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Gustavo Adolfo Chaves: <i>Vida ajena</i> (EUNED, 2010)

Gustavo Adolfo Chaves: Vida ajena (EUNED, 2010)

    TÍTULO
Vida ajena

    AUTOR
Gustavo Adolfo Chaves

    EDITORIAL
EUNED

    OTROS DATOS
Costa Rica, 2010. 90 páginas. 8 $




Reseñas de libros/Ficción
Gustavo Adolfo Chaves: Vida ajena (EUNED, 2010)
Por Miguel Veyrat, martes, 4 de enero de 2011
El libro Vida ajena (1) ha sido escrito por Gustavo Adolfo Chaves en presencia de aquel consejo de Horacio que sugería no publicar poesía hasta pasados veinte años después de escrita; poco más o menos, pues como indica en la nota de autor que abre su libro, Chaves tardó casi tres lustros en armarlo y publicarlo desde que sintió el estado de sed a que da lugar la mordedura envenenada de la poesía. Y lo hizo precisamente por el respeto que le produce esa misma herida interna que se le revela con toda plenitud cuando terminada su formación académica como politólogo, decide romper las paredes de lo local para dejar volar al halcón que llevaba dentro en estado latente y otear los horizontes que abarcan el universo de la palabra humana. A otro sabio poeta, Miguel Torga (2), le debe la significación del trazado mental de aquel caminar transitado por el ancho mundo hasta completar sus estudios literarios en las aulas del Amherst College, pisando las calles que escucharon los pasos de Dickinson y Frost, hasta terminar los cursos de doctorado en la Universidad de Maryland. Su poesía nos sumerge por tanto entre distintos idiomas a la par que nos invita a digerir el mundo desde la lengua castellana hablada en su aldea hasta hacerla alcanzar una dimensión global de sentido.
He considerado necesario este preámbulo para reseñar a un poeta joven (Costa Rica, 1979) y por tanto poco conocido por los lectores españoles, pero tan maduro como consciente de que la poesía no consiste en una lenta carrera de premios provinciales, oportunismos mendicantes y sevicias sociales y políticas, compadreos sin cuento al casticismo y subastas almarias de malsines hasta alcanzar un puesto en la fila de cadáveres exquisitos que forman ante las ventanillas de los premios Cervantes o su antesala del Reina Sofía —entre otras muchas cucañas, más o menos alcanzables por un buen chico obediente a los caminos trazados por una mayoría de trapaceros funcionarios de la poesía, comúnmente llamados “sus mayores”. Costa Rica, sin embargo, tendría pocos espejos “mayores” propios en quien mirarse pues en palabras del crítico y poeta local Gustavo Solórzano-Alfaro: “(…) nuestra historia se ha movido entre dos mitos: que siempre hemos estado al margen de los grandes movimientos literarios o por el contrario, que no hemos sido otra cosa que imitadores de dichos movimientos (Cortés, 1999). Ahora, si el interés es determinar un momento decisivo, un punto de inflexión a partir del cual se puede hablar de “poesía costarricense”, ese momento es la publicación de En el silencio (1907), de Roberto Brenes Mesén” (3). Y no fue mal momento para iniciarse, uncidos sus poetas al modernismo de la mano del nicaragüense Rubén Darío que abrió caminos por los que iban a transitar Huidobro, Juan Ramón, Borges o Paz.

Bien, acaso tales intuiciones histórico-literarias fueran las que invitaron al poeta Gustavo Adolfo Chaves a liar su petate y navegar a lo lejos de su hermoso y pacífico paraíso local donde el ejército permanece abolido, donde las costas del Pacífico y el Caribe atesoran más espacio que tierra firme, donde las selvas tropicales harían añorar el valle de Xauxa en que los carneros de oro que recuerda Voltaire en su cuento moral llegan a diario como turistas o para quedarse a disfrutar de por vida en uno de los países más ricos en biodiversidad del planeta, aunque no sabría retener a quien quisiera probar su desgarro existencial contra las sierras y acantilados del pensamiento y la poesía verdaderos. Chaves, en sus viajes y estancias por el ancho mundo y antes de regresar al propio nidal —amado e imprescindible, convertido ya en un excelente y acreditado traductor y profesor de literatura, integró en multitud de vidas y obras ajenas la polisemia que la palabra poética ofrece a quien quiere y sabe buscarla —sea cual sea el ritmo e idioma en que se exprese, para construir su propia obra (algunos poemas de Vida ajena surgen y se publican en lengua inglesa). El fruto de ese primer tramo en la vida de Gustavo A. Chaves será pues este libro construido con la paciencia horaciana que se acredita en los versos de T. S. Eliot que el autor coloca al frente de los suyos: Veinte años por lo demás desperdiciados… /Intentando aprender a usar las palabras, y cada intento/ Es un nuevo comienzo, y un tipo distinto de fracaso/ Porque uno si acaso aprende a sacar lo mejor de las palabras/ Para aquello que ya no hay que decir, o de la manera en que/ Uno no está ya dispuesto a decirlo…

