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Pintura de Eduard Munch (Museo de Oslo)

Pintura de Eduard Munch (Museo de Oslo)

    AUTOR
Jaime Almirall Lasheras

    LUGAR DE NACIMIENTO
Barcelona (España)

    CURRICULUM
Es autor de numerosos relatos y cuentos, sketch para teatro y escritos profesionales. Actualmente se dedica a escribir su autobiografía. El relato publicado, “La conciencia del autor”, recibió el tercer accésit en lengua castellana del concurso de cuentos de la revista Tot Mataro



Jaime Almirall Lasheras

Jaime Almirall Lasheras


Creación/Creación
Jaime Almirall Lasheras: La conciencia del autor
Por Jaime Almirall Lasheras, lunes, 4 de abril de 2011
Debo advertirles que esto no es un cuento. Ni siquiera un escrito decente. Puedo aceptar lo de relato corto y agradezco que así sea, porque mi autor, al cual odio desde este momento, me ha elegido para formar parte de un argumento que nadie desearía. En realidad, es una mala jugada para mí ya que existen infinidad de autores que podrían haberme escogido, digamos, para aventuras más llevaderas, pero he tenido que caer en la imaginación de alguien que evidentemente no me aprecia
En definitiva, quiero que ustedes sepan que tan pronto ha empezado este innombrable sainete, estoy deseando que termine.

Para empezar, quiero explicarles que soy un hombre madurito, nacido a finales de los cuarenta donde las nefastas secuelas de la guerra civil afectaban a la economía, a la vida social y a un sinfín de factores que impedían que la gente de aquella época tuviera la mínima felicidad que todo ser humano merece.

Ya en el maldito día que nací empezaron mis desdichas en el útero materno, donde por lo visto quería dejar clara mi tendencia a escoger caminos equivocados en la vida. Estuve a punto de morir ahogado con el cordón umbilical, que por cierto demostró más consideración que mi inventor, ya que quería evitarme sufrimientos en una vida que intuyó no agraciada.

Cuando noté el frío contacto con el exterior, oí a la comadrona exclamar que había salido más morado que la casulla de un cura en Semana Santa. Escuché cómo le pidió a alguien un puro habano, que encendió para echar en mi boca y nariz una bocanada de humo, lo que me provocó una expectoración que me ayudó a respirar.

Supongo que debido a ese primer pasaje de mi vida, tan accidentado, me convertí en un fumador empedernido, aparte de compulsivo, que me ha provocado problemas respiratorios a lo largo de mi vida. Ahora soy un asmático irreversible.

A mi madre no la conocí. Parece ser que nací tan feo – supongo que debido al linchamiento que su organismo provocó en mis orígenes – que me abandonó el primer día. Mi padre nunca apareció ni supe quién era. Una vecina se preocupó de mí los primeros días, pero acabó llevándome a unas monjitas de un convento cercano que me criaron hasta que tuve dieciocho años.

A partir de ahí e impulsado por un imán desconocido para mi, pero que no era ni más ni menos que el tirón de la juventud hacia todo lo desconocido, me escapé pensando que todo el monte es orégano, cuando ni siquiera sabía que diantre era el orégano. Tuve varios trabajos pero de todos me despidieron – había estado demasiado tiempo con monjitas que habían hecho de mí una buena persona pero no me habían preparado para la vida moderna – unas veces por demasiado blando, otras por no conocer la psicología de los clientes, otras por no saber convencer para una venta sencilla o no aprender a manipular una simple máquina, entre otros. Y así transcurría mi vida profesional, entre la oficina de empleo y la habitación de una lúgubre pensión que no podía pagar pero que mantenía gracias a que la dueña se encaprichó de mí – nunca entendí por qué – y me perdonaba las pensiones.

Un día llegó el amor como algo inevitable para todo ser humano. Conocí a una chica estudiante – Marta – que no tenía mucho dinero y se alojó en la pensión. Me convertí en un robot embelesado que solo se alimentaba de la presencia de la belleza en cuestión y de su mirada. Dejé hasta de comer y fumaba más compulsivamente que antes, si cabe. Un día armándome de valor me declaré, pero estaba tan nervioso que me empezaron a salir vocablos irracionales acompañados de pitos provocados por mi asma, además de que al acercarme al hada de mis sueños, ella pudo cerciorarse de mi acentuada fealdad y no digamos de mi halitosis de tabacalera industrial. Todo acabó en un bofetón y en unos improperios estruendosos expulsados por aquella boquita que mi mente había reservado para otras cosas.

Gracias autor por hacerme “tan feliz”, porque ¿saben qué ocurrió a continuación? Pues que al enterarse inevitablemente la dueña de la pensión, montó una escenita de celos y me echó a la calle sin contemplaciones.

No puedo evitar interrumpirte autor para decirte que te odio y te desprecio profundamente por haberme reservado esta vida ¿no podías haber elegido a otro?

Después de mi romántico fracaso, entré en una fase de mi vida en la que la depresión era el estado habitual de mi mente. Actualmente no tengo trabajo, mis niveles de raciocino están bajo mínimos y mi aspecto en nada se parece a un galán de película.

Sólo estoy contento de una cosa y es que ese autor del tres al cuarto que me ha desgraciado la vida ya va por la última hoja. Acaba por favor con mis infortunios, porque ¿qué puedo esperar de la vida que me has reservado?

Con ese deseo transcurrían mis días, alojado debajo de un puente como les ocurría a los infaustos personajes de los cómics de los años cincuenta.

Un día dormitaba entre deshechos y aguas residuales que aquel puente tenía a bien obsequiarme cotidianamente, alimentando una pestilencia digna de ofender hasta la pituitaria más insensible, cuando recibí una visita. Era un hombre con aire intelectual, aspecto bohemio, barba de varios días y cabello cano. Se limitó a mirarme fijamente con expresión algo compungida y sin decir nada me entregó un paquete. Lo abrí no sin cierta excitación, encontrándome un espejo, una carta y un sobre grande. Empecé por el sobre grande: Se trataba de una escritura en la que constaba como propietario de unas fincas valoradas en tanto dinero que no fui capaz de tener conciencia de él. Abrí la carta emocionado y pude leer una declaración de amor de una tal Marta, arrepentida de un desprecio que tuvo lugar en el pasado, diciéndome que le gustaría volverme a ver. Finalmente desbordado por tantos acontecimientos inesperados, cogí el espejo mirándome en él. Mi sorpresa no tuvo límites al reflejar un rostro maduro, agraciado, bien peinado y sin marcas de desgastes propios de una vida infortunada.

Me giré rápidamente hacia mi benefactor que había iniciado su camino de regreso y empecé a gritarle que me explicara todo aquello, dándome cuenta que de repente mis sonidos guturales no iban acompañados de los clásicos pitos del maldito asma que siempre fastidió mi vida.

El personaje en cuestión, solo se giró una vez y mirándome fijamente me musitó una sola palabra: PERDÓNAME
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