sólo digo ayer, ayer como quien dice
aproximadamente ayer en mi memoria de agua
y en mi garganta opaca con arena y con viento
y sin conjugaciones.



EL MANANTIAL DE LA DONCELLA

Algo me está buscando entre las hierbas
azules de otra vida.
(J. E. Cirlot)




De eso tratan los cuentos:
de la noche que acaba con el canto del gallo,
de atravesar el bosque como quien atraviesa
el fuego, el agua, el río, el día de la piedra
de un duro Dios ausente.

De un canon de venganza,
de una náusea en las horas más altas de la luz
y de las confluencias del animal salvaje
con la inocencia púber de las vírgenes.

De eso tratan los cuentos:
de atravesar un bosque peligroso
en una ceremonia de nieve y manantiales,
de un rito de serpientes que oficia en el paisaje
la luz de la doncella con su herida callada.

Del espectro del odio y el día de la venganza
con ramas de abedul y purificaciones
en la vigencia ardiente de la tarde
o en la hora combustible de la ira.

Como cruzar un puente,
fugaz en la gabela de los sueños,
con un halcón, con una fuente amarga
y un caballo de sombra en la memoria.

¿Qué llama o sangre viva,
qué rosa o luz de almendro se queda con nosotros
y renace en el agua transparente del sueño?
¿Qué viento desolado agita los laureles
y apuñala el costado sin vuelo de los pájaros,
la garganta del perro, el canto de los gallos?

Al fondo canta un mirlo.



LA MIRADA DEL TIEMPO

Quizá pudo haber sido de alguna otra manera,
de la manera incierta
con la que abre la noche sus compuertas de sombra,
las estrofas pautadas de los sueños.
O de otra forma acaso, como giran los astros
con la cadencia natural del tiempo.

Tal vez pudo haber sido de aquel modo secreto
con que otorgan los dioses las desgracias
a los hombres que menos las merecen.

Pero fue de otra forma: asedió las murallas,
subió desde los muelles y a través de la hiedra
trepó por las paredes de las torres,
flotó como la fiebre en el lugar del pájaro
y ardió azul y lentísima,
como la tarde eterna de la infancia.

Y hoy, si miro hacia atrás,
vuelvo a ver a aquel niño sentado en su balcón.
¿Me contempla en silencio,
desde la balaustrada de su mirada quieta?

No. El niño siempre mira
un poco más allá del horizonte.
Pero sé que algún día,
en un punto del tiempo y del espacio
cruzará su mirada con la mía.



MIENTRAS AGONIZO

Tú por tu sueño y por el mar las naves
(Gerardo Diego)



Por la vía dolorosa de la membrana opaca
se deslizó secreta
la punzada de sangre que me lleva a la muerte.
Lo sé ya, mientras calla mi dolor en la aguja
y gime sólo el ojo
bajo las dentelladas agudas de mi miedo.

No me voy de vacío.
Mi inocencia se lleva
de este mundo feliz hacia una nada de aire
que se disuelve en aire y no duele ni pesa,
las últimas palabras que calmaron mi angustia,
las últimas caricias que cerraron mis párpados.

Mientras siguen los pájaros cantando
y al fondo suena el mar innumerable,
no me voy de vacío.

En el milagro azul de mi mirada
vivieron las mañanas de sol y estuvo el viento
transparente y fecundo que venía de los pinos,
la materia marina de la tarde,
las gaviotas que aún vuelan sobre mi asombro alegre.

No me voy de vacío como no se va el día
sin su carga sonora de luz cumplida y clara.
Me llevo en las pupilas
la presencia de aquellos que me dieron
calor con sus miradas, mi mejor alimento.

Bajo otra luz distinta, más blanca y menos fría,
alguien entenderá
la plenitud del mundo que persiste en mis ojos
abiertos a la nada.



UNA CANCIÓN EXTRANJERA

un pájaro de plumas doradas
en la palmera canta, sin significado humano,
sin sentimiento humano, una canción extranjera.
(Wallace Stevens)


Desde la latitud muda de la serpiente
al puro vuelo, al canto
central de llama o alas,
escribo a tientas: voy
como un pájaro en vuelo
que ignora los caminos de la tarde
y arde ciego en el aire, en círculos de sombra
antes de que la cera se funda en alta luz,
en memoria del fuego
y vuelvan a la tierra
las alas derretidas del poema.



MONJE A LA ORILLA DEL MAR

(Caspar David Friedrich)

se tiene la impresión al contemplarlo de que le hubieran cortado a uno los párpados.
Heinrich von Kleist


Todo es frágil aquí, todo es niebla de asombro
bajo el silencio blanco de la nieve
o en el abismo azul de los acantilados.

Como un pájaro herido,
la lluvia se ha posado mansamente
en la orilla del mar.
Su música de sombra silenciosa
desciende blanda y tibia
a la arena sin pájaros.

Desciende blanda y tibia
desde este cielo turbio al turbio mar sin peces
y allí se desdibuja,
se disuelve en el agua
de otro mar más profundo sin temblor ni oleaje.

En la precaria orilla, sobre una leve duna
soy un cuerpo en penumbra, una interrogativa
silueta que contempla el horizonte incierto,
perplejo frente al mar vacío de veleros.

Y pienso en el desorden nevado de la muerte.
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