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Robert Frank:Los Americanos (La Fábrica, 2008)

Robert Frank:Los Americanos (La Fábrica, 2008)

    TÍTULO
Los Americanos

    AUTOR
Robert Frank

    EDITORIAL
La Fábrica

    INTRODUCCION
Jack Kerouac

    TRADUCCION
Marcos Cantelli

    OTROS DATOS
Formato 21 x 18,9 cm. 83 fotografías. Madrid, 2008. 180 páginas. 35 €



Robert Frank

Robert Frank


Reseñas de libros/No ficción
Robert Frank: Los Americanos (La Fábrica, 2008)
Por Bernabé Sarabia, jueves, 04 de septiembre de 2008
En la historia de la fotografía este libro marca un antes y un después. Constituye un auténtico punto de inflexión por dos razones básicas: la calidad de su estética fotográfica y su extensa e intensa crítica a la sociedad norteamericana. Sin embargo, para entender esta excepcional obra conviene comenzar situando a su peculiar autor. Robert Frank nació en Zürich (Suiza) el 9 de noviembre de 1924. Segundo hermano de una familia judía con dinero y recursos que se instala en la República Helvética tras el desastre de la I Guerra Mundial. Su dedicación a la fotografía ha sido vista como una reacción frente a una familia orientada a los negocios. Con complejo de Edipo o sin él, lo cierto es que Robert Frank aprende fotografía con Hermann Segsser, Michael Wolgsensinger y Victor Baverat. Sus primeros trabajos retratan la apacible realidad suiza con sus vacas, prados y montañitas, y se autopublica el primer libro de fotografía: 40 Fotos.


A los veintitrés años se traslada a Nueva York y encuentra trabajo como fotógrafo de moda en Harper’s Bazaar. Un año después, en 1948, viaja a Perú, Bolivia, Francia y España. Ya en ese periplo dispara con una Leica. En esos años los grandes fotógrafos de exteriores trabajan en blanco y negro y con las ligeras y precisas leicas. Es el caso de Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, Eugene Smith o William Klein. Con el paso de los años cambiarán las cosas y en la guerra de Vietnam se produce la consagración de las cámaras Nikon, pero esa es otra historia y lo que conviene resaltar es la estrecha relación que se produce entre un fotógrafo y su instrumento de trabajo. Cada cámara ofrece unas posibilidades distintas, y del mismo modo que las Rollei Flex o las Hasselblat, con su visor y su formato 6x6 determinan la fotografía de Bailón o Alberto García-Alix, la Leica le permite a Robert Frank fotografiar con una sola mano y colarse en lugares que sólo un aparato tan silencioso y discreto como es la serie M, la Leica por antonomasia, puede permitir.



Con las fotos de Perú, Robert Frank se autopublica un segundo libro que pasa tan desapercibido como el primero. En 1950 vuelve a Nueva York, se casa y conoce a Edward Steichen, personaje crucial en el desarrollo de la fotografía del siglo XX, el cual le incluye en la exposición del Museo de Arte Contemporáneo (MOMA) de Nueva York, 51 American Photographers. Continúa viajando, sobre todo a París, y en 1953 le encontramos trabajando como free lance para revistas como McCall´s, Vogue o Fortune. Gracias, en buena medida, a la influencia de un fotógrafo tan colosal como Walter Evans consigue en 1955 una beca de la Fundación John Simon Guggenheim Memorial. El objetivo de dicha beca es amplio y difuso: fotografiar Norteamérica en todas sus dimensiones y aspectos.



Robert Frank es en 1955 un judío/suizo, relacionado sobre todo con esa elite intelectual, judía en gran medida, que vive en la Costa Este desde Nueva York hacia Canadá. Su pesado acento centroeuropeo no le impide hacer amistad con el poeta Allen Ginsberg y otros miembros de la llamada beat generation. Sin demasiados recursos económicos, embarca a su familia en el proyecto de la beca y, para ello, recorre América de cabo a rabo durante los dos años siguientes. De vuelta en 1957 con 28.000 fotos, la Fundación Guggenheim queda horrorizada a la vista del material que trae Robert Frank y decide no publicar ni exponer sus fotos. A la salida de un party, en la acera se tropieza con Jack Kerouac y le enseña sus fotos. Queda fascinado el autor de En la carretera y le promete escribir el prólogo.



