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Manuel de Lope: Las perlas peregrinas (RBA, 2007)

Manuel de Lope: Las perlas peregrinas (RBA, 2007)

    NOMBRE
Manuel de Lope

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Burgos, 1949

    CURRICULUM
Cursó estudios de Ingeniería y Económicas en Madrid. Tuvo que exiliarse en París en 1969. Más tarde se trasladó a Ginebra, Brighton y Londres. Durante esa época trabajó como ayudante de un marchante de arte. Publicó su primera obra, Albertina en el país de los garamantes, en 1978. Y siguieron El otoño del siglo, Jardines de África, Octubre el menú, Los labios de vermut, Madrid continental, Bella de las tinieblas, entre otras. En 1993 regresó a Madrid.




Manuel de Lope

Manuel de Lope


Creación/Creación
Las perlas peregrinas
Por Manuel de Lope, viernes, 2 de noviembre de 2007
La novela ganadora del Premio Primavera (1998), Las perlas peregrinas, sume al lector en una compleja trama criminal donde, sin embargo, no falta el humor. La muerte de un joyero propietario de las dos perlas que completan un mítico collar llamado la Catarata del Mar Pérsico hacen que un abogado tenga que zambullirse en el intrincado mundo de los negocios internacionales de alto nivel.
Una visita inesperada

