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Stef Penney: <i>La ternura de los lobos</i> (Salmandra, 2009)

Stef Penney: La ternura de los lobos (Salmandra, 2009)

    TÍTULO
La ternura de los lobos

    AUTOR
Stef Penney

    EDITORIAL
Salamandra

    TRADUCCCION
Ana María de la Fuente

    OTROS DATOS
Barcelona, 2.009. 448 páginas. 19 €




Reseñas de libros/Ficción
Stef Penney: La ternura de los lobos (Salamandra, 2009)
Por José Miguel González Soriano, martes, 01 de septiembre de 2009
La elección del título suele constituir el emblema de una obra y nos aporta indicios de sus principales líneas argumentales. Con la aparente contradicción de sus sustantivos, La ternura de los lobos (“The tenderness of wolves”, en el original) sugiere, en su significación externa, elementos líricos y elevados junto con una realidad temible, agresiva y –también– oculta y misteriosa. Esta dualidad de elementos expresa con exactitud las marcas distintivas de la primera novela de la escocesa Stef Penney (Edimburgo, 1969), joven guionista y directora de cine –varios de sus cortometrajes han sido emitidos por la BBC– que fue premiada por su debut literario, en 2006, con el codiciado Costa Book of the Year (antes conocido como el premio Whitbread), y cuya obra logró sorprender, entre otros motivos, por su seguridad narrativa, madurez estilística y comprensión de la condición humana –no en vano, a su formación como cineasta su autora suma la licenciatura en Filosofía y Teología, cursadas en la Universidad de Bristol–.
La caligrafía cinematográfica, vislumbrada tanto en la descripción del espacio físico como en el ritmo de la narración, está de hecho presente en el origen de un libro que Penney inicialmente había preparado como guión, pero que, debido a un “error de cálculo” –según palabras de la propia autora– fue desarrollando hasta convertirse en una novela. Ambientada en la Canadá de 1860, su trama se desenvuelve desde diversos frentes (introspectivo, de acción y suspense, de crónica histórica, de criminología y leyes penales…) siempre con el inhóspito paisaje de la tundra como marco, que le sirve a Penney para adentrarnos en el mundo de los tramperos y de los indios nativos y mestizos y de los primeros inmigrantes de su país: aquellos pequeños agricultores expulsados de las tierras altas de Escocia (Highlands) entre mediados del siglo XVIII y XIX, y que por esa causa protagonizaron un histórico episodio de emigración masiva hacia el otro lado del Atlántico.

Penney nos traslada hasta Dove River, imaginario pueblo decimonónico de colonos escoceses, enclavado al norte de los grandes lagos, en el actual estado de Ontario. La presencia en él de un hombre asesinado, Laurent Jammet, curtido cazador y vendedor de pieles, simultánea a la desaparición de un adolescente considerado sospechoso del crimen, conmueve y atrapa al lector, desde un comienzo, en la intriga de la obra. La madre del ausente, la señora Ross –protagonista principal–, removida su conciencia por la inquietud y desalentada ante la pasividad adoptada por su marido, no dudará en emprender su búsqueda, acompañada de un indio mestizo como guía. La autora rechaza así el arquetipo femenino del género y convierte a su heroína en una mujer resuelta, dotada de la fortaleza física necesaria para la aventura. En paralelo, miembros de una compañía comercial, en calidad de investigadores judiciales, la acompañan y persiguen, sucediéndose a partir de entonces una serie de acontecimientos inesperados en la que todos los personajes ocultan parte de su ser interior, y todos tienen intereses más allá de los evidentes.

La ternura de los lobos se nos presenta ampliamente documentada e incluso, en algunos pasajes, de una gran fidelidad histórica

Conforme vamos leyendo, un amplio abanico de elementos agregados a la trama, como un secreto arqueológico, dos niñas desaparecidas, un robo, una puñalada que sella una amistad, unas relaciones sexuales “inapropiadas” o la fuga de un grupo de convictos noruegos, elevan el suspense y aportan interés al relato, cuya narración se va desgranando a través de dos voces distintas que, en un continuo zigzag, van conduciendo la historia: una impersonal omnisciente y la otra de la señora Ross, que nos relata su odisea presente y nos aclara algunos interrogantes del pasado que aportan las claves esenciales a la intriga; el hecho de ser la señora Ross el único personaje narrado en primera persona, no hace sino subrayar su protagonismo, su fuerza y determinación. La ambigüedad en el manejo del tiempo narrativo, mediante flash-backs y vueltas hacia delante continuas, es uno de los elementos más sofisticados de su estructura, que da lugar a relatos paralelos y simultaneidad en los hechos.

