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Rogelio López Blanco es director de Ojosdepapel.com

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Tribuna/Tribuna libre
La invención de Madrid (El éxito de Madrid como capital del Estado liberal español)
Por Rogelio López Blanco, domingo, 1 de abril de 2007
Hace largo tiempo que la capital madrileña ha sido vista y calificada negativamente desde perspectivas distintas y hasta contrapuestas. Fue y es identificada con el estado, con el Gobierno, con Castilla y con España. Se la ha considerado un instrumento de opresión manejado por latifundistas, por la España agraria o por el bloque de poder oligárquico. Se le ha culpabilizado de representarse sólo a sí misma, de ser un artificio, un organismo parásito que ha ido succionando las energías del país. Se la ha criticado por carecer de industria y comercio, en suma por ser estéril. Se la ha desestimado por constituir un obstáculo para la modernización industrial de España, por impedir que la riqueza aflorase, en resumen, por ser culpable del atraso. Autores del siglo XIX como Fernández de los Ríos y del primer tercio del siglo XX como Ortega y Azaña la han percibido como capital fracasada (Santos Juliá, “Pero el caso es que España necesita un Madrid”, en Revista de Occidente, enero 1992, núm. 128, pág. 7) (*).
En definitiva, Madrid, solo, en compañía o en colaboración ha sido, siguiendo una idea esbozada hace años por Juan Salcedo, responsable del atraso económico, responsable del fracaso político y agente parásito y esterilizador. Llama la atención el sinnúmero de juicios negativos que hay sobre Madrid. También el que e bastantes casos las opiniones sean contradictorias: así, en unos se dice que Madrid mira sólo para sí mismo (Ortega), oprime y explota a toda España (lo esboza Almirall, lo sancionan Rovira y Virgili y Pedro Corominas), en otros se le atribuye explotar inmisericordemente en beneficio de España a una región determinada que pugna por desarrollarse siguiendo modelos insdustriales europeos (Balmes, Illas y Vidal), mientras, bajo un tercer punto de vista, se le imputa ser el agente intermediario que lleva las materias primas y los hombres de las regiones subdesarrolladas a las desarrolladas, siguiendo un modelo de explotación colonial (Beiras). Madrid ha surgido como concepto maleable del que echar mano para convertirlo e lo que la voluntad del comentarista dicte.

En muchas ocasiones, las críticas se debe a que Madrid no cumple con el papel que se le había asignado en el modelo preestablecido por cada autor. Contrariamente a capitales europeas ejemplares, como Londres o París, no se constituyó en agente de desarrollo económico de la región y del país por carecer de industrias y comercio, o encabezar y estimular un hinterland con agricultura avanzada (Ringrose). En relación con ésto, la capital careció de una clase activa capaz de aprovechar esas posibilidades de desarrollo (Larra, Pla). Madrid tampoco supo ser capital de un estado federal o cuasifederal con unas atribuciones administrativas restringidas que le hubiesen impedido inmiscuirse en la vida interna de la regiones que de este modo no habrían visto despilfarrada su riqueza ni frenado su desarrollo (Pi y Margall). Madrid adoleció de la capacidad de influjo cultural y artístico que se le debe exigir a toda capital merecedora de ese rango (Mesonero Romanos). Ni siquiera pudo lucir una estructura urbana ni una monumentalidad en la edificación pública y privada que la acreditase como cabeza de la nación (Fernández de los Ríos, Azaña).

Creo que tantas y tan variadas versiones, muchas de ellas superpuestas y hasta incompatibles, lejos de sumir en la perplejidad al observador, constituyen una ayuda para comprenderla si se estima que Madrid, como objeto de estudio, debe comprenderse por sí misma. De la abundancia de juicios negativos y de las contradicciones e incompatibilidades que se dan entre éstos, se deduce la indefinición de Madrid. Es evidente que desde perspectivas tan múltiples, cruzadas e inconciliables, Madrid no puede ser explicada ni como capital ni como ciudad, a no ser que se acepte que esa indeterminación de Madrid es su verdadero carácter. No es ningún descubrimiento. Gómez de la Serna afirmaba en el prólogo de su Elucidario de Madrid que “Madrid es la capital del mundo más difícil de comprender”. Sin embargo, creo que se establece una nueva perspectiva si se introduce este concepto de indeterminación de Madrid como clave para la interpretación del desarrollo histórico de la urbe, como capital y como ciudad, durante el siglo XIX.
La renovación que llevó a Madrid a desempeñar una nueva función fue efecto de la creación de un mercado político, consecuencia de la instalación de los diputados del Congreso (y en muchos casos de sus familias) y de todos aquellos que representaban los intereses políticos y económicos de las provincias