El día 3 de agosto, poco antes de cerrar el bufete por vacaciones, aparecieron varias cucarachas en el despacho de Alfredo Kauffman, prestigioso abogado y uno de los más solicitados asesores jurídicos de la ciudad. Una cucaracha fue vista atajando hacia un rincón para encontrar refugio en una hendidura del entarimado. Dos cucarachas más fueron descubiertas fornicando en la papelera. Una cuarta cucaracha alzó desafiante las antenas en la caja fuerte sin que se supiera cómo había logrado introducirse allí. Aquella tarde Kauffman había acudido al despacho a recoger unos papeles y contratar a una empresa que actuara sin complejos para aplicar a las cucarachas la solución final.
–¿Ratas? ¿De dónde ha sacado usted que en mi oficina puede haber ratas? –exclamó el abogado.
Se aflojó el nudo de la corbata. Al teléfono la voz insistía y el abogado respondió.
–Cucarachas. Algo que acabe con las cucarachas.
Su interlocutor se dio por enterado y el abogado dictó su dirección y número de oficina. Era urgente. No necesitaba dar explicaciones. Simplemente necesitaba que acabaran con ellas. Del otro lado del teléfono la voz aseguró la mayor eficacia. Sólo entonces el abogado se dio por satisfecho. Colgó el teléfono y estiró las piernas. Nada se oponía a que dejara el despacho y comenzara sus vacaciones. Nada se oponía a ello, y en ello estaba pensando cuando una visita no anunciada le interrumpió.
–¿En qué puedo servirle? –dijo al desconocido que le observaba en silencio.
El visitante se aclaró la garganta. Inclinó el busto sin soltar la cartera que mantenía aferrada con ambas manos. Alargó el cuello buscando la mayor confidencialidad.
–¿Es usted el abogado Alfredo Kauffman? –indagó con cautela.
–Así lo dice en la placa de la entrada.
–En efecto. ¿Es usted Alfredo Kauffman?
–En persona.
–Esperaba que me recibiera alguno de sus socios –dijo el hombre con feroz ironía echando una ojeada a las cucarachas que circulaban a su alrededor.
–¿En qué puedo servirle? –repitió el abogado sintiéndose arrojado a las cucarachas del destino.
El hombre volvió a acomodarse juntando las rodillas. Era una persona menuda, estrecha de hombros, de larga nariz y bigotes afilados. Tenía los ojos redondos, con un amplio y frío destello blanco. Aparentaba pasar de los cincuenta años y nada en su persona, salvo el traje bien cortado y la alianza de oro que brillaba en su dedo, denunciaba su profesión. Aniceto Kauffman, Joyero, se leía en la tarjeta que había dejado sobre el cuero de la mesa antes de tomar asiento en el sillón reservado a los visitantes. El abogado le examinó con la perspicacia adquirida en el oficio después de muchos años evaluando minutas. El buen paño de príncipe de Gales convenía a un joyero, estimó el abogado, lo mismo que convenía el oro de la fidelidad matrimonial. Las manos finas, marfileñas en la penumbra, con nobles venas azules, podían jugar con diamantes sobre un rectángulo de fieltro. Pero lo que ya no concordaba era la dirección de la tarjeta. Aniceto Kauffman, joyero, plaza de los Desamparados, 2. Alfredo Kauffman conocía el barrio. Había alcanzado cierta gloria gastronómica con dos o tres excelentes restaurantes de carne. No se hallaba lejos de un antiguo matadero. Pero pensar en un joyero instalado en la plaza de los Desamparados era como suponer un negocio de alta costura en los alrededores de la cárcel de mujeres, o una invasión de cucarachas en un reputado bufete de Madrid. Pero allí estaban las cucarachas, en el despacho de Alfredo Kauffman, abogado y asesor jurídico, como rezaba la placa de cobre en el mullido portal orientalmente alfombrado. ¿Por qué no imaginar entonces una joyería en el barrio del antiguo matadero? ¿Por qué no aceptar un Kauffman joyero? Con la tarjeta del desconocido Kauffman entre los dedos, el abogado Kauffman repitió la inevitable pregunta por cuarta vez.
–¿En qué puedo servirle, señor Kauffman?
El joyero respondió con otra pregunta.
–¿Está usted casado, señor abogado?
Kauffman miró a Kauffman con sorpresa.
–¿Por qué desea saberlo?
El joyero juntó aún más las rodillas y avanzó la barbilla con avidez.
–El asunto que me trae lo comprenderá mejor un hombre casado –explicó–. Es un asunto de joyas. Perlas, para ser más exactos. Un hombre casado sabe de lo que se trata, sobre todo si sus medios económicos le han permitido regalar alguna vez un collar de perlas a su mujer. ¿Es ése su caso, señor Kauffman?
El abogado suspiró. Un loco. Plaga de cucarachas y un loco en la oficina. Lamentó encontrarse solo en el bufete. Las secretarias se habían ido de vacaciones y él mismo había despedido unos minutos antes al agente de seguridad.
El joyero Kauffman insistió.
–¿No es así, señor Kauffman?
