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León Moré: El abrazo de Fatma (Ediciones Carena, 2007)

León Moré: El abrazo de Fatma (Ediciones Carena, 2007)

    NOMBRE
León Moré

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Barcelona, 1957

    CURRICULUM
Científico de formación y profesor universitario, ha investigado sobre el uso que el hombre hace de los recursos naturales y de los conflictos, tanto ambientales como sociales, que su uso irremediablemente acarrea. Es asesor de agencias internacionales, como el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Unión Internacional para la Conservación de los Recursos Naturales. Ha trabajado en Latinoamérica, el norte de África y Asia. Es autor de más de doscientos artículos y varios libros científicos




Creación/Creación
El abrazo de Fatma
Por León Moré, domingo, 2 de diciembre de 2007
En la década de los ochenta, Alpha, un adolescente negro de quince años, huérfano de madre y sometido a la rígida autoridad de un padre arisco y desengañado, es testigo y víctima de la limpieza étnica emprendida en Mauritania, por la etnia árabe contra la minoría negra que habita el sur del país. El abrazo de Fatma es a la vez una historia de amor y de desesperación; de añoranza materna y de rebeldía contra los imponderables sociales. Sitúa a los protagonistas ante la trágica tesitura de rebelarse sin posibilidad de victoria o aceptar resignadamente la humillación de verse desposeídos poco a poco de sus tierras y de su dignidad. Alpha, con su impulso adolescente se ve empujado por un camino distinto al de su desengañado padre. León Moré, gran conocedor de la realidad mauritana, plantea en el El abrazo de Fatma un dilema universal con una intensidad digna de la tragedia griega y una espeluznante actualidad.

Una nube blanca corría por el cielo. Al avanzar cambiaba de forma. Bajo ella, Alpha veía agitarse nerviosos los árboles de la otra orilla. Cuando un árbol  nacía, ignoraba la forma que finalmente acabaría adoptando. Podía crecer en todas direcciones, jugar con su cuerpo a voluntad venciendo al viento o cediendo a los deseos de éste, según le conviniese. Su única limitación sería la humedad de la tierra en la que hundiera sus raíces, y su única obligación echar hojas en primavera para luego sacrificarlas en otoño. Alpha envidiaba las nubes y los árboles. Él no había podido elegir. Se debía a un destino ciego.

—No podéis aplicar el indirass a estas tierras —sentenció el anciano marabou mesándose la barba. Dirigía estas palabras al registrador de la propiedad, un beidán que la administración de Nouakchott había enviado para aplicar la reforma de la propiedad. A su alrededor, un nutrido corro de hombres, sumidos en un silencio cargado de tirantez, seguía la conversación.Con la mirada fija en el beidán, el marabou insistió:
—La ley islámica no rige en este caso. Es cierto que el indirass dispone  que la propiedad de una tierra se pierda si ésta es una tierra muerta y permanece sin ser trabajada. Pero el indirass no puede aplicarse al waalo; sabes que el waalo no es tierra muerta, sino parte misma del lecho del río; sólo puede cultivarse cuando el caudal mengua en la época seca y el río deja al descubierto los márgenes.
—Y a mí, ¿qué me importa eso? —replicó el beidán, encogiéndose de hombros.
—Es Dios, regulando el flujo del río, quien otorga el permiso para que las tierras fértiles del waalo puedan trabajarse —respondió el anciano marabou—. Nada puede hacer el propietario.
—El waalo no se diferencia del resto. Para mí, las tierras que permanecen sin ser trabajadas son tierras muertas, y se pierden —respondió el beidán. Luego, blandiendo en el aire un librito blanco, agregó—: Lo dice el decreto. Es la ley.
—En todo caso, pasan a ser propiedad de la comunidad; de la comunidad de R’Dra.
—Del Estado. Y es el Estado quien decide a quién se las concede.
Los dedos del marabou escarbaron de nuevo en la barba. Sus manos temblaban. Con voz entrecortada, dijo:
—Quien reciba la concesión del waalo no podrá cultivarlo más a menudo que sus actuales propietarios.
—No existen actuales propietarios. Sus derechos han vencido.
—Los beidanes estáis cambiando las leyes de nuestros padres. ¿Dónde está la justicia de una ley sin memoria? —replicó el anciano alzando el tono de voz.
—Lo siento. Ni siquiera el gobierno puede hacer mucho. El dinero de la reforma agraria proviene del Fondo Monetario Internacional, y éste exige que la tierra tenga un propietario legal.
Las palabras del registrador despertaron a su alrededor un murmullo de disconformidad. Entre el corro, una voz anónima profirió un insulto. Diop, que había sido requerido por el registrador para velar por que no se produjeran disturbios, hizo un ademán autoritario con el fusil que aferraba entre sus manos.
Se hizo nuevamente el silencio. El marabou miró al fondo de los ojos del beidán y advirtió en su mirada el frío del hielo viejo. El anciano escupió a los pies del registrador y le dio la espalda, alejándose en dirección a la aldea. Impasible, el beidán hizo una seña autoritaria a Diop, y se montó en su vehículo.
Cuando ambos hombres hubieron desaparecido, el pequeño grupo permaneció en el lugar sin saber qué hacer. La sentencia estaba dictada. El waalo que durante generaciones había pertenecido a la familia Diallo acababa de ser calificado como tierra muerta. Aquello significaba que cambiaba de amo. Lo decía un decreto escrito en árabe que ni los Diallo ni ninguna otra familia del pueblo podía leer. El nuevo propietario, todavía un desconocido, sería sin duda un beidán y, casi con toda certeza, un extraño a la aldea.
Bajo el sol del mediodía, el río centelleó como el acero, dibujando en la frente de los hombres un arabesco tembloroso.


