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Ayaan Hirsi Ali: &quot;Yo acuso&quot; (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2006)<br>

Ayaan Hirsi Ali: "Yo acuso" (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2006)


    AUTOR
Ayaan Hirsi Ali

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
Yo acuso

    OTROS DATOS
Traducción de Natalia Fernández Díaz. Barcelona, 2006. 200 páginas. 15,50 €

    EDITORIAL
Galaxia Guterberg/Círculo de Lectores



José Ignacio Sánchez Sánchez es Licenciado en Historia por la Univ. de Valencia, en Filología Árabe y Hebrea por la Univ. de Salamanca. Actualmente trabaja en una tesis sobre la formación de la sociedad cortesana en el Islam Clásico

José Ignacio Sánchez Sánchez es Licenciado en Historia por la Univ. de Valencia, en Filología Árabe y Hebrea por la Univ. de Salamanca. Actualmente trabaja en una tesis sobre la formación de la sociedad cortesana en el Islam Clásico

Ayaan Hirsi Ali

Ayaan Hirsi Ali

Slavoj Zizec

Slavoj Zizec

Pym Fortuyn

Pym Fortuyn

Edward W. Said

Edward W. Said

Clifford Geertz

Clifford Geertz

Theo Van Gogh

Theo Van Gogh

Bassam Tibi

Bassam Tibi

Richard Rorty

Richard Rorty


Tribuna/Tribuna internacional
Ayaan Hirsi Ali y los límites del multiculturalismo
Por Ignacio Sánchez Sánchez, domingo, 02 de abril de 2006
El pasado 17 de septiembre, en el centro de Carpi, en el Piazzale Re Astolfo situado a espaldas del bello Palazzo dei Pio, Slavoj Zizek, el irreverente filósofo esloveno convertido en uno de los nuevos referentes de la izquierda, pronunciaba una conferencia destinada, en teoría, a desvelar la obscenidad de lo político. Los que pudieron disfrutar de este acto, uno de los más concurridos del festival de filosofía en el que se enmarcaba, posiblemente encontraran extraño que gran parte de la intervención de Zizek, pura digresión como en él es habitual, naciera de las reflexiones que le había provocado la lectura de una carta, la carta que, clavada en el pecho de Theo van Gogh, tenía como destinataria a una diputada holandesa de origen somalí erigida en uno de los referentes más claros de la derecha europea, Ayaan Hirsi Ali.
Si alguna vez hubo un documento que mereciera calificarse de fundamentalista, dice Zizek, es éste. En un párrafo de esta carta de amenaza el filósofo esloveno ve concentrada toda la fuerza de la perversa lógica que guía el razonamiento de Mohammed Bouyeri, el asesino de Van Gogh. La misiva reta a Ayaan Hirsi Ali a demostrar que es poseedora de la verdad, y lo hace instándola a morir. No se trata, sin embargo, de morir por la verdad, por defender unos derechos que se creen verdaderos; el razonamiento del asesino, por contra, convierte la muerte en prueba, auténtica ordalía que hace del martirio, del deseo de morir, el criterio último para discernir la verdad. Lo único que separa la verdad de la mentira, concluía Zizek, es la muerte.

La experiencia personal que sitúa al individuo ante la posibilidad de morir, o ante el sufrimiento, es, precisamente, el rasgo que separa radicalmente las vivencias de dos inmigrantes como Ayaan Hirsi Ali y Mohammed Bouyeri. Éste último, de origen marroquí, nació y creció en Holanda, recibió educación en escuelas laicas e incluso ingresó en la universidad, aunque no llegó a titularse. Por un tiempo formó parte de una asociación que prestaba ayuda a los habitantes de Slotervaart, un suburbio de Amsterdam. Podría haber sido un perfecto ejemplo de integración, pero se convirtió en un asesino fanático, en un “perdedor radical”, si utilizamos la expresión de Enzenberger.
La colaboración con Theo van Gogh, con quien realizó un cortometraje titulado Submission (una traducción literal de la palabra “islam”), la convirtió en un referente político y disparó su popularidad. Su osadía y su temeridad, su coraje cívico al no achantarse ante las muchas amenazas y proseguir su lucha para defender sus ideas, hicieron de ella un ejemplo