El Madrid de la dos primeras décadas del siglo XIX era un barco sin rumbo. La pérdida de las colonias supone un golpe mortal para su condición de capital del imperio. La urbe, según ha estudiado David R. Ringrose, disfrutaba de un modo de vida que se había sostenido sobre un complejo sistema de subsidios y flujos de rentas que procedían básicamente de la corona y de las grandes fortunas aristocráticas. Con el proceso de emancipación colonial, la ocupación francesa y el subsiguiente colapso económico y demográfico, Madrid entra en un profundo marasmo.

Tras la vuelta del poder absoluto de la mano de Fernando VII, Ramón de Mesonero Romanos escribe acerca “...del estado material y social de la villa que entonces todavía se titulaba `la capital de dos mundos´; arrogante dictado, que contrastaba ciertamente con el escaso desarrollo de sus condiciones materiales, de su prosperidad y de su cultura” (Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un sesentón, Madrid, edición facsímil de 1881, pág. 159). Tras detallar el lamentable estado material, realiza una crítica que permite conceptuar globalmente la ciudad, aunque aquí sólo aluda al aspecto social: “En cuanto a la vida animada de los habitantes de Madrid (...) poco puede decirse que de contar sea, reducida (...) a vegetar materialmente y a subvenir a sus escasas necesidades y recreos con el producto de sus diversas profesiones, empleos u oficios. Pueblo entonces sin industria, sin agricultura ni comercio y casi sin propiedad, veía pasar los días, los meses y los años en una inercia verdaderamente oriental” (Mesonero, Memorias, pág. 168).

¿Cómo sale Madrid de aquel marasmo? Se trataba de encontrar una nueva función, pues como ciudad carecía de una ventaja alternativa para poder perdurar. La renovación, el estímulo, como más adelante explicaré, provino de la política. Madrid empezó a ocupar y a desarrollar el papel de capital política del nuevo Estado liberal que se estaba construyendo. Madrid, tanto por su función como antigua capital imperial como por su dimensión, tenía las condiciones para que se crearan las bases de una sociedad política de un tamaño respetable. Así, durante el trienio liberal se constituyen las sociedades y clubes políticos, los centros de reunión (cafés), florece una importante prensa, se enriquece el campo de las alternativas políticas a través de la división dentro del movimiento liberal, las masas, limitadamente, y las clases medias, activamente, intervienen en la vida pública.... Mesonero Romanos intuye el fenómeno: “...al través del sacudimiento político, y tal vez a consecuencia de él, Madrid salía de su letargo secular (...) revelaba el propósito de reivindicar, fiado de sus propios esfuerzos, el puesto distinguido de capital del reino” (Mesonero, Memorias, pág. 247).

La renovación que llevó a Madrid a desempeñar una nueva función fue efecto de la creación de un mercado político, consecuencia de la instalación de los diputados del Congreso (y en muchos casos de sus familias) y de todos aquellos que representaban los intereses políticos y económicos de las provincias. Esta renovación también afectó a la faz interna de la ciudad al aplicarse las medidas liberalizadoras de los gobiernos constitucionales. Creo que este proceso fue decisivo. Hasta el momento, no existía en la ciudad ningún interés de importancia que pudiera determinar el curso de su actuación como capital. El tiempo también los creará en su interior. Me refiero al comercio, cuya influencia de todos modos nunca tendrá un peso decisivo.

Todo esto quiere decir que, ausentes las características que la conviertan en una capital homologable a los emporios que protagonizan el desarrollo de sus respectivos países como Londres o París, las carencias se convierten en una ventaja comparativa en lo que se refiere al desarrollo de su función política. Su carácter de mercado político en el que concurren personas, familias, grupos, redes... de todas partes de España, confiere a Madrid un talante radicalmente abierto (el cual, por cierto, continuará tiñendo hasta el presente todas sus actividades: económicas, sociales y culturales).

