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Christian Aguilera: Joseph L. Mankiewicz. Un renacentista en Hollywood (T&B Editores, 2009)

Christian Aguilera: Joseph L. Mankiewicz. Un renacentista en Hollywood (T&B Editores, 2009)

    AUTOR
Christian Aguilera

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Barcelona (España), 1967

    BREVE CURRICULUM
Licenciado en Ciencias Biológicas. Autor de Stanley Kubrick: una odisea creativa (1999), La generación de la televisión: la conciencia liberal del cine americano (2000), Los actores de los Oscar (1927-2003) (2003) y Milos Forman: el cineasta del inconformismo (2006), Actualmente ha finalizado su primer guión cinematográfico, a partir de su propia novela El enigma Haldane, una historia de anticipación sobre el tema de la clonación humana



Joseph L. Mankiewicz (foto: wikipedia)

Joseph L. Mankiewicz (foto: wikipedia)


Tribuna/Tribuna libre
Joseph L. Mankiewicz. Un renacentista en Hollywood
Por Christian Aguilera, lunes, 02 de febrero de 2009
A lo largo de cuarenta años Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) se convirtió en uno de los más reputados cineastas de los EEUU, capaz de ofrecer una veintena de producciones dirigidas por él mismo que, con excepciones, poseen un elevado nivel. Carta a tres esposas (1949), Eva al desnudo (1950), Julio César (1953), La condesa descalza (1954), Cleopatra (1963), Mujeres en Venecia (1967) o La huella (1972) son algunos de los títulos que conforman la excelsa filmografía de Mankiewicz, analizada al detalle en esta obra, la más completa sobre el celebre director-guionista editada en lengua castellana coincidiendo con el centenario de su nacimiento. Parafraseando uno de los títulos originales más emblemáticos de su carrera, que le valió ser distinguido por única vez en la historia de los Oscar, con una segunda estatuilla al mejor director, en esta monografía podemos encontrar «todo sobre Mankiewicz».
En el año que se cumple el centenario de Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) parece oportuno acercarse a la obra de un cineasta que el paso del tiempo, lejos de erosionar su legado artístico, gana enteros a cada revisión. La historiografía cinematográfica siempre ha tendido a considerar a Mankiewicz como un «producto», una «pieza» más del engranaje del Studio System, incapaz de salirse de esos moldes de producción que derivaron en lo que conocemos como «cine clásico», sin matiz de ningún tipo. Pero la visión del cineasta estadounidense alineado con un discurso crítico para con su sociedad y, a la par, el mundo del que formaba parte, ha arraigado más bien poco. Joseph L. Mankiewicz: un renacentista en Hollywood trata de escudriñar en ese perfil de «francotirador» que tantas veces le ha sido vetado al albur de los ropajes con los que vestía sus producciones. Mankiewicz utilizaría la expresión del lenguaje oral, en la confección de unos acerados diálogos trufados de dobles sentidos y unos monólogos con una carga de profundidad que van mucho más allá del puro artificio, que marcan las claves de ese discurso que le situaron en su día en el punto de mira de los «inquisidores» al servicio del senador Joseph McCarthy.



Fragmento de Eva al desnudo, de Joseph L. Mankiewicz (vídeo colgado en YouTube por soffwar)

La presente monografía pretende asimismo ofrecer la máxima cobertura posible sobre el global de su singladura profesional de la que, por regla general, se soslaya su contribución en el terreno de la producción y de la escritura de guiones para otros directores. Bien es cierto que este periodo poco analizado –de 1931 a 1944– no tiene parangón con el desarrollo de su actividad tras las cámaras, casi siempre apoyado por guiones (co)escritos por él mismo en la que entendía la primera parte de la dirección cinematográfica. En esa etapa de aprendizaje se iría esculpiendo una mente extraordinariamente analítica, acumulando todo tipo de experiencias que le valdrían de cara al futuro, sobre todo merced a las enseñanzas de Ernst Lubitsch, quien le dio su primera alternativa tras las cámaras en El castillo de Dragonwyck (1946). Al enfrentarse, desde una perspectiva profesional, por primera vez a mirar por el visor de la cámara, a los treinta y siete años, Mankiewicz ya poseía un aplomo y una experiencia que le hicieron tomar distancia frente a otros directores debutantes. Billy Wilder tan sólo era quien podía competir con Mankiewicz a la hora de armar unos guiones de «hierro» que ellos mismos debían plasmar en imágenes. Hermanado con Wilder en esa visión un tanto corrosiva y nada complaciente sobre la sociedad que les rodeaba, éste sería quien llegaría a conocer a Sigmund Freud en persona –aunque el episodio no resultara demasiado feliz dada la animadversión del galeno austríaco por la clase periodística–, pero Mankiewicz fue quien demostraría un mayor interés por el pensamiento freudiano. De hecho, el realizador de Operación Cicerón había iniciado los estudios de psiquiatría, pero deslumbrado por el efecto hipnótico que provocaba el cinematógrafo, entró en los Estudios de la mano de su hermano mayor Herman J. Mankiewicz. Coguionista de Ciudadano Kane (1941), Herman abrió las puertas a Joseph Leo de un «nuevo mundo» que invitaba a la ensoñación, pero escondía tras de sí una realidad menos amable y grata. Joseph Mankiewicz, pues, se aprestaba a escribir su propio «cuento» con el punto de soberbia que caracterizaba a alguien que se sabía con una formación intelectual que no tenía parangón dentro de esa comunidad de la que, para bien y para mal, formaba parte. Ese talante de intelectual, próximo a la figura de lo que podríamos catalogar de un «Renacentista del siglo XX» –de ahí el subtítulo del libro: sus conocimientos de Historia del Arte, la carrera en la que se licenció, literatura, pintura y música eran apabullantes–, le valió para entrar en contacto con diversos prohombres de las letras angloamericanas, caso de Graham Greene (The Quiet American), Gore Vidal y Tennessee Williams (De repente, el último verano), Anthony Shaffer (La huella) o Lawrence Durrell (El cuarteto de Alejandría, cuya adaptación no llegaría a cristalizar). Pero al que, a buen seguro, le hubiera gustado conocer sería a William Shakespeare, al que calificaba sin paliativos como el mejor escritor de todos los tiempos. De su admiración por el bardo inglés surgiría Julio César (1953) y Cleopatra (1963) –que se nutriría parcialmente de algunas de sus obras en el collage de narraciones que conformarían el guión definitivo–, además de numerosas citas o referencias que se pueden advertir en los diálogos y monólogos de la práctica totalidad de sus filmes.



Tráler original de La condesa descalza, de Joseph L. Mankiewicz (vídeo colgado en YouTube por foxter65)

Aunque no tan poderosa como la influencia que ejerció la obra del genio de Stratford-Upon-Avon en la formación intelectual de Joseph Mankiewicz, el libro camina en la dirección de constatar no pocas «coincidencias» entre la obra de éste y la de Orson Welles, en una propuesta que esquiva la propia ortodoxia a la hora de plantearse el análisis de una determinada trayectoria artística, adentrándose en los meandros del psicoanálisis para entender el porqué de algunas percepciones que convergerían en la confección de obras maestras del calibre de Eva al desnudo (1950). Es sobre todo en la primera etapa de Mankiewicz como director bajo la égida de la Fox en la que el cine de Welles cobra un peso si no determinante, significativo, aunque su desarrollo posterior nos permite visualizar un hombre de miras mucho más amplias, a ese demiurgo del cine, con ínfulas de «autor» que tuvo la virtud –para otros, el vicio– de sellar su prematuro testamento cinematográfico con un film, evaluado a modo de ajuste de cuentas, Mujeres en Venecia (1967), que acabaría obteniendo una «moratoria» en forma de dos nuevos filmes, El día de los tramposos (1970) y La huella (1972). Esa «trilogía del cinismo» que pudo llegar a conformar contra todo pronóstico, cerraría una filmografía excelsa. Aun a pesar de que pocos de sus filmes se estrenaron con el metraje para el que había dado su aprobación en la mesa de montaje (Sam Peckinpah podría tener un serio competidor en este terreno: las versiones amputadas se elevan a la decena), ha sobrevivido una obra de incalculable valor; gemas incrustadas en el gran mosaico que conforma la historia del cine que Mankiewicz, que con su insobornable compromiso por el Arte, contribuyó a situar en los lugares más altos de exigencia creativa.



Discurso de Marco Antonio en Julio César, de Joseph L. Mankiewicz (vídeo colgado en YouTube por agolpedecamara)

Nota de la Redacción: Esta prepublicación corresponde a la introducción del libro de Christian Aguilera: Joseph L. Mankiewicz. Un renacentista en Hollywood (T&B Editores, 2009). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento a T&B Editores por su gentileza al facilitar la publicación en Ojos de Papel.
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