Pero no hay desperdicio en esta indagación poética hasta el fondo de la vida propia vivida como ajena —que no enajenada en su sentido psiquiátrico o económico, y que bien hubiera podido naufragar en la sobreabundancia por exceso alimenticio. Mas como ha señalado el crítico y escritor costarricense Guillermo Barquero en la contraportada del libro, “[Chaves] no apela a los recursos de la pirotecnia ni de los caminos sin salida del lenguaje excesivo: es efectividad pura, uso justo de la palabra justa”. O sea, que no hay cuidado: el lector va a encontrar material suficientemente depurado no sólo por el esmero en huir de lo superfluo sino por el tiempo dedicado a su factura, como el propio autor justifica en su advertencia inicial al referirse al título: “Muchos de los poemas aquí incluidos fueron escritos en el extranjero. Además, tanto tiempo ha pasado desde que los escribí, tan lejanas se miran esas cosas, que ahora siento que estos poemas tienen poco que ver conmigo. Estas dos razones (su extranjería y su extrañeza), justificarían pues el título de Vida ajena.”

Ante el canto que ahora nos llega desde esa América donde el castellano se hace español universal, todo debe sobrar; el resto lo dejaré a los académicos que sin duda tendrán muy en cuenta a este poeta que algún un día se leerá como un “clásico contemporáneo”

Mas yo con todo afecto le diría que el juicio acerca de su obra podría ser más hondo de lo que sospechaba al escribir esas palabras, ya que en otro lugar afirma que “casi nadie escribe algo si no es para llenar algún vacío”. Y el vacío, esos vacíos propios que siente como poeta son aquellos que ha querido llenar con la asunción de su alteridad tramo a tramo en la construcción del “libro” como trasunto del mundo, como sucedería con el dios hegeliano, el niño (puer aeternus, Dionisio) que juega viendo desdoblada su imagen al dividirse en un espejo, enajenada, despedazada, con lo cual el hechizo ensimismado de la divinidad poética se rompería para dar lugar —en ese mortal “juego místico” del dios-poeta consigo mismo— al tiempo y a la historia. Y consecuentemente al canto, que es tiempo ritmado (música) e historia (tiempo contado y relatado), y con él a la aparición del Otro, precisamente “El Extranjero” que es a un tiempo El Mismo, destinatario del discurso poético. Es en esa “extranjería” enunciada al abrir la boca y emitir el canto, cuando el héroe-poeta se siente arrojado sobre el mundo, al lugar en que se reconoce como lo único originario y comprende que sólo desde esa base abisal resulta posible la reflexión, el sentido, la comprensión y posteriormente, en consecuencia, el enunciado poético donde la poesía le ha sucedido por vez primera: “Una vez un invierno” —en el título del poema que inicia el recorrido de su aventura: La luz es lo que anida/ entre las sombras./ Nada tiene cuerpo./ En invierno los colores descansan/ conmigo, en este hotel de otra parte/ donde abrir la boca ya me hace extranjero. Exacto. Antes de amanecer a esa mítica existencia que aparece en el instante propicio.

El poema estallará en su piel. La trizará y el poeta dirá más adelante, que es “como un chorro de sangre” que todo inunda. Lo que en cierto modo le llevará a sentir exhausta su voz y expresar el sentimiento de que ahora sus poemas siempre acaben en puntos suspensivos… sobre todo al evocar a la amada perdida sin remedio, ya ajenada, “extranjera”. Mas llegados a este punto, me preguntaré a mi mismo ahora qué puedo hacer aquí elucubrando mientras trato de explicar lo inexplicable, la poesía, sobre todo al presentar la de un poeta nuevo para todos nosotros, cuando debería dejar que suene libre su voz. ¿Qué haré pues, ya demasiado viejo y harto de leer siempre lo mismo desde el mismo ancestral poema repetido como un eco con firmas distintas en épocas sucesivas? ¿Qué más podría decir que no puedan adivinar los lectores en estos poemas nuevos, frescos —pese al escepticismo de su autor, y destilados del auténtico dolor de estar vivo en un mundo hostil, aunque bien tamizados por la peculiar ironía que otorga la conciencia de ese mismo dolor?

“No lamentes tu pena, poeta, suelo decir a los jóvenes que a veces me preguntan, canta canta canta, pues para ello naciste; del mismo modo que nos dejó dicho Dante al inicio de su Infierno: Di nova pena mi convien far versi” (4). Ante el canto que ahora nos llega desde esa América donde el castellano se hace español universal, todo debe sobrar; el resto lo dejaré a los académicos que sin duda tendrán muy en cuenta a este poeta que algún un día se leerá como un “clásico contemporáneo”. He aquí pues mi antología personal sustraída a esa Vida ajena, el libro que ha tenido la virtud de conmoverme hasta las raíces de este final de década en que mis propios plazos vitales se acortan y sólo quisiera escribir ya siempre en presente, como Tu Fu; y también haberles ahorrado algunas divagaciones quizá gratuitas, para sentir con Gustavo que lo único importante es comprobar que los amaneceres son apenas un cambio gradual en la percepción, un aprendizaje renovado de las formas de las cosas, no un apocalipsis del alma ni un bautismo de la mente. Nada que no pueda ser descrito apenas con las palabras calle, árbol y apenas.