Esto implica que es un lugar en el que se puede obtener respuesta (positiva, negativa o silencio) a una petición, teniendo la seguridad de que en él no existe un concreto grupo de interés conforme al cual se determine esa respuesta. Por esa razón, sostengo que es un mercado. Por contraste, no hay que tener una imaginación desbordante para suponer que resultaría imposible que una política española dirigida, por ejemplo, desde Barcelona dejase de atender de modo constante y preferente los exclusivos intereses proteccionistas de la industria textil, grupo que, al menos, sí tuvo posibilidades, como otros, de llegar a influir en la política que se decidiese en Madrid. Tener esta perspectiva sobre el papel de la capital me parece central.
Para los nacionalistas de regiones industrializadas la capital ha simbolizado un todo poliédrico, la opresión nacional, que se diversificaba en un abanico que iba de la ineficiencia y la irresponsabilidad como capital a la infertilidad y parasitismo como ciudad, subsumido todo en un baño de leyenda negra en el que Madrid monopolizaba la representación de lo antimoderno, lo irracional, lo antieuropeo, la intolerancia, el antiindustrialismo, en síntesis, el contravalor ilustrado: lo reaccionario

Creo que la cuestión hasta el momento ha estado pervertida por distintos tipos de proyecciones. Juan Salcedo las ha sintetizado acertadamente en el título de su libro: Madrid culpable. Madrid ha venido a encarnar el fracaso histórico español para los regeneracionistas y la generación del 14. Para los nacionalistas de regiones industrializadas ha pasado a simbolizar un todo poliédrico, la opresión nacional, que se diversificaba en un abanico que iba de la ineficiencia y la irresponsabilidad como capital a la infertilidad y parasitismo como ciudad, subsumido todo en un baño de leyenda negra en el que Madrid monopolizaba la representación de lo antimoderno, lo irracional, lo antieuropeo, la intolerancia, el antiindustrialismo, en síntesis, el contravalor ilustrado: lo reaccionario. Para la historiografía marxista, encabezada por Ramos-Oliveira y Tuñon de Lara, quienes se inspiran en la crítica de los regeneracionistas y del catalanismo de izquierda (iniciado por Almirall), la capital constituía la personalización del bloque del poder oligárquico agrario-financiero asentado en un marco urbano en el que el lujo suntuoso contrastaba con la miserable situación de un pueblo levantisco que acaba siendo reprimido.

La cuestión del centralismo no es sólo conceptual, también lo es de prejuicios. Del unitarismo se puede predicar todos los males a los que dé lugar la forma de organización territorial que dispone. Pero lo que no se puede ignorar que lo que es, lo es, porque de otro modo la perspectiva quedaría truncada. Se dice que el centralismo acapara las energías humanas del país, desperdicia y obstaculiza las materiales al monopolizar las decisiones. El argumento implica complementariamente que el centro de decisiones, que se beneficia de esta forma de organización, es, por lo menos, digno de consideración por la notable densidad o concentración que lógicamente tiene que procurarle el sistema que encabeza. ¿Cómo se puede olvidar que esto supone para la capital volumen y calidad humana, dentro del contexto del país, en lo político, intelectual, cultural, social, literario, científico, administrativo, jurídico, artístico...? n su panorámica de la vida cultural de la capital en el siglo XIX Martínez Martí concluye significativamente que “Madrid estuvo más cerca de la cultura europea que lo que hicieron las descripciones de ciudad inmóvil e inculta de los viajeros románticos, y fue una ciudad más dinámica y plural que las imágenes proyectadas por el costumbrismo como supuestas señas de identidad (Jesús A. Martínez Martín, “La cultura en Madrid en el siglo XIX”, en Antonio Fernández García [dir], Historia de Madrid, Madrid, 1993, pág. 564).

