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    AUTOR
Arcadi Espada

    GÉNERO
Biografía

    TÍTULO
Notas para una biografía de Josep Pla

    OTROS DATOS
Barcelona, 2004. 263 páginas. 25 €

    EDITORIAL
Omega



Arcadi Espada

Arcadi Espada

Josep Pla

Josep Pla


Reseñas de libros/No ficción
El biógrafo posmoderno
Por Justo Serna, miércoles, 02 de marzo de 2005
Arcadi Espada es un acreditado periodista, muy bien dotado para la crónica (así se llama la sección que actualmente publica en la edición catalana de El País) y con varios libros publicados, algunos de ellos galardonados con premios, en los que el autor hace reportaje y reflexión sobre el género, reportaje sobre la vida y su relato, narración de la existencia y de lo que otros nos han contado de la existencia. Conviene retener ese hecho, pues cuando Arcadi Espada escribe no lo hace sólo sobre un objeto, el que sea, sino sobre lo que sus predecesores han dicho antes de que él lo abordara. Es también nuestro periodista un obstinado defensor de algunas causas que juzga inaplazables y que le sirven para definir y definirse, para comprometerse. Comprometerse, en el sentido de asumir un compromiso, y comprometerse en la acepción de ponerse en un compromiso.
Este hecho, tan común en la escritura de Espada, lo ha llevado a tener conflictos, probablemente inevitables, con algunos de sus colegas o con quienes lo veían como un adversario luciferino o un enemigo empeñoso. Piénsese, por ejemplo, la circunstancia de Contra Catalunya(Barcelona, Flor del Viento, 1997), que le granjeó o confirmó la ojeriza de los nacionalistas catalanes o piénsese en Raval. Del amor a los niños (Barcelona, Anagrama, 2000), que le llevó a hurgar en las heridas de una profesión, la suya, a la que reputó de culpablemente fantasiosa en un caso judicial. En esos libros no sólo se abordan el ‘pujolismo’ o la pederastia, sino también la posición del propio autor, que no amaga, que no se oculta, y se exhibe mostrando sus posiciones con estruendo crítico.

Ahora, Arcadi Espada ha escrito una biografía de Josep Pla para la editorial Omega. De entrada, el asunto parece más amable, como también se nos antoja amable el tratamiento que dicho objeto parece requerir: abordar la vida de un autor grande, como sin duda lo fue Pla, es una tarea menos complicada que un presunto delito o las consecuencias de una política de partido. Y, sin embargo, el libro de Espada resulta conflictivo. Sin duda, porque Josep Pla fue un personaje incómodo en una Cataluña que se ha pensado en clave nacional. Pensemos, por ejemplo, que Eugeni d’Ors fue de difícil asimilación para la cultura en lengua vernácula al abandonarla como medio de expresión literario. El sumario contra Pla tiene que ver mucho más con sus posiciones en la guerra civil y con su arraigada adhesión a un conservadurismo ideológico, algo imperdonable y sobre todo inclasificable para una concepción que hace del catalán y del progresismo una aleación evidente. Ahora bien, el escritor ampurdanés forma parte del canon desde hace tiempo, al menos desde que apareciera El quadern gris, y ya nadie discute su valía propiamente literaria, y por tanto el objeto no escuece como décadas atrás. Pero el volumen de Espada puede juzgarse conflictivo porque aborda las posiciones de Pla con contundencia expresiva y destapa, quizá con un cierto estrépito verbal, las cosas que menos gustan del escritor y que resultan ser las cosas que más agradan al periodista barcelonés.

La colección en la que está publicada esta obra lleva por título “Vidas literarias” y tiene por proyecto congregar a “los más prestigiosos autores contemporáneos” con el fin de escribir “la biografía de los clásicos de las letras hispanas. Cada libro”, prosigue el editor, “ofrece al lector la vida y la obra del escritor narrado en un estilo creativo, personal y literario”, incluyendo, además, “una selección de textos de la obra del clásico hecha por el propio autor”. Además del de Arcadi Espada he leído otro par de volúmenes, en este caso los que firmaran Eduardo Mendoza y Fernando Savater, dedicados a Pío Baroja y a Jorge Luis Borges respectivamente, volúmenes de los que hice un par de reseñas para Ojos de Papel. Allí admitía que estos libros eran ‘introducciones’ a los clásicos, sin darle a esa palabra ninguna acepción elemental ni negativa. Hay una superstición muy común, decía, que es la del menosprecio culto de las ‘introducciones’, como si una introducción pudiera hacerla cualquiera frente a la gravedad y énfasis de la monografía académica. Sin embargo, una introducción a un autor es el reto cultural más decisivo, y las mejores son resultado de la inteligencia, de la ironía, de la intuición, de la capacidad de compendiar lo fundamental sin herir la complejidad del escritor. Las mejores son, efecto, un ejercicio de comprensión --en el estricto sentido que le diera Dilthey a esta expresión-- y un ensayo de autoanálisis. Algo de esto se aprecia en los volúmenes de la colección de la editorial Omega, pues aunque no tienen vocación documental ni exhaustiva cumplen perfectamente con su cometido: atraer, crear nuevos lectores.
Arcadi Espada retrata a Pla, por supuesto, y de sus páginas se obtiene una efigie humana, limitada y carente, rica y patética, tal vez una evocación que de todo hombre podría hacerse si tuviéramos a un biógrafo benevolente. Pero, si lo miramos bien, creo que a quien mejor retrata el periodista barcelonés es a sí mismo