***


ANTOLOGÍA DE VIDA AJENA


El invierno como fue

La ventana de mi cuarto en Heredia
donde pasé la mayor parte de mi vida
mira hacia el sur tras la tapia del patio
sobre un jardín roído donde a veces canta un loro.
Años atrás la vecindad era algo
menos ruidosa de lo que es hoy
y había una población errante de yigüirros y personas,
lagartijas y matas;
y un cielo con depresiones repentinas,
casi con problemas mentales,
se paseaba a diario sobre nosotros.
Siempre me cautivaron esas poblaciones que aparecen
por obra y gracia de la lluvia:
me hacen pensar que hay una línea transparente
que separa las cosas vivas
de una niñez exagerada
temiendo que Dios pudiera ver tras las cortinas.

Algo de eso hay en mi actual grafomanía
y en esta vida en regla que ahora llevo
cenando afuera y durmiendo solo
con la ayuda de libros y licor de café.
Alguna vez viví en condiciones que daban miedo;
pero es la crueldad de afuera, al otro lado de la tapia,
lo que decide si mis sueños son literales o alegóricos.
Esta hipertrofia de los nervios me acecha siempre.
Habita mis poemas.
Con el tiempo he aprendido a convertir las cosas
en un paisaje que habla. Cuestión de reunirlas
en una imagen plástica o asumir que sienten
y endilgarles un adjetivo. Ahora son apenas
el pequeño teatro de mis perversiones.
A menudo siento lástima por ellas.


Desayuno, de Juan Gris
(MOMA, 2008)
(A Julio Acuña, In Memoriam)

Terracota es el color del origen;
y gris es el color de Juan.
Nosotros somos lo que comemos:
tierra, letras, alas y cenizas.

(Los colores del invierno
deberían ser los primarios:
en el principio ya fueron el agua y la ceniza).

Somos siempre un principio, Julio:
somos la mesa con los instrumentos
humeantes y apacibles
que dan paso a un nuevo día.
 

Un plano de ruinas
Las tardes a las tardes son iguales
J. L. Borges
(A Víctor Valembois)

*

Con letargo alguien mira hacia el Oeste
y no ve más que las fachadas de costumbre.
Por donde la calle termina
sucede, de repente,
el milagro rutinario de un avión que aspira al cielo.
Por esta calle, tarde a tarde viaja el crepúsculo,
y se ven las casas sosteniéndose entre ellas
como tercas ancianas callejeando.

*

Sin embargo, aquí es el Sur. Las vías
inyectadas de indigentes,
la arquitectura torcida
de una estación de tren sin uso,
los pasos en falso de los niños pobres
y cierta mugre sedentaria en las uñas.
Aquí es el Sur y no porque sea miserable;
no es el Sur porque los perros ladren
por miedo, más que por costumbre.
Cualquier punto en un mapa puede ser el Sur
siempre y cuando tenga flechas que señalen
hacia afuera.

*

Y este es el Este: el polvazal que hace de plaza
y un higuerón tatuado de iniciales y fechas.
Por ahí un precoz edificio invade
la vecindad antes tan amena.
El Este poco a poco inhibe
aquellos corredores donde conversaba la gente
y donde se espiaba a los novios besándose
(otro vicio infantil, como la leche).
Estacas de bambú y clavos vertidos por el suelo
ya no sostienen a esa infancia que diseñaba
juegos y escondites, huidas por un pírrico río Pirro
con meandros ahora oscuros, prohibidos.
De este celeste rumbo
donde ayer silbábamos los días
sólo queda un humo marchito
que arde en la mirada como lágrimas—
o como minutos que se fuman por los ojos
contra un tiempo que sopla,
celeste y mudo.

*

—Bienvenido a Amberes…
Dank U Well, señor Gijsen.
Le estuve leyendo la otra noche, precisamente,
y veo que usted también amó su casa,
La Casa, Het Huis, ¿cuál otra?
Como a usted, me duelen las cosas idas
y algunas gentes me dan lo mismo.
A veces yo tampoco distingo
entre el mundo y un atado de ropas
colgadas en un día sin viento.
No se sienta mal. Yo también
olvido a veces
para qué tengo estas manos.
¡Qué pendejo-burgués este vicio de añorar!,
¿no le parece, mijnheer Gijsen? Qué poco consistente
con los tiempos del mundo. Deberíamos
estar escribiéndole al Fin de la Historia.
Pero tiene usted razón: no es añoranza
sino la simple orfandad de haber crecido
y comprobar que lo mismo al Norte que al Cielo
les somos indiferentes;
que vivimos a tientas, a veces cegados
con la vaga intuición de una vida ajena.