* * *


Al caer la tarde, R’Dra bullía. Alpha, a quien no se le había permitido asistir a la disputa entre el marabou y el registrador de la propiedad por estar ésta reservada a los cabezas de familia, seguía ahora las discusiones con el corazón en un puño. A lo largo del río, las parcelas cambiaban de manos. Los halpulaar salían siempre mal parados y tenían que abandonar sus tierras y marchar lejos, hacia un futuro incierto y ya condenado.
Alpha presentía lo que iba a ocurrir. Como había sucedido con la familia Malikel hacía menos de dos meses, como había sucedido en tantas otras ocasiones en los dos últimos años, los Diallo serían expulsados de sus tierras. Sólo podrían sobrevivir si el nuevo propietario, incapaz de trabajar los campos por él mismo, accedía a arrendárselos a cambio de un canon abusivo. A pesar de ello, sería una suerte si así se resolvía la situación. Muchos nuevos terratenientes, beidanes ganaderos o con negocios en la ciudad, no permitían que los antiguos dueños trabajasen las parcelas. Las abandonaban hasta que se volvían improductivas. Se guardaban los títulos de propiedad y esperaban nadie sabía qué; quizás a que los deseos de venganza se disiparan como el humo. Alpha pensó que, si el nuevo amo era de ésos, Kane Diallo, su compañero de escuela, se vería obligado a abandonar el pueblo. Perdería a un amigo. Otro más. Tal vez tuviera parientes en Senegal que pudieran acogerlo. En caso contrario, todos ellos se tendrían que marchar a Nouakchott. Él a trabajar en las obras del puerto, y sus hermanas a servir en una cocina o, si no encontraban empleo, a perderse en la noche de la ciudad.
Alpha era incapaz de comprender dónde se encontraba el mal de todo aquello, si en un decreto del gobierno que nadie podía leer, si en la avidez de los beidanes, si en la mirada fría del registrador de la propiedad. Pero percibía la ignominia con la misma certidumbre con la que la bestia ventea en el aire la presa herida.
—Si los beidanes nos roban las tierras, ¿de qué vamos a vivir? —dejó escapar en el corro que se había agregado en la plaza de cemento de la mezquita.
—Nadie roba —le respondió Ibrahima Sow, el propietario de la pequeña tienda de víveres. Había sido el primer alcalde de R’Dra cuando se proclamó la independencia y todos le consideraban un hombre de orden—. Sencillamente, la ley es así. Y hay que acatarla.
—La ley está hecha por los beidanes…, y para los beidanes —replicó Alpha con tozudez.
Una mujer que se sentaba al lado de Alpha cubrió la cabeza del muchacho con sus manos y le dijo afectuosamente:
—Calla, chiquillo. Deja que los hombres resuelvan sus problemas.
—¿Sus problemas? Si mi familia pierde sus parcelas de waalo, ¿no seré yo quien se tendrá que marchar a Nouakchott para mantener a mi padre?
—Dios dispondrá —replicó la mujer, estrechando la cabeza de Alpha contra su pecho—. No temas. En la cooperativa de mujeres te daremos trabajo.
Alpha se deshizo del abrazo con brusquedad.
—Yo no trabajo para una mujer —replicó con aspereza, incorporándose y abandonando la plaza con paso nervioso.