En el caso que ahora nos ocupa, si la principal meta de esta colección es despertar el interés por la creación de tal o cual clásico, actualizar su lectura, vivificarlo, entonces Notas para una bibliografía de Josep Pla lo consigue. Incluso aunque no se esté de acuerdo con el estilo acerado del autor o aunque podamos discrepar de su enfoque y resolución. Sé al menos de un lector que dice haberse sumergido en las páginas de El cuaderno gris (en la versión castellana que hicieran Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros), páginas que aún no había catado, al sentirse acicateado por la radiografía que emprende Arcadi Espada, al sentirse incluso escandalizado por el trazado áspero de ese retrato. Admitamos que este nuevo adepto de Pla se las promete muy felices: tendrá la suerte de abandonar al biógrafo para descubrir una a una las páginas innumerables del autor ampurdanés, la fortuna de poder leer indefinidamente a un sabio que ignoraba. Pero antes de sumergirse en ese caudal inagotable, convendrá reparar en esta biografía.

Arcadi Espada retrata a Pla, por supuesto, y de sus páginas se obtiene una efigie humana, limitada y carente, rica y patética, tal vez una evocación que de todo hombre podría hacerse si tuviéramos a un biógrafo benevolente. Pero, si lo miramos bien, creo que a quien mejor retrata el periodista barcelonés es a sí mismo. Espada se muestra, se revela, se confiesa, se desnuda vicariamente, tomando al ampurdanés como alter ego, como interlocutor. Habla de su radical individualismo frente las pertenencias colectivas, algo que comparte con el ampurdanés. Habla de su gusto por contrariar lo obvio, lo que de él se espera. Habla de su aprecio por la idea de realidad, esos hechos que están ahí fuera, frente al dominio o al imperialismo de la ficción o las novelas o las novelerías. Habla de su desdén voluntariamente parroquial y cosmopolita del nacionalismo, algo que ha convertido a Espada en una leyenda local, de Cataluña. Habla de su aceptación elitista de lo cotidiano, de aquello que niega lo tontamente sublime. Habla de su exaltación del amor carnal, de lo físico, de la carnalidad y de los fluidos, lejos de sofisticaciones impostadas. Son éstos unos temas más o menos presentes en Pla, pero sobre todo son demonios de Arcadi Espada, en el sentido noble que le diera a esta expresión Mario Vargas Llosa. Es por eso por lo que el auténtico interlocutor de su libro no es Pla (o el lector), sino los fantasmas a los que se enfrenta o los autores contra los que arremete o ignora con porfía.

Alancea manifiestamente a Josep Vergés, se distancia voluntariamente de Joan Fuster o de Xavier Febrés, olvida expresamente a Josep Maria Castellet, silencia deliberadamente a Xavier Pla y niega explícitamente cualquier acierto a Cristina Badosa, algunos de los autores mayores que con anterioridad se habían acercado a la obra del escritor ampurdanés. Convierte, pues, los textos de Josep Pla en objeto de controversia, en un campo de batalla en el que se libran lances domésticos, los propios de un pequeño país, Cataluña, en el que la crítica literaria es también una suerte bélica. ¿Por qué Espada obra así? ¿Algo que objetar? Forma parte de su estilo de escritura, de su incendiaria o luciferina manera de abordar lo que le disgusta o lo que juzga insostenible o lo que estima desechable. Él sabrá: yo, por no ser especialista en Pla, no puedo entrar en estas polémicas, pero tengo para mí, habiendo leído a los rivales como efectivamente los he leído, que hay en las páginas de Josep Vergés, de Joan Fuster, de Josep Maria Castellet, de Xavier Pla y de Cristina Badosa ideas muy aprovechables, valiosas, acertadas, exactas, que no se pueden rechazar u ovidar. Más aún, me atrevo a decir que hay en sus obras compendios y juicios que ya no puede negar ningún lector que haya venido después.
Ahora bien, fuera de estos reproches o dudas, me pregunto qué método utiliza Espada para contar la vida y la obra de Pla. Dicho a bote pronto, me parece que el procedimiento que emplea es ingenioso, aunque algo tramposillo a la vez. ¿En qué consiste? Seguir uno de los diarios más escuetos, crípticos e inconexos de Pla (titulado Notes per a un diari, 1965-1968) para anotar Espada sus propias reflexiones a partir de una letra o de unas palabras insuficientes, para comentar con exégesis lo que literalmente dice el ampurdanés o para reproducir sin más lo que el diarista escribió. Con esta operación da demasiado y, a la vez, da demasiado poco

Cuando en intervenciones paratextuales o extratextuales ha justificado su tratamiento de los precedentes suele señalar Arcadi Espada que una parte fundamental de la literatura planiana, quiero decir, de la literatura sobre Pla, la han hecho autores que no le eran próximos. Así, tendríamos a estudiosos que no lo entendían (Joan Fuster) o no lo querían (Cristina Badosa), analistas que, en el fondo, le negaban su principal cualidad, la virtud realista (Xavier Pla), editores que lo aseaban o se escandalizaban (Josep Vergés), biógrafos que no acaban de trazar el panorama exacto de una vida compleja (Xavier Febrés) o críticos que, a la postre, le perdonaban su caudal y su excelencia (Josep Maria Castellet). Examinemos brevemente esa circunstancia y, de todos los autores posibles, abordemos dos casos: la presunta falta de comprensión de Fuster hacia la obra del ampurdanés y la relación implícita de Arcadi Espada con Xavier Pla, seguramente el autor que con mayor sutileza ha