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Lola López Mondéjar: <i>Mi amor desgraciado</i> (Ediciones Siruela, 2010)

Lola López Mondéjar: Mi amor desgraciado (Ediciones Siruela, 2010)

    TÍTULO
Mi amor desgraciado

    AUTOR
Lola López Mondéjar

    EDITORIAL
Siruela

    OTROS DATOS
Madrid, 2010. 257 páginas. 17,95 €



Lola López Mondéjar

Lola López Mondéjar


Reseñas de libros/Ficción
Lola López Mondéjar: Mi amor desgraciado (Ediciones Siruela, 2010)
Por José Cruz Cabrerizo, lunes, 01 de noviembre de 2010
Como hombre que teme al “qué dirán”, traté de evitar que en la consulta de la dentista nadie viera el título de la novela que estaba leyendo: Mi amor desgraciado. Por comprometido, por perfectamente confundible con una novela romántica, a pesar de que no lo es. Y qué le vamos a hacer si uno es así. Aunque habrá hombres a los que no les importe que incluso los pillen hojeando y ojeando el Hola y demás papeles suaves. Todos los hombres no somos iguales. Tampoco todas las mujeres cojean del mismo tacón: hay una diferencia no solo de husos horarios entre Margaret Thatcher y la madre Teresa de Calcuta. También son distintas el común de las hembras, y esas otras que contraviniendo un supuesto orden natural tienen bajos niveles de empatía y no presentan el perfil de la dadora/perpetuadora de vida y bienestar (algo de eso hay en el libro).
Por suerte tampoco todas las novelas son iguales. Las hay necesariamente de evasión, de esas que poniendo tinta de por medio ayudan al lector a darle esquinazo a la realidad. Y tenemos el caso de aquellas cariacontecidas que impostan esa pose, la de “yo te voy a sacar de esta realidad”, pero que lo que hacen es sentarnos a mirarla, la realidad, como quien levanta una pieza en perspectiva caballera. Y no solo eso, sino que además en este tipo se introducen elementos para el reconocimiento personal y para la reflexión mediante el viejo método de “me saco un ojo para que tú te saques los dos”, yo te cuento un poco pero eres tú quien me va a contar a mí o, mejor dicho, quien va a tirar de su propio incómodo hilo interior, y todo salteado a fuego medio con un erotismo que aporta valor añadido.

De todas las líneas que tiene impresas gran parte se constituyen en ensayos preclaros, prácticos, útiles, y fáciles de entender para un lector en zapatillas de casa: ¿Existe la entrega total de la madre? ¿Dónde está el límite? ¿Es la maternidad el certificado de “utilidad” de una mujer? La entrega incondicional de la madre a su descendencia, ¿tiene un origen biológico o social? ¿Erotismo es a maternidad lo que bata de guata floreada es a pasarela de moda? ¿Qué pasa cuándo el hombre ha logrado perpetuar sus genes, o “tener descendencia”? No apto para parejas que ya tienen buscado el salón de celebraciones y los trajes esperando la prueba, página 103: “El amor no es más que la mística de las necesidades, el disfraz de las insuficiencias, la mentira que encubre nuestra desprotección. A más inseguridad más amor, he aquí una ecuación que considero perfecta. Cuando las mujeres pueden abandonar a su hombre sin el temor a morir de hambre o de ignominia, le abandonan. Desaparece como por encantamiento el amor eterno. Nadie habla ya de él. Nunca existió sino como poética de la desnuda y gris necesidad”.

La autora no toma el atajo de lo escabroso, del tremendismo impactante para que nos sacuda la onda expansiva y asegurarse el efecto, sino que la acción es una espiral, una macabra escalera de caracol que desciende a los infiernos interiores, pero que no acaba en el desenlace. Todavía después deberemos seguir leyendo/bajando peldaños

Pero Mi amor desgraciado tiene dentro y ante todo, una historia de ficción fácil de contar: El cruce tangencial primero y secante después de los caminos de dos mujeres. Hay una narradora de quien no llegamos a saber su nombre. Y está Héléne, presente mucho antes de que lo sepamos. Dos mujeres que siguen dos caminos. El paralelo: una es la loba esteparia peleada con el mundo; la otra sufre una especie de negación enfermiza y patológica de todo aquello que no sea su marido, su verdadera otra mitad. Y un camino divergente: la una se cura de su “dolencia”, de su necesidad de apartamiento emocional monacal, a partir de la locura y de la conducta atroz de la otra, a quien quiere compadecer, a quien quiere entender, a quien quiere parecerse, hasta que se da cuenta de que Hélène puede ser víctima de un marido que ha potenciado el afán de ella por poseerlo, pero también es una verduga fría y desposeída de cualquier sentimiento de empatía o de conciencia del otro (p. 199: “Hélène me ha devuelto la generosidad sin pretenderlo, su extremismo ha provocado que regrese a mí la ternura, la bondad y la paciencia. No soy como ella. No soy como ella, me repito. Aunque pueda comprenderla existe una diferencia que no es sólo de grado entre nosotras. Entre sus sentimientos y los míos hay una distancia infernal”.)
La historia circula en algunos tramos por las vías del género negro, y por eso es mejor que ya no le cuente más, so pena de desentrañar los hechos. Solo advertirle que se prepare para el crescendo de luces de alarma que se le irán encendiendo en el panel de avisos conforme se acerque al  clímax de la acción. Y resaltar el hecho de que la autora no toma el atajo de lo escabroso, del tremendismo impactante para que nos sacuda la onda expansiva y asegurarse el efecto, sino que la acción es una espiral, una macabra escalera de caracol que desciende a los infiernos interiores, pero que no acaba en el desenlace. Todavía después deberemos seguir leyendo/bajando peldaños hasta el punto de que tras la vuelta de tuerca final el lector, recordando el borroso principio de la novela, no será capaz de volver a esas primeras líneas con tal de no recibir el golpe de gracia ahora que ya sabe lo que sabe.

Ya en lo puramente técnico, la verdad es que Lola López Mondéjar tiene la rara habilidad de pintar en palabras el mundo interior de sus personajes, uno “ve” dentro de ellos, no hay nada etéreo, nada de esas frases vacías como hebras que se nos quedan al masticar algunas judías verdes demasiado fibrosas que terminan formando un bolo en la boca. Cómo consigue Lola López Mondéjar poner en palabras llenas de peso semántico el mundo emocional de estas mujeres no lo sé. Igual podríamos hablar de “sentimientos en acción”, porque estos realmente sirven a la acción. O quizá el secreto reside en la administración justa de los recursos: uno tiene siempre un pie en la calle, en la vida, más dura que pura, a través de la expresión de agotamiento de una cajera de supermercado, de un camarero atento, o de una chica fagocitada por un París sin miramientos a la que en el peor momento se le rompe la bicicleta.

Mi amor desgraciado no es un libro de autoayuda. Pero sí que es un manual del explorador emocional. Ya dije que en sus páginas uno se reconoce: desde el fantaseo sexual a los sencillos deseos que siempre hemos reprimido: mojarse con la lluvia (p. 39); el tiempo y sus efectos en la amistad (p. 40), la imperiosa necesidad de una mínima soledad que nos devuelva el sentido de unidad, de encuentro con uno mismo. Ese uno mismo que se pelea con el otro uno mismo en torno a si alguien verá el título de la novela que está leyendo en la consulta de la dentista. Dos pedazos de uno mismo, como estas dos mujeres que podrían ser una batiéndose también en la arena.
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