La trayectoria vital de Ayaan Hirsi Ali, también inmigrante de origen somalí, nos es conocida gracias al libro de ensayos que acaba de ser traducido al español y publicado por el Círculo de Lectores con el elocuente título de Yo acuso. Hirsi Ali nació en Somalia mientras su padre, un juez que formaba parte de la oposición al dictador Siad Barre, estaba en la cárcel. La actividad política de su padre condicionó la vida de toda la familia bien sea por su ausencia, bien por la necesidad de vivir exiliados en Arabia Saudí, Etiopía o Kenia. Además del dolor del exilio y de los avatares derivados de la actividad política de su progenitor, la diputada holandesa sufrió en su propia carne humillantes y dolorosas violaciones que tienen su origen en costumbres profundamente enraizadas en la cultura somalí. En primer lugar, y a la edad de cinco años, sufrió la mutilación genital que, en diferentes proporciones, afecta a niñas de una treintena de países. Más adelante se concertó su matrimonio con un primo, también somalí, que residía en Canadá. Hirsi Ali se reveló. Aprovechando una estancia en Alemania, necesaria para regularizar su situación y poder tramitar el visado de entrada en Canadá, huyó a Holanda. Comenzó una nueva vida, una vida propia.

Consiguió ser admitida como refugiada, vivió once meses en un centro de acogida desempeñando trabajos de limpiadora y de traductora para las compatriotas suyas que solicitaban ayuda de los organismos sociales holandeses, experiencia que la situó de nuevo ante el dolor de las mujeres. Consiguió seguir estudiando en una academia e ingresar en la Universidad de Leiden donde estudió ciencias políticas pues, como confesó en una entrevista, quería entender “por qué todos los que buscan asilo vienen aquí, por qué todo funciona en este país, por qué puedes caminar tranquilamente por las calles de noche, y por qué no hay corrupción mientras que al otro lado del mundo hay tanta corrupción y tantos conflictos”.

La universidad cambió su vida, la práctica de las prescripciones religiosas musulmanas se fue relajando hasta que, públicamente, reconoció su apostasía, un delito castigado con la muerte según el derecho islámico –que raramente se aplica-; castigado, sobre todo, con el ostracismo al que la condenó su entorno familiar, un alejamiento al que continuamente alude con pesar en sus escritos. El resto de la historia es más conocido, pues la dimensión pública de su figura y su cruzada contra el islam ha hecho de Ayaan Hirsi Ali una personalidad habitual en los medios de comunicación. Comenzó su aventura política trabajando para un think tank vinculado al partido socialista holandés. Pero en el año 2002 aceptó una propuesta del partido liberal, el VVD, que le ofreció un escaño en el parlamento, al tiempo que el socialista PvdA se hundía en las elecciones, entre otras cosas, por el llamado “efecto Pym Fortuyn”. El asesinato del político ultraderechista que había convertido en su causa personal la denuncia del islam y de los inmigrantes, había situado estos temas en el centro de la discusión política, discusiones que eran precisamente las que habían provocado la ruptura de Hirsi Ali con el partido socialista, al que acusaba de no querer ver los peligros que se esconden tras la inmigración, de llevar la venda del multiculturalismo sobre los ojos. Tal vez, también sobre el corazón.
El lector que se acerque a este libro alentado por la buena acogida y las alabanzas que ha recibido en nuestro país por medios de diferente ideología, desde El País, que publicó un artículo de Ayaan Hirsi Ali con motivo del Día Internacional de la Mujer, hasta medios ultraconservadores que han jaleado con entusiasmo al paso de la política holandesa por España, se llevará una profunda decepción. El discurso de Hirsi Ali responde perfectamente, como un personaje plano, sin aristas, al que pudiera declamar el “intelectual malo” descrito por Eduard Said en Orientalismo

