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Florentino Huerga: El banquete de los inocentes (Acidalia, 2008)

Florentino Huerga: El banquete de los inocentes (Acidalia, 2008)

    NOMBRE
Florentino Huerga

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
San Cristóbal de Entreviñas (Zamora), 1934 - Barcelona, 2005

    CURRICULUM
Fundador y director de la revista La Mano en el Cajón y de la colección de libros del mismo nombre (1969-1988). Poemarios: Poemas de la mala sombra, Un puñado de ceniza, Nosotros las víctimas, Apuntes para otra historia, Del amor y otros desengaños y Los laberintos del agua. También ha publicado la novela Ceremonial y memoria del hijo enorme y de su poder irremediable. Finalista del premio Bilbao de novela y premio Bahía de Santander de poesía




Creación/Creación
El banquete de los inocentes
Por Florentino Huerga, miércoles, 02 de abril de 2008
Florentino Huerga Martín nació el año 1934, en San Cristóbal de Entreviñas (Zamora). Su niñez transcurre en Salamanca. Cursó estudios en el Instituto de la Discriminación Social y del Hambre. Posteriormente tras una brillante licenciatura en trabajos duros y mal remunerados, realizó un viaje con veinticuatro años por Alemania (Colonia, Munich...) donde publicó en varias revistas sus primeros poemas, así como por Holanda y Suiza. En el año 1967 se establece en Barcelona donde funda la revista La Mano en el Cajón junto con Manuel Pacheco y Juan Manuel Escudero. En 1968 publica su primer libro Pomeas de mala sombra. Su publicación significó un verdadero acontecimiento. Vicente Aleixandre: “Gracias poeta, por esta gran verdad que respira ese doloroso cuerpo y vida humanos que se nos hace presente... Me acompaña estos días en la zona de la sensibilidad y la conciencia”. Ha publicado ocho títulos. El último, Los laberintos del agua, aparecido en el año 1997 en la editorial Huerga and fierro editores. Del cual Manuel Vázquez Montalbán comentó: “Es la caja negra de una existencia”. Florentino Huerga falleció el día 17 de mayo del 2005 en Barcelona. Su obra póstuma, El banquete de los inocentes, nos invita a reflexionar sobre nuestra ignorancia con respecto al emigrante y su historia.

Tenían que haber pasado muchos siglos para hacer aquel paisaje y aquella geografía y aquel clima y las costumbres y el mirar confundido y el paso resignado y la paciencia bien dispuesta, la mirada de vacuno y el oficio tan bien asimilado y la conformidad y hasta el encono.

También los vientos, los fríos, las humedades de esquina a esquina para conformar cunetas, hondanadas, riachuelos, orugas, caracteres, orillas de mar, lagartijas, fieras indómitas, accedios, borrachos y lavativas. Habían pasado las luces y las sombras, transportando puñados de polvo para que se formara la picuda arquitectura terrenal y la testuz del buey capón y de la vaca, que en estas dos criaturas se da lugar de nombre contundente; y con el tiempo se agudizaron los ingenios y se fueron desarrollando habilidades de provecho y de criterio se llegó hasta ahora mismo, dónde Hilario Halconero Barroso, atiende con pulcritud y buenos modos, con magnífico estilo, con eficacia y gusto exquisito, a la puesta de la mesa.

Hilario Halconero Barroso, ostentaba con dignidad una viudedad reciente, una viudedad disimulada, de una hacendosa y servicial muchacha venida de las montañas de León. Alberta Alcudia Pellejero, que en paz esté, de natural modoso y costumbres humildes y recatadas, tenía una mirada ovejuna y resignada. Se fue para la otra vida con mucha sencillez, sin estridencias, como si hubiera cogido la maleta con ajuar y todo y se hubiera ido en el tren destartalado, el tren burras que hacía el viaje eterno y llegaba como podía y ya nadie le esperaba, a Busdongo.

Voy al pueblo, ya volveré.- Es como si hubiera dicho, pero no volvería, que murió de un atragantamiento comiendo carne mollar y de muy buen provecho.

