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JM Davies: La huida de mamá Uro (Ediciones Carena)

JM Davies: La huida de mamá Uro (Ediciones Carena)

    NOMBRE
JM Davies

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Lubá (Guinea Ecuatorial)

    CURRICULUM
Acaba sus estudios universitarios en Madrid y trabaja en varios institutos. Más adelante se traslada a los Estados Unidos, donde reside en la actualidad. Allí terminó su máster en Literatura Española y enseña español desde hace varios años. Es autor también del libro de poemas Abiono y de La guerra de Hormelef, ambas obras publicadas en Ediciones Carena. Se dedica a escribir cuentos infantiles y a crear nuevos e importantes sistemas educativos basados en juegos de tablero que él mismo diseña



JM Davies

JM Davies


Creación/Creación
La huida de mamá Uro
Por JM Davies, domingo, 2 de marzo de 2008
Igual que la mitología griega se valía de sus epopeyas para abarcar globalmente todo lo concerniente al ser humano, los cuentos africanos engloban la sabiduría que las personas necesitan para ir asumiendo sus propios valores. Estas historias, lejos de todo dogma, pensadas para la transmisión oral, ofrecen una panoplia de situaciones y modos de entender el mundo para que el oyente vaya configurando su propia conducta. La huida de mamá Uro del escritor guineano muestra los avatares de unos animalitos que buscan en la sabiduría su manera de sobrevivir. En medio, el amor al conocimiento, la amistad, los dramas de algunas colectividades… en fin, el libro de la vida abierto a una lectura gozosa, ejemplar y, al mismo tiempo, libre.

Una tarde de maravilla, una espléndida puesta de sol, un paisaje bello y espectacular. El gran disco rojizo marchaba lentamente hacia su nuevo destino, dispuesto a ofrecer sus poderosos e inagotables rayos luminosos a otra noche vecina, dejando en penumbras el lugar al que despedía. Para su viaje de ida, siempre elegía el mismo camino, allá lejos, detrás de aquellos gigantescos arbustos de troncos oscuros con hojas verdes, y con su despedida, proyectaba unas sombras fantasmagóricas que acababan engullendo
toda la claridad del lugar.

Tata Nvú, reposando plácidamente en su hamaca, disfrutaba de las delicias de la dulce brisa que soplaba hacia oriente. Era entonces, en uno de aquellos momentos, cuando llamaba a Nkulu o a Bambara, y en raras ocasiones a los dos, hacía que se sentaran en unas banquetas de patas enenas situadas cerca de su hamaca y empezaba con la misma pregunta de siempre, para terminar con uno de sus fascinantes cuentos, que según él, tuvieron lugar muchos, muchos años atrás.
-¡Nkulu, Bambara!
-Sí, tata Nvú.
-Sí, tata Nvú.
-¿Habéis oído hablar de los Uros?
-No, tata Nvú. Cuenta, cuenta, por favor.

Y así empezaba todo, repitiéndose la misma escena una y otra vez.
-En una isla grande, muy grande, tan grande que parecía un continente entero, lejos, muy, muy lejos de aquí, hace muchos, muchísimos años, la familia Uro, compuesta por papá Uro, mamá Uro y bebé Uro, vivía una vida tranquila, como el resto de los animales de aquella gigantesca isla. Cada mañana, unas veces muy temprano, otras, con el sol ya visible, papá Uro salía hacia el río a pescar, o se adentraba en el bosque dispuesto a cazar algún fritambo o jabalí de tierna edad. Después de irse papá Uro, mamá Uro preparaba sus cosas y se encaminaba sin prisa hacia su pequeña huerta de alimentos que cuidaba meticulosamente día tras día. Bebé Uro siempre estaba con su madre, salvo en las contadas ocasiones en que acompañaba a papá Uro para ir aprendiendo poco a poco los secretos que en su día le convertirían en tan buen pescador o cazador como su padre, si no mejor.

Al principio, la huerta de mamá Uro se encontraba cerca de su cabaña, pero año tras año, después de la primera cosecha, la tierra se rebelaba y se negaba a producir más alimentos, los tubérculos disminuían de tamaño o se extinguían completamente, los vegetales brotaban ya amarillentos, incapaces de acumular las suficientes vitaminas como para resultar útiles y comestibles, y las frutas, dichosas frutas, se secaban justo al aparecer. Poco a poco, mamá Uro fue desplazando sus nuevas plantaciones más y más lejos de su cabaña, buscando una tierra más fértil donde pudiera realizar su trabajo de forma más satisfactoria e ir ampliando el terreno cultivado. Encontró por fin el lugar, y después de tres años, al notar que sus plantaciones mantenían el vigor y la fuerza nutritiva ideales, decidió establecerse allí, aunque el sitio quedaba ya bastante lejos de su hogar.

Mientras bebé Uro iba con mamá Uro a su finca, veía día tras día cómo los jóvenes sapos, ranas, lagartos y culebras iban jugando unos con otros mientras acompañaban a sus parientes a trabajar, haciendo sus trabajos y labores más divertidos, menos trabajosos, y menos penosos; él, en cambio, encontrábase siempre solo, aburrido, teniendo que contentarse, sin remedio, con las alegrías o los enfados de mamá Uro.
-Mamá Uro, ¿por qué no haces otro bebé Uro para que yo también pueda tener algún compañero para jugar, como los sapos, y las ranas, y los lagartos, y las culebras?

Mamá Uro no contestó, era uno de sus días de malhumor y, con una mirada de descontento, obligó a su solitario hijo a callarse. Esa noche, sin embargo, retirados en su alcoba, y antes de que papá Uro se quedara dormido, mamá Uro le habló a su marido.
-Papá Uro, esta mañana mientras trabajábamos, bebé Uro me ha preguntado por qué no le hacía un hermanito para que él también pudiera jugar como los hijos de las ranas, y de los sapos, y de las culebras, y de los lagartos.
-¡Njú!
-¿Me oíste, papá Uro?
-¡Njú!
-Creo que tiene razón, ¿no crees?
-¿Y...?
-¿Y…?
-¿Por qué no me cosquilleas cerca del ombligo otra vez para que pueda darle un hermanito a bebé Uro?
-¡Nnnn!

Y papá Uro le cosquilleó a mamá Uro cerca del ombligo, y mamá Uro tuvo otro bebé Uro después de varios meses. Bebé Uro uno se puso muy contento al ver a su hermanito; ahora ya no envidiaría tanto a los sapos, ni a las ranas, ni a los lagartos, ni a las culebras, pues dentro de poco él también podría jugar como todos ellos. Al ver la alegría de bebé Uro uno y de bebé Uro dos, papá Uro le cosquilleó a mamá Uro de nuevo, y vino bebé Uro tres, y otra vez, y otra, y otra, y la familia de los Uros fue creciendo así hasta llegar a bebé Uro once. Sin embargo, y como en todas las familias, bebé Uro siete salió muy travieso, y poco a poco empezó a quebrantar las normas de los Uros.
Un día soleado, cuando las sombras caían justo debajo de sus propios objetos, y mientras los hermanos Uros jugaban correteando aquí y allá, bebé Uro siete se acercó a bebé Uro ocho y le convenció para que le siguiera.
-Vamos a cruzar el río a ver qué hay al otro lado.
-Pero…, pero…, sabes que papá Uro y mamá Uro nos han prohibido cruzar el río.


NOTA DE LA REDACCIÓN: Este texto pertenece al libro de JM Davies, La huida de mamá Uro (Ediciones Carena). Queremos agradecer al director de Edciones Carena, José Membrive, su gentileza por facilitar su publicación en Ojos de Papel.

 

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