La colaboración con Theo van Gogh, con quien realizó un cortometraje titulado Submission (una traducción literal de la palabra “islam”), la convirtió en un referente político y disparó su popularidad. Su osadía y su temeridad, su coraje cívico al no achantarse ante las muchas amenazas y proseguir su lucha para defender sus ideas, hicieron de ella un ejemplo al que se ha acudido a menudo estas últimas semanas, al debatir los límites del derecho de expresión tras la publicación de las viñetas de Mahoma en el periódico danés Jyllands-Posten. El contenido de su película y de sus libros, su discurso radical, la han situado en la estela de Pym Fortuyn, de quien muchos la consideran heredera. El cruel asesinato de Van Gogh, la macabra y cruel amenaza clavada en su pecho, han sumado a los muchos momentos dolorosos de su vida otra experiencia traumática, que la ha situado ante la muerte, ante esa muerte que reclamaba el fanático Mohammed Bouyeri como prueba de verdad.

Y sin embargo, ¿no se ha convertido el sufrimiento, la condición de víctima, en prueba de verdad? Si nos detenemos en los ensayos, entrevistas y guiones cinematográficos recogidos en el libro Yo acuso, no podemos dejar de preguntarnos si es precisamente la condición de víctima de Hirsi Ali, el dolor que ha tenido que soportar en sus treinta y cinco años de vida, el que ha elevado su influencia y el valor de su voz hasta el punto de aparecer en la lista de las personas más influyentes del mundo elaborada por la revista Time, de recibir el premio al europeo del año que entrega la revista Reader’s Digest, o de ser nominada al Premio Nobel de la Paz. Frente a esto, asociaciones musulmanas, algunas de ellas feministas, y movimientos e intelectuales de izquierda la acusan de islamofobia.

Las apelaciones a este tipo de “fobias” y el recurso a un discurso victimista que hunde sus raíces en la corrección política parece siempre una maniobra evasiva para evitar enfrentarse a la realidad, para no llamar a las cosas por su nombre. ¿Qué significa, al fin y al cabo, islamofobia? La aparición de este término es relativamente reciente, en la hemeroteca del diario El Pais, por poner un ejemplo, el primer uso registrado es de 1993, y la palabra aparece en un artículo de Juan Goytisolo; en Francia, donde fue acuñado como contrapeso a otro término, judeofobia, igualmente evasivo y victimista las más de las veces, aún no aparece registrado en la última edición del Larousse.
Hirsi Ali proyecta su traumática experiencia personal sobre el mundo que la rodea y construye un objeto, el islam al que dedica sus ensayos, que tal vez responda a sus vivencias, a la inmediatez del contexto somalí en el que creció, pero que poca relación tiene con la realidad multiforme que se esconde bajo la pluralidad de sociedades que profesan la fe musulmana

Podríamos discutir qué debe y qué no debe ser entendido y condenado, cuando proceda, como islamofobia pero, por desgracia, en los textos y comentarios de Ayaan Hirsi Ali encontramos argumentos que podrían sobrepasar los límites de todas y cada una de las definiciones posibles. La diputada holandesa, por mucho que, gracias a su actividad pública, simbolice ante algunos la lucha por la dignidad de la mujer, lucha en sus textos no sólo contra un islam reificado, sino, lo que es peor, contra Mahoma y contra Dios o, como aparece en los ensayos, contra Alá, epíclesis distante y atormentadora de un dios que no es el nuestro sino el de ellos, el de una cultura premoderna, incompatible con la democracia, con los valores más elementales de los que disfrutamos cada día los occidentales, nosotros.

En efecto, el lector que se acerque a las páginas de este libro alentado por la buena acogida y las alabanzas que ha recibido en nuestro país por medios de diferente ideología, desde El País, que publicó un artículo de Ayaan Hirsi Ali con motivo del Día Internacional de la Mujer, hasta medios ultraconservadores que han jaleado con entusiasmo al paso de la política holandesa por España, se llevará una profunda decepción. El discurso de Hirsi Ali responde perfectamente, como un personaje plano, sin aristas, al que pudiera declamar el “intelectual malo” descrito por Eduard Said en Orientalismo. Todos y cada uno de los reproches que el intelectual palestino desgranaba en su famosa obra al analizar la tradición de estudios orientalistas en Europa y Estados Unidos están perfectamente representados en esta obra, con el agravante de que Hirsi Ali puede ser considerada una activista o una política, pero difícilmente una especialista en el mundo islámico, al menos, a juzgar por estas páginas.

