Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
  • Novedades

    Entrevista a Francisco Javier Carballo, autor de Circo Ensayo (por Jesús Martínez)
  • Cine

    Conocerás al hombre de tu vida, película de Woody Allen (por Eva Pereiro López)
  • Sugerencias

  • Música

    I Love Your Glasses, CD de Russian Red (crítica de Francisco Fuster)
  • Viajes

  • MundoDigital

    La creación de contenidos web en la era de la economía de la atención
  • Temas

    ¿Memoria colectiva?
  • Blog

    Drácula, ilustrado por Luis Scafati (Blog de Juan Antonio González Fuentes)
  • Creación

    Santuario de sombras, de Amir Valle (por Marta Farreras)
  • Recomendar

    Su nombre Completo
    Direccción de correo del destinatario
Manuel Chaves Nogales: <i>La agonía de Francia</i> (Libros del Asteroide, 2010)

Manuel Chaves Nogales: La agonía de Francia (Libros del Asteroide, 2010)

    TÍTULO
La agonía de Francia

    AUTOR
Manuel Chaves Nogales

    EDITORIAL
Libros del Asteroide

    INTRODUCCION
Xavier Pericay

    FICHA TÉCNICA
Barcelona, 2010. 187 páginas. 14,96 €



Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales


Reseñas de libros/No ficción
Manuel Chaves Nogales: La agonía de Francia (Libros del Asteroide, 2010)
Por Eduardo Laporte, martes, 01 de junio de 2010
Manuel Chaves Nogales (Sevilla 1897- Londres, 1944) fue un activo periodista comprometido hasta la raíz con la causa democrática. Lo hizo en un tiempo en que esta forma política que hoy damos casi por supuesta, como parte de un Matrix inamovible, no gozaba de la misma salud pública que hoy. Plumas prestigiosas como las de Pío Baroja o Julio Camba a menudo despotricaban contra un régimen parlamentario aquejado de varios males y en extrema debilidad, pero sin duda menos dañino que los totalitarismos que marcaron el siglo XX. Hoy es fácil condenar los excesos del fascismo o comunismo, pero no lo era tanto a principios del siglo pasado. Chaves Nogales defiende sin apasionamiento la menos mala de las formas políticas y señala con dedo acusador la claudicación del país abanderado por antonomasia de los valores democráticos, Francia, hechizado por el embrujo nazi. Las causas de esa sonrojante capitulación, de su postramiento ante la “estupidez” totalitaria en una nación que había sido tradicionalmente emanadora de inteligencia y espíritu, son la materia con la Chaves Nogales se enfrenta a un capítulo histórico tan peculiar, que él vivió en primera persona. Lo hace de un modo lúcido, certero y analizando todos los aspectos, desde el gusto de la nueva clase francesa por las excursiones de fin de semana, a las fascinación que el kitsch nazi causó en las élites de la época, que es como deben analizarse los grandes procesos históricos.
En La agonía de Francia, Manuel Chaves Nogales aborda un tema de gran interés que, con la perspectiva del tiempo, el lector actual puede leer con un inusitado placer. El periodista y escritor narra con gran conocimiento de causa las vicisitudes políticas y sociales de una Francia acosada por las veleidades imperialistas del Tercer Reich alemán. Chaves Nogales no habla ex cátedra, ni se dedica a teorizar a lo erudito, sino que narra la visión de unos hechos que él conoce, sin abandonar nunca una valoración que defiende el sistema democrático por encima de todo. Nogales, como reconoce Pericay en su introducción, seduce al lector porque sabe de lo que se habla, Nogales, como el maestro Juan Martínez (una de sus obras) estuvo allí. Son numerosas las frases que comienzan con un “yo he estado”, “yo he hablado”, “he escuchado”, lo que le confiere un crédito de gran valor.

Chaves Nogales estuvo allí, en la Francia de los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial. Salió al exilio en cuanto Franco comenzó a asediar Madrid, noviembre del 36, disgustado con el cariz que tomaban las cosas, en profundo desacuerdo con una guerra de la que no presagiaba nada bueno, fuera quien fuera el vencedor, que en su opinión solo sería un dictador, de uno u otro color. Abandona España y se refugia en Francia, donde toma parte activa en la defensa de la Francia democrática, cuyos valores quiere apisonar la maquinaria hitleriana. Le tocaría volver a huir, puesto que un perfil como el suyo bien podía haber terminado en cualquier campo de concentración nazi y pasaría sus últimos años en Londres, donde muere, solo, lejos de su familia, en 1944.

