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José Membrive: "El pozo" (Ediciones Carena, 2006)

José Membrive: "El pozo" (Ediciones Carena, 2006)

    NOMBRE
José Membrive

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Andújar (Jaén), 1953

    CURRICULUM
Se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Granada. En 1979 se traslada a Cataluña y se dedica a la docencia. Ha realizado cursos de posgrado de español para extranjeros y de formación de editores en la Universidad de Barcelona. Ha escrito en diversos medios de comunicación. Entre sus obras publicadas destacan Del amor y la noche (1985) Reductos de silencio (1991) y El rockero de Mollet (1999).



José Membrive

José Membrive


Creación/Creación
Historia de una sombra
Por José Membrive, martes, 31 de octubre de 2006
Durante el embarazo una mujer comienza a padecer delirios mentales: se cree perseguida por una sombra y víctima de una conspiración en la que participan por igual vecinos, gobierno y medios de comunicación. Una insoportable sensación de culpabilidad de todo cuanto ocurre justifica esta persecución.
Durante el parto es poseída por un grave brote de esquizofrenia que obliga a su internamiento en un psiquiátrico.

Las largas temporadas ingresada le permiten alternar momentos de gran lucidez con delirios cada vez más profundos ligados al “fantasma” persecutor. La caída en el pozo parece inevitable y ella misma la provoca con una sobredosis de medicamentos.

Hasta aquí todo normal: son las vicisitudes cotidianas que padecen calladamente miles de familias y que se saldan con tragedias: suicidios o crímenes que, por ser más noticiable, se relacionan más con la maldad supuesta que con la enfermedad real de los protagonistas.

Lo particular de este caso es que, por circunstancias casuales, la protagonista sale del pozo y, ayudada por los especialistas inicia una investigación sobre su propio pasado que le ayude a explicarse. Y de esa investigación surgen sorpresas.


***


INTRODUCCIÓN

Y el Verbo se hizo carne…

Mi destino era morirme vegetando en el psiquiátrico, Sant Joan de Deu de Sant Boi en donde había ingresado definitivamente en el invierno del 2000, a raíz del más grave intento de suicidio. Estaba prácticamente desahuciada por médicos y familiares, atiborrada de pastillas, sumergida en una ataraxia total, anestesiada a base de medicamentos que únicamente me permitían realizar por mí misma las funciones más básicas: comer, ir al lavabo y, sobre todo, dormitar en la frontera del infierno tomada a veces por angustiantes pesadillas. Indiferente a las visitas familiares, aunque no a los bombones que me traían, tal vez por la incapacidad de dispensar afectos.

Todo cambió, poco a poco, eso sí, cuando, al parecer, porque de eso no me acuerdo, un día mi ¿compañero?, (bueno, al menos el padre de mi hijo) vino acompañado de Rosa, una psicoanalista amiga suya y ex profesora mía. Fue a mediados de febrero del 2002, casi todo en mi vida ocurre en invierno, o tal vez es que mi vida está sumergida en un invierno perpetuo.

Rosa había dejado la enseñanza hacía mucho tiempo y trabajaba por las mañanas para instituciones penitenciarias tratando de reconducir la vida de los presos implicados en crímenes, todos con condenas mayores de 15 años. Por las tardes dispensaba a sus propios clientes su tratamiento psicoanalítico, de corte lacaniano, según ella, aunque yo no sé exactamente lo que eso quiere decir.

Para entonces yo había enmudecido. Nada físico me impedía hablar pero supongo que, al no sentir inquietud por nada, bajo el efecto de los sedantes, no tendría ningún motivo ni habilidad para poner en marcha la lengua con esos movimientos tan sutiles que requiere el hablar.

Rosa debió quedar impresionada porque la última vez que me había visto, dieciséis años atrás, yo era una moza de veinte, con notas excelentes y con ínfulas de seguir el camino de la psiquiatría, y de hecho lo seguí, aunque como paciente.

Rosa consiguió un permiso para sacarme del hospital dos tardes en semana, tardes que me encerraba en una habitación contigua a su despacho y me dejaba rodeada de láminas de dibujo a medio pintar, lápices de colores, bolígrafos y folios.

Me fue cambiando poco a poco la medicación, -en ese aspecto sus colegas no le pusieron ninguna pega- de tal manera que, los primeros recuerdos de mi segunda "infancia" me remiten a su piso, en el Eixample de Barcelona, en pleno otoño del 2002 enseñándole orgullosa, a mis treinta y seis años, que había conseguido colorear el dibujo de un hombre, pintándolo de verde y añadiéndole una patata-pene (esto no estaba en el guión) que estaba siendo pelada con un gran cuchillo por manos femeninas.


