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Julio Cortázar: <i>Papeles inesperados</i> (Alfaguara, 2009)

Julio Cortázar: Papeles inesperados (Alfaguara, 2009)

    TÍTULO
Papeles inesperados

    AUTOR
Julio Cortázar

    EDITORIAL
Alfaguara

    EDICIÓN
Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga

    PROLOGO
Carles Álvarez Garriga

    OTROS DATOS
Madrid, 2009. 486 páginas. 21,90 €



Julio Cortázar

Julio Cortázar


Reseñas de libros/No ficción
Julio Cortázar: Papeles inesperados (Alfaguara, 2009)
Por Justo Serna, miércoles, 1 de julio de 2009
En Julio Cortázar, lo que parece simple es complejo; lo que creemos cotidiano puede ser monstruoso; lo que es rutinario se convierte en extraño; lo que confiábamos saber nos sorprende; lo que juzgábamos previsible resulta finalmente imprevisto. Hay en Cortázar un constante juego de apariencias, de hechos supuestamente confirmados, de personajes presuntamente reconocibles, de situaciones ya vistas, de parajes incluso turísticos, de acciones comunes: todo o prácticamente todo acaba teniendo otro sentido porque una variación, a veces ligerísima, altera la disposición o la secuencia de lo ordinario. Es un estímulo del pensamiento. O, si lo prefieren, es una quiebra de los automatismos. Sin alarma previa, sin cataclismo final. Las cosas pasan dentro de los relatos: se cuentan como si la historia sólo interesara al estrecho círculo de los personajes que lo protagonizan. Liviandad y sugerencia es el resultado.
O, como dijo Jorge Luis Borges de los cuentos de Cortázar, “los personajes de la fábula son deliberadamente triviales”. Todo parece efectivamente banal. A esos personajes, añade Borges, “los rige una rutina de casuales amores y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales: marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicos y a la radio”: a lo más común, pues; a lo predecible, sí. “La topografía corresponde a Buenos Aires o a París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas”. ¿Es así? “Poco a poco”, precisa Borges, “sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo, en que la dicha es imposible”. ¿La dicha es imposible? ¿Por qué? Porque somos monstruosos, extraños o raros, aunque no lo sepamos; o porque la fatalidad de lo que nos espera malogra lo que deseábamos, todo aquello a lo que aspirábamos. ¿Instalados en un clima de opresión y pesadilla?

Pero lo que no dice Borges es que en Cortázar hay humor, mucho humor verbal, lingüístico; hay un sarcasmo malherido --en ocasiones explícito-- o una leve ironía –siempre presente-- que quita severidad al relato de la tragedia ordinaria. Lo subrayó Saúl Yurkievich: “en Cortázar se da, basamentada en su propia personalidad, fuera y dentro del texto, una constante lúdico-humorística”. Juego y humor, efectivamente. “Con una gratuidad que es la antesala gozosa del lado de allá, posible pasaje al allende, propende al derroche del juego verboso, a la palabra excéntrica, a la consternación de la lengua surgente, a la libérrima facundia”, añade Yurkievich. Pero no es un bla-bla-bla exhibicionista u ostentoso. Es una interpelación sin fin: guiños o recursos metanarrativos que tienen su papel literario y su función burlesca. La suya no es mera guasa: en lo cómico está el origen de la realidad. O, mejor, con lo risible y con lo burlesco, los humanos frenan el miedo y la fatalidad: justamente eso que destapan también sus relatos. Echemos un vistazo a Papeles inesperados, el nuevo libro de Julio Cortázar.