* * *


Alpha vagó por las callejas del pueblo buscando cobijo en la oscuridad. Pero R’Dra despertaba al entrar la noche; el sol que durante el día caía a plomo no permitía otra cosa. Bajo las acacias del abrevadero, en los rincones, en las plazoletas, al oscurecer se apiñaban grupos de hombres. En todas partes el muchacho veía brillar las ascuas de los cigarrillos o el blanco de las pupilas iluminadas por luces furtivas.
Caminó varios minutos hasta alcanzar el economato, en aquellas horas cerrado. La plaza donde por la mañana se apretaban las mujeres cargadas de cestos, ahora estaba desierta.
Se palpó el bolsillo trasero del pantalón y extrajo una carterita de cuero. En el interior conservaba un billete de doscientas ouguillas y una fotografía agrietada. Se encaminó hacia la farola que iluminaba el pórtico del edificio. El ronquido del generador eléctrico producía un zumbido monótono. Alpha escudriñó a su alrededor y, después de comprobar una vez más que se hallaba solo, expuso la fotografía a la luz.
En la imagen, él tenía siete años. De pie, plantado muy tieso, sonreía a la cámara con timidez. Su madre, Fatma, con el vientre generosamente engrosado por el embarazo, doblaba su cuerpo sobre la espalda del muchacho, abrazándole. Los brazos de la mujer se cruzaban protectores sobre su pecho. Alpha recordaba el cuerpo tibio de su madre. Todavía podía percibir en la espalda el contacto de su vientre y en la nuca el calor de su aliento. Aquel aliento dulce que le recordaba los anocheceres en que él regresaba del río tiritando por la humedad de la noche y Fatma tomaba entre las manos sus entumecidos pies para calentarlos con los labios.
La relación entre Alpha y Fatma había sido atormentada. La rebeldía del niño, la confusión irremediable en la que éste parecía estar siempre sumido, alarmaban a la madre. Cuando ella presentía que su ímpetu disparatado lo lanzaba al precipicio, lo retenía en su regazo abrazándolo, impidiéndole la huída. Aquella permanente vigilancia enojaba a Alpha, que respondía con desaires que herían a la madre. Pero él nunca conseguía doblegar su resistencia. El muchacho se asfixiaba en el seno de aquellos abrazos protectores y, cuanto más pugnaba por escapar de ellos, más fuerte lo asía Fatma.
Detestó aquellos abrazos hasta que los hombres del pueblo regresaron aquel amanecer anunciando que sólo habían encontrado una barca vacía. Mil veces Alpha había rogado que aquello hubiera sido un sueño, que los hombres se hubieran equivocado y que Fatma se hallara en una piragua, en algún lugar del río, remando hacia la orilla. Sollozaba jurando al aire que nada había pasado, que los que aseguraban haber visto la barca vacía mentían. Se negaba a aceptar que las manos de Fatma ya no se cerrarían más sobre su pecho. Luego, durante muchas semanas o meses, quizás hasta aquel mismo momento, sintió a menudo el vértigo del desgobierno y echó en falta aquellos abrazos, como quien se asfixia echa en falta el aire que respira, aunque nunca antes hubiera reparado en él. Alpha escrutó con ansiedad el rostro de Fatma en la fotografía. Era la única imagen que había conservado de su madre, y buscaba en ella una respuesta. Los labios de la mujer se entreabrían en una sonrisa apagada, casi doliente. Una sonrisa que Alpha había mil veces intentado descifrar. Se preguntaba si no sería aquella la última que ella hiciera. Quizás aquel gesto había sido la oculta despedida antes de la traición que se avecinaba.
Ella había desaparecido tres días más tarde.
Las aletas de la nariz chata del muchacho palpitaron levemente. No podía evitar recriminar a Fatma su deslealtad. Le reprochaba su cobardía y que le hubiera dejado solo. Siempre lo hacía: cuando Babú lo azotaba y ella ya no estaba allí para impedirlo; cuando en primavera su corazón brincaba al regresar del río con la bolsa llena de peces plateados, pero no tenía a quien mostrárselos; en las tediosas tardes de los viernes en que nadie estaba allí para compartir sus juegos. Ninguna noche desde entonces había podido cerrar los ojos sin que la amargura le atenazara la garganta. Alpha había acabado impregnándose de la tristeza con la misma naturalidad con la que los moluscos hacen suyo el sabor del agua marina.
El muchacho negó con la cabeza al recordar las palabras de la mujer en la plaza de la mezquita. Él no podía trabajar para una mujer. La única para la que hubiera querido hacerlo se había marchado. Cerró los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Nunca otra mujer podría pagarle con un abrazo.


