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Juan Aparicio-Belmonte: <i>Una revolución pequeña</i> (Lengua de Trapo, 2009)

Juan Aparicio-Belmonte: Una revolución pequeña (Lengua de Trapo, 2009)

    TÍTULO
Una revolución pequeña

    AUTOR
Juan Aparicio-Belmonte

    EDITORIAL
Lengua de Trapo

    OTROS DATOS
Madrid, 2009. 276 páginas. 18,90 €



Juan Aparicio-Belmonte

Juan Aparicio-Belmonte


Reseñas de libros/Ficción
Juan Aparicio-Belmonte: Una revolución pequeña (Lengua de Trapo, 2009)
Por Alejandro Lillo, lunes, 1 de marzo de 2010
Juan Aparicio-Belmonte, con Una revolución pequeña, nos presenta una disparatada y divertida novela en la que no sobra nada. Con altas dosis de talento y desparpajo, Aparicio-Belmonte ha creado una trama repleta de situaciones hilarantes y jocosas que terminan encajando con notable precisión en un final brillante de poso agridulce. El resultado es una obra que consigue hacerle pasar un buen rato al lector al tiempo que le invita a reflexionar sobre la realidad que le rodea.
La novela comienza con una escena que a muchos les resultará familiar, o al menos fácilmente reconocible: un agitado viaje en avión. El vuelo que comunica Bruselas con Madrid se topa, a mitad de trayecto, con una tormenta de gran intensidad. El zarandeo de la nave no cesa y un miedo creciente comienza a extenderse entre los pasajeros. Es entonces cuando, en medio de esta situación de estrés, una persona empieza a reírse a carcajada viva. La reacción, aunque algo chocante, entra dentro de lo posible, pues es sabido que en momentos de nerviosismo o terror los humanos podemos reaccionar con risas, con carcajadas incluso. Sin embargo, la cosa cambia cuando las sacudidas van a más y el pasajero no sólo aumenta la intensidad de sus risas, sino que parece disfrutar de la situación:

“Las ventanas tiritaban con cada trueno y las azafatas se agarraban a sus asientos abatibles con una lividez que alarmaba aún más a los pasajeros. La única persona que se mostraba despreocupada era la muchacha gruesa que Esteban tenía a su lado. Solo se escuchaban el tronar de la tormenta y las carcajadas roncas de la chica cuando el avión perdía altura bruscamente.
-Uy –decía entre risotadas-. Uy… Ja, ja,ja…
Parecía disfrutar con aquellos vaivenes, como si se encontrara en una atracción de feria. Alguien se había atrevido a chistar para que se callara, igual que se hace en el cine ante el alboroto de un grupo de adolescentes, pero fue un mal remedio. La mujer prorrumpió en risotadas aún más estridentes, impúdicas…”


Si la mujer, de melena lacia, mirada descarada, no mayor de treinta años, gruesa y de aspecto desaliñado, durante el viaje se dedica además a comer con la boca abierta dientes de ajo que extrae de su riñonera, la cosa comienza a adquirir otros visos y a complicarse. Y en efecto se complica, en especial para Esteban, su compañero de asiento, un abogado de cuarenta años aterrorizado hasta tal punto por las sacudidas del avión que no puede evitar orinarse encima. A partir de aquí, esta pintoresca mujer –por adjetivarla con suavidad- va a convertir la tranquila y apacible vida de Esteban en una disparatada pesadilla repleta de escenas esperpénticas, absurdas y grotescas que pronto van a escapar a su control.

El humor, tanto en el cine como en la literatura, ha sido siempre un excelente instrumento para mostrar y denunciar situaciones que se saben injustas o dramáticas

Al optar por un humor tan desvergonzado y gamberro, Aparicio-Belmonte consigue alejar al lector de su realidad inmediata haciéndole entrar en un mundo que, aun pareciéndose mucho al suyo, resulta ser un lugar extravagante y alocado en el que cualquier situación es posible. Pero ese distanciamiento también provoca otros dos efectos, íntimamente relacionados, que el autor de Una revolución pequeña sabe aprovechar bien.

Por un lado, la distancia que se abre entre la realidad del lector y la de la novela permite ver aquélla con mayor claridad. El humor, tanto en el cine como en la literatura, ha sido siempre un excelente instrumento para mostrar y denunciar situaciones que se saben injustas o dramáticas. Los recursos que proporciona la comedia, empleados con pericia e inteligencia, pueden llegar a ser más incisivos que los de cualquier otro género a la hora de desvelar y recalcar los aspectos de una realidad incómoda, que permanece oculta o que sencillamente no se quiere ver. Además, como sabemos, en ocasiones la excesiva proximidad impide formarse una impresión general del conjunto. La distancia, en cambio, abre el campo de visión y permite captar y comprender cosas que de otro modo podrían pasar desapercibidas. Por otro lado, ese no tomarse en serio lo que se nos está contando, ese abandonarse con deleite y buen humor a la novela acompañado por la excentricidad de los personajes y lo descabellado de las situaciones, producen un efecto de relajación en el lector, lo vuelven más proclive y receptivo a la crítica, a reflexionar sobre temas que hasta entonces no se había planteado o que, enfocados de otra forma, no habrían suscitado su interés ni su atención.