Cuando trato de agradecerle este "renacimiento" siempre se quita mérito diciendo que lo hizo por afán de experimentar, que me utilizó como conejillo de indias y que, en realidad, lo que quería era hacer un trabajo de investigación a mi costa.

El asunto es que, durante un tiempo pinté compulsivamente vertiendo colores sobre figuras y más tarde dibujándolas yo, con temas que ella me sugería y que, teóricamente, reproducían a familiares, amigos y a amantes y cómo no, a la sombra que me había perseguido.

El caso es que su ponencia sobre, más o menos, “la pintura y el diagnóstico de la esquizofrenia" (en la que, por cierto, desvelaba cierta vena esquizoide en Picasso), no tuvo el reconocimiento esperado.

A punto estaba Rosa de devolverme a mi limbo narcótico cuando pensó, esta vez barriendo para dentro, que mi estado mental, en el proceso de vómito colorista, había mejorado lo suficiente como para poder someterme a un proceso de psicoanálisis, que ella no podía llevar adelante por su complicidad afectiva con mi entorno, pero sí un amigo suyo. Mi ¿compañero? puso algunas pegas, sobre todo porque era a él quien tenía que pagar.

En la entrevista previa, Joan, que así se llamaba el psicoanalista propuesto, no logró sacarme más de cuatro o cinco frases incoherentes por lo que declinó la tarea, a no ser que yo le presentara por escrito previamente algunos episodios de mi vida, para que él pudiera hacerse una idea sobre el asunto. Era una forma educada de negarse.

Pero, llamémosle, el padre de mi hijo, que nunca pierde ocasión para tratar de cobrarse los favores, tuvo la genial idea de ayudarme a reconstruir mi propia historia, a cambio de darle permiso a él para ponerla en verso, gozar de la autoría y, en caso de que hubiera alguna editorial desesperada, publicarlo. Yo asentí extrañada de lo poco que me pedía a cambio del asesoramiento aunque pronto comprendí que su petición principal se la había guardado en la manga: en fin, lo de siempre, que cada sesión de asesoramiento conllevara un descanso común llamado siesta…

Claro que yo me he vengado: ha tenido que tragar carros y carretas desvelando en esta obra sin tapujos parte (todas habrían requerido varios volúmenes) de sus propias miserias.

Así nació la primera parte de este libro y, lo que es más importante para mí, la segunda parte de mi vida de la que estoy bastante contenta, sobre todo si la comparo con la anterior.

La segunda parte del libro resume en tres tandas de sesiones: dos de psicoanálisis, aludiendo en la primera a algunos detalles de la relación con mi ex (la única que ha pervivido más de los dos meses de rigor) y en la segunda a mi adolescencia.

La tercera reproduce algunas sesiones de hipnósis regresiva para investigar mi infancia. El proceso curativo que seguí, venciendo las reticencias de Joan, durante los años 2003 y 2004, me permitió salir de agudos e ingresar en el hospital de rehabilitación y más tarde alcanzar la independencia.

La tercera parte alude al proceso de separación, hosco al principio, pero suavizado por el diálogo que todo lo puede arreglar y yo diría que curar. La verdadera liberación de los problemas consiste en la posibilidad y capacidad para verbalizarlos. El mayor medicamento en el proceso de mi recuperación se debe a la palabra, trabajosamente extraída de mi interior. Hablando, conmigo misma la mayor parte de las veces, tratando de expresar mis visiones, he podido echar fuera los problemas y, como dice el cursi de mi ex "convertir los demonios en ángeles".

M.C.

***



Me fugo de casa

Esta noche me acechan
tres seres neblinosos con escamas
caballitos de mar
por el pasillo saltan.

En los ladrillos negros
se ha infiltrado el fantasma;
de nada me valió sembrar paredes
con ajos, con rosarios, con estampas..

La casa tiene carne de gallina
llueven fardos de infierno en la fachada.
Una olla a presión estalla en mi cabeza
los cuchillos volantes acechan mi garganta.

Como estómago de enorme dinosaurio
los muros se contraen y dilatan,
el pasillo se estrecha por momentos,
veo al Golfo colgado de la lámpara,
el policía del cuadro tiene un cuerno
que rompe la pared y ya es ventana.

Las baldosas rezando se resignan
a morir sin amor, pulverizadas;
una grita: "huye inmediatamente
o morirás ahora mismo emparedada".

Los muros del pasillo se contraen,
salgo escopeteada.

Llora la calle de la media noche,
llora mi pelo y llora mi pijama.
Sangre llorando están mis pies descalzos
consolados por lágrimas de agua.


