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Alberto Méndez

Alberto Méndez


Reseñas de libros/Ficción
La derrota sin consuelo
Por Justo Serna, sábado, 03 de diciembre de 2005
¿Es posible seguir representando la Guerra Civil mediante la novela, mediante la literatura? ¿Es posible seguir hablando del franquismo, ahora con el artificio de la ficción? ¿Debería disculparme por incurrir nuevamente en el recuerdo del franquismo al leer y comentar Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez? Esta obra es un bello volumen de un autor ya fallecido cuyo valor he descubierto gracias a Nicolás Sánchez Durá, que la glosó admirablemente en El País.
La novela, que ha sido galardonada con el Premio de la Crítica y con el Premio Nacional de Narrativa, es una evocación de la Guerra Civil, pero no de sus lances bélicos, sino de sus efectos humanos, de cómo los derrotados lo fueron con saña y con aplastamiento. Pero más que hablar del dictador, que es una figura que nunca aparece como tal, o más que hablar del pasado, esta narración es examen hondo y doloroso sobre lo que significa perder, de lo que significa la derrota. Ahora bien, si consigue conmovernos, no es sólo por la índole de esa capitulación, por la evidencia de aquel final. Si logra emocionarnos es por la altísima calidad literaria de la que el autor es capaz, por lo que con la literatura llega a darnos: el retrato de lo que no hemos visto, el fresco de una realidad que no hemos vivido.

Los escritores aportan materiales diversos en sus novelas. Para empezar, la propia biografía, lo histórico y las fantasías o expectativas que no se han cumplido y con las que amueblan el mundo posible de la ficción. Los novelistas también importan materiales de la realidad externa que observan o sobre la que se documentan, materiales que ellos no han vivido expresa, personalmente, experiencias terribles, por ejemplo, que pueden recrear en sus obras como si de un duelo se tratara. Asimismo, los escritores suelen rehacer los motivos de la tradición literaria --motivos que no se emplean como simple repetición, sino con nuevos giros— y los recursos narrativos ya ensayados innumerables veces y que a ellos les sirven ahora como reclamo o ritornello o eco... Pues bien, todo eso es lo que podemos hallar en Los girasoles ciegos, desarrollado en cuatro capítulos datados en 1939, 1940, 1941 y 1942, capítulos que son cuatro historias autónomas que confluyen entre sí de manera alterna: el primer relato con el tercero y el segundo con el cuarto, confluencia que no es decisiva, en todo caso. Lo decisivo es la narración de cuatro formas distintas de derrota, de hundimiento, de encono, de odio, de ojeriza, cuatro historias en las que brilla una exquisita prosa que varía según los registros, los narradores y el timbre de sus voces.

La derrota y el valor

Horas antes de la derrota, cuando el curso de los acontecimientos ya es totalmente predecible, el capitán Alegría, oficial de Intendencia del ejército de Franco, un hombre de Leyes, se pasa al enemigo, pero no como un desertor que sumar a sus tropas, sino para declararse rendido: él, sin otros que se le añadan y sin razones bélicas que justifiquen esa acción. El ejército del que procede va a ganar la guerra y el capitán Alegría, inexplicablemente, no espera ni desea ese triunfo desechando las ventajas de la victoria inmediata. No se rinde, sino que dice ser un rendido, una derrota personal a la que no sabría ponerle fecha y hora, una claudicación que arrastra y que le lleva a la trinchera contraria. ¿La razón? Nunca la sabremos exactamente.

Será detenido, por supuesto, y conducido a unos calabozos por unos milicianos y por unos soldados republicanos después, ignorantes de su extraña conducta, estupefactos, unos soldados que pronto emprenderán la retirada, la huida, dejándolo en una soledad estricta. Será encausado en Consejo de Guerra y fusilado..., aunque sobrevivirá por pura chiripa. Como el Sánchez Mazas de Soldados de Salamina, también este personaje se salva, pero sólo momentáneamente porque, a diferencia del carácter de Javier Cercas, para el capitán Alegría no hay futuro. Si hay porvenir no es para él. A partir de ese momento, sucio, maloliente, puro desecho, hará por acercarse a la muerte que desea, por acelerarla, justo en el lugar mismo de su naturaleza, en su pueblo, allá en donde encuentra a unos soldados del bando nacional, el bando del que él había desertado.

“¿Son estos soldados que veo lánguidos y hastiados los que han ganado la guerra?, se pregunta en las notas que dejó escritas en uno de sus bolsillos. “No, ellos quieren regresar a sus hogares adonde no llegarán como militares victoriosos sino como extraños en vida, como ausentes de lo propio, y se convertirán, poco a poco, en carne de vencidos. Se amalgamarán con quienes han sido derrotados, de los que sólo se diferenciarán por el estigma de sus rencores contrapuestos. Terminarán temiendo, como el vencido, al vencedor real, que venció al ejército enemigo y al propio...” Contado en primera persona del plural, un plural tras el que se embosca alguien a quien nunca identificaremos, el relato es posible gracias a las pesquisas que aquél emprende, gracias a su acopio documental y gracias a la imaginación del narrador: entrevistas con quienes conocieron al capitán y sobrevivieron al paso de los años, consultas de las cartas dirigidas a la novia y a algún otro corresponsal, lectura del acta del juicio sumarísimo que le condenó y, en fin, las conjeturas fundadas, probablemente acertadas, con las que ese narrador rellena los espacios vacíos, aquello que nunca podremos saber con entera seguridad.

