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Umberto Eco: <i>El cementerio de Praga</i> (Lumen, 2010)

Umberto Eco: El cementerio de Praga (Lumen, 2010)

    TÍTULO
El cementerio de Praga

    AUTOR
Umberto Eco

    EDITORIAL
Lumen

    TRADUCCCION
Helena Lozano

    OTROS DATOS
Barcelona, 2010. 608 páginas. 23,90 €



Umberto Eco en 2005 (fuente: wikipedia)

Umberto Eco en 2005 (fuente: wikipedia)


Reseñas de libros/Ficción
Umberto Eco: El cementerio de Praga (Lumen, 2010)
Por Justo Serna, miércoles, 5 de enero de 2011
Desde 1980, año de su primera incursión en el género, Umberto Eco publica novelas regularmente, con periodicidad previsible. Tras unos años de documentación y de puesta al día, el autor da a la imprenta una historia de ficción. Empezó con El nombre de la rosa y ahora regresa con El cementerio de Praga.
Aquella primera novela estaba ambientada en la Edad Media, en un medio religioso: en una abadía de la Italia septentrional; esta última se desarrolla a lo largo del siglo XIX: en Turín, Palermo, París. Son dos mundos geográfica y culturalmente alejados. En El nombre de la rosa, los personajes discutían sobre cuestiones teológicas a la vez que investigaban una serie de crímenes; en El cementerio de Praga, el protagonista urde complots e imagina conspiraciones políticas al tiempo que transita por la Europa capitalista y liberal. La primera novela fue un éxito mundial. No sólo por sus ventas millonarias, sino también por la aclamación del público y por la aprobación de la crítica. Había un consenso en torno a El nombre de la rosa: era una historia imaginativa, equilibrada, erudita y entretenida, con muchos destinatarios potenciales. Ahora, treinta años después, aprovechando el aniversario, los editores de El cementerio de Praga venden la nueva novela como si fuera el regreso de Umberto Eco a aquel modelo: una historia trepidante, folletinesca, de persecuciones y ambiciones, de policías y ladrones, de falsificadores y servicios secretos. ¿Es así?

Alentados por el propio autor, los periodistas y los lectores más impresionables han reaccionado inmediatamente: que si el personaje principal es un tipo odioso que hace del rencor su combustible, que si detesta a los judíos, que si desprecia a los alemanes, que si se burla de los franceses, que si abomina de los italianos, que si aborrece a los masones, que si condena a las mujeres… Todo eso es cierto, pero se condensa en sesenta y tantas páginas. Luego, el arranque decae y sospecho que muchos periodistas no siguen. El odio, interesante argumento literario y moral, rezuma a lo largo de las quinientas y pico páginas, pero la acumulación y la enumeración de datos dañan la ficción.

“¿Cómo decía el filósofo?”, se pregunta el protagonista de El cementerio de Praga. “Odi ergo sum”, se responde equívocamente. Pero no hay equívocos en realidad: no se puede ser más antipático y execrable. Aunque sólo fuera por eso, el lector ya debería estar de su parte y continuar. Quiero decir: de la parte del autor. Si ha imaginado a un ser tan tarado, entonces lo que nos cuente será inevitablemente cómico, burlesco, entretenido. Será como una caricatura o una suma de los odios europeos.

En el Ochocientos, los límites internos del territorio continental se modifican al calor de la primavera de los pueblos, de las nacionalidades. En ese momento nacen también nuevos Estados que han de justificarse: por identidad común o por rivalidad

En el Continente, los pueblos se han dirigido todo tipo de invectivas. La ferocidad con que los vecinos se tratan y se describen no tiene límite: el estereotipo más grotesco, más esperpéntico, es común. En Europa, las diferentes comunidades étnicas llevan siglos aborreciéndose. Lo común es estigmatizar a los demás, a esos que lindan con nosotros. Si están cerca es porque nos amenazan y de ellos no puede esperarse nada bueno. El poder se concibe como un juego de suma cero: lo que ganáis es una pérdida nuestra; lo que obtenemos es una merma para vosotros. En el Ochocientos, los límites internos del territorio continental se modifican al calor de la primavera de los pueblos, de las nacionalidades. En ese momento nacen también nuevos Estados que han de justificarse: por identidad común o por rivalidad. No hay como tener ojeriza al vecino: nos confirma con sólo existir. Su mera presencia es un dolor o una provocación. En una centuria de cambios políticos, de revoluciones, de anexiones, de independencias, los servicios secretos buscan traidores y buscan aliados, la trama que todo lo explique, la conspiración que podría derribarnos.