¿Qué temas son éstos? Uno de ellos tiene que ver con la violencia. Como un personaje afirma en un momento determinado: “Vivimos rodeados de violencia (…) Es realmente insoportable esta atmósfera”. En efecto. La violencia se presenta en la novela como un rasgo destacable del mundo contemporáneo, como una característica sobre la que es necesario reflexionar. Ojo –parece advertirnos Aparicio-Belmonte- la sociedad moderna, con su elevado grado de civilización y educación no ha eliminado, ni mucho menos, las tendencias violentas, esas que parecerían más propias de otros tiempos que del nuestro, tan avanzado y próspero; más bien al contrario, la coacción y los crímenes, la brutalidad y la barbarie, aunque camuflados en algunos casos, tienen una presencia constante en nuestras vidas, aunque no nos demos cuenta de ello. La violencia persiste y puede surgir en cualquier sitio, en cualquier momento, cuando uno menos se lo espera. Nadie está libre de padecerla. Tampoco de ejercerla.

El autor emplea la ironía y el sarcasmo para denunciar unos determinados modelos de comportamiento cargados de fariseísmo

El otro tema que se plantea en Una revolución pequeña tiene que ver con las apariencias y sus engaños, con la importancia que nuestra sociedad otorga a la imagen y la hipocresía que todo ello conlleva. El autor emplea la ironía y el sarcasmo para denunciar unos determinados modelos de comportamiento cargados de fariseísmo:

“Entraron en el despacho del hombre, que tenía un busto de Lenin junto al escritorio.
-¿Monseñor Escrivá?...
-Muy graciosa… Veo que no has perdido tu sentido del humor.
- (…) ¿Sigues siendo leninista?
El sonrió, al tiempo que le ofrecía asiento en un canapé de cuero ocre que había junto a la estantería blanca donde los libros se apretaban como un pelotón de esclavos.
-Eso es como preguntarme si sigo siendo hombre.
-¿Y no te remuerde la conciencia ser tan burgués?
-¿A qué has venido? ¿A provocarme? –se enfadó-. Yo vivo de mi salario, ya te lo dije mil veces.
-Pero no conozco ningún proletario que viva en una casa tan grande, en El Viso… ¿A todos los antisistema les trata así de bien el sistema?”


La novela también nos alerta sobre el uso intencionado que hacemos de las palabras, cuando manipulamos el lenguaje para justificar nuestros actos y disfrazarlos con eufemismos:

“-Ay, hijo, qué quieres que te diga… No es fácil asumir que te has casado con un asesino…
-¡Y dale! (…). ¡Y dale! Lo que desde luego mi abuela nunca hizo fue tergiversar las cosas. Ella llamaba al pan, pan y al vino, vino… Ella sabía que mi abuelo era un bebedor y no un borracho. No sé tú, pero lo que yo hago es finiquitar y no asesinar… No sé cómo repetírtelo para que lo entiendas, de verdad te lo digo.
-Bueno, llámalo como quieras. Finiquito, asesinato… Nos entendemos…
-No. Es que no es lo mismo. Hay toda una distancia moral entre asesinar y finiquitar…”


Aparicio-Belmonte incide en lo que las relaciones humanas tienen de ocultación y fingimiento, en lo poliédrico del carácter de las personas

Sin embargo, más allá de estos reproches centrados en determinados comportamientos más o menos extendidos hoy en día, Aparicio-Belmonte incide en lo que las relaciones humanas tienen de ocultación y fingimiento, en lo poliédrico del carácter de las personas. Según sea nuestro estado de ánimo, el contexto, el momento o las circunstancias en las que nos encontremos, podemos comportarnos de formas muy distintas, determinando así la opinión que los otros, los testigos de nuestros actos, van a formarse de nosotros: un mismo individuo puede ser un héroe para unos y un villano para otros; un ciudadano ejemplar, revelarse como el más vil y abyecto de los mortales. La distinta percepción que diferentes personas pueden tener de otra es una constante en la novela, aunque sólo al final de la misma descubrimos su profunda carga dramática.

En Una revolución pequeña el lector simpatiza rápidamente con Esteban, el abogado que comparte asiento en el avión con esa extraña mujer que le cambiará la vida. Esa afinidad se produce porque Esteban es un hombre normal, con su trabajo, su mujer, sus neurosis y su vida más bien tranquila. Se trata de un tipo ordinario que incurre en un error. Esta equivocación provoca en el lector un sentimiento de piedad, pues el error es de tal naturaleza que, de estar en su lugar, nosotros también hubiéramos caído en él. Aristóteles lo explica muy bien en su Retórica (1385b13-86a26):

“Definimos la piedad como una especie de pesadumbre que evoca el mal evidente, doloroso o destructivo, que recae sobre un hombre que no se lo merece y que uno puede contar con sufrirlo personalmente, o bien con que lo sufra alguno de los que le son próximos (…) Las personas sienten piedad por aquellos que son sus iguales en edad, en carácter, en capacidades, en condición social, en orígenes. Pues en virtud de todas estas [similitudes] resulta más evidente que existe la posibilidad [de que les ocurra esto] también a ellos”

La conciencia de esa posibilidad, de que lo que le sucede a Esteban también podría sucedernos a nosotros, va abriéndose camino en nuestra mente conforme avanzamos en la lectura de la obra hasta que, en su espléndido final, un atisbo de piedad y horror se mezcla con la risa y el humor, generando una sensación ambivalente digna de elogio: las desventuras de Esteban y de los alocados personajes que se cruzan en su camino, esas que tan buen rato nos han hecho pasar, con las que tanto hemos disfrutado, se revelan en el fondo como trágicas, congelándonos un poco la sonrisa e invitándonos a reflexionar. Descubrimos entonces que ese mundo tan absurdo y disparatado se parece más de lo que creíamos a la realidad. Que tal vez nosotros volamos en el mismo avión que Esteban y que en cualquier momento todo puede venirse abajo.
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