La derrota y el amor

“Infame turba de nocturnas aves” es una conocidísima aliteración de Góngora, un verso procedente de la quinta estrofa del Polifemo, una fábula que recrea a su vez un motivo clásico que, según los expertos, el autor español tomó de las Metamorfosis, de Ovidio. En esa fábula se narraba la historia del cíclope Polifemo, aquel gigante bestial y feroz dotado de un solo ojo que se encaprichó de una ninfa, Galatea, a su vez enamorada de un pastor llamado Acis. El desenlace es trágico y la muerte arrasa con todo y con todos. La acción se desarrolla en una cueva enclavada en lo alto de un picacho, una caverna profundísima y oscura en donde anidan los murciélagos, esa “infame turba de nocturnas aves”.

Manuel Vázquez Montalbán empleó ese motivo en Ciudad (1997): “infame turba de nocturnas aves / de crespones rojinegras sibilas”, aludiendo con este nuevo verso (“de crespones rojinegras sibilas”) a los colores simbólicos de Falange, haciéndose eco, pues, de un cultismo que se mezcla con referencias populares, como fue habitual en su literatura, en la que siempre se mostraban esas mixturas de cultura ‘pop’, de aluvión. Ahora, la referencia a la “infame turba de nocturnas aves” la vuelvo a leer en el segundo capítulo de ‘Los girasoles ciegos’.

En ese segundo capítulo hay, en efecto, una vuelta de tuerca del cultismo clásico de la “infame turba” y, como en Vázquez Montalbán, nuevamente se aplica a la Guerra Civil, al franquismo. Hay, pues, una recreación de lo que ya era un motivo de resonancias simbólicas, musicales, de una sonoridad onomatopéyica que con su armonía imita un ruido del mundo externo. Los murciélagos, lo sabíamos por Góngora, son esa “infame turba de nocturnas aves, / gimiendo tristes y volando graves”. En Los girasoles ciegos no hay murciélagos a los que se mencione expresamente, pero sí que hay una caverna cantábrica, entre Asturias y León, una caverna en cuyas paredes se escribe con un tizón ese primer verso, un lugar en el que se esconden dos jóvenes que huyen de la capital hacia 1940: un muchacho que ha logrado alguna celebridad como poeta de guerra, como “un rapsoda entre las balas” y su enamorada..., una Galatea embarazada que morirá al dar a luz entre aquellos peñascos. Este capítulo fue inicialmente, en su primera versión, un cuento que quedó finalista en el Premio Internacional de Cuentos que convoca la Fundación Max Aub.

A esa Galatea embarazada le sobreviven el hijo y el amado, un niño recién nacido y su jovencísimo padre de dieciocho años. Le sobreviven durante unos meses, soportando el frío y con escasísimo alimento, con una vaca de la que sacar leche para diluir y poco más, con la carne y las entrañas de algún lobo que el poeta consigue matar. Le sobreviven con miedo, con ira, con ternura desgarrada, con tristeza por todo lo que les rodea y con el horror de la derrota, pero sólo durante unos meses de angustia y de desolación, derribados por la venidera, por la “infame turba de nocturnas aves” que habitan fuera, que han ensombrecido el país hasta oscurecerlo... ¿Cómo sabemos todo esto? ¿Cómo lo hemos averiguado? La fórmula narrativa adoptada por Méndez es la del manuscrito, una especie de dietario del agotamiento, en este caso un manuscrito hallado accidentalmente en el Archivo General de la Guardia Civil. Alguien, el editor de dicho diario, nos confiesa haber encontrado por casualidad ese cuaderno de veintiséis páginas en 1952, cuando buscaba otros documentos entre los antiguos legajos. No se sabe la autoría (difunto desconocido, reza su clasificación archivística), pero por los indicios y por las escasas noticias que aporta, el editor cree averiguar a quién perteneció...

La derrota y el cuento

Sherezade cuenta y cuenta sin parar para así extender su vida amenazada. Cada noche, un relato que prolongue su existencia y que satisfaga los oídos de su dueño, de aquel que decide. No es un diálogo entre iguales, sino un sometimiento, la esclavitud de un condenado a un superior jerárquico que, paradójicamente, acaba dependiendo de ese torrente de palabras. Un prisionero llamado Juan Senra, profesor de chelo, aparentemente dócil, es llevado en repetidas ocasiones ante el Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, esa corte que administra justicia de manera cruel, expeditiva, con sentencias de muerte abundantes y rápidas. Allí, su presidente, el coronel Eymar advierte un día que Juan Senra conoció a su hijo en la cárcel de Porlier, un hijo muerto después de haber pasado por la checa de Chamberí, un hijo irrecuperable al que los padres han querido idolatrar desde el recuerdo. La esposa del coronel lo sabe y lo advierte y, gracias al empleo de su marido tendrá varios encuentros con Senra, en presencia, eso sí, de su marido: de lo que se trata es de que el detenido cuente de qué hablaban su hijo y el actual prisionero.