Hay una sola calle que es nuestra, señor Gijsen:
más allá los caminos se andan solos
y apenas las tardes a las tardes se parecen.


Lugares

1. Primera nevada en Amherst, Massachusetts

¡Quién fuera Rafael Alberti
y cantara: “Otra vez la nieve;
otra vez el murmullo blanco,
las terrazas deshabitadas;

de nuevo el invierno absoluto,
el frío que está en las cobijas
de la tierra, y el agotado
sol deshaciéndose en su caspa”!

Quién fuera el poeta anhelante
que viera en el clima su paso
por el lento mar arbitrario
de lo ido — nunca lejano...

¡Quién fuera Rafael Alberti
—qué mierda—!
¡Quién pudiera ser él y decir algo!

2. Chaves, Portugal

La vida que me rompe con sus ángulos duros
(la vida erosionada sin la fe de mis muertos),
la vida intermitente de pasos inseguros

y la de mis poemas, la vida del silencio...
La vida evidente —diría Melcion Mateu—
se me hace un poco ajena y falaz bajo este incendio

que a veces llamo sky y otras cielo y ahora céu.

3. Foncebadón, Camino de Santiago

Cuando ya hemos perdido el miedo
a no escuchar más que el propio pulso

y sólo queda el polvo de los pasos
entre muñones de zacate seco,

las cercas de piedra se aflojan, irreales,
y se llena de moscas agobiadas la ermita.

(Parece pobre este silencio
pero lleva siglos madurando.)

4. Café de La Posada

El museo protege lo pasado
entre torres caídas y paredes
baleadas. Un cuartel es el mejor
lugar para tomar clases de historia.

Por la avenida sube todo el tránsito;
el tránsito acumula nuestros éxodos—.
Es de estos que provienen nuestros males
y de estos provienen nuestros versos.

La muchacha café me habla de vos
y ocupa lo esencial en esta tarde.
El reino de mi mundo es una taza
humeante y estas breves insurgencias.

5. Nocturno en Esparza

El aguacero golpea sobre el techo de zinc.
Las hojas del almendro cabecean aturdidas
y el mar de Caldera se hace un charco de noche.
Los relámpagos encienden micro-días.
Los gruesos chorros de agua helada
parecen troncos de teca en la ladera.
                                       Abajo, en Salinas,
cae el agua como más sombra sobre las cosas.

6. Idaho, 1997

A Olga Ruiz

Olguita me envió un pétalo en su carta y me pidió que revisara si hay flores donde vivo o si el cielo es parecido al que está sobre su casa pero aquí sólo veo nieve y de noche el cielo es el mismo con sus estrellas y su negrura es más ancho que nunca pues la luna se me pierde a veces aunque yo no me entristezco porque el pétalo no se marchita y releo la carta en la que Olguita escribió que la vida a nuestra edad se ve bonita mientras espero salir de esta casa para regresar a la mía y ver la flor entera sembrada bajo el cielo mismo angosto y a Olguita linda imaginándolo todo y escribiéndome cartas.


Caligrafía

un poema urgente inicia      batiendo un lapicero
como quien hace      chocolate con rodillo

removiendo la tinta seca      de todo lo que fuimos
los raspones      los granos      el agua oxigenada

cerca de las palabras frontales      donde acaso sufrimos
las primeras heridas      los insultos que explican
                      que las palabras

son grietas poros      que erosionan el mundo
el poema estalla en la piel      como un chorro

de sangre      luego      algunas rimas cicatrizan
lo envejecen y concluye      inevitablemente

tras haber oído infinitos      ecos del vacío
metáforas y adverbios      que estilizan el miedo

     las orquídeas son flores proustianas

el perfume traumático      de una madre que cultiva
raíces que otra mano arranca      el clima cambia

la lengua invierna      y las orquídeas se secan
nuestro héroe-poema      decide entonces

convertirlo todo en leña      y se siente
tan solo      tan feliz      tan excitado
             cuando una astilla arde

que entiende que al morir será cremado
pero no cremado en leche y azúcar

a la usanza de sus seis años      toda
la amargura del mundo      disimulada con vainilla

salud de hogar      emulsión de scott
los poros son ahora      surcos sensibles
la primera vez      por ejemplo      que alguien lo tocó

y supo que la imaginación      tenía sus límites
como el número de versos      los años      diríamos

provistos para ser      sí mismo      el poema de la vida
un poema malogrado que      como los pañales

no es más que otro fragmento      autobiográfico

nuestros cuerpos van      domando sus metáforas
su urgencia de estallar      a veces hasta

                                   su caligrafía


Evelyn Place
(En memoria de Eileen Simpson)

A menudo yo tomaba el desayuno en Evelyn Place
con Erich Kahler y Hermann Broch. No era inusual
que Erich y yo desayunáramos solos mientras arriba,
en su cuarto, Hermann daba muerte a Virgilio.
Con la amenidad nutricia del té y los huevos fritos
discutíamos Los Beatles y la sociedad de Princeton.
Siento horror al pensar que todo esto ocurrió
de seguro en otro siglo. Cierto es que hoy

todo aquí parece igual. Con la diferencia, claro,
de que ya todos ellos están muertos: Broch y Kahler,

John y Delmore, muertos y en paz.
Y vos tan solo… Debe ser duro sentirse tan solo.

