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María Asunción Frexedas (foto de Jesús Martínez)

María Asunción Frexedas (foto de Jesús Martínez)

    AUTORA
María Asunción Frexedas Estébanez

    LUGAR DE NACIMIENTO
Vilafranca del Penedés (Barcelona, España)

    BREVE CURRICULUM
Se licenció en Filología Románica en la Universidad de Barcelona y se ha dedicado siempre a la enseñanza. Actualmente ejerce como profesora de Lengua y Literatura Española en el I. E. S Joanot Martorell de Esplugues de Llobregat. En los más treinta años que lleva dedicados a la enseñanza, ha colaborado en diversos proyectos editoriales relacionados, hasta ahora, con su labor docente La voz antigua de la tierra es su primera novela




Opinión/Entrevista
Entrevista a María Asunción Frexedas, autora de La voz antigua de la tierra
Por Jesús Martínez, martes, 01 de junio de 2010
La frase

Cuenta María Asunción Frexedas (Vilafranca del Penedès, sin edad), en este palimpsesto, que, habiendo entrado en el aula la mañana de nubes bajas y olor a Ajax pino, en el instituto Joanot Martorell, en Sant Mateu 21, en la población de Esplugues de Llobregat, asaz antiguo, bajo la férula de Barcelona, en esa aula de losetas, digo, en la que Literatura y Lengua castellanas impartía con la bondad de mi tía Josefina, con la agudeza de los mamuts antes de la Helada y con la excelsitud de su alma abocada a la enseñanza de prodigios por la magia de la palabra, digo, en ese día que era jueves, y en esa aula, la cuatro, vio la chispa en algunos ojos de su alumnado destellar: “Ver asomar esa singular chispa de inteligencia es maravilloso, señal inequívoca de que un alumno está empezando a razonar. Se ha de observar al chico y notar si se va. El hábito de atender se pierde, y la inteligencia, si no se estimula, también. Por eso les divierto con capítulos escogidos del Quijote. En especial, les aconsejo el capítulo vigésimosegundo: De la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir”, el capítulo de Los Galeotes. O el pasaje, sublime, en el que el caballero Don Quijote, vencido definitivamente por el señor de la Blanca Luna, se confiesa el más desdichado de la tierra. Y sostiene, maltrecho y abatido, que su derrota se debe, sólo y exclusivamente, a la flaqueza de su brazo, no a que haya faltado a la verdad”.
Les había despertado la curiosidad, y por ello Asunción tocó la gloria y la eternidad, y se colocó imaginariamente una corona de laureles, como la que se ganó Kenenisa Bekele en los 10.000 metros, en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Algo de esa chispa y de la guirnalda de hojas de laurel aparecen en la primera novela de María Asunción Frexedas, profesora temeraria con los giros lingüísticos, y escritora desde hace una guerra: “Me cabreó tanto la invasión de Iraq de 2003 que pensé que todas esas reflexiones que hacía tenía que plasmarlas en papel. Y me puse a escribir”.

La voz antigua de la tierra (Ediciones Carena, 2010) nace de su voz, tan honda como los sepulcros de la Vía Appia. Se trata de una historia de amor que transcurre y balbucea y crepita en Malasia, en los entreveros de una historia de amor entre Oriente y Occidente, y en cuyo regazo se sientan otras —igualmente verdaderas— historias de amor: “Estamos dando la espalda a muchos pequeños campesinos en aras de la Era Financiera”, pronostica, y más que adivinar, constata; y más que consentir, se consterna. “Nos estamos cargando el planeta. En Malasia, mal que bien, conviven tres etnias. Esta es una novela de amor, de amores, con la tierra como símbolo.”

Cuenta María Asunción Frexedas, de nervios de punta, de una torpeza reconvertida en genio, de estatura como la de Ricky Rubio, o un pelín menor ;-), que los jueves, sus clases de Lengua y Literatura suenan a Quevedos con quejíos tan prolongados en sus versos existenciales ("la postrera sombra que me llevare el blanco día"), que devienen en estreñimientos por el futuro malhadado que al ser humano espera, resignado a irse por las patas abajo, y que ella, en su banal intento de hacerse un hueco en la atención de la turba adolescente —con los dedos escopeteados por las ansias de los nuevos sms y trabados al iPhone, al iTunes y al iPad, como una pareja de gansos enamorados en la Ponia que no para de decirse “sí quiero sí quiero sí quiero” (realmente existe la ‘Generación Nini’) —, ella, digo, les canturrea las Últimas tardes con Teresa, empezando por la segunda parte: “Transcurrió aquel invierno cargado de vagos presagios y, al llegar al verano, los Serrat se trasladaron de nuevo a su Villa cerca de Blanes con la servidumbre”. Mueven el culo tantas Teresas en su clase, que si alguna de ellas, con la cabeza gacha, leyera los trasfondos de los personajes que Marsé recogió de la calle de Camelias, se daría cuenta de que antes de que pite su móvil con la advertencia del nuevo mensaje, hubo vida en este mundo.

