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Juan Planas Bennásar: <i>Los lugares del sitio</i> (Poesía eres tú, 2011)

Juan Planas Bennásar: Los lugares del sitio (Poesía eres tú, 2011)




Reseñas de libros/Ficción
Juan Planas Bennásar: Los lugares del sitio (Poesía eres tú, 2011)
Por Francisco Fuster, lunes, 2 de mayo de 2011
Decía Camilo José Cela en una famosa entrevista concedida a RTVE en 1976 que cada novela de las suyas había sido una pirueta en el vacío; “yo intento abrir nuevos caminos – confesaba el Premio Nobel gallego –; ignoro con qué suerte, pero lo que no dudo es que con una gran honestidad”. Leo Los lugares del sitio, el último libro de Juan Planas Bennásar, y me acuerdo de estas palabras de Cela, de esta inquietud del escritor que afronta cada nuevo libro como una aventura en pos de lo desconocido, como un viaje del que se sabe el inicio, el punto de partida, pero del que siempre se desconoce el final, se ignora el propósito, su sentido o su sinsentido. Cada nuevo poemario de Planas Bennásar es, como decía Cela de sus novelas, un salto en el vacío, un trayecto sin plan preconcebido ni brújula que nos oriente; lo es para el autor, que se adentra a cada paso en un laberinto sin hilo de Ariadna alguna, y lo es para el lector que, llevado por la musicalidad de las palabras y el ritmo cadencioso de los versos, se embarca en esa nave de los locos que nos aleja de la prosa cotidiana para surcar las intranquilas aguas del lenguaje.
No es el primer poemario de Planas que cae en mis manos. En su día expresé la grata impresión que me había causado la lectura de El bálsamo de la indiferencia (Calima, 2008) y no hace mucho me deleité con la penúltima creación del autor, un Tratado de las cosas sin nombre (Calima, 2009) que fue magníficamente acogido entre el público y la crítica, como acredita el Premio de la Asociación de Editores de Poesía que le fue concedido el año pasado. Negar que existe un aire de familia, un hilo conductor – por difuso y discutible que sea – en la producción poética de Planas sería negar lo evidente; se aprecia en el interés por unos mismos temas que reaparecen en varios de sus poemas y se nota en la afirmación de un estilo personal y reconocible. No obstante, con la poesía de Planas no vale formarse una idea previa, no procede la precaución ni resulta la cautela. Sin reservas y con el ánimo dispuesto a disfrutar del viaje kavafiano: así es como creo que conviene leer a Planas; así es como he leído Los lugares del sitio.

En el último poemario de Juan Planas se lleva a la máxima expresión uno de los principios que informan toda la obra poética del escritor mallorquín: la identidad entre forma y contenido, la imposibilidad de separar aquello que expresa el poeta del cómo lo expresa. En efecto, los seis poemas que integran Los lugares del sitio son seis partes – individuales y asimétricas entre ellas – de un todo que solo adquieren su sentido cuando el lector les da vida y conforma con esas piezas un puzle, el trayecto final de ese viaje iniciado sin mapa con el primer verso. Como sucede en esos otros poemarios de Planas en los que la forma y el lenguaje también son protagonistas, en Los lugares del sitio el autor se desdobla en dos voces distintas (una de las cuales se expresa y se diferencia por el uso de la letra cursiva) que se interpelan, que se afirman y se niegan, que se interrogan y se contradicen, creando un diálogo entre perspectivas de cuyo encuentro o desencuentro nace la poesía.

Sobrevolando todas las páginas del libro de Planas se encuentra el que para mí es protagonista principal de Los lugares del sitio: el tiempo; el tiempo y la imposibilidad total del ser humano por atraparlo, por aprehenderlo

Los lugares del sitio no es un pleonasmo. El sitio que imagina Planas no es el espacio físico, sino el asedio, la embestida y el hostigamiento al que se ve sometido el individuo en esa batalla cotidiana que es la vida. Es la imagen de una ciudad cercada que todos conocemos: la defensa del hombre moderno ante los ataques que contra su existencia tranquila le sobrevienen desde múltiples frentes, desde esos lugares donde se trama el sitio, el acoso a la felicidad anhelada. En un sugerente ensayo titulado Las ruinas, Georg Simmel dice de la arquitectura que es “el único arte en que se salda con una paz auténtica la gran contienda entre la voluntad del espíritu y la necesidad de la naturaleza, en el que se resuelve en un equilibro exacto el ajuste de cuentas entre el alma, que tiende a lo alto, y la gravedad, que tira hacia abajo”. Son varios los pasajes del poema de Planas que remiten a esa lucha entre el alma creadora del hombre que intenta construirse – física o metafóricamente – su fortaleza, y esa presión de la naturaleza y el tiempo que lo degradan y lo quiebran todo convirtiéndolo en ruinas, en restos de lo que un día fue: La ciudad refulge entre las dunas. El fuego / transforma los deseos en escombros (p. 16); Pero el tiempo es infiel. Estas líneas corrompen / las urbes arrasadas y las convierten en ruinas, / en cuerpos de charol, en proeza frustrada, / en lánguidos suspiros de impotencia (p. 25).