Pero mira por donde, quien lo iba a decir, se atragantó con un bocado. De nada le sirvió el auxilio que quiso y no pudo darle Hilario Halconero Barroso, ni la diligencia de los médicos apresurados de la Seguridad Social. Sólo pudieron testificar, con gesto resuelto su deceso, que apoyaron con un certificado de defunción y un diagnóstico detallado en muy esmerado estilo y en hojas de calidad, con sello legal y las firmas convenientes. Nada que objetar a la sanidad pública. Hilario Halconero Barroso, dio tierra sagrada a la difunta, recibió consuelo de allegados y parientes y ahora ya, con la resignación colgando de la servilleta, que blanca y nítida a poner en su traje negrísimo, ese punto de distinción que con tanto esmero visten los profesionales de oficio, tan necesario para servir los banquetes con fundamento. La pátina de los siglos ha ido depositando tenue y delicadamente en las apacibles y gratas costumbres.

La evolución y los conocimientos acumulados habían traído a este momento, en el que Hilario Halconero Barroso reflexionaba sobre los utensilios: el vaso de fino cristal, la copa esbelta, graciosa, frágil, el tenedor trinchante, la cuchara de sopa, las cucharillas de café, de postre, las sofisticadas formas, los finos y matizados colores, las transparencias de los vasos, el verdoso de las copas, los dibujos delicados en el fondo de los platos de riquísima porcelana, las servilletas de hilo con bordados de alta calidad, aludiendo a la justa fama del lugar. ¡Cuánto tiempo, cuánta historia, cuánto desasosiego y cuánta calamidad remontando el mundo desde el primer chispazo de la vida, para llegar a este estado de elevado conocimiento, que ha hecho posible que el tenedor y el cuchillo trinchante y las cucharas de todas las variedades y para usos similares, alimentan con elegante ceremonia y con respetuosa afectación, a los hombres civilizados!

Hilario Halconero Barroso, de natural reflexivo, se avenía a pensar, que para llegar a este momento y a aquel lugar y en aquella hora en punta, mucho no tenía que haberse esforzado el género humano.- Miró el reloj- las once y veintisiete minutos. En el comedor se venía a resumir el avance del tiempo y de la historia, el avance de la humanidad. Aquel diseño de dimensiones equilibradas.

Amplio espacio y luminoso, con techo alto, trabajado por hábiles escayolistas, dibujando formas apacibles ringorrangos, cenefas en relieve, con curvas caprichosas, rematadas en esquinas que no desnivelaban la armónica ascensión de la luz, que entraba por altos y anchos ventanales, tapados por suaves, por discretas cortinas de un color cremoso desmayado y dulce. Las lámparas de nítidos, de finísimos cristales esmerilados, que colgaban como pámpanos brillantes y duros extendían la luz en las noches con mucho provecho. Los cuadros que colgaban en las paredes con un muy sabio criterio artístico, se distribuían por escuelas y tendencias; impresionistas, figurativos, hipe realistas, abstractos… Todos ellos de firmas de mucho mérito. El mobiliario tampoco carecía de empaque, de apariencia sobria y elegante, tal como se entiende el buen gusto, esa rara virtud en un mundo de costumbres no excesivamente brillantes ni originales. Allí podía resumirse la civilización tal como el hombre la concibe para la comodidad y el confort. Pensaba Hilario Halconero Barroso que para esto, tenían que haber pasado ciclos de la humanidad terribles y recordaba las cuevas de Altamira, que había visitado con la extinta, que en paz esté. Adivinó la tragedia del hombre atravesando los tiempos. Cuántas calamidades hasta llegar a estas paredes  confortables,
a estos ornamentos y cachivaches funcionales. No fue sencillo.