Hirsi Ali proyecta su traumática experiencia personal sobre el mundo que la rodea y construye un objeto, el islam al que dedica sus ensayos, que tal vez responda a sus vivencias, a la inmediatez del contexto somalí en el que creció, pero que poca relación tiene con la realidad multiforme que se esconde bajo la pluralidad de sociedades que profesan la fe musulmana. En los textos recogidos en Yo acuso no hay lugar ni tiempo, ni geografía ni historia, los momentos se superponen y las fronteras se difuminan, sólo existe el islam, suma de fe primitiva, solidaridades clánicas y dominación masculina.
Coincido en que debemos reconocer, como hacía Timothy Garton Ash, que la lucha de Hirsi Ali por defender sus derechos es una lucha que nos afecta a todos nosotros. Pero, si los ensayos de esta autora poco aportan a los debates que hoy día vivimos en torno al problema de la inmigración, ¿en qué reside el valor de esta lucha?

El modelo evocado es el representado por su familia, por la cultura propia de la sociedad somalí en la que se crió. Pero, obvia decirlo, Somalia no es Marruecos, ni Marruecos es Indonesia. Como afirmaba Clifford Geertz haciendo uso de una poderosa imagen, los indonesios y los marroquíes se inclinan hacia la Meca cuando rezan, pero lo hacen en direcciones diferentes. Nada de esto es tenido en cuenta por la escritora pues, en esencia, el islam o la cultura islámica lo explica todo, con independencia de la nacionalidad o la procedencia étnica. Para Hirsi Ali el problema es el Profeta y el Corán. Y nadie negará que la interpretación del Corán y la persistencia de la sharía son un problema, y que la imitatio Muhammadi sólo puede conciliarse con las necesidades de la vida moderna sacrificando buena parte de los derechos más elementales, sobre todo los que afectan a las mujeres. Pero difícilmente podremos entender estos fenómenos y contribuir a integrar a los colectivos de inmigrantes musulmanes en Europa si, como hace Hirsi Ali, escogemos como interlocutor al propio Mahoma.

En esencia, y con el noble propósito de luchar contra la discriminación de la mujer musulmana, hecho indiscutible y sancionado legalmente en muchos países islámicos, la diputada holandesa ataca en sus escritos lo que ella considera el origen de los males que afectan a este colectivo y que ella sufrió en su propia carne: la moral sexual del islam. El islam es una religión atrasada –Pym Fortuyn dixit- que sostiene, gracias al ejemplo de Mahoma, una cultura machista, corrupta e incompatible con la democracia. En el islam las mujeres son enclaustradas en lo que ella denomina “la jaula de las vírgenes”. Se les prohíbe la educación y la libre circulación y son mutiladas, pues la circuncisión femenina es analizada en todo el libro como si de una prescripción islámica se tratara. El argumento que enarbola contra quienes le reprochan esta mistificación y la confusión de categorías como cultura y religión es simple y equivocado: si bien este ritual no se practica en todas las sociedades islámicas, dice, el islam exige que llegues virgen al matrimonio y “el dogma de la virginidad se garantiza encerrando a las chicas en casa y cosiendo sus labios mayores”. Frente a esta obsesión por la virginidad se alza el carácter hipersexuado de los varones musulmanes. Merece la pena citar este párrafo: “En el islam –dice Hirsi Ali- el hombre está representado por el macho cabrío. Cuando ve a una mujer desprotegida salta sobre ella de inmediato. No es una hipótesis. Un musulmán no tiene ninguna razón para aprender a controlarse. Y no lo hace”. Consecuentemente, el amor está ausente en este mundo. La autora se pregunta incluso cuándo un escritor musulmán escribirá algo como Romeo y Julieta, porque en el islam las cosas son diferentes: “el matrimonio musulmán se inicia con un signo de desconfianza, seguido de una acción de violencia”.