Pero ellos sí que sufrieron pérdidas cuantiosas,
de esas que nos curan de nosotros mismos.

No como vos, perdido si acaso en tu intimidad excesiva
que te arrastra y te ciega. Incluso a menudo me pregunto

si serían iguales tus poemas sin esa nostalgia de vos mismo,
sin tu afinidad profunda con tu propio desapego.

¿Que cómo sé que escribís poemas? Se te nota en los ojos idos
y en esa ingenuidad de buscar ideas leyendo en otras lenguas.

Las ideas son como las mujeres, muchacho: basta una, ojalá
concreta. Luego hay que tratarlas mucho tiempo y conocerlas.

Tampoco hay que ponerse muy grave en estas cosas
porque las ideas, como las mujeres y las lenguas,

requieren de un humor peculiar para entenderlas.
Eso decía Broch. Nunca se me olvida.

En fin, ya sabés a dónde te llevarán estos placeres:
te tirarán a un río helado o te harán pecar contra tu mente

envenenándola de auto-compasión y whiskies
hasta que un final sin humor te reclame y arroje

por tres días anónimos en el libro de una morgue
cuando no directamente en el símil de una cloaca.

Por eso te ruego, muchacho: menos ego. Menos ego. Retorná
a la saludable divinidad de las piedras. O adoptá una gallina.

¿O sos de los que piensan que un poema se escribe
sosteniendo gentilmente una pipa en una mano

y con la otra palpando una nalga prohibida? ¿Embarazar
a la criada? ¿Asesinar al padre? Nunca hagás un mar con el

charco de tus odios, ni honrés con tu tristeza a la idiotez ajena.
Quejarte es una pose inútil; un lujo que no podés darte.

Te aconsejaría que bailaras más. Eso es bueno para el espíritu.
Bailá un día como si fueras gay y otro como si fueras niño.

Bailá como si todo dependiera de ello. La música en exceso
―aprendételo bien― nunca es un exceso.

Recordá que en las cosas soñadas empieza la responsabilidad.
Nada se recupera; todo hay que rehacerlo…

No sé qué más decirte… Bueno, nunca cambiés en nada, ¿oíste?
No cambiés. Al menos no por mí. Y si un día

querés saber de Broch o hablar de Randall Jarrell, bueno,
venite acá, tomamos té. Cantamos Let It Be


Ánima: un idilio

Hace calor y en la casa no hay gente.
Hace calor y las viudas se bañan
disimulando que sus ingles sufren
ansias como sus cuellos y sus médulas.
Hace calor y sus cabellos huelen
a un barro viejo de café y melaza.
Alguna quiere andar desnuda, mas
no puede — la salud no lo permite:
sería el estropicio de esa pátina
que crece como costra de los días
y que arde cuando ya es la tarde inmóvil
y el paisaje es este idilio sin gente.
 
Pero sudan.
                 ¿Qué harán ellas ahora
en este calor sin brisa? Todavía
no es de noche y ya están solas.

            No me pregunten
si este bochorno fue suyo otras veces.
Hace mucho que aprendieron su nombre.
Su lasitud ya era otra pariente
cuando aún no plañía en las cobijas,
y casi con ternura la miraban
acomodada en su silla de estar
o barriendo las hojas en el patio,
haciendo todo lo que en otros días
hacían los hombres…

                                    (Acostumbrado,
sin quien lo detenga, el sol se desplaza.)

Apenas un rocío bastaría—
bastaría una brisa para ahogarse.
Las viudas están solas. Sudan gubias
que tallan maderas secas. Son algo
que ha sucedido tantas veces, tantas,
que van sospechando ser un encono...
Pero hace calor y les pesa el aire.
El cielo es un incendio que sofoca.
No hay agua que las calme.


                                     Con el puño
de sombra que trae una nube, lubrica
el cielo a sus criaturas. Ellas creen
que hace salir amor de las manos.
Pero sólo hace calor y les suda
el cuello, y les suda mucho la espalda,
y a pesar de todo esto ellas dirían
que hace frío, mucho frío. Tal vez
porque a falta de alguien más, el calor
no abriga; y no hace nada andar desnudas
si alguien más no las mira y se desviste
también: con ellas contra el tibio vaho
sentada la oscurana entre las hojas,
las camisas chorreando los hedores
del día, el agua que entra en la corteza
del mundo, y el fuego de un dios poseso
quemando en los vientres…

Hace frío y en la calle no hay gente
y aunque saben las viudas que no hay nadie
hablan solas con sus húmedos ecos.

La piel se siente hoy nueva y agitada.