Reímos o sonreímos con sus ocurrencias, pero cuando se enfría el ademán, cuando se congela el rictus, nos damos cuenta de lo que se avecina, de lo monstruoso, de lo fantástico

Permítaseme reproducir un texto insólito: un párrafo en el que se condensan las virtudes del humorista paradójico, ese tono burlesco que es tan revelador. ¿Es un cuento, un ensayo, una ocurrencia? Se titula “En un vaso de agua fría o preferentemente tibia”. Dice así: “Es triste, pero jamás comprenderé las aspirinas efervescentes, los alcaselser y las vitaminas C. Jamás comprenderé nada efervescente porque una medicina efervescente no se puede tomar mientras efervesce puesto que parte de la pastilla se te pega al paladar y qué cosquillas, por lo demás totalmente desprovistas de propiedades terapéuticas. Si en cambio se la toma una vez que ha efervescido ya no se ve para qué sirve que sea efervescente. He leído mucho los prospectos que acompañan a esos productos, sin encontrar una explicación satisfactoria; sin duda la hay, pero para enfermos más inteligentes”.

Y ya que hablamos de agua, de agua fría o preferentemente tibia, permítaseme reproducir un párrafo, el inicial, de otro relato líquido. Se titula “Peripecias del agua”. Data de 1981 y dice así: “Basta conocerla un poco para comprender que el agua está cansada de ser un líquido. La prueba es que apenas se le presenta la oportunidad se convierte en hielo o en vapor, pero tampoco eso la satisface; el vapor se pierde en absurdas divagaciones y el hielo es torpe y tosco, se planta donde puede y en general sólo sirve para dar vivacidad a los pingüinos y a los gin and tonic. Por eso el agua elige delicadamente la nieve, que la alienta en su más secreta esperanza, la de fijar para sí misma las formas de todo lo que no es agua, las casas, los prados, las montañas, los árboles”. Y sigue…

Cuando salimos de estos textos evidentemente cortazarianos, sabemos que estamos en un universo extraño y reconocible, justamente un lugar verbal y cotidiano en el que ocurren cosas ordinarias y raras a un tiempo. Echamos un vistazo a lo cotidiano --a una pastilla efervescente y al estado sólido, líquido o gaseoso del agua—y sabemos con Cortázar que irrumpe lo insólito, lo inaudito, siempre con ese lado grotesco y algo terrible de lo cómico. Reímos o sonreímos con sus ocurrencias, pero cuando se enfría el ademán, cuando se congela el rictus, nos damos cuenta de lo que se avecina, de lo monstruoso, de lo fantástico. O de la nada, pues según leemos en otra página de este libro “la vida en el fondo es eso, piensa la señora Fulvia, se llega hasta un borde y entonces nada, claro que lo más posible es eso, que no pase nada”.

Las cubiertas de los libros no son irrelevantes. Nos informan del volumen, pero sobre todo nos dictan las instrucciones de lectura, las reglas a seguir para comprender adecuadamente la obra

Inédito. De eso informa una pegatina ovalada que ha sido adherida a la cubierta de un nuevo libro de Julio Cortázar: el que lleva por título Papeles inesperados. Esa leyenda se refiere a la obra. Estamos, en efecto, ante un volumen que jamás antes vio la luz. Parece un énfasis innecesario, pues todo en el libro pregona esa condición. ¿Son inéditos los textos que lo componen? En realidad, como veremos conforme vayamos leyendo, muchas de las piezas que aquí se reúnen no son exactamente inéditas. Algunas aparecieron en revistas, pero nunca en libro; otras son variaciones de relatos ya publicados; otras son capítulos descartados; y otras piezas son textos efectivamente inéditos. Etcétera, etcétera. Y no me tiren de la lengua…