–Pongamos que alguna vez he regalado perlas a mi mujer –admitió el abogado sabiendo a lo que hacía referencia el joyero. Toda la prensa había divulgado el regalo del abogado Alfredo Kauffman a su mujer, un collar de perlas por el que el famoso abogado había pagado una elevada suma de millones en subasta, la legendaria Catarata del Mar Pérsico, una triple cascada con broche de rubí que había sobrevivido a una revolución y dos guerras, que la emperatriz Zita había lucido en Lequeitio, que más tarde había pasado a manos de un poderoso banquero, y que finalmente, después de un largo período admirado en el secreto de las más restringidas reuniones, había salido al mercado de joyas con cierta expectación. Las revistas habían dado cuenta de la subasta y de la adquisición. El joyero Kauffman no podía ignorarlo. Kauffman hizo un gesto de hastío. También se había dicho que el abogado Kauffman no había adquirido la Catarata del Mar Pérsico para sí, ni para regalárselo a su mujer, sino que había actuado por cuenta de un acaudalado y misterioso cliente. Esto parecía concordar mejor con el poco frívolo carácter de un asesor jurídico, profesión que no se suponía inclinada al despilfarro. ¿Pero qué podían imaginar los cronistas de sociedad?
–¿Tiene usted algo que ver con la prensa? –preguntó el abogado.
Kauffman el joyero sonrió.
–En absoluto.
–En ese caso supongamos que yo he comprado recientemente un collar de perlas a mi mujer.
Aparentemente satisfecho con la ambigüedad de la respuesta, el joyero Kauffman prosiguió.
–Me alegro de que sea usted un hombre discreto, señor Kauffman. Es la primera virtud de un abogado –dijo dando por sentado que conocía la doble versión de la historia y que de todos modos era al abogado a quien buscaba como interlocutor.
–Gracias –dijo el abogado.
–Pero supongamos también que usted ha actuado por cuenta de un misterioso y acaudalado cliente, lo que le hará sospechar que conozco la verdadera identidad del comprador.
El abogado Kauffman no respondió. Miró al joyero con desconfianza. Su voz era fina, insinuante. Introducía una pequeña vibración eléctrica en la penumbra del despacho. ¿Por qué haberle recibido si no era por la curiosidad que había suscitado la coincidencia de los
apellidos? Una barra de luz le cruzaba el pecho a la altura donde sus manos sujetaban la cartera. Su rostro aparecía como decapitado por una segunda barra de luz.
–Vamos, señor Kauffman, todo el mundo en la profesión sabe que cierto industrial del acero, del transporte, de la alimentación, y quién sabe cuántas cosas más, es el feliz propietario de la Catarata del Mar Pérsico, lo tenga o no lo tenga en su poder, lo luzca su
mujer o duerma encerrado en una caja de caudales. La identidad de ese hombre, al que llamaremos Millonetis o Gran Duque, ha sido sugerida en los medios mejor informados. Pero no es eso lo que me trae aquí. ¿Temió usted que yo fuera un reportero?
–Lo temía –respondió Kauffman.
–Puede usted apartar esos temores –dijo el joyero–. Lo que me trae aquí es una oferta que ni usted ni, pongamos, Millonetis, podrán rechazar. El abogado Kauffman se reclinó en su asiento. El joyero Kauffman sonrió. El afilado bigote se abrió en un acento circunflejo al pronunciar el apodo que sugería una fortuna personal de muchos ceros y transformaba en simpatía lo que era muestra de astucia.
–Necesitaría una copa –dijo lanzando una ojeada a su alrededor.
El abogado se volvió hacia un pequeño mueble de caoba a sus espaldas, y extrajo una botella de whisky y un solo vaso, que depositó sobre la mesa. Kauffman dejó su cartera en el suelo y se sirvió. Hablaba mejor después de haberse aclarado la garganta con un trago. Desaparecía la voz insinuante de lejanas raíces semitas para hablar con la franqueza del buen bebedor.
–¿Sabe usted cuántos Kauffman hay en la guía de teléfonos?
–No.
–Tres Kauffmanes. O Kauffmans. El primero es un fabricante de salchichas. El segundo Kauffman es abogado –dijo el joyero con una leve inclinación de cabeza–. El tercer Kauffman, señor Kauffman, soy yo. La casualidad ha hecho que usted y yo tengamos que estar relacionados con un collar de perlas, y no cabe duda de que el apellido Kauffman me ha facilitado la entrada en este despacho. Ahora quiero enseñarle una cosa. ¿Es usted nictálope?
–¿Perdón?
–¿Sus ojos ven en la oscuridad?
–Eh... No.
–Entonces debería usted encender esa lámpara para ver unas fotografías.
El abogado abrió la persiana y el sol implacable de la media tarde se precipitó en el despacho. Era una inundación. Volvió a cerrar la persiana y encendió una lámpara de brillos niquelados que dibujó un óvalo de luz satinada sobre el fino cuero de la mesa. Al solicitar desvergonzadamente una bebida y pedir la luz de la lámpara, el joyero Kauffman tomaba la iniciativa y se hacía dueño de las circunstancias, lo que sólo muy superficialmente irritaba al abogado Kauffman, menos susceptible que curioso por lo que el joyero le quería enseñar. El joyero Kauffman abrió la cartera. Sus manos entraron en el círculo de luz de la lámpara para dejar sobre el cuero de la mesa unas fotografías. En un breve intercambio de manos, como en la baza de un juego de naipes, el abogado las recibió.