Soneto del siguiente día

En las horas que enlazan a los días
con codicias recíprocas se amarran
dos cuerpos que se enturbian y se embarran
de un sudor habitual. Las calorías
se queman y las sales se disuelven
en aguas de un morir que no es la mar.
Las manos se deslizan como un par
de agentes subrepticios y se pierden.
Ninguno de los dos acaba pronto;
desnudos, ven un cielo en cuyo fondo
se anuncia la mañana que empezó
temprano la noche antes: se encontraron
y con sed genital se prodigaron
afectos que la luz del día aclaró.

Villanela

Mis poemas se han vuelto pensativos;
hay algo lento en ellos, no hay firmeza;
siempre acaban en puntos suspensivos…

Rechazan ciertos temas obsesivos
como yo, mi reflejo y mi tristeza,
y aún así yo los noto pensativos…

A menudo parecen decididos
a explotar en verdades y promesas
pero acaban en puntos suspensivos…

Mis poemas son viejos descreídos
a prueba de fervor y sutilezas
que se miran el rostro, pensativos…

Mis poemas son seres precavidos:
mencionan poco a Dios—y a la Belleza
la despachan con puntos suspensivos…

Por temor a esos vuelos compulsivos
donde antes se estrellaban la cabeza
mis poemas se han vuelto pensativos:
siempre acaban en puntos suspensivos…


Por el río sinuoso

Hoy como ayer, es difícil escribir
un poema simple. Eso dijo Mei Yao Ch'en.
Llevo horas leyéndolo a él y a Tu Fu, y he notado
que casi todos sus poemas están escritos en presente:
alguien canta una canción del Sur;
es primavera en las montañas; un halcón está
suspendido en el aire. El pretérito aparece
cuando se habla de la muerte: Tu Fu reporta que
un árbol del desierto perdió sus pocas hojas.
Mei Yao Ch'en, en un poema llamado Pena, declara:
“El cielo se llevó a mi esposa”. Pobre de él.
Al final de ese poema ya no ve ni a una sombra
en el espejo. La soledad es así; nos borra.
Una vez me perdí en un gentío — creo que fue
un 15 de septiembre; estábamos de paso en Alajuela
y era la primera vez que yo iba. Por una hora, más o menos,
me sentí tan solo que a veces me cuestiono
si realmente estuve ahí; y si lo estuve,
¿por qué no recuerdo a nadie? Si acaso me quedé
sentado al pie de un muro. Cuando mi hermano me encontró
fue como haber despertado de un sueño ajeno.
Pero volviendo a los versos,
los otros que encontré fueron estos:
“Es lo mismo con esta bella vida
que me era tan querida,” dichos por Mei Yao Ch'en
en Sobre la muerte de un recién nacido,
un poema que termina con una madre vertiendo
lágrimas de sangre, mientras sus pechos aún se llenan
con leche. Sólo que aquí no se usa el pretérito
sino el imperfecto, y algo suena a suspiro.
El pretérito es a la pérdida lo que el imperfecto
a la melancolía. No es lo mismo anhelar lo que se va
que llorar por lo perdido.

(Sobre la calle
               una luna sin nubes
                                     anuncia el viento.)

Tengo entendido que en chino no hay tiempos verbales;
las cosas se dicen en presente
con un aspecto adverbial que especifica su tiempo.
Ayer yo amo, por ejemplo, es la forma de decir amé.
Pero eso no explica por qué
los poemas de Tu Fu y Mei Yao Ch'en están en presente.
Estos de seguro fueron hombres normales, con deudas
y horarios; con rutinas, nostalgias y deseos;
de seguro escribían de manera regular sobre
las mismas cosas. Pero llevo horas leyéndolos a ambos
y es como si ninguno tuviera memoria
o como si nada les resultara evidente.

(El subjuntivo, por cierto, no es un tiempo verbal,
sino un estado de ánimo: Tal vez me vaya — me dijo ella,
desalentada; Como querás — le respondí yo, indiferente.
El subjuntivo sabe que la voluntad avanza a merced del clima.)

A mi alrededor quizá hay más cosas concretas
de las que puedo percibir. Constato lo mismo
todas las mañanas: los mismos árboles innombrables,
pájaros precavidos y ardillas estresadas
royendo una bellota cuyas cúpulas al secarse
se despegan y parecen boinas de fieltro. (Ella me regaló
una bellota con cúpula; un amuleto para cuando
me sentara a escribir. Parece una pequeña cabecita
con boina. Yo la llamo Pío Baroja,
con mucho cariño). Pero el punto es que
cada mañana veo lo mismo. Se requiere un corazón
muy amplio para escribir siempre en presente. Cada día
un nuevo día; el río es, pero no como era; las cosas son ellas
y no serán símiles. Tal vez escribiendo en presente
llegaría a componer un único poema
sobre las estaciones climáticas. Y no sería poco:
hay tanto que aprender de la luz y sus migraciones.