A la pérfida moral sexual incardinada en el texto sagrado y en la figura de Mahoma, hay que sumar los muchos males que se derivan del carácter premoderno de su cultura, forjada en el yunque de los lazos y la corrupción tribal. Un ejemplo que aporta Hirsi Ali para ilustrar este aspecto es el de “la disfuncionalidad del pensamiento autoritario en el trabajo”. Según ella, un marroquí que ostente un cargo que le conceda un mínimo poder sobre sus subordinados, se dirigirá a ellos “sirviéndose de la intimidación y la violencia verbal”, un comportamiento, dice, “acorde a las normas culturales vigentes de su grupo”: nunca empezaría con un por favor pues en su cultura es algo impensable entre un superior y un inferior. Es un hábito que debe sumarse a otros rasgos distintivos de las culturas premodernas, que ella analiza basándose en los estudios de dos autores holandeses Van del Loo y Van Reijen sobre el denominado “patrón humano general”; más concretamente a los hábitos relacionados con el trabajo en tales culturas premodernas, que no lo conciben como una bendición sino como una maldición y una carga.
Por muy loables que sean las intenciones de Hirsi Ali, no podemos dejar de repetir que los análisis que nos ofrece en sus ensayos no sólo reducen la complicada realidad social de la inmigración y del mundo islámico a una caricatura, sino que colaboran a aumentar la confusión y terminan por lograr lo contrario a lo que se proponían

Ni que decir tiene que estas citas son frases descontextualizadas, elegidas subjetivamente para ilustrar la opinión del autor de este artículo, pero cualquiera que se tome la molestia de leer esta obra comprobará que pueden delimitar perfectamente el cauce del discurso de esta autora. Nada añade a lo ya dicho mil veces, y lo peor no es que repita los estereotipos más manidos, sino que la mayoría de sus argumentos que son esencialmente teológicos se basan en premisas falsas, en un conocimiento deficiente de la ley y la religión islámicas que, por otro lado, poco pueden aportar a la comprensión de las sociedades musulmanas si son analizadas de esta manera, como si fueran códigos petrificados que los fieles siguen ciegamente.

Coincido en que debemos reconocer, como hacía Timothy Garton Ash, que la lucha de Hirsi Ali por defender sus derechos es una lucha que nos afecta a todos nosotros. Pero, si los ensayos de esta autora poco aportan a los debates que hoy día vivimos en torno al problema de la inmigración, ¿en qué reside el valor de esta lucha?

Cabe decir, en primer lugar, que el objetivo último de sus esfuerzos es la defensa de las mujeres musulmanas, cuyos derechos ve vulnerados por la permisividad del sistema social holandés, inspirado en las teorías sobre el multiculturalismo, y en los muchos resquicios por los que, con la excusa del respeto a las diferentes expresiones culturales, se deslizan comportamientos que perpetúan la sumisión de la mujer. Sin embargo, y aquí es donde reside el problema, los golpes que lanza contra los defensores de esta opción caen uno tras otro en la efigie del profeta del islam. Esto la ha convertido en objeto de crítica por parte de quienes aspiran a defender concepciones multiculturalistas o incluso el estado del bienestar, pero también por parte de los musulmanes que se sienten ofendidos por sus palabras y, obviamente, también desde las filas, cada vez más nutridas, de fanáticos islamistas.

Por otro lado, y a la vista del contenido de los escritos de Hirsi Ali, debemos retomar la pregunta que avanzaban las reflexiones de Slavoj Zizek, ¿no es acaso la dolorosa experiencia vivida por esta mujer la que, de cara a los medios, dota a sus palabras de verdad? ¿Es su condición de víctima la que sitúa su voz en la esfera de los discursos autorizados? Para responder a estas preguntas no está de más ampliar la mirada y fijarse en otras mujeres, también inmigrantes y con una vida tal vez tan dura como la de Hirsi Ali, cuyos nombres han aparecido junto al de la diputada holandesa en un manifiesto publicado el pasado 2 de febrero en el diario alemán Die Zeit, y firmado por sesenta representantes del mundo académico, investigadores que se ocupan del problema de la inmigración.