* * *


Durante la cena, Babú comunicó a sus hijos que había decidido aceptar la oferta de su pariente, Sidi Musa. Le cedería sus tierras para la cooperativa que éste estaba formando.
Mamadou, con los ojos fijos en la cazuela de arroz, musitó:
—Sidi Musa es un beidán, padre.
—Me ha asegurado que nada malo sucederá.
—¿Nada malo? Ya sabes cómo son los beidanes; según ellos, nunca nada es bueno ni malo. Es su manera de ver las cosas.
—Sidi Musa está casado con nuestra prima Salkha, y nos quiere bien.
—Los beidanes acaban apropiándose de todas las tierras que caen en sus manos. Mira lo que ha sucedido con las parcelas de los Diallo.
—Por eso. No quiero que nos ocurra lo que a ellos.
—No nos sucederá —replicó Mamadou—. Nuestra familia es muy respetada.
—Respetada... Hijo, el orgullo te engaña. Sólo se respeta a quien se teme —dijo Babú mirando con severidad a su hijo—. Es mejor negociar. Cederemos temporalmente las parcelas, pero continuaremos siendo sus dueños.
—¿Para qué iba a interesarle a Sidi Musa entonces que entrases en la cooperativa? Padre, él no te quiere a ti; quiere tus tierras.
—Sidi Musa tiene dinero, y necesita las parcelas para trabajarlas.
—Padre, el dinero no es suyo. Es del banco, y lo devolverá con lo que saque explotando nuestros campos.
—¡Basta! Ése es el camino que me han aconsejado que siga.
—¿Y quién te ha dado ese consejo? —pregunto Alpha, despegando por fin los labios.
—Salkha —respondió lacónicamente el padre.
—¿La prima Salkha, la mujer de Sidi Musa? —exclamó Alpha con incredulidad— ¿Realmente confías en lo que ella diga?
Babú contempló a Alpha con ojos brillantes pero permaneció callado.
Mamadou insistió:
—Padre, ¿realmente crees que su consejo es desinteresado?
—¡Naturalmente! Salkha es de nuestra sangre y, si ella confía en su marido, yo no soy quién para recelar.
—¡Vaya, ahora es la esposa de la hiena quien recomienda a las ovejas lo que deben hacer por la noche! —espetó Alpha en tono mordaz.
Luego, añadió—: Todo lo que gane él, ella lo ganará también. ¿Cómo es posible que no lo veas?
—¡Basta, he dicho! No quiero oír ni una palabra más. ¡Sois una pareja de desconfiados! —replicó Babú, elevando la voz.
Alpha dejó caer el plato ruidosamente al suelo y abandonó la estancia.
Mamadou agachó la cabeza y continuó comiendo, sin atreverse a decir nada más.
Aquella noche, Alpha se revolvió en su cama. Con los ojos inundados de lágrimas buscó entre sus ropas la fotografía de Fatma.