Sobrevolando todas las páginas del libro de Planas, o al menos así es como yo lo he percibido con mi lectura, se encuentra el que para mí es protagonista principal de Los lugares del sitio: el tiempo; el tiempo y la imposibilidad total del ser humano por atraparlo, por aprehenderlo. La voluntad del hombre por frenar la inercia que lo empuja y lo transporta contra su voluntad (No sentimos la voluntad sino la inercia, p. 15) y el paso inexorable del tiempo (Pero este instante desaparece y ya es otro, p. 17) se convierten en una certeza, en un sentir que ya no es posible recuperar el tiempo perdido, las horas y los días consumidos o el momento en el que todo pudo cambiar y no lo hizo: Nunca regresaremos al instante huérfano donde se decidió el futuro (p. 33). Ni siquiera el lenguaje, esa invención del hombre a la que tantos versos ha dedicado Planas, es capaz de fijar con sus herramientas, de congelar con sus palabras, un fragmento de tiempo que se evapora irremisible: Tantos signos nos causan más confusión / que esperanza. La crónica de un instante se borra al escribirla / pero la página en blanco sólo existe en nosotros (p. 40). Aunque pensemos en disfrutar cada segundo, conscientes de su valor irrepetible – Cada instante es único y su soledad nos agobia (p. 37) –, la memoria nos traiciona y el desasosiego nos vence.

La voz poética de Planas nos recuerda un pálpito que el hombre ha sentido a lo largo de su historia: el convencimiento de vivir lo ya vivido por sus antepasados, de repetir casi miméticamente los mismos gestos, los mismos errores cometidos en otros tiempos y en otros lugares

En Los lugares del sitio subyace esa inextinguible sensación de repetición cíclica de la que ya nos habló Nietzsche en Así habló Zaratustra: “el eterno retorno”. La voz poética de Planas nos recuerda un pálpito que el hombre ha sentido a lo largo de su historia: el convencimiento de vivir lo ya vivido por sus antepasados, de repetir casi miméticamente los mismos gestos, los mismos errores cometidos en otros tiempos y en otros lugares: No iremos mucho más lejos que nuestros ancestros / ni escaparemos al vaivén de los días (p. 24); No somos nadie. O sí. Somos Ulises / burlando a Polifemo. Los orgullosos descendientes / de una tribu en viaje hacia el reino del olvido (p. 39); Sabemos que este instante se repite; / que ahora doblamos la misma esquina / que doblaremos luego, cuando ya sea tarde (p. 40); Cada instante remite, único y encadenado, al oleaje sucesivo que lo extingue (p. 49).

En definitiva, se trata de una lucha, de una dialéctica entre lo que queremos ser y lo que sabemos que somos; “El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí – decía Flaubert – la razón por la cual se nos escapa el presente”. Pero esta lucha es una lucha desigual, una guerra perdida de antemano en la que el peso de la tradición, “una náusea de siglos y un hedor incierto”, recae sobre nuestras espaldas condicionándonos, limitándonos: Hay en el cuerpo la huella de otros cuerpos (p. 49). El resultado de este asedio, la natural reacción de autodefensa y una actitud de duda, de ese escepticismo que se ha enseñoreado del individuo moderno, del hombre supuestamente racional: Dicen que unos pocos iluminados / pregonan la llegada de un nuevo Mesías. / Otros perseveramos en los colores ocres / de la decrepitud y la fatiga, en el sondeo / titubeante y móvil de las celosías. / – Quisiéramos creerles pero la fe escasea / en estos tiempos de naufragio personal / y fiebre colectiva. Irreal catástrofe (p. 41).

Lo dice Planas en un verso demoledor que lo condensa todo: Estamos donde siempre y el lugar es incierto (p. 32). No hay más que eso; no puede haber nada más que eso. ¿Pesimismo? ¿Derrotismo? No lo creo; sencillamente la verdad, el destino del hombre. No existen inocentes o culpables, no hay buenos y malos; hay simplemente la capacidad disolvente del tiempo. Eso, y la seguridad – ¿seguridad? – de esa teoría nietzscheana sobre el eterno retorno y de saber, como intuye Planas en los versos finales de Los lugares del sitio, que el asedio continúa: Otras ciudades y otros cuerpos nos aguardan, suicidas / con sus venas suplicantes, sus páginas abiertas, / sus torreones y sus criptas, sus pliegues sucesivos, / su íntima voluntad de destruirse y renacer / de entre las ruinas irreales con otro nombre / otro silencio, otra tensión igual de insoportable (p. 57).



El profesor Justo Serna presenta los últimos poemarios de Juan Planas Bennásar y de Javier Jover el 30 de marzo de 2011 en Valencia (vídeo colgado en YouTube por JPlanas)
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