Los firmantes del manifiesto, titulado “Justicia con los musulmanes”, denuncian la aparición de libros divulgativos sobre el islam que han alcanzado gran popularidad y que, lejos de contribuir a los fines que dicen perseguir, consiguen difundir una imagen distorsionada del mundo islámico y, consecuentemente, redundan en el aumento de la xenofobia. Los libros que aparecen citados son la traducción alemana de la colección de ensayos de Ayaan Hirsi Ali que hemos comentado, la obra de Seyran Ates titulada Groβe Reise ins Feuer (Gran viaje hacia el fuego) y, principalmente, el libro de Necla Keleks Die fremde Braut (La novia extranjera). Las tres mujeres, las tres inmigrantes. Las tres hacen de sus experiencias personales materia de reflexión en sus obras.

El principal objetivo de las iras de los investigadores es esta última autora, Necla Kelek, una socióloga nacida en Estambul pero emigrada a los 10 años a Alemania. Los estudios de Kelek se han centrado en los crímenes de honor entre la minoría turca y, aunque sus trabajos no se han traducido al español, puede resultar familial al público hispanohablante, igual que Seyran Ates, ya que El Pais publicó un artículo del periodista del New York Times, Peter Schneider, que se basa fundamentalmente en los estudios de esta socióloga. Un artículo en el que, de nuevo, es notoria la ignorancia de la ley islámica por parte del autor y la confusión entre los conceptos de cultura y religión. El periodista recoge también el efecto que las obras citadas tuvieron en la opinión pública de aquel país: “La opinión pública alemana –afirma- empezó a preocuparse de forma más general por el mundo musulmán que se iba extendiendo entre sus habitantes gracias, sobre todo, a la publicación de tres libros escritos por unas musulmanas rebeldes: Ates, autora de El gran viaje hacia el fuego; Kelek, que escribió La novia extranjera, y Serap Cileli, con Somos vuestras hijas, no vuestro honor”.

Es precisamente esa preocupación, extendida gracias a estas obras, la que denuncian los firmantes del manifiesto, denuncian también el uso de la experiencia personal como materia prima de estos ensayos, que adolecen de una clara falta de objetividad, dicen, pero, sobre todo, de rigor científico. Lo que las convierte en foco de atención para los medios de comunicación, como bien demuestra la cita anterior es, justamente, el hecho de ser “musulmanas rebeldes”. Es en este contexto en el que me gustaría situar la publicación del libro de Ayaan Hirsi Ali en España, después de comprobar cómo su experiencia personal, la reclusión a la que la han forzado las amenazas de los fanáticos islamistas, y también su coraje al defender su derecho a la libertad de expresión, incluso al defender su derecho a ofender, parecen no sólo convertir sus palabras en artículo de fe, sino reducir a sus críticos al papel de meras comparsas del fanatismo musulmán.

Por muy loables que sean las intenciones de Hirsi Ali, no podemos dejar de repetir que los análisis que nos ofrece en sus ensayos no sólo reducen la complicada realidad social de la inmigración y del mundo islámico a una caricatura, sino que colaboran a aumentar la confusión y terminan por lograr lo contrario a lo que se proponían. Un riesgo alto, sobre todo en Holanda donde crecen día a día tanto el islamismo radical como la xenofobia –es según el Pew Research Center el país más xenófobo de Europa-.

En primer lugar, y a pesar del hecho innegable de que la mujer ocupa un lugar secundario en la ley islámica y es sistemáticamente relegada y víctima de abusos en el seno de las sociedades en las que la impronta patriarcal pervive, debemos insistir en que es imprescindible distinguir las diferentes situaciones, empezando por la enorme diferencia existente entre las mujeres inmigrantes y las que viven en los países musulmanes. Hay que resaltar también los avances experimentados en la legislación de algunos países musulmanes, toda vez que la garantía de los derechos de la mujer es el desarrollo de la legislación. Esto es más importante si cabe en el caso de Holanda, donde la mayoría de los inmigrantes proceden de Turquía, un país en el que el derecho islámico fue completamente abrogado en 1926, y de Marruecos, donde los tribunales islámicos fueron abolidos en 1965 y que en el 2004 reformó el Código de Familia –Mudawwana-, pasando a ser, posiblemente, el más avanzado del mundo musulmán. No debemos confundir el progreso legislativo con el cambio social, pero para poder apreciar éste hay que tener en cuenta que todas las sociedades están formada por individuos, por mucho que se niegue la existencia de esta categoría en el mundo islámico; y que toda iniciativa para garantizar los derechos de los individuos, hombres y mujeres, debe apoyarse en la ley.