María Asunción Frexedas es profesora “por vocación y oposición”. Lo repite tantas veces y tan de verdad, que la primera vez suena a ironía de funcionario de prisiones, la segunda a recochineo, y la tercera a compromiso inequívoco y a responsabilidad (“somos un servicio público, no una empresa privada”), algo para tomárselo tan en serio como las visitas del presidente ruso Dimitri Medvédev al polvorín de Daguestán. Le gusta afianzarse como profesora, se siente cómoda en el papel de Anya, la Princesa de las Nieves, que busca flores en el bosque como quien busca las ganas de aprender debajo de las gorras de béisbol. En 1978, egresada de la Universitat de Barcelona, en la que cursó Filosofía y Letras, aprobó las oposiciones y continuó su itinerario románico por las escuelas. La bastaron dos: un instituto en Cornellà, en el que ejerció en sus primeros años, y el instituto Joanot Martorell, en Esplugues, en el que sigue. Con los años iría acumulando clásicos (“El Licenciado Vidriera de las Novelas ejemplares es una joya. El libro debe dar placer”), iría cambiando pañales de la misma manera que se gastan los pañuelos por culpa de un resfriado (tiene cinco hijos locos por las Ciencias), pecaría con voluptuosidad en su puesto de trabajo (“realmente me apasiona, en una oficina me hubiera ahogado”) y robaría tiempo al tiempo sin su permiso ni su anuencia ni su perdón (“hice una adaptación cinematográfica de la novela La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, y el autor se quitó el sombrero”).

“¿Que por qué soy profesora? Pues no lo sé.” Miente. Sí lo sabe. Quiere ser profesora porque cree en el afán de superarse, cree en los cálculos infinitesimales de las rimas, de tan alta composición como las páginas de Jon Lee Anderson en The New Yorker sobre las favelas de Río de Janeiro, recogidas en El dictador, los demonios y otras crónicas. En definitiva, quiere ser profesora por pura lógica matemática, por la misma innata apetencia que Freud sentía por su diván o Einstein por sus dados o Joe DiMaggio por su bate. O Buda por los tallarines con gambas. Es decir, ansias de saber, que es lo mismo que ansias de enseñar, dos verbos complementarios, como dormir y despertar, y reír y llorar, y comer y soñar. “Quiero potenciar todas las facultades del chico”, dice, antes de tomarse un cortado en el bar L’Anglès, de la calle de Gavà, después de dejar en el párquin el coche que, cuando ha de cruzar Barcelona, le trae por el camino de la amargura, más largo y con más atascos que el de Santiago. “Hay que distinguir entre escolarización y educación. La educación es también un derecho. Pero cada vez nos lo ponen más difícil.”

Se lo pone chungo el conseller de Educación de la Generalitat, Ernest Maragall, quien si mantuviera un cara a cara con esta mujer impulsiva y acalorada y agotadora, saldría tan escaldado que dejaría el cargo con sus primas y sus ínsulas y se metería a fraile en la abadía de Montserrat. No lo dice ella, lo digo yo. Lo que no digo yo y lo dice ella es que en la información institucional sobre normativas, estudios, centros de enseñanza y trámites del profesorado faltan datos: “Se miente sobre el fracaso escolar, hay mucho más del que se pone sobre la mesa”. ¿Qué es fracaso escolar? “Se fracasa cuando no se hace funcionar la cabeza ni se despierta la sensibilidad. Además de transmitir pensamientos hay que enseñar a pensar. Enseñar a pensar.” En general, en su opinión se condensan todos los votos que no entran en las urnas, el Gran Partido de la Abstención, pese a que ella vote con la tranquilidad de los clientes del balneario de Sharm el Sheik: “La ciudadanía se aleja de la política y asiste con espanto a la desvergüenza de los políticos. ¿Debatir sobre los toros cuando hay más de cuatro millones de parados?”.

Hummm… Miguel Hernández y Jesulín la compararían con un toro, porque incita y arremete, y, el segundo, aprendería de su maestrazgo que no es lo mismo cenó que cenaba ni es lo mismo Benedicto XVI que la castidad, que im-presionante se escribe separado, y aprendería qué es un verbo y un adverbio y una oración subordinada. “Me encanta la sintaxis y me encanta analizar oraciones.”

Muchos de sus exalumnos aún no han resuelto un problema más sencillo que un trabalenguas y más complicado que un algoritmo. Uno de esos jueves de cielos plomizos escribió en la pizarra una oración como un acertijo, y Jordi y Abigail y Hassam reaccionaron como si les hubieran hecho una llave de judo. Entre sus no-tesoros, en alguna libreta perdida con las lecturas obligatorias de Cachito, de Arturo Pérez-Reverte; El alquimista impaciente, de Lorenzo Silva; Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, y Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer; se encuentra, igual que la vajilla desportillada de la abuela, este reto, profundo como La voz antigua de la tierra: ¿cuál es el sujeto y cuál el predicado en la frase siguiente: “Lo que pasa es que no me gusta examinarme”? Y ¿por qué?
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