Desde Joseph de Maistre, el pensamiento reaccionario se afirma en la teoría del complot: la revolución sangrienta que estalla en Francia en 1789 no es un movimiento espontáneo, sino una conmoción urdida por filósofos ateos, por masones, por los enemigos de Dios. Un cenáculo de anticristos habría ideado y organizado el peor atentado contra la Providencia, que es a la vez el peor ataque contra la Monarquía. Esta fórmula es una solución muy útil para explicar los malestares del mundo, sus desarreglos, los tumultos y las revueltas. Es útil por su simpleza: convierte la revolución en pecado, un crimen contra Dios, y además encuentra al responsable. ¿Cuál es el crimen? La descristianización, el ateísmo: creerse como dioses, capaces de cambiar el orden de las cosas, de bastarse por sí mismos. Por mucho que se embosque, el enemigo es único. Adopta, eso sí, distintas caretas: se nos presenta con corrección, con inocencia, cuando de hecho es una suerte de diablo de mil caras. Hay que estar atentos para descubrir a ese demonio que se nos ha infiltrado y que destruye los fundamentos de la religiosidad y del orden apelando a los derechos y al librepensamiento. Punto y aparte.

Umberto Eco ha concebido una narración que tiene como origen esa potente escuela de pensamiento. Las ideas reaccionarias que describen un mundo sometido al complot de los judíos es la base de su ficción, una ficción que convierte en novela lo que por otra parte fue una mentira corriente del antisemitismo real del Ochocientos. Me refiero a la supuesta conspiración de los hebreos europeos, dispuestos a dominar el mundo, según consta en la falsificación que se editó y tradujo a numerosos idiomas bajo el título de Los protocolos de los sabios de Sión.

Me divierto con la ironía de Umberto Eco, con esa suma de sabidurías de la que es capaz. Me congratulo de su inmensa capacidad. El 5 de enero de 2011, el autor cumple setenta y nueve años. Casi nadie a esa edad dispone de un cerebro tan potente. ¿Pero tiene que demostrarlo cada vez que narra?

¿Qué expediente narrativo emplea Eco? El autor italiano se vale del diario. Así como en El nombre de la rosa el manuscrito era, naturalmente, la fórmula de la tradición literaria de la que servirse, ahora es un dietario del protagonista el recurso utilizado. Es una manera eficaz de registrar acontecimientos conforme pasan y de acuerdo con el punto de vista del personaje principal. Normalmente, un diario se escribe poco tiempo después de que sucedan los hechos. Los actos humanos no son movimientos sin más: son acciones con sentido. Hacemos algo y le atribuimos un significado. Si escribimos unas memorias cuando ya somos viejos, lo corriente es que observemos lo pasado con la perspectiva del anciano. Tenemos con qué comparar, sabemos cómo continuaron las cosas, seleccionamos voluntaria o involuntariamente los hechos memorables y, al final, los interpretamos. Esa interpretación puede coincidir o no con la que le dimos a los acontecimientos justo cuando los protagonizábamos. Lo cierto es que escribir sobre lo ocurrido es seleccionar, expurgar, ordenar, glosar, ahora o muchos años después.

Bien mirado, el recurso narrativo que emplea Eco es algo extraño: quien anota en su dietario lo hace décadas más tarde, en 1897-1898, cuando ya supera los sesenta y siete años. Ha pasado mucho tiempo. A finales de siglo XIX, esa edad es propiamente la senectud. Por tanto, quien escribe puede estar en las peores condiciones. O no, porque, como dice hacia el final el héroe o antihéroe de El cementerio de Praga, “todavía no estoy hecho un cascajo”. Quien así habla es el capitán Simón Simonini, el piamontés que protagoniza esta novela y el diarista de quien nos servimos para recorrer el siglo XIX. Eso significa que el personaje y narrador registra retrospectivamente como si acabara de acontecer lo que sucedió hace años.

Por fuerza la memoria ha de fallar. Si lo que Eco quería era evocar un pasado más o menos remoto, lo lógico habría sido utilizar nuevamente la fórmula del manuscrito: un anciano recuerda mucho tiempo después. Así ocurría en El nombre de la rosa. Adso, el compañero de Guillermo de Baskerville, relata lo que vivió siendo joven, lo que le ocurrió como acompañante de aquel monje tan perspicaz. En El cementerio de Praga, Umberto Eco adopta el expediente del dietario y nos hace sospechar de los recuerdos tan precisos del protagonista. La extrañeza que provoca el recurso es aún mayor si tenemos en cuenta que el personaje ha perdido la memoria de su identidad y de sus actos recientes. “Tengo una suerte de niebla en la cabeza”, dice en algún momento. Esa niebla podría confundirlo todo y de hecho vive parte de su tiempo en la confusión. “¿Quién soy?”, se pregunta nada más empezar. El ejercicio de escribir día a día tiene para él un sentido terapéutico y lo hace por indicación de un tal doctor Froïde. ¿Froïde? ¿Era preciso reproducir fonéticamente ese apellido? Sigamos.