Hace unos días casi me congelo
tras quedar absorto viendo un junípero en otoño—
me dio la noche y descendió la temperatura;
estuve jalando mocos un buen rato. Entré a la casa
y preparé una sopa de algas — un amigo me las trajo
y yo no sabía que más hacer con ellas. Aprendí que
las algas no se pueden morder: se pegan como sanguijuelas
en las paredes de la boca. Hay algo inquietante en las algas,
algo invasivo; me hacen sentir cubierto de escamas.
Ella también me besaba de esa forma invasiva, buscando
los pliegues de mi boca. El sexo nos limpiaba la piel.
Era como un cuchillo que nos quitaba las escamas.

(Hablando de sexo, hay una broma muy conocida
que se hace con las galletas de la suerte que dan
en los restaurantes chinos. El chiste es agregar “en la cama”
a lo que sea que diga la suerte. La última vez
yo saqué: “La filosofía de un siglo es el sentido común
del siguiente... en la cama,” lo cual es bastante estúpido;
pero a alguien más le salió ésta: “Acepta la siguiente
proposición que escuches... en la cama,”
lo cual sí tiene algo de malicia.)
Una vez le ofrecí a ella
que me pidiera cualquiera cosa... en la cama.
Ella no sabía qué decir. Lo digo en imperfecto
porque hoy anhelo su disposición de esa noche.
Todo pudo haber sido mejor. Es un arte sutil aprender
a ofrecerse. También la excesiva intimidad
nos borra un poco, como la soledad. Después de todo
es bueno tener escamas; saber hasta dónde llegamos nosotros
y dónde empieza la corriente que encaramos. Y es bueno
deshacerse de esas escamas como una bellota
se deshace de su cúpula; es bueno rodar y perderse
entre las hojas caídas de un árbol desconocido.
Es necesario perder para aprender a nombrar.

Si yo fuera Mei Yao Ch'en escribiría
que a plena luz del día sueño que estoy con ella,
y que de noche sueño que aún sigue conmigo. Si fuera
Tu Fu escribiría sólo en presente
y me sorprendería ante una canasta de frutas, no ante
los tiempos verbales de mi idioma, sus aspectos emotivos.
Escribiría poemas simples que al cabo de un rato olvidaría.
Y por eso quizá es que después de varias horas los poemas
de estos hombres resbalan en mi mente como niebla. De ellos
sólo me queda una breve ilusión de fijeza.

Algo está allá, en el pasado irrecuperable, tenso
en el recuerdo, sostenido por los nombres. Mientras tanto,
Tu Fu y Mei Yao Ch'en navegan por la bruma del tiempo
como dos botes sobre un río sinuoso. Y por encima de todo
                la luna brilla.


Ghazal

La memoria contiene un afán de realidad.
La memoria es deseo, como lo es la realidad.

Por calles que más que eso son recuerdos nublados,
detalles de una atmósfera, luz sin realidad,

imagino que invierno sería una palabra
más cálida que ausencia al hablar de realidad.

Las últimas señales del día en las paredes.
Amanece la noche. Duerme la realidad.

Lo que fue de la sed quedó en los vasos vacíos;
pero esta operación es tiempo, no realidad.

Como dos que se quisieron pero se cansaron
recogemos la ropa (hemos muerto, en realidad).

Nadie nos dijo cuánto durarían las cosas,
(durar, que nunca ser, es la vida, en realidad).

Cuando el último gesto es recoger en un saco
las horas infartadas de un día sin realidad,

no sé, algo queda renco y oscuro en los sentidos;
la vida no se apaga, pero sí la realidad.

Si pudiera ser fuego, ¿quemaría esta casa?
¿Podría restituir con fervor la realidad?

Lo único que existe es el teléfono ingrato.
La duda de si hay alguien ahí, en realidad.

“Aló, ¿habla Gustavo?” Esta vez diré que no.
Mañana no estaré y hablará la realidad.


Los trabajos y los días

Mientras duermo, la señal del radio se extravía
y me hace soñar que alucino en Patmos.
Despierto con las manos sobre mi cara y me veo
preso en el orinal de un parque de esculturas.

Cada mañana trae sus miedos surrealistas.

Las cosas parecen haber estado esperándome:
     tan pronto abro los ojos suena el teléfono;
tan pronto me pongo en pie se cae la cortina;
          de pronto
todo en el mundo me pide que lo repare.

Yo soy yo y mis patéticas falacias.

Luego tiembla un poco: 2.6 en escala de Richter.
Toqueteos entre Cocos y Caribe
como si una dialéctica tectónica recorriese
los fantasmas de mi existencialismo.

He desperdiciado mis impulsos en teorías.

Y de pronto galopan frente a mí las mañanas
a los diez años de edad, (quizá era enero),
en las que un gallo irrefutable nos despertaba
y la mente aún no encendía sus reactores suicidas.

Las dudas, como el pasto, acababan en boñiga.

Ahora despertar es un gaje del oficio,
el ritual de una pérdida constante.
La cuajada se parece a un corazón helado y cínico
y una cucharada de café a deshoras
se convierte en la metáfora de una vida estéril.
¿Cuándo me volví esta pereza de domingo?