Se da un feliz maridaje entre la fidelidad a los hechos que requiere el ejercicio periodístico con la anchura de miras, la capacidad para el encuentro con el otro que predicaba Kapuściński, la compasión y la observación que ha de tener un buen prosista

El periodista sevillano, cuya obra se comienza a redescubrir y poner en su justo lugar gracias a la labor de rescate de Libros del Asteroide, disecciona, pues, la compleja realidad de una nación, Francia, que ha sido durante veinte siglos una civilización sólida y autónoma. Un país que, por primera vez en su historia, traiciona sus valores intrínsecos y se vende al totalitarismo alemán. La “fe en Francia, una fe ciega” que la humanidad tenía puesta en aquella potencia se desintegra a partir del 22 de junio de 1940. Aquel día, el mariscal Pétain firma un armisticio con las autoridades del Tercer Reich, quedando el país dividido en la Francia ocupada y en la Francia de Vichy, donde se establece un régimen carente de toda viso democrática, en consonancia con los valores corporativistas y fascistas del gusto alemán. ¿Cómo entender semejante decisión, semejante capitulación? El libro de Chaves Nogales constituye una guía esencial para conocer la intrincada red de motivaciones, de debilidades, que llevaron al país a tal extremo.

El autor, formado desde muy joven en las redacciones de los periódicos sevillanos, demostró una precoz capacitación literaria cuando publicó, con tan sólo 23 años, sus Narraciones maravillosas, una sorprendente galería de tipos humanos, de antihéroes, en los que la compasión y la agudeza psicológica impregnaban cada una de esas fábulas. Luego vendrían títulos que, con un 'marketing' literario más fino, le habrían hecho figurar como uno de los padres del Nuevo Periodismo, atribuido demasiado generosamente a Truman Capote, sin tener en cuenta el trabajo previo de un Rodolfo Walsh o, mucho antes, el propio Chaves Nogales. Ahí quedan Juan Belmonte, matador de toros o El maestro Juan Martínez, que estaba allí, como obras que nacieron con un gran carga innovadora, y que empezaron a confundir, en el buen sentido del término, los límites entre ficción y no ficción. La agonía de Francia no ofrece tantas dudas, estamos ante un libro de no ficción sin fintas literarias, sin espacio para el lirismo ni el paseo estético, pero que se mueve entre el ensayo y la crónica periodística de largo alcance. Es ahí donde este sevillano universal, valga el tópico, muestra sus mejores bazas. Porque Chaves Nogales es un periodista con capacidad para la visión literaria, algo no muy frecuente, tristemente, en la profesión periodística, por lo que sus crónicas no son sólo periodísticas, ni únicamente literarias. Se da un feliz maridaje entre la fidelidad a los hechos que requiere el ejercicio periodístico con la anchura de miras, la capacidad para el encuentro con el otro que predicaba Kapuściński, la compasión y la observación que ha de tener un buen prosista. Chaves Nogales reúne todas esas fortalezas y, además, estaba allí. Dice Andrés Trapiello en el prólogo de El maestro Juan Martínez...: “El mérito de Chaves fue decir lo que dijo cuando lo dijo”. Cabría añadir, también, el cómo lo dijo.

El francés quiere seguir tomando el aperitivo, no quiere colas para hacer el pan, no quiere caóticos embotellamientos que hablan de un Estado desintegrado y ausente. No quiere la guerra.

En ese cómo no tiene cabida la pirueta estilística, pero sí una mirada global que presta la misma importancia a todos los factores que influyeron en la agonía de Francia. Chaves Nogales habla de seres humanos, de hombres, de mujeres, y no de cifras o estadísticas, porque son los hombres y las mujeres quienes hacen la guerra y, en última instancia, quienes la padecen. Desde esa óptica, el relato que el periodista hace logra el favor del lector. Se produce un extraño efecto al leer estas páginas, pues vemos ese fenómeno tan difuso e inabarcable como es una guerra con meridiana claridad. Han pasado más de setenta años, pero al leer a Chaves Nogales visualizamos con insólita nitidez aquellos acontecimientos, y ese es un logro, una meta, al que todo escritor no debería renunciar jamás. Hay un análisis a esas pequeñas motivaciones humanas (la necesidad de atender los negocios propios, el aburrimiento en los acantonamientos ante una guerra que no acaba de arrancar, las aglomeraciones en las salidas de París cuando se decide evacuar, la desgracia que puede suponer quedarse sin gasolina en ese trance) que hacen de Chaves Nogales un analista de la realidad de una sagacidad pioneras. Sin ser una novela, Chaves Nogales nos enseña el valor que tiene leer novelas para entender la historia, los acontecimientos clave que han determinado la evolución y la involución del flujo histórico. Por eso el historiador, nos recuerda el profesor Justo Serna al defender novelas como las de Muñoz Molina, debe acercarse a esos testimonios que recogen el mayor número de fuentes, el mayor número de detalles. Por ejemplo, cita Chaves Nogales en su libro, la defensa de Madrid fue un relativo éxito durante la guerra civil gracias a que la ciudad mantuvo en funcionamiento sus servicios mínimos, su pulso vital. “Madrid pudo ser defendido por la paradoja heroica de que los soldados podían ir y venir del frente en tranvía”. O cuando relata los detalles, nada épicos, triviales, de la entrada nazi en el mítico París, con su “París fue conquistado por los agentes de la porra”. Quiere decir que un guardia de circulación hitleriano sustituyó al parisino, en la Puerta de Saint Cloud, y dio paso a los carros de asalto alemanes. De un modo tan sencillo se tomó París.