Para llegar a esta hora, hubo muchas sangres y muchos lutos. Se le venían a la memoria estampas de romanos ensanchando con espadas y con sangre el imperio. O aquella otra estampa de un padre sacrificando a su hijo por el honor y diciendo frases de gran enjundia, que ahora no hacía memoria de ellas, pero si sabía, que eran frases de fundamento. Y aquel Moisés de luenga barba, cara enjuta y de mirada extraviada, como del que acaba de ver al mismísimo demonio, y sin embargo, leída detalladamente la historieta, se sabía que era todo lo contrario, que lo que había visto, era al Dios mismo, el hacedor de todo este universo con arañas y todo y que lo llevaba en la mano, no era pergamino, ni papel de barba, ni siquiera papel de estraza o cualquiera otra variante de dicho material. Se conoce que aún con todo haber edificado este inmenso tinglado, que a poco que se asomara uno al ventanal corrido del comedor y echara la vista hacia arriba y viera el ancho espacio azul, con nubes y calinas, con humos y pájaros, y en las noches aquella bóveda luminosa de estrellas, que eran otros mundos lejanos e imposibles, pero que estaba allí para certificar que existía un universo más complicado de hacer que cualquier papel, aunque fuera de ochenta gramos; y sin embargo Moisés llevaba en la mano madera de monte, talla rustica, de singular dificultad para apuntar cualquier noticia, aunque fuera, como la mentada, ley Divina, que serviría para extender entre las multitudes desclasadas y hacerlas sumisas y obedientes. Era notable el desfase de la divinidad, del todo-poderoso Señor, que en un suspiro había hecho mares y montañas, arboledas tupidas de variadísimas clases, animales infinitos y difíciles de diseñar en sus formas y en sus modos, bichitos, insectos parásitos terriblemente complicados. Había hecho ríos, constelaciones, colores, sabores… ¿Quién se iba a figurar a tan singular arquitecto, a tan hábil y prodigioso hacedor de todo; y hasta del hombre y de la tos con el barbado Moisés, sentado en el duro suelo del monte, espantando mosquitos para ir pacientemente tallando letra a letra la penosa ley Divina?

Así Hilario Halconero Barroso, seguía entreteniendo la mente, mientras colocaba el adecuado utillaje para el banquete, como su experiencia y la constante del progreso y de la cultura habían hecho que fuera de aquella manera y no de otra. Pensaba en los comensales, todos ellos, personas de prestigio y de mucho fundamento, expertos gastrónomos, aunque no le hacía mucha gracia esta palabrota para nombrar cualidades naturales o aprendidas de los que disfrutaban de tan refinados conocimientos y de un paladar bien educado para detectar sabores, pero como le parecía que la palabra tenía su aquél y diciéndola quedaba como dios, pues aquí paz y después gloria.

En La cocina Nemesio Alcudia Lebrón, sí que tenía mérito y había argumentos y motivos para el elogio, que guisaba como los ángeles, es un suponer, que esas especies incógnitas y a las que atribuimos méritos a todas luces desmesurados y claramente indemostrables, pero mira por dónde, esa expresión deja en buen lugar a la persona tangible y material a la que uno quiere reconocer cualidades auténticas y eficaces.

Nemesio Alcudia Lebrón, esbelto, de cara enjuta, mirada sorprendida y como bien intencionada, aunque con un fondo de picardía, había escalado en su oficio al más alto grado y consideración. Guisaba concentrado, resumiendo en su buena mano para el condimento y las especies, la sabiduría y el arte que acumuló con la experiencia y la intuición.

Había logrado justa fama por su ciencia, nada desdeñable y en nada menor, poniendo por caso, otra cualquiera de las ciencias que sirven para hacer el mundo habitable, sobre todo de los pudientes y de los refinados comensales que tenían acceso a las exquisiteces que la humanidad, en constante progreso, ponía al alcance de las mejores familias. Nemesio Alcudia Lebrón, un hombre de arrebatados impulsos y de un lirismo apasionado, hoy tenía la clara idea de sorprender a los comensales con alguna de sus muchísimas genialidades. El banquete sería a las dos y media, esa hora solar que tiene del mediodía una proximidad que hace temblar indeciso el color natural de la claridad y en los días cálidos de verano, se encrespa en el aire un vaho que hace la respiración trabajosa y fatigada.

Hilario Halconero Barroso no estaba de acuerdo en absoluto con aquella hora que parecía picuda, alabeada y torpona, pero su opinión ni era tomada en cuenta, pertenecía por herencia a esa abundante y prolífera raza de los que no tienen más remedio que asentir, discrepar para los adentros y callar para las afueras.


Nota de la Redacción: El texto de este avance editorial corresponde al primer capítulo de la obra de Florentino Huerga, El banquete de los inocentes (Ediciones Carena, Los Libros de Acidalia, 2008). Queremos hacer constar nuestro agradecimiento al director de Ediciones Carena, José Membrive, por su gentileza al facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.

 

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