El pozo

Negro cieno de pozo
bajo la negra agua;
agua densa, ahogadora,
bajo el aire negro
rostro asfixiadamente vivo
bajo el negro cieno.

Bajo el negro cieno
mis ojos, desorbitados
por el prisma,
mi grito, ahogado.

No puedo subir,
ni respirarte.

El pozo es una negra lente
y vosotros allá, allá arriba,
cada vez más difusos
pues las aguas del pozo
se remueven si respiro, si hablo, si lloro...

Retenida, quieta,
asfixiándome poco a poco
y por siempre;
malditamente viva.

Y vosotros también
quietos, mudos,
para que yo pueda seguir viéndoos.

Vuestras lágrimas
caen como piedras
que rompen el espejo de las aguas negras
y rompen las palabras y el rostro
y remueven el cieno
y os veo sucios, después dejo de veros.

Pero yo estoy hundida
semiasfixiada,
malditamente viva,
indefinidamente quieta.
Cualquier movimiento
os borra

Quieta, quieta,
ahogándome poco a poco,
Intuyendo los amados rostros
en el punto de luz de las alturas.


La Ley del silencio

Dile a tu abuela
que te vista siempre
con tu falda rosa
de graciosos pliegues,
que lave tu cara
que trenzas te peine.
Tú no te preocupes
te amaré por siempre
por más que vigilen
no vas a perderme.

Bien a media noche,
bien cuando amanece
tendrás mis caricias,
en vida y en muerte,

¡oh, dulce acidez
de la fruta verde!

Dime sonriendo
que te ame más fuerte,
gime sin llorar,
repite más veces
que esta fría tarde
dulce te parece,
que soy el fantasma
a quien perteneces,
que a mí sólo adoras,
que a mí sólo quieres
mi saya morada
tus ojos no mojen.
Mantén el secreto
silencia las veces
que gozamos juntos
en carnal deleite.
El bastón que guardo
romperá tu frente
velará tu cuerpo
si no me obedeces.
Silencia lo nuestro
pues si no a tu suerte
dará signo aciago
mi mano tan fuerte.
Mira que el amor
padre es de la muerte.


Y el amor era eso

Dime : ¿qué es el amor?
El coro de allegados que me amaron
al ver en mí el dolor
que ellos mismos causaron
como insecto incordiante me aplastaron.

Aquel vil violador
que pudrió la inocencia y la fragancia,
y en nombre del amor
envileció mi infancia
llama amor a su cruel beligerancia.

Aquel joven apuesto
que con pasión su amor me prometía
y que huyó descompuesto
al ver que yo me henchía,
llama amor a su inmensa cobardía.

Mis padres, mis amigos
manifiéstanme amor con histrionismo.
Nada quieren conmigo
cuando caigo al abismo:
llaman amor a su eterno egoísmo.

Y tú no eres distinto
pues me persigues como vil obseso,
cuando sacias tu instinto
roncas como un sabueso.
Llamas amor a lo que sólo es sexo.

Truena la galería
con lamentos que vienen desde el mar.
La escarcha blanca y fría
susurra este cantar:
"Propongo reinventar el verbo amar."


Él: no pudo ser

Nuestro barco de tres velas
acaba de zozobrar,
luna de miel lleva dentro
apagada por el mar.

He visto tres manos sueltas
perderse en el vendaval,
van añorando caricias
hundiéndose en alta mar.

Nieves que pintáis mi pelo,
surcos que labráis mi cara
declaraos monumento
en memoria de mi amada.

Tormentas de soledad,
desguazada ya la barca,
permitid que cada cual
viva agarrado a su tabla.

Brisa de la mar en calma,
vientos de destino incierto
procurad que el salvavidas
del niño llegue a buen puerto.

He visto tres corazones
que arrastraba el huracán
y aunque se buscan llorando
nunca más se encontrarán.

Es inútil que busquemos
un culpable a quien odiar.
¿Qué culpa tienen las ramas
rotas por la tempestad?

De poco vale a la vida
la balsa donde flotar:
sin brújula ni destino
¿de qué sirve navegar?

Iceberg que se diluye,
isla que la mar anega,
aguas que pudre el estanque…
sombra de amor que se aleja.

Mil ojos de espejo roto
mente convexa, al pensar
"por mucho que nos busquemos
no nos vamos a encontrar".

Tornados sobre su mente
soplad brisa bienhechora.
Sol que muere en occidente
prométenos nueva aurora.


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Nota de la Redacción: agradecemos a Ediciones Carena su gentileza por permitir la publicación de este avance editorial de la obra de José Membrive, El pozo (2006).
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