Se fija Nogales en los detalles y nos ayuda a comprender una historia que no está hecha de tratados y armisticios firmados por entelequias, sino que son seres humanos, con sus virtudes y defectos, con sus sentimientos, quienes la van tejiendo. Para ilustrar las distintas actitudes con que británicos y franceses van a la guerra, el autor invita a quien quiera a observar las distintas fotografías que se han publicado de los soldados desde el comienzo de la guerra. “Los británicos aparecían siempre sonrientes, de buen humor, con un optimismo franco que se reflejaba en todos los rostros, mientras que en las fotografías de las tropas francesas no había un solo soldado que no tuviese el ceño dramáticamente fruncido”.

Acusa el autor, que no comprende la “fascinación” de un país culto como Francia ante la “estupidez totalitaria”. Una frase especialmente dura, pero que no deja de ser elocuente de por dónde iban los tiros ideológicas en la Francia de entonces: “Los generales franceses eran tan nazis o más que los alemanes”. Y les seducía como a nadie la idea del “nacionalismo integral”

El autor articula en torno a dos grandes bloques argumentales las causas de la agonía de Francia. Una es la renuencia del pueblo francés por volver a la guerra. Vencieron en el 14, pero salieron más que esquilmados de la contienda. Volver a perder un millón de hombres, que es la cifra que se maneja que costaría un enfrentamiento abierto contra Alemania, no es una perspectiva halagüeña. Esta postura le parece “triste” a Nogales, pero no deja de ser un rasgo de mesura, de pacifismo, en una nación que prefiere mantener sus negocios, sus asuntos, antes de que sumergirse en los horrores de la guerra. “¡Antes la esclavitud que la guerra!”, es una consigna repetida que, si bien puede ser pragmática, no deja de ser deshonrosa para un pueblo como el francés. Y, bueno, si había que hacer la guerra, que fuera rápido y sencillo: “Todo el mundo quería hacer la guerra desde una cómoda butaca”. Pero no hay ganas de hacerla, no hay, siquiera, fuerzas para componer un estribillo popular que prenda, de algún modo, la llama de un espíritu bélico inexistente. El francés quiere seguir tomando el aperitivo, no quiere colas para hacer el pan, no quiere caóticos embotellamientos que hablan de un Estado desintegrado y ausente. No quiere la guerra.

Da ejemplos de una actitud indiferente, individualista, incluso cercana a la codicia, con ciudadanos prestos a arramblar con todas las reservas de café o azúcar, por si acaso, sin atisbos de solidaridad vecinal ninguna. “Egoísmos llevados al paroxismo”. Pero también alaba la tenacidad con que luego, los franceses, trabajan la guerra, en jornadas de doce horas en las industrias bélicas.

Donde el autor pone el dedo en la llaga y no ofrece ese “una de cal y otra de arena” es en la actitud de las élites para con el gobierno nazi, en cómo se vendieron veinte siglos de civilización a la “rebelión de los imbéciles”. Es certero, e implacable, cuando dice que el nazismo (con su marchamo antisemita) ya había prendido en Francia antes de la invasión. “El triunfo en Francia del antisemitismo nazi era completo”, señala, y recuerda que hombres judíos como Georges Mandel, al que se comparaba con Clemenceau, no pudieran estar al frente del gobierno por su condición hebrea. Acusa el autor, que no comprende la “fascinación” de un país culto como Francia ante la “estupidez totalitaria”. Una frase especialmente dura, pero que no deja de ser elocuente de por dónde iban los tiros ideológicas en la Francia de entonces: “Los generales franceses eran tan nazis o más que los alemanes”. Y les seducía como a nadie la idea del “nacionalismo integral”.

Pero de ahí a llegar a someterse a un país al que hasta entonces odiaban por completo va a un trecho. Un enigmático y apasionante capítulo de la historia reciente que Chaves Nogales tuvo la necesidad de contar, de analizar, pero también de denunciar, en cuanto traición a los valores democráticos. Tuvo el valor de decirlo entonces, cuando la democracia cotizaba en horas bajas, y también de contarlo de un modo novedoso, colocando en la misma balanza las grandes y las pequeñas motivaciones humanas, en cuya combinación y no de otro modo es como se escribe la historia.
  • Suscribirse





    He leido el texto legal


  • Reseñas

    El Reino del Ocaso, de Jon Juaristi (reseña de Inés Astray Suárez)
  • Publicidad

  • Autores

    Entrevista a Eva María Ruiz, autora de La verdad Scarlata (Jesús Martínez)