* * *


A la mañana siguiente, se levantó sin una sonrisa y escapó de la casa para evitar encuentros. Fue en busca de M’Barka.
M’Barka tenía la misma edad que Alpha y unos ojos oscuros y fértiles como el agua del río. Desde que la muchacha había llegado al pueblo hacía ya ocho años, los dos niños habían compartido juegos e inacabables tardes en la escuela coránica. Alpha había ido observando cómo el pecho de tabla de la muchacha comenzaba a abultarse para formar primero unas pequeñas tetillas puntiagudas y, más tarde, unos senos de piel suave y tirante. En la garganta de Alpha se formaba un nudo cada vez que los veía agitarse en el aire mientras ella trabajaba en el campo.
La encontró a la salida de la mezquita. Pasearon sin rumbo por las callejuelas del pueblo hasta tomar el sendero que discurría junto al río. A su derecha, las cañas del inacabable maizal de la Coopération susurraban agitadas por la brisa intermitente.
Cuando las irregularidades del camino les hacían dar un traspié, sus manos se tocaban fugazmente. Al atravesar un espacio abierto apareció una gallina. Alpha, agachándose, tomó una piedra y la arrojó con fuerza hacia el ave. La piedra se perdió entre las hierbas mientras la gallina revoloteaba dejando tras de sí un rastro de plumas blancas.
—¿Por qué haces eso? —quiso saber M’Barka.
—¿Y por qué no? No es más que un animal —respondió Alpha, chascando la lengua.
—Los chicos sois todos iguales. Si por vosotros fuera, la tierra estaría desierta.
—¿Nunca sientes ganas de tirar una piedra cuando ves algo que se mueve? Matar un pájaro es mandar. Cae porque tú lo has querido.
—Las mujeres nacemos para dar vida. No para quitarla.
Alpha agitó la mano en el aire como si lo que acababa de oír mereciera tan poca atención como una mosca.
Los muchachos siguieron caminando hasta alcanzar un recodo.
Alpha echó un vistazo a su alrededor y, al ver el campo despejado, se coló entre las cañas. Regresó al cabo de unos instantes con la camiseta formando un abultado hatillo.
—Como te vea Aziz… —dijo M’Barka, refiriéndose al propietario del maizal.
—No soy tonto. Ya he vigilado que nadie me viera.
—¿Y crees que puedes esconderte de Dios? —replicó la muchacha en tono severo.
Alpha no respondió. Ambos habían crecido creyendo en el mismo Dios. Pero él no se sentía su siervo. El Altísimo le había creado, sí, pero después lo había dejado de lado como a un extraño y, como tal, él no se sentía obligado a dar explicaciones.
Sin pensar siquiera en responder la pregunta de M’Barka, Alpha abrió el hatillo y mostró el contenido con una sonrisa. La muchacha contó once mazorcas.
—¿Estás loco? ¿Para qué has cogido tantas?
—Bueno, si tenemos hambre…
—¿Qué quieres? ¿Qué me ponga como un cebón? —replicó M’-Barka, estallando en una sonora carcajada.
—No, mujer, pero…
—¡Vaya! O sea que eres como los moros, que te gustan las mujeres gordas —insistió ella, burlona.
—No, no... —replicó Alpha, sonrojándose.
—Sí, es eso… —insistió ella con sorna—. Te has creído su proverbio: “Engorda una muchacha, y la harás bella”, y ahora vas a obligarme, como hacen ellos con sus hijas, a beber quince litros de leche de camella cada día para que la grasa se me ponga en las caderas, en el vientre, en las tetas...
Alpha había oído decir que los moros cebaban a las niñas con leche para conducir su deseo a la boca y hacerles olvidar sus genitales.
Temió que M’Barka continuara hablando.
—Por favor, no te burles de mí.
—No me burlo, tonto —respondió ella en tono dulce.
Descendieron por un terraplén hasta la orilla del río y, a escasos metros, alcanzaron un recodo protegido del viento. El cañizal crecía hasta el borde mismo de una pequeña playa. Se sentaron en la arena, con las mazorcas a un lado. El agua centelleaba frente a ellos.
Alpha arrebujó su cuerpo contra el de M’Barka. Al hacerlo, los pezones de la muchacha se aproximaron a su rostro. Alpha percibió el olor a hierba tierna de su piel y aproximó los labios. Ella se revolvió riendo. Se escabulló del abrazo de Alpha y le dio una sonora palmada en el vientre. Durante unos minutos, libraron una festiva lucha, con puñadas al aire y teatrales gritos de dolor. El juego finalizó en un coro de risotadas.
—Eres un tonto —dijo M’Barka, sonriendo mordaz—, y no tienes fuerza.
—¿Qué no…? —replicó el muchacho, frunciendo los labios. La tomó de las muñecas y le abrió los brazos en cruz. Los pechos morenos temblaron en el aire. Durante unos minutos, ella ofreció una simulada resistencia para acabar rindiéndose con dramatismo. Alpha la soltó.