Felizmente, el accesorio postizo y redundante, ese aditamento que dice Inédito, puede arrancarse de la cubierta sin mayores consecuencias. Pero reparemos en algo más. Según leemos en la página de créditos, el diseño de esa cubierta –obra de Raquel Cané y Pablo Rey— confirma la novedad editorial. Del extremo superior, del cielo en definitiva, parecen caer unos papeles mecanografiados, blancos, grises y amarillentos: unos papeles inesperados, ciertamente. ¿Y a quién le caen? En primer lugar, a la efigie que parece recibirlos, a esa persona que reposa cómodamente en lo que es un asiento de piedra. Es Julio Cortázar, ajeno a la edad y al tiempo, sin que los años lastimen su aspecto juvenil, su cabellera. Es bien conocido: el escritor padecía una rara enfermedad que le hacía sortear la decrepitud física, como si por él no pasaran los años. Es muy literaria esa rareza, pero el suyo no era el mal de Dorian Grey ni tampoco el pacto de Fausto. Vemos a Cortázar instalado en una edad media: la fotografía de Antonio Gálvez que figura en la cubierta es parisina y data de 1971. Es decir, para esas fechas, el retratado ha alcanzado la máxima excelencia, se ha acercado a la Cuba aún joven y revolucionaria, se aproxima a los sesenta años.

Pero no se nota, no se aprecia. Ahí lo vemos. Se sabe posando: serio, algo ceñudo, afectando relajación, mirando imprecisamente a un cielo blanco del que caen, en efecto, esos papeles inesperados. Ahora bien, para ser inesperados, el rostro del autor no parece inmutarse: es como si los mirara con resignación o algo de desinterés. Nada revela tensión: las manos, de dedos larguísimos, permanecen cruzadas, sin hacer ademán de prenderlos, de tomarlos. Los papeles están ahí, en la parte superior de la cubierta…, pero ahora reparamos en algo que no sabíamos ni averiguaremos: ignoramos si caen o vuelan. Si caen, Cortázar los recibe flemáticamente; si vuelan, el escritor argentino ve cómo se alejan, sin importarle demasiado, sin intentar atraparlos.

Muchos son los maestros de Cortázar, pero allá en el fondo, remotamente, aún se distingue la lección inagotable de Edgar Allan Poe, cuya obra en prosa traduce en los años cincuenta del siglo XX

Las cubiertas de los libros no son irrelevantes. Nos informan del volumen, pero sobre todo nos dictan las instrucciones de lectura, las reglas a seguir para comprender adecuadamente la obra. Los diseñadores se esfuerzan para captar el interés de los lectores: un sinfín de libros compiten en un mercado repleto. Poner una fotografía del autor es algo que sólo se pueden permitir aquellos escritores que han alcanzado la celebridad. Antes de que tal cosa ocurra no es razonable insertar la imagen de un creador en la cubierta. De hacerlo revelaría un narcisismo algo torpe. Cuando la fama ya consiente esta operación, el reclamo está justificado: la efigie atrae al eventual destinatario, al seguidor.

Ahora, cuando se cumplen veinticinco años de su fallecimiento, una fotografía de Julio Cortázar es un cebo bien pensado e inevitable. Pero la imagen no es completa: sólo es un detalle de algo que no se muestra. En efecto, la fotografía está amputada. No distinguimos la localización: Cortázar está sentado en un banco de piedra del Pont Neuf, según precisan los editores en la página de créditos. Pero no vemos la parte superior: el Sena y los barcos que lo surcan como fondo del retrato. Han suprimido el río y sus buques porque son decorado. O, mejor, los han eliminado porque impiden el juego fotográfico de Cortázar con los papeles. ¿Es una manipulación? Ciertamente, este retoque supone una alteración del original, una operación que de haberla contemplado Cortázar no le habría entusiasmado. Él mismo lo advierte en una página de Papeles inesperados.

“No me atraen demasiado las fotos en las que el elemento insólito se muestra por obra de la composición, del contraste de heterogeneidades, del artificio en último término”, dice, para añadir más adelante: “todo fotógrafo convencional confía en que sus instantáneas reflejarán lo más fielmente posible la escena escogida, su luz y sus personajes y su fondo”. Su fondo. En el retrato de Cortázar que sirve de cubierta, el fondo ha desaparecido, justamente. Con la amputación, los diseñadores pretenden provocar el sentimiento de lo insólito. Gálvez hizo una fotografía deliberadamente convencional con el auxilio de quien posaba, de Cortázar. Lo insólito tendría que aparecer al ser revelada. Y lo hay, vaya si lo hay: “lo insólito como el gato que salta a un escenario en plena representación”. Es probable que los diseñadores de esta cubierta no hayan querido mirar bien y, por eso, hayan querido lanzar el gato al escenario. Para perturbarnos artificiosamente.