En segundo lugar, difícilmente puede defenderse la dignidad de la mujer cuando se silencian o se ignoran las muchas iniciativas que, a lo largo de la historia reciente, han tenido lugar en pro de la emancipación de las mujeres musulmanas. Los diferentes movimientos feministas, o la implicación de las mujeres musulmanas en diversos procesos de cambio social no puede despreciarse por el simple hecho de que sigan reclamando el derecho a profesar su fe o a llevar un pañuelo en la cabeza. La resistencia existe, siempre, aunque se esconda en los márgenes de la historia, en lo que Michel de Certeau ha llamado la invención de lo cotidiano. Y, desde luego, existen infinidad de trabajos, nada escondidos, que han estudiado el papel de las mujeres musulmanas en sus diferentes sociedades.

Estas mujeres no aparecen en la obra de Ayaan Hirsi Ali, han sido engullidas por el concepto de cultura que, a despecho de sus convicciones liberales y de su defensa del individualismo, uniformiza el mundo islámico ante sus ojos y ante los ojos de sus lectores. Es curioso que su obsesión por combatir las medidas inspiradas en el multiculturalismo o, sencillamente, en convicciones socialdemócratas –no hay que olvidar que pretende recortar las ayudas sociales a los inmigrantes por considerarlas una forma de perpetuar el statu quo y cerrar todas las escuelas musulmanas-, han terminado por convertirla en el perfecto interlocutor para los musulmanes más conservadores. Decía Ignatieff, a propósito del acoso y las amenazas a Rushdie, que una de las mayores ironías de este caso era la única coincidencia entre los liberales anti-islámicos y los fundamentalistas: ambos admitían que existía una cosa llamada “comunidad musulmana”. Podemos afirmar lo mismo a este respecto cambiando el término comunidad por cultura. Y dudar después de la existencia de tal entelequia.

No está de más, por tanto, terminar con las palabras de un musulmán sirio que se define como laico, que fue compañero de clase de Habermas y trabajó al lado de Huntington o Fukujama, si bien sus ideas están bastante alejadas de las de los intelectuales americanos. En efecto, Bassam Tibi intervino en el debate provocado por el manifiesto de los sesenta investigadores alemanes con un lúcido artículo aparecido en el diario Tagesspiegel. En él reprochaba a los firmantes de la denuncia el caer en el mismo error que pretendían señalar, esto es, sucumbir a los cantos de sirena del nuevo paradigma culturalista que parece imponer su hegemonía en buena parte de la intelectualidad europea, sobre todo de izquierdas, paradigma sustentador de las tesis del multiculturalismo que oponen a la colisión huntingtoniana la negociación de entidades definidas así mismo con el patrón de la cultura. El propio Zizek, siguiendo la estela de Fredrick Jameson, identifica el multiculturalismo con el discurso posmodernista y la lógica del capitalismo globalizado. ¿Cómo evaluar entonces la diferencia? Creo que una buena respuesta puede buscarse en el concepto de progreso moral, definido bellamente por Richard Rorty como “un aumento de nuestra capacidad de considerar un número cada vez mayor de diferencias entre las personas como irrelevante desde el punto de vista moral”. Una diferencia contenida en el marco de los derechos humanos. Pero también una diferencia que no enmascare, bajo el velo de la cultura, otras factores que marcan una frontera elemental entre los hombres, la que intentan cruzar, sin ir más lejos, los inmigrantes que buscan en Europa lo que no pueden conseguir en sus países de origen.
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