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JM Davies: "La guerra de Hormelef" (Ediciones Carena)

JM Davies: "La guerra de Hormelef" (Ediciones Carena)

    NOMBRE
JM Davies

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Lubá (Guinea Ecuatorial)

    CURRICULUM
Termina sus estudios universitarios en Madrid y trabaja en varios institutos. Más adelante se traslada a los Estados Unidos, donde reside en la actualidad. Allí terminó su máster en Literatura Española y lleva enseñando español desde hace varios años. En el 2002 escribe Abiono, un libro de poemas que publica en 2004. Desde entonces, se dedica a escribir cuentos infantiles y a crear nuevos e importantes sistemas educativos basados en juegos de tablero que él mismo diseña



JM Davies

JM Davies

El próximo 8 de julio, a las 18 horas, se presenta el nuevo libro de JM Davies: "La huida de mamá Uro", en la Casa Elizalde de Barcelona (c/ Valencia 302)

El próximo 8 de julio, a las 18 horas, se presenta el nuevo libro de JM Davies: "La huida de mamá Uro", en la Casa Elizalde de Barcelona (c/ Valencia 302)


Creación/Creación
La guerra de Hormelef. Un cuento africano
Por JM Davies, miércoles, 5 de julio de 2006
La guerra de Hormelef cuenta la historia de un poblado que existió en África, al principio del principio del todo... La historia tiene toda esa esencia de la literatura negroafricana, de naturaleza oral, pero que es trasladada aquí por escrito, sin por ello abandonar en ningún momento esa oralidad, su carácter lúdico y pedagógico.
Una tarde de maravilla, una espléndida puesta de sol, un paisaje bello y espectacular. El gran disco rojizo marchaba lentamente hacia su nuevo destino a ofrecer sus poderosos e inagotables rayos luminosos a otra noche vecina, dejando en penumbras al lugar que despedía. Para su ida, siempre elegía el mismo camino, allá lejos, detrás de aquellos gigantescos arbustos de troncos oscuros con hojas verdes, y con su despedida, proyectaba unas sombras fantasmagóricas que acababan engulliendo toda la claridad del lugar. Tata Nvú, reposando plácidamente en su hamaca, disfrutaba de las delicias de la dulce brisa que soplaba hacia oriente. Era entonces, en uno de estos momentos, cuando llamaba a Nkulu o a Bambara, y en raras ocasiones a los dos, hacía que se sentaran en unas banquetas de patas enanas cerca de su hamaca y empezaba con la misma pregunta de siempre, para terminar con una de sus fascinantes historias, que según él, tuvieron lugar muchos, muchos años atrás.

-¡Nkulu!
-Sí, tata Nvú.
- 10 -
J. M. Davies
-¿Has oído hablar de la gran Guerra de Hormelef?
-No, tata Nvú. Cuenta, cuenta, por favor.

Y así empezaba todo, repitiéndose la misma escena una y otra vez:
Antiguamente, mucho tiempo atrás, muchísimo antes de la existencia de Egipto, el Egipto prefaraónico, el Egipto de Imhotep, el Egipto del dios Ra, o de Etiopía, la Etiopía de Cush, había un pequeño poblado en el nordeste de África, allá en el cuerno del continente oscuro, en un punto cercano a la actual Eritrea, llamado Hormelef. Hormelef era un pequeño y hermoso poblado con una flora extensa y variada que cubría gran parte de su territorio, mientras que la fauna, sin embargo, se reducía a solo dos variedades, dos especies de animales iguales en todo. Eran las igas y los antes. El hombre, por su condición de homo erectus y de homo sapiens, ostentaba el prestigioso título de Ser Humano.

El gran jefe del pequeño poblado de Hormelef se sentía muy orgulloso del magnífico equilibrio que dominaba su territorio, un equilibrio sano que se venía disfrutando desde tiempos inmemoriales. A nadie se le exigía una contribución mayor de la que podía ofrecer, todos trabajaban y tributaban fielmente y de forma equitativa contribuyendo a aquel funcionamiento tan ideal que se conocía y admiraba desde casi una eternidad. Era la envidia del resto del mundo.

En aquel entonces, los antes y las igas cooperaban en todo, se ayudaban mutuamente, compartían faenas en el campo, en las fincas, en las labores cotidianas, y tan simple sistema de ayuda y cooperación conseguía una producción masiva y extraordinaria de yuca, malanga, aceite de palma, vino de palma, topée, azúcar, sal, y otros menesteres para el poblado. El arduo trabajo de todos los habitantes de Hormelef, la perfecta armonía entre sus residentes, la enorme cooperación y el gran civismo entre los antes y las igas, así como nuevos inventos, sistemas más eficientes de cultivo, métodos dinámicos de irrigación, e ingeniosas técnicas de conserva de los productos alimenticios, les permitía obtener el máximo rendimiento de la tierra y el óptimo beneficio de todos los productos agrícolas de utilidad.

Hormelef era la envidia de sus vecinos y del resto del mundo conocido, pues era el primer lugar del universo donde la humanidad había aprendido que el trabajo en equipo producía mayores beneficios que el agotador y poco productivo esfuerzo individual, y donde había resultado obvio por primera vez que el efecto psicológico del escaso progreso después de un día penoso de labor, era mucho peor que el cansancio físico.