Pero en Papeles inesperados, en donde hay páginas verdaderamente maestras, hay una constatación: Cortázar murió y lo que dejó en un arcón, fuera de los libros, no es mejor que lo que él decidió editar

Cortázar era el maestro de la perturbación, de la corrección. Papeles inesperados es una obra miscelánea que abarca varias décadas, un repertorio de textos heterogéneos, muy semejante por otra parte a lo que el propio Cortázar denominó “libro almanaque”, mezcla o suma de lecturas, cartografía varia de intereses y lugares. Quizá podríamos tomarlo como una síntesis de todos sus registros o como la quintaesencia de su arte verbal y narrativo (incluso poético). Pero hay algo que perturba al lector que tanto quiere al mejor Cortázar: la impresión del déjà-vu. Las varias prosas que aquí se reúnen son de varia factura: de cuentos a prólogos, de declaraciones a entrevistas. Hay textos políticos, circunstanciales, discutibles y perecederos, y hay creación pura.

O, como admite finalmente el propio Cortázar en Managua hacia 1983: “el compromiso del escritor es esencialmente el de la literatura, y que ésta sólo incide de veras en un proceso liberador cuando a su vez funciona como revolución literaria, entendiendo por esto cosas tales como la experimentación, invención, destrucción de ídolos, actos zen de la escritura que sacudan al lector lo den vuelta como un guante”. ¿Hay en este volumen textos así? Por supuesto hay páginas eximias que no reproduciré, como hay relatos que alteran lo previsible. Como los viejos cuentos del narrador argentino, también aquí son recortes de lo real, hechos incompletos, troceados, fragmentos de cosas aparentemente ordinarias: lo cierto es que son sucesos que secuestran al lector, haciéndole ver lo que a simple vista no apreciamos. Sin elementos superfluos, ornamentales.

¿Maestros? Muchos son los maestros de Cortázar, pero allá en el fondo, remotamente, aún se distingue la lección inagotable de Edgar Allan Poe, cuya obra en prosa traduce en los años cincuenta del siglo XX. Aquí, en Papeles inesperados, encontramos la sombra del Poe sombrío y burlesco, el que se empeña en ensayos que parecen cuentos, y el que cuenta como si fuera una crónica. En el norteamericano y en el argentino se da el cruce de géneros, una proeza que adelanta lo que tanto se practicará bajo el posmodernismo. Pero en Papeles inesperados, en donde hay páginas verdaderamente maestras, hay una constatación: Cortázar murió y lo que dejó en un arcón, fuera de los libros, no es mejor que lo que él decidió editar. Leyendo estos textos exhumados, añoramos los relatos de Todos los fuegos el fuego, de Las armas secretas, de Bestiario.

Qué le vamos a hacer. En Papeles inesperados hay unas páginas dedicadas al viandante. Se titulan “Monólogo del peatón”. Están fechadas en 1984 y son una defensa del caminante. “¿Me reconciliaré alguna vez con los autos?”, se pregunta. “Tal vez, pero para ello tendrían que ser muy diferentes de lo que son, y cuando hablo de autos hablo sobre todo de sus dueños y conductores”. Al decir lo anterior, Cortázar recuerda un viejo cuento suyo, “La autopista del sur”. Autos parados, un embotellamiento, una crisis. Yo no he olvidado ese relato, periódicamente lo releo o lo evoco. Si pienso en aquel cuento magistral --aparecido en Todos los fuegos el fuego-- el “Monólogo del peatón”, una prosa circunstancial rescatada ahora, no me enciende ni me colma. Qué le vamos a hacer.

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