Volviendo al hilo de las críticas a Madrid, es importante destacar que incluso quien más ha estado pensando últimamente en lo abusivo de la culpabilización de Madrid, santos Juliá, he terminado reconociendo que este juicio estaba justificado: “Madrid parece confirmar en el siglo XIX el artificio y la culpa de su elección como capital de España” y es que Juliá hace suya la interpretación del pasado español de la generación del 14, Azaña en particular, y de quienes se han obsesionado tratando de explicar por qué Madrid no es como Londres o París: “Ha dejado de ser sólo Corte, y la vieja nobleza ha entrado en un irrefrenable declive económico, sin haber alcanzado todavía el rango de capital y sin que afirme su presencia una burguesía que confunda sus intereses con los de la nación. La nación (...) no encuentra en Madrid un elemento humano en el que sustentarse: la capital de la monarquía es incapaz de sostener sobre sus hombros a la nación española y (...) no ofrece la sólida estructura económica y social capaz de convertirla en capital de un Estado que encarne la soberanía del pueblo” (S. Juliá, “Madrid, capital del estado [1833-1993]”, en Madrid. Historia de una capital, Madrid, 1994, pág.259).

El texto compendia, eliminado la estridencias de otras versiones, la culpabilización de Madrid. Contrariamente a Juliá, según he esbozado anteriormente, creo que sí existe un elemento humano en Madrid sobre el que se sustentará la nación. Lo proporcionará la política y no será nativo: son los políticos, sus familias y todos los que buscan en Madrid un marco de movilidad social más accesible. En Madrid se configura un mercado político (que irá irradiando submercados anejos de forma inmediata, como el cultural: prensa, libros, impresión, representaciones musicales, teatro...), en el que, por comparación con la mayor parte de España, las oportunidades serán mayores. No hay que olvidar a este respecto que el papel de Madrid se vio reforzado por el hecho d que la pérdida de las colonias continentales en América supuso para muchos el cierre de oportunidades de hacer carrera.

Me parece pertinente desarrollar a esta altura la tesis de Madrid como mercado político de carácter nacional a través de un ejemplo que dota de paisaje humano a la propuesta. Mi investigación me ha llevado al Museo-Biblioteca Balaguer, donde me he tropezado con lo que considero un “modelo” de participación en dicho mercado. Se trata de Víctor Balaguer (Barcelona, 1824-Madrid, 1901), político progresista de la etapa isabelina, constitucional sagastino y liberal en el Sexenio y en la Restauración, no de los protagonistas del movimiento intelectual de carácter romántico de la cultura catalana (Renaixença) a través de su amplísima labor como escritor, y muy destacadamente como autor de la primera historia de Cataluña. Fue Balaguer quien supo sintetizar las inquietudes regionalistas de su tiempo y dar forma al pasado de Cataluña, proponiéndolo como una historia nacional (década de 1860), concebida como instrumento para la toma de conciencia de la población catalana. La obra alcanzó enorme eco y difusión.
En Madrid se entrecruzan dos tipos de concurrencia derivados de su doble carácter. Como capital, representa el ya expuesto ámbito de carácter nacional para la gestión de productos político-administrativos. Derivado de esta función, y en tanto ciudad, se genera un espacio privilegiado para buscar oportunidades de movilidad social


Su adscripción intelectual al regionalismo catalán inicialmente hacía prever un difícil encaje de Víctor Balaguer en el ámbito político y social madrileño. El que esto no fuera así, sino todo lo contrario, creo que refuerza la idea de Madrid como marco neutro integrador de personalidades, redes y grupos de interés de toda España. El hecho central es que Balaguer, que desempeñó en numerosas ocasiones altos cargos en la administración y fue varias veces ministro (de Fomento y Ultramar en gobiernos de Sagasta durante el Sexenio y la Restauración canovista), no estaba en Madrid para hacer carrera en su exclusivo beneficio y el de quienes le eran cercanos, representaba en lo inmediato a un grupo particular de intereses, además de luchas, ya más genéricamente, por la satisfacción de las exigencias proteccionistas de la industria textil catalana.