Los platanares, como firmes soldados en formación, alcanzaban una extensión inabarcable a simple vista. Los palmerales, los cocoteros, las plantaciones de yuca, malanga, papaya, mango y las hortalizas; todo ofrecía una perfecta armonía con los bosques vírgenes, los gigantescos árboles con exóticos ramajes y el insaciable deseo y la sutil habilidad de embellecer las zonas residenciales con diversas flores de colores variados, rosas con pétalos rebosando incomparable hermosura, aroma de pureza y alegría.

Mas, a pesar de todo, llegó un día maldito para Hormelef. Amaneció como un día normal, con el gigantesco y brillante disco solar abandonando su lecho para aparecer allá lejos, detrás de un compacto arbolado que se mecía dócilmente bajo una suave brisa cálida. La sábana de rayos que se proyectaba desde aquel firmamento azul con figuras extrañas de un blanco grisáceo llegaba sin esfuerzo hasta los recodos más insignificantes que decidía penetrar. Era blanca y clara y desprendía un afectuoso y templado calorcito que iba acariciando con apaciguada lentitud las transparentes gotas de rocío que habían bañado la alfombra verde de un abundante césped que cubría una amplia extensión de terreno.

Así, aquel día tan común en Hormelef, una de la igas había sufrido un insignificante contratiempo con una amiga y estaba tan malhumorada que hasta la comida le sabía insípida. Abandonó pues su esfuerzo de alimentarse entonces, esperando a que se le pasara el enfado y su paladar recuperara su innato sentido del gusto con aquella sensación de placer que siempre le habían producido los platos tan suculentos que acostumbraba a degustar.

Pudo haber sido un simple accidente. O no. ¿Gula?, ¿necesidad? Solo se sabe que un ante iba aquel día por el mismo camino. Y vio aquel suculento plato de comida abandonado por una iga malhumorada por un insignificante incidente con una amiga. Y ocurrió. ¿Por qué rompería ese ante lo que tanto enorgullecía a todos los habitantes de Hormelef? Tal vez tuvo la culpa una brisa suave que hábilmente se filtró entre las hojas de la multitud de árboles que en vano trataron de frenar o desviar su itinerario, intuyendo el caos que iba a producir su llegada a aquel suculento plato de comida abandonada por una iga malhumorada por un insignificante incidente con una amiga. La brisa llegó, y sin querer, cumpliendo sólo con su sagrada misión, dejó en libertad el olor que fuertemente encarcelaba el suculento plato de comida abandonada por una iga malhumorada por un insignificante incidente con una amiga. Y aquel olor, aquel penetrante aroma, llegó hasta el ante que segundos atrás se dirigía a realizar sus quehaceres sin tener ningún plan de contravenir la noble tradición del equilibrio que reinaba tan maravillosamente en Hormelef. ¿O no?.

Vio la comida. Se le dilataron las fosas nasales. Un manantial de agua se formó en su boca. Los ojos aumentaron de tamaño, en realidad sólo debía ser un efecto óptico. Iba a pasar sin más, a seguir su camino hasta alejarse lo suficiente. Incluso dio dos o tres pasos más allá, pero el viento volvió a soplar e hizo que el aroma penetrase de nuevo y sin piedad en aquellas fosas nasales dilatadas ya al máximo. Se detuvo. Deshizo los tres pasos que ya le habían separado de aquella tentación. Empleó su dedo meñique y pellizcó un extremo de la comida. La metió en su boca llena de agua y un chorrito de saliva se le escapó por la comisura derecha de la boca. ¡Oh, qué sabor! Miró a un lado y a otro. Nadie. Estaba solo. Empezó a saciarse de aquella suculenta comida que había abandonado la iga malhumorada por un insignificante incidente con una amiga. Comió, comió y comió hasta que el plato quedó limpio. Bajó entonces por un pequeño sendero que le condujo al pequeño riachuelo vecino y con la copa de las manos se dispuso a tomar agua. Ahora haría mejor la digestión. Se sentó allí mismo y cinco minutos más tarde, estaba tumbado panza arriba roncando alegremente sin preocupación ni remordimiento alguno.

Ya se le había pasado el enfado a la iga malhumorada por un insignificante incidente con una amiga, que había abandonado su suculento plato de comida. El hambre la había ayudado a desenfadarse. Un plato vacío y limpio fue todo lo que encontró. Recordó entonces que no era la primera vez que su facilidad de enojarse la había hecho abandonar su comida, aunque hasta entonces siempre la había encontrado sana y salva, eso sí, algo más fría de como a ella en realidad le gustaba. De nuevo el enojo volvió a apoderarse de ella, esta vez con más lógica. Estaba furiosa. A veces quería evitarlo, pero era una parte intrínseca de su temperamento.

¿Quién se había comido su comida?

La iga, de muy mal humor, iba de casa en casa haciendo la misma pregunta y recibiendo respuestas poco satisfactorias.

Llegó por fin la tarde y el sol, como hace día tras día, se ocultó allá lejos del punto por donde aparece por las mañanas, y la iga malhumorada y hambrienta tuvo que capitular en su esfuerzo por identificar al delincuente que le había usurpado su suculento plato de comida.

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NOTA: Este texto es el primer capítulo del cuento largo escrito por JM Davies titulado La Guerra de Hormelef (Ediciones Carena). Queremos agradecer al director de Edciones Carena, José Membrive, su gentileza por facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.
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