Reconoció fácilmente la primera fotografía. Procedía del catálogo de la subasta y en ella se veía la Catarata del Mar Pérsico, desplegada sobre un tejido azul, emitiendo suaves destellos como iridiscentes tentaciones. La segunda fotografía, de más sólido papel, recogida probablemente en el archivo de algún fotógrafo particular, era el retrato de una mujer madura, desconocida, de rasgos anchos y carnosidades abundantes. Su rostro recordaba la copiosa exhibición de salchichas de una charcutería, en una arcimboldiana reconstrucción de facciones sobre la deslumbrante ostentación de la Catarata de perlas que desbordaba sobre su escote. A la doble papada de la mujer se añadían las tres vueltas del collar. Su expresión, radiante aunque lardosa, indicaba una situación moderadamente amena, quizá una boda, o cualquier otro acontecimiento social. El abogado levantó los ojos.
–¿Quién es?
El joyero acercó confidencialmente su rostro a la lámpara.
–¿Me lo podrá usted creer? Se trata de la señora Kauffman.
El abogado le miró desconcertado.
–Oh, no. No es la señora Kauffman que usted imagina –se apresuró a añadir el joyero con una sonrisa–. Yo soy el único de los tres Kauffman que no se hubiera podido permitir el lujo de regalar un collar semejante a su mujer. Se trata del primer Kauffman.
El abogado se sintió súbitamente sumergido en una pesadilla.
–¿Kauffman?
–El fabricante de salchichas –confirmó el joyero Kauffman.
El joyero carraspeó y en pocas palabras explicó la incalculable fortuna que un hombre de espíritu emprendedor puede amasar confeccionando embutidos, tan considerable al menos como la de aquel misterioso individuo, Millonetis o Gran Duque, cuyo verdadero nombre el abogado Kauffman se había comprometido a no pronunciar. En efecto, el primer Kauffman había sido uno de los poseedores de la Catarata del Mar Pérsico hasta quedarse viudo, y su mujer había exhibido el collar, como podía apreciarse en aquella instantánea.
El abogado volvió la mirada a la fotografía.
–¿No es asombroso? –dijo el joyero alborozado.
–Señor Kauffman... –comenzó el abogado.
–Puede usted llamarme Aniceto.
–Señor Kauffman, no sé adónde me quiere usted llevar.
El joyero Kauffman se retiró del círculo de luz y se recostó cruzando las manos sobre el pecho en actitud clerical.
–Eche usted un vistazo a la tercera fotografía –dijo haciendo caso omiso de la observación del abogado.
El abogado Kauffman obedeció. Aquella tercera fotografía era un huecograbado antiguo, en blanco y negro, procedente de algún periódico o revista ilustrada, cuidadosamente recortado a tijera y encolado sobre una cartulina para darle cierta rigidez. Tenía el grano grueso de las viejas instantáneas y en él se veía a una dama de porte distinguido, en actitud entre sugestiva y protocolaria, no desprovista de altivez. La imagen no permitía apreciar en toda su complejidad un peinado extraordinariamente elaborado. El abogado reconoció a la emperatriz Zita, sin duda en los tiempos de su palacio de Lequeitio, en el último esplendor de los Habsburgo, oropeles ya tardíos que guardaban la pátina de un pasado, aunque milenario, algo trasnochado y viejo, como si los siglos se transformaran en rictus y maquillaje de teatro para la cámara de algún periodista local. La emperatriz llevaba al cuello la Catarata del Mar Pérsico. La deficiente calidad de la fotografía impedía valorar el fantástico oriente de las perlas, pero se podían precisar con detalle las características del collar. La emperatriz Zita lo lucía con la dignidad de su casta. El abogado reunió las fotografías después de examinarlas con una última ojeada y levantó los ojos hacia su interlocutor.
–¿Y bien?
–La Catarata del Mar Pérsico, ¿no es cierto? –dijo el joyero.
–Así parece.
–En tres versiones y con medio siglo de intervalo –señaló el joyero–. ¿No advierte usted ninguna diferencia?
El abogado volvió a las fotografías y las verificó con aire escéptico.
–No, no la veo.
–¿No la ve?
–No la veo –repitió el abogado.
–Yo le diré la diferencia –dijo Aniceto Kauffman–. Pero primero
le contaré la historia del collar.

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NOTA DE LA REDACCIÓN: Este texto forma parte de la novela de Manuel de Lope, Las perlas peregrinas (RBA), que mereció el Premio Primavera 1998. Queremos hacer constar públicamente nuestro agradecimiento a la editorial RBA por su gentileza al facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.
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