Durante todo ese tiempo, Senra dirá lo que la esposa y el esposo mudo quieren oír: la grandeza heroica del vástago en el Madrid rojo. Y, sin embargo, todo es una impostura ideada por Senra para prologar su vida, con la esperanza de que el número de las penas de muerte decrezcan y así pueda salvarse. Estamos en 1941 y la esperanza se cifra en tiempo, en dilatar la mera supervivencia en la cárcel. Senra tiene mucho de emboscado e impostor: no es ese prisionero modesto que no alborota; en realidad, es un asesino que no pudo consumar su plan, un instrumento de Fernando Claudín para matar al coronel Casado, alguien que, en fin, no pudo cometer su acción por haberse adelantado la rendición de Madrid. Pero en la prisión, en una prisión en la que los cautivos aún respetan ciertas jerarquías establecidas por los dirigentes comunistas, van muriendo compañeros que figuran en listas que se cantan en voz alta.

Un día, en esa relación estará el principal amigo y soporte de Senra en aquella prisión: un joven inocente, ajeno al horror, que será llevado al paredón. Fue entonces cuando Senra dilapidará su vida, su tiempo, su demora, revelando la verdad: que el hijo del coronel Eymar “fue justamente fusilado porque era un criminal” en el Madrid acosado, “no un criminal de guerra, calificación en la que los juicios de valor cambian según el bando, sino un criminal de baja estofa, ladrón, asesino de civiles para robarles y venderlo después de estraperlo...” El discípulo de Sherezade rompe el encanto de sus mentiras y siega su propia esperanza. Ya no puede aceptar la impostura a que él mismo ha contribuido, lo que le lleva a una muerte segura. Pero a la vez le da la satisfacción de una venganza menor o tal vez grandiosa: “del rostro del coronel Eymar desaparecería para siempre esa mueca de satisfacción impune” que da el falso recuerdo del hijo presuntamente heroico.

La derrota y el rencor

En 1942, un diácono muy versado en latines, acérrimo del Movimiento Nacional, enemigo declarado de los rojos vencidos y de los rojos supervivientes nos narra un episodio particular. Él, que a punto estuvo de ordenarse sacerdote, que llevó una vida conventual y que enseñó en una escuela, se deja arrebatar por la carne apetitosa de una mujer, la madre de un muchacho, de un colegial llamado Lorenzo. La mujer será objeto de persecución, persecución que le permitirá al diácono descubrir un secreto familiar, una intimidad guardada con cautela y reserva violada por ese eclesiástico rijoso. La historia tiene aquí la estructura más compleja de la novela: tiene tres instancias narrativas que se intercalan y que hacen del perspectivismo su modo de relatar los mismos hechos, tres instancias narrativas que en ocasiones cuentan hechos que se suceden y que en otras son simultáneos.

La primera voz es de 1942 y es la del diácono. La segunda es posterior, muchos años después, y es la narración de aquel que era niño y ahora es adulto, un Lorenzo ya mayor que evoca con espanto y aborrecimiento el acoso y el desastre que aquel individuo introdujo en sus vidas, en su vida ya rota por ser la de una familia vencida: con una hermana, embaraza, que escapó con un poeta también derrotado; con un padre oculto en un armario, con un país rendido, subyugado. La tercera voz se expresa en una neutra tercera persona que no se identifica, una tercera persona que nos cuenta el episodio siguiendo la vicisitud y la perspectiva de Lorenzo conforme ocurren las cosas. Qué ruina, qué fatalidad.

En este cuento final (cuyo pormenor no les revelaré) y en esta novela no sólo están la guerra y sus desastres. Están también las angustias que acucian a ese niño y a la humanidad desde siempre, esos miedos o rencores de los que no conseguimos zafarnos. La fatalidad que se cierne y que, finalmente, se ensaña con los inocentes, con aquellos que no merecían una derrota indigna, derribados sin piedad. Están también la memoria y la escritura como formas de prolongar la vida, como medios de retrasar la muerte y el horror: mientras haya papel y la última punta del lapicero, aún habrá una existencia a plazos o, si se quiere, todavía será posible imaginar un diálogo con un interlocutor que siempre es uno mismo; mientras haya recuerdo habrá venganza, dignidad y dolor. Están igualmente el amor conyugal y el amor filial, la fraternidad que se truncan y su recreación y alivio por medio de esa escritura, de la poesía, de la literatura como consuelos o lenitivos, como reparaciones parciales o temporales, una literatura en la que también arraiga la ira fatal por lo que el destino nos ha hecho. Está la soledad primera del hombre, la de quien tiene caducidad y la de quien sabe que nadie le prolongará. Perdonen, pero esta novela de Alberto Méndez, el viejo comunista, con su prosa ya extinta, nos ha devuelto al estado mismo de la tristeza sin consuelo.
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