Eco se impone sobre sus caracteres y protagonistas, cosa rara en quien ha analizado tan perspicazmente el funcionamiento de los personajes en ensayos imprescindibles

Esta contradicción entre olvido reciente y evocación remota y esta tensión de la identidad ya estaban presentes en La misteriosa llama de la reina Loana (2005), otra de las novelas de Umberto Eco. En ese caso, el protagonista, Giambattista Bodoni, alias Yambo, iniciaba un proceso de recuperación remontándose al archivo familiar, un viaje espacial y temporal: acudiendo a un pueblecito del Piamonte, Solara, en donde estaba la casa en la que había vivido durante la infancia. El resultado era una escritura en primera persona en la que Yambo literalmente exhumaba todo tipo de objetos, imágenes, piezas que habían tenido un sentido y que de anciano laboriosamente recupera o imagina. Son cachivaches de la niñez y de la primera juventud que habrán de permitirle amueblar de nuevo su cabeza.

No es la primera vez que Umberto Eco trata esta cuestión. De hecho, el asunto del olvido es recurrente en el autor italiano: lo ha abordado como semiótico, como ensayista, y lo ha examinado cada vez que rinde homenaje a Jorge Luis Borges. Inevitablemente, Funes, el memorioso, el cuento del argentino, es una referencia constante en Eco. El escritor italiano imagina el desierto que sigue al olvido; Borges fantaseó con el infierno que padeceríamos si lo recordáramos todo. Es más, el propio Eco se ha planteado en numerosas ocasiones la ventaja del olvido. Repito. Se lo ha planteado cuando se interroga sobre la Enciclopedia, entendida ésta en la acepción general o en la formulación particular que el italiano le da: el código de saberes útiles en que hemos sido formados y que nos sirven para actuar con sentido común. Umberto Eco ha insistido en numerosas ocasiones en ello, en la importancia de tener para retener, de disponer de criterios para seleccionar; ha insistido en la capacidad de discriminar para saber. La acumulación voluminosa no garantiza nada.

Justamente por eso sorprende el exceso erudito de El cementerio de Praga, como antes nos abrumó la exhumación archivística de La misteriosa llama de la reina Loana. El vértigo de acontecimientos es trepidante y el anciano de El cementerio… recuerda con detalle y con alguna confusión los numerosos lances en que se ha visto envuelto, cosa que podemos ver como excusa para que Umberto Eco vuelque un abundante conocimiento sobre el siglo XIX. El capitán Simonini aludirá y mostrará lo que sabe o recuerda de los notarios, de las falsificaciones documentales, de los servicios secretos, de los folletines, de los periódicos, de las conspiraciones, de los jesuitas, de los judíos, de los carbonarios, de los masones, de la Unidad Italiana, de Maurice Joly, del histerismo, de la hipnosis, de Jean-Martin Charcot, de los publicistas, de los libelos, del satanismo, de las conversiones.

Etcétera, etcétera: una larga serie de precisiones eruditas que aturden al lector. Pero todo ese repertorio no sólo lo detalla Simonini. También intervendrá en su diario, añadiendo o corrigiendo, un doble o presunto doble del capitán: el abate Dalla Piccola. Más aún, el relato no se ciñe únicamente al dietario, sino también a los parafraseos de un Narrador actual --así, con mayúscula— que ordena, resume e interpreta para el Lector lo que Simonini o Dalla Piccola escriben.

Con ello, Umberto Eco regresa al metarrelato posmoderno del que se valió en El nombre de la rosa: hace explícito el acto de contar. Pero regresa también a lo que le ha preocupado desde antiguo en sus ensayos: la interpretación y sus límites, la sobreinterpretación de lo confuso o incompleto. El libro de Eco es un juego, un juego otra vez, pero de su inmenso saber narrativo no resulta necesariamente una buena novela. Me divierto con la ironía de Umberto Eco, con esa suma de sabidurías de la que es capaz. Me congratulo de su inmensa capacidad. El 5 de enero de 2011, el autor cumple setenta y nueve años. Casi nadie a esa edad dispone de un cerebro tan potente. ¿Pero tiene que demostrarlo cada vez que narra? ¿Por qué no nos cuenta el vértigo de la vejez, lo que significa la decrepitud? Umberto Eco se impone sobre sus caracteres y protagonistas, cosa rara en quien ha analizado tan perspicazmente el funcionamiento de los personajes en ensayos imprescindibles. Perdonen este reproche de un enano subido sobre la espalda de un gigante, pero tengo la impresión de que a Eco le puede el miedo. Si pudiera hablar con Froïde, seguro que le recomendaría calma y brevedad: justamente lo que a mí me está faltando. 
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