Se ha destacado por la crítica la veraz recreación, dentro de la obra, de los inmensos y gélidos territorios del noroeste de Canadá –el frío es un elemento más de patetismo en la historia, que hace a sus protagonistas más vulnerables–. Es conocida la anécdota, sin embargo, de que Penney nunca visitó aquel país, ya que padecía de agorafobia, llevando a cabo toda su documentación con mapas y libros consultados en la Biblioteca Británica. Al confesar la autora esta circunstancia temió, dada la atención mediática concitada, ser considerada “un fraude” especialmente entre los lectores canadienses, pero en realidad fueron los primeros en interesarse por su novela. Según su misma expresión, Penney concibe el ejercicio literario como un “viaje emocional” que no precisa de más herramienta que la propia imaginación, apoyada –en su caso– por una sólida labor investigadora. Y en última instancia, la exacta fotografía geográfica o histórica no es imprescindible en una obra de ficción: basta con que sea verídica. Y La ternura de los lobos se nos presenta ampliamente documentada e incluso, en algunos pasajes, de una gran fidelidad histórica, como cuando describe el poderío en aquel enclave de la Hudson Bay Company, al controlar el comercio de las preciadas pieles de lobo y regir, de paso, la vida de sus habitantes.

Más allá de los sucesos y de los datos históricos, sin embargo, en la novela de Penney destaca, por encima de todo, la introspección, la observación de sus propios actos o estados de conciencia, efectuada por la autora en unos personajes, a menudo taciturnos, que sin embargo perciben el sentimiento amoroso como su verdadero anhelo vital. Así, recordamos –por ejemplo– la maravillosa descripción del alma de María, la hija del magistrado Knox, a quien la circunstancia de ser poco agraciada frente a su hermosa hermana Susannah le había hecho volcarse en los estudios, al tiempo que desarrollar un carácter seco y un concepto desengañado de la vida. Lejos por lo tanto Penney de las teorías conductistas anglosajonas que en otro tiempo predicaban cómo un autor sólo puede conocer a los personajes por lo que dicen o hacen, y no en su interioridad. En La ternura de los lobos, eso sí, las rígidas convenciones sociales de la época convierten los sentimientos de sus protagonistas casi siempre en inconfesables, incomunicables; el pasado, la ambición, los deseos y la lucha por sobrevivir delimitan su presente y, en cierto modo, su futuro.

Almas complejas e insondables, por tanto, las que pueblan La ternura de los lobos, así como su posible destino. Su continuo caminar en busca de los otros es, en realidad, una búsqueda de ellos mismos; frente a la dureza de las circunstancias no cabe la resignación

Hay momentos en que la novela pareciera transitar en el hilo de una dudosa exactitud temporal, atacada por una sensación de nebuloso anacronismo. Así lo señala J. Ernesto Ayala-Dip (Qué leer, nº142), que la define como “un relato casi de frontera incrustado en un halo de existencias contemporáneas”. Un ejemplo: al observar esa introspección de la que hablábamos, ninguno de los personajes de la obra –salvo los miembros noruegos de una secta– considera la fe y el sentimiento religioso como vía de realización o de consuelo íntimo, lo tienen descartado u olvidado; y esto es un hecho que, ciertamente, responde más a un rasgo de la mentalidad de nuestra época que la de aquélla, impregnada por la presencia de Dios. También podría resultar hasta cierto punto inverosímil la felicidad y plenitud con la que el joven desaparecido disfrutaba su relación homosexual con el trampero asesinado, sin el predecible sentimiento de culpa que debiera arrastrar, por entonces, un adolescente tras el acto con un adulto, por muy enamorado que estuviera de él –sí es más creíble, en cambio, su tensa relación con el núcleo familiar que lo acogido al descubrirlo o su reacción de huida tras la muerte de aquél–. Sin embargo, podría aducirse, frente a los posibles anacronismos de ese denso magma humano que puebla la novela, que, según el crítico antes citado, “es su manera de ser actual y a la vez atemporal (…) Como si la búsqueda de afecto, de sentido vital y de confianza en el prójimo no fuera patrimonio de una edad o una era histórica sino de la naturaleza humana en general”.

Almas complejas e insondables, por tanto, las que pueblan La ternura de los lobos, así como su posible destino. Su continuo caminar en busca de los otros es, en realidad, una búsqueda de ellos mismos; frente a la dureza de las circunstancias no cabe la resignación, y el hermetismo del final de la novela indica que el viaje de su existencia está aún por concluir. Igualmente el de su autora, que prepara ya su segunda novela –ubicada esta vez en la Inglaterra contemporánea–, mientras que su premiada opera prima se dispone a iniciar –también ella– una nueva andadura, gracias a su inminente estreno en la pantalla grande; circunstancias ambas que prometen futuros momentos de mayor gloria a toda una revelación literaria llamada Stef Penney.
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