La base de poder de Balaguer se sostiene sobre el hecho de que ocupa el centro de una red de gestión, cuyos hilos son un grupo de negociantes de Villanueva y la Geltrú y Barcelona, el entramado político liberal de, al menos, Barcelona y Gerona, los intereses proteccionistas dirigidos por el industrial de Villanueva, Vidal y Ferrar (presidente del Instituto de Fomento de Barcelona) y la defensa de las posiciones de sectores ultramarinos contrarios a las reformas en Cuba y Puerto Rico. También es miembro del consejo de administración de la compañía de seguros La Unión y el Fénix.

Es preciso explicar las causas por las que Balaguer es la persona elegida por estos intereses para representarlos, porque es aquí donde cobra sentido la función de Madrid como mercado político. En primer lugar, hay que indicar que se instala definitivamente en la capital en 1869, en la calle de la Salud, que no tiene domicilio en Cataluña, por lo que cuando la visita para descansar o en períodos electorales se aloja en casa de amigos. Es patente s arraigo en Madrid. Participa en la actividad cultural a través del Ateneo y de la Real Academia de la Historia, sus amigos están entre lo más granado del mundo intelectual tiene tertulia propia en su casa.

En el ámbito político de la capital tiene un gran peso en dos periódicos, El Derecho y, sobre todo, La Mañana (a cuyo director saca diputado por Olot). A partir de 1881, Balaguer encarna políticamente la contestación que se extiende en muchas provincias en la izquierda del partido liberal contra el liderazgo de Sagasta, por lo que se califica como traición ante los sectores de la derecha del nuevo partido liberal fusionista. Las dotes de Balaguer como político de fuste están contrastadas: buen orador, prestigio intelectual, antiguo exiliado debido a las conspiraciones progresistas. Pero lo que más se valora de este político es todo lo que se deriva d sus contactos personales y amistades (en todos los partidos), su conocimiento y pericia para gestionar ante la maquinaria humana de la administración pública y los políticos que gobiernan, todo esto en medio de una complicada situación de recomendaciones cruzadas de otros prohombres y personalidades que compiten por la obtención de favores y concesiones públicas. Balaguer se cartea con ministros ( a alguno de los cuales devuelve favores), con altos cargos de la administración (puestos muy importantes por funcionar con gran discrecionalidad), como subsecretarios y directores generales de Obras Públicas, Beneficencia y Sanidad, Correos y Telégrafos, Agricultura, Industria y Comercio, Gracia y Justicia, Propiedades, Contribuciones y Rentas.

Balaguer ocupa, pues, la cima de una estructura establecida a su alrededor que tiene doble vertiente. Por un lado, la red integrada por los hilos de las relaciones personales y de negocios antes mencionadas, por otro, la red intangible que le proporciona el conocimiento y la capacidad para establecer relaciones que le permiten llegar con eficacia a las instancias administrativas, políticas y de poder que componen el mercado político que constituye Madrid como capital del Estado.

A pesar de desarrollar su actividad en el ámbito ciudadano madrileño, debe quedar claro que Balaguer que Balaguer no persigue hacer carrera en la administración local o provincial y su relación con ésta sólo es episódica, no tiene ninguna base de poder en ella, su respaldo ante Madrid está en los intereses personales, de negocios y regionales que representa. Su carta ante estas redes de intereses está en su excelente capacitación para desenvolverse en el mercado político madrileño.

Balaguer no es un personaje único. Las investigaciones van probando que Elduayen y Vega de Armijo hacían algo similar para intereses situados en Pontevedra; Urzaiz, en Vigo; Montero Ríos y su familia, en Santiago, diversos distritos de Pontevedra, La Coruña y Lugo; Linares Rivas, en La Coruña capital; la familia Bugallal, e Orense; Posada Herrera y, sobre todo, Alejandro Pidal, en Asturias; González Fiori, Groizard y Baselga, en Extremadura; Canalejas, en Alicante; Gamazo, en prácticamente toda Castilla la Vieja; ; Alonso Martínez, Merino y Dato, en León; la familia Sagasta, en Zamora y Logroño; Romero Robledo, en Málaga y Cuba; Romanones en Castilla-La Mancha y otras muchas zonas; La cierva, en Murcia. El espacio disponible no permite ampliar una lista que sería demasiado larga, sirva esta relación a modo de ilustración. Por lo demás, aunque todos estos políticos alcanzaron la cima de sus carreras en la Restauración, casi todos iniciaron su andadura en el ámbito público durante el reinado de Isabel II, por lo que creo que queda apoyada en datos históricos la tesis esbozada en este artículo que pretende demostrar que Madrid como capital del estado desempeña la función de mercado político de carácter nacional, actuando, por tanto, como un factor de integración nacional.