—¿Ves? Las mujeres sois débiles.
M’Barka lo contempló unos instantes con ojos brillantes. Luego, mordiéndose con fuerza el labio inferior, le acarició suavemente el pecho. Los dedos le temblaban. Alpha extendió a su vez el brazo para rodear el cuerpo de la muchacha pero ella, recuperando el nervio perdido, se zafó con una risa de diablillo. Se incorporó y, lentamente, con la naturalidad de la costumbre, dejó que la falda se le deslizara por las piernas de gacela. Las nalgas de cobre le brillaron al sol. Cuando se volvió hacia Alpha, su boca sonreía. Los ojos del muchacho le recorrieron el cuello, los hombros, los pezones, el vientre palpitante. Su mirada se perdió entre las piernas ligeramente entreabiertas, expectantes de abrazarlo, de sorberlo, de arrastrarlo hacia su interior, de succionar su deseo.
Alpha dejó de oír el murmullo del cañizal. Las voces de las mujeres que lavaban en el río se apagaron. Tendió a M’Barka en la arena. Ella cerró los ojos y las aletas de su nariz le temblaron al notar la proximidad del muchacho. A Alpha le emocionaba la permisividad de M’Barka. Nunca nada le había sido regalado; Babú le exigía, Mamadou le exigía, el trabajo de la tierra le exigía; hasta el sol abrasador y el viento ardiente le exigían. Sólo ella se había ofrecido. Alpha no había tenido que ganársela. Todo lo contrario, M’Barka le permitía que ocupara su cuerpo con la generosidad con la que una madre ofrece el regazo. Al conocerla, el muchacho había hallado algo que siempre había anhelado, aun sin conocer su existencia Contempló unos instantes los labios apretados de la muchacha, sus párpados temblorosos.
No recordaba cómo habían hecho el amor la primera vez, pues sus recuerdos se confundían en el tiempo. Pero sabía lo que había sentido. Aquella emoción había echado raíces en algún rincón escondido y se encendía para abrasarle cada vez que los párpados de M’Barka temblaban. Desde entonces, Alpha caminaba cavaba la tierra alimentado por un nuevo pan; un pan dulce y poderoso que le nutría como jamás otro alimento lo había hecho.
Se dejó caer sobre ella. Conocía aquel cuerpo como si fuera un paisaje familiar. Exploró su piel con los labios, lamió su sudor, aspiró su aroma con sed de náufrago. Como un sabueso, hurgaba entre los pliegues de la piel tensa por la excitación en busca de la entraña de aquella complacencia. El pecho de M’Barka se agitaba arrastrando en cada respiración un apagado gemido. Ella alargó la mano y las yemas de sus dedos acariciaron el cuerpo de Alpha. La vista del muchacho se nublaba. La sangre le corría desbocada por el vientre y se apretaba en sus venas deseosa de estallar, de escapar hacia el interior de la muchacha. Se abrazó a ella y la templada humedad de su vientre le abrazó con ternura. Ella dejó escapar un suspiro ahogado, pero no abrió los ojos. En aquellos instantes parecía estar lejos de allí. Sus piernas colgaban sin fuerza a ambos lados de las caderas de Alpha, como si el placer le hubiera robado la voluntad. El muchacho supo que era suya. Era el mejor regalo, el que nunca había esperado ni nunca mereció. Hundió la cabeza entre las tetillas de paloma y comenzó a moverse, acunando el cuerpo de la muchacha en la arena. Se hundía en M’Barka con la ansiedad con que la raíz se hunde en la tierra seca en busca de alimento. Bajo el sol de la mañana, el rostro de ella ardía. Sus labios, enrojecidos, hinchados, se abrían y cerraban sorbiendo un agua inexistente; la lengua se aplastaba con fuerza contra sus dientes blancos.
Cuando el vientre de Alpha comenzó temblar, M’Barka entreabrió los párpados y contempló al muchacho con desmayo. Alpha se sumergió unos instantes en aquella mirada, pero enseguida abandonó el interior de M’Barka. Con ojos todavía velados, vio su semilla gotear estéril en la arena.
El sol se apagó. La brisa dejó de soplar. La tierra se resquebrajó. Le engulló. Alpha se desplomó entonces sobre el cuerpo de la muchacha y, al hacerlo, sintió que se hundía en un placentero abismo.


NOTA DE LA REDACCIÓN: El texto de este avance editorial corresponde a un fragmento de la novela de León Moré, El abrazo de Fatma (Ediciones Carena, 2007). Queremos hacer constar públicamente nuestro agradecimiento al director de Ediciones Carena, José Membrive, por su gentileza al facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.


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