Aquellos días
en que nada necesitaba odas
para sernos llevadero,
cuando acaso nos movía un cierto siempre
que podía prescindir de la memoria.

Hoy en mi caverna veo destellos de esos días.


Tres episodios con lluvia

I. Visión

La eternorretornable luz que cae
sobre una Heredia exhausta
brinda el tono preciso
a una tarde amarilla.
Torsión crepuscular. Las nubes muestran
los síntomas hepáticos del cielo.

Los hombres que levantan con pereza
gris una obra gris
erigen muros ásperos
que impiden a los niños conocerse.
La lluvia bajará por esos muros
y alambres de cuchillas
hacia el silencio urbano de otras tardes.

II. Gleba

Cuando el día era azul, Max me decía
que un día gris de reposo nos aguarda:
que un paisaje tranquilo
que parece como sombras
evocadas del pasado

ya había sido dispuesto por los dioses.
Max, que se había quedado sin lluvias
desde los días de París y Gleba,
cuando el mítico César
anidó en su buhardilla—
Max, digo, fue un gentil paño de lágrimas,
un faro en el agobio

de naufragios leídos como propios.

III. Memoria

Eugenio era otra cosa.
Él nunca erigió muros.
Vivía solo en su memoria vaciada
sin poder recordar quién en su casa
se quedaba o se iba.
Eugenio murió oliendo los limones.

Una tarde, con músicas en sepia,
Eugenio entró en la lluvia;
—la sombra de su madre
nos despidió sin más desde el vivero.
Entonces le escuché bajo la lluvia:
Un murmure; e la tua casa s’appanna
come nella bruma del ricordo
—.

Recordar es ahora un pasatiempo
cuando el tiempo no pasa.


Ars Poetica (a imitación de la de Coninck)

Dice la cita:
“Con letargo alguien mira hacia el Oeste
y no ve más que las fachadas de costumbre”.

Originalmente esos versos decían
“Con letargo alguien mira hacia el Oeste
donde convergen fachadas eternas”.

Me tomó cuatro años cambiar eso.
Cuatro años para aprender que hay
palabras que mienten por ajenas.

La eternidad le queda bien a Roma,
a las película de Burt Lancaster
y sobre todo a los recién casados.

Pero si un poeta en Costa Rica dice
que algo es “eterno”,
—ahí donde los bares

cambian de nombre con cada luna llena
y los barrios de ayer son las nuevas zonas francas;
ahí donde cada veinte años un temblor

o un volcán llega a abolir el paisaje—,
si un poeta ahí dice que algo es “eterno”
uno sabe que el poeta está mintiendo.

Para ser poeta en estos valles se requiere
de un alma repentina, y una enfermiza pasión
que domine a la costumbre y la resista.

La eternidad dura apenas cuatro años.
Si algo puede corregir esta sentencia,
eso, quizá, sea la poesía.



NOTAS
(1) Gustavo Adolfo Chaves (Heredia, Costa Rica, 1979) ha publicado Cuentos etcétera (relatos, EUNED 2004) y Vida ajena (poemas, EUNED 2010). Ha editado, seleccionado y prologado En esta rara noche: Poesía selecta 1970-2008 de Carlos de la Ossa (EUNED 2009), y ha traducido Fin del continente: Antología mínima de Robinson Jeffers (Editorial Germinal, 2010). Estudió ciencias políticas en la Universidad de Costa Rica en San José. Tiene una maestría en literatura por la Universidad de Massachusetts-Amherst y estudios de doctorado por la Universidad de Maryland. Fue finalista del Segundo Premio de Literatura Joven Latinoamericana ST Dupont – MEET en 1999. Ha sido incluido en Historias de nunca acabar: Antología del nuevo cuento costarricense (Editorial Costa Rica, 2009). Actualmente dirige la “Colección Ezra” de traducciones en la Editorial Germinal. Co-edita, junto a Silvia Piranesi, el capítulo Costa Rica del muestrario internacional de poesía “Afinidades Electivas”, y mantiene un blog de traducciones: cafeverlaine.blogspot.com. Actualmente prepara un libro de traducciones del poeta ruso-estadounidense Ilya Kaminsky, qure verá la luz en España en 2012 en la colección “Jardín cerrado” de la editorial “Libros de Aire” (http://www.librosdelaire.com/presentacion.html)
(2) É uma paz de halcón, desde sua altura/ medindo as fronteiras./ Baixo as garras só rocha dura/ mas no bico estrelas verdadeiras. En estos versos leemos en toda su intensidad el sentido de la frase que el médico y poeta Miguel Torga escribió en su diario: “Lo universal es lo local sin paredes”.
(3) “Retratos De Una Generación Imposible-Muestra De 10 Poetas Costarricenses Y 21 Años De Su Poesía 1990-2010” (San José, EUNED, 2010).
(4) Commedia, Inf. XX, 1
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