En suma, en Madrid se entrecruzan dos tipos de concurrencia derivados de su doble carácter. Como capital, representa el ya expuesto ámbito de carácter nacional para la gestión de productos político-administrativos. Derivado de esta función, y en tanto ciudad, se genera un espacio privilegiado para buscar oportunidades de movilidad social. Un excelente ejemplo de este entrecruzamiento de mercados, nacional y ciudadano, lo brinda un interesante estudio de Carmen del Moral. No es casualidad que en una de las tradiciones consideradas más conspicuamente “madrileñas”, es decir, de la ciudad, tal cual es el género chico, los libretos de las obras sean creación de jóvenes en su mayor parte procedentes de la periferia que se habían trasladado a la capital en busca de unas oportunidades que terminaron encontrando, no como inicialmente se habían planteado a través de una carrera universitaria (y luego política) para la que carecían de vocación, sino participando en la composición de representaciones musicales (Carmen del Moral, “La mitificación de Madrid en el género chico”, en Revista de Occidente, enero 1992, núm. 128, págs. 80-81). En relación con esto último, y con el repaso hecho más atrás, de las distintas visiones de la capital, se puede extraer una conclusión de carácter general: es algo palmario que Madrid es más una invención de escritores nacidos en la periferia (regeneracionistas, generación del 98, proteccionistas y regionalistas catalanes, regionalistas gallegos y de otras zonas) y viajeros extranjeros, que fruto de la producción cultural autóctona.

En definitiva, me parece que esta propuesta explicativa de Madrid puede contribuir a aclarar una cuestión que hasta el momento a estado pervertida por proyecciones de distinto tipo. Del hecho de que Madrid sea un artificio, que fuese designada capital para una función puramente político-administrativa, no se puede concluir que sea un fracaso, porque no tenga una importante clase industrial o comercial dirigente, objetivo que nunca fue contemplado. Los términos de la cuestión tienen que atender al hecho de que es sólo una capital política y de si cumplió satisfactoriamente o no esa función. Yo creo que sí, que cohesionó al país durante el difícil proceso de construcción del Estado liberal, lo introdujo en la senda de la modernización mediante un acertado programa de reformas y un centralismo con los que se pudo hacer frente a un enemigo nada desdeñable (el carlismo y resto de resabios absolutistas, a los que hubiese venido óptimamente una estructura de corte federal para desde ella interrumpir el proceso) y, por último, se configuró como un marco neutral (mercado político) que sirvió para canalizar las demandas personales, grupales, provinciales y regionales existentes en España.

Finalmente, establecer, como se ha hecho desde el movimiento regionalista y nacionalista catalán a partir de la obra historiográfica de Víctor Balaguer, que una dicotomía fundamental de la historia española del siglo XIX, sobre todo en sus dos primeros tercios, giraba en torno a un Madrid regresivo (asentado sobre un centralismo definido como reaccionario) y una periferia encabezada por Cataluña (defensora de un programa descentralizador definido per se como progresivo), es un notable error de perspectiva. Barcelona y su hinterland no fueron más que un enclave rodeado de un territorio plagado de carlismo. Sobre esto es sumamente expresiva la conclusión de Juan José López Burniol de que el carlismo “fue un factor decisivo que impidió que cristalizara en España un estado unitario, centralista y jacobino” (“El fuero y el huevo”, La Vanguardia, 5 de noviembre de 1995). En cuanto a las provincias vascas, poco queda por descubrir en torno a este asunto. Lo central durante buena parte del XIX fue la disputa entre el liberalismo y el absolutismo. Y, s se ha de aludir a un sistema de representaciones simbólicas, fue Madrid quien principalmente encarnó al primero encabezando la lucha contra la reacción, como lo volvería a hacer en 1936.



(*) NOTA DE LA REDACCION: Este artículo apareció publicado en Revista de Occidente, nº 128 (marzo 1996), pp. 140-152.

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