Aunque Robert Frank trata de publicar un libro con sus fotos no lo consigue en Estados Unidos. Tiene que ser en Francia. Robert Delpire publica Les Américains y, por fin, en 1959 el sello Grove Press saca The Americans con la introducción de Jack Kerouac. Al principio las ventas fueron escasas y la crítica de revistas como Popular Photography se quejó de la falta de rigor formal de las 83 fotografías seleccionadas para componer el volumen. Poco a poco The Americans fue cogiendo vuelo y en 1961 y 1962 Robert Frank fue homenajeado con dos exposiciones en el Art Institute de Chicago y en el MOMA. Bien es verdad que la sensibilidad del aficionado a la fotografía estaba cambiando entonces gracias al trabajo de varios fotógrafos. No puede olvidarse que en 1956 apareció New York (Lunwerg, 1995) de William Klein (Nueva York, 1928), un libro que rompe tabúes fotográficos tanto en la composición como en el enfoque y el uso de la luz. Conviene recordar asimismo que The Family of Man, la increíble exposición que organiza Eduard Steichen en el MOMA, es de 1955 y en dicha exposición (la onceava impresión del catálogo acaba de salir a la venta en la magnífica tienda del museo) no se ahorra la crítica social en mucha de la obra expuesta del excelente grupo de fotógrafos reunidos por Steichen para la ocasión.



Frank, al igual que Klein, se sintió atraído por las enormes posibilidades de la cámara cinematográfica. Ambos hacen un cine independiente, escaso de medios, que apenas sale de circuitos minoritarios. Pull my Daisy data de 1959, The Sin of Jesus es de 1961 y después vendrán Coversations in Vermont (1969); Cocksucker Blues (1972), un documental sobre los Rolling Stones; Keep Busy (1975); Home Improvements (1985); Moving Pictures (1994) o San Yu (2000). Con toda esta filmografía en su haber, a Frank se le siguió considerando un fotógrafo a pesar de que abandona la fotografía entre 1960 y 1972. En dicho año publica The Lines of my Hand, una autobiografía visual, y en esta vuelta a la fotografía introduce un profundo cambio en su estética fotográfica. Substituye la toma directa por imágenes construidas y collages cuya intención es construir estructuras narrativas.



Tras su divorcio en 1969, la tragedia golpea a Robert Frank. Muere su hija Andrea en Tikal, Guatemala, en un accidente de avión en 1974, y su otro hijo, Pablo, esquizofrénico, fallece en 1994. Casado de nuevo, Robert Frank vive alejado de los fastos de su fama entre una casa en la costa canadiense y Nueva York. De vez en cuando acepta encargos y recoge premios.



Con motivo del cincuentenario de la primera edición de The Americans comenzó a prepararse en 2007, con la colaboración del propio Frank, esta cuidada edición de Steidl que, impresa en Alemania, aparece en España en 2008 editada por La Fábrica. El texto de Jack Kerouac, glosando las fotografías de su amigo, se reproduce íntegro siguiendo el plan primitivo que consiste en reproducir las fotos en las páginas de la derecha y las escuetas localizaciones en las páginas de la izquierda. En esta excelente edición el lector está en las mejores condiciones para contemplar y pensar un trabajo irrepetible. Un trabajo que en ocasiones se ha querido comparar con el famoso La democracia en América de Tocqueville por constituir una visión crítica extensa y profunda de la sociedad norteamericana.



Las 83 fotografías seleccionadas recogen gestos esenciales de la nervadura social norteamericana. Robert Frank muestra una habilidad excepcional para colarse en lugares en los que nadie más podría hacer una fotografía. Cierto que le ayuda su Leica y su capacidad para medir –a ojo cuando es necesario- la luz y los encuadres. Su fotografía es siempre natural, no manipula ni prepara sus tomas, como hace por ejemplo Eugene Smith. Sin embargo, paga un precio. Trabaja en condiciones precarias de luz, con objetivos muy abiertos y lentes que se aproximan al gran angular. Al utilizar película de mucha sensibilidad los positivos salen con grano y todo ello redunda en una calidad formal por debajo de la que consigue Smith, por no citar a otros coetáneos. Con todo la melancolía, la soledad o el gusto por el dinero que reflejan sus tomas es insuperable. Si a ello añadimos su visión de las desigualdades sociales y raciales nos daremos cuenta de que tenemos entre las manos una obra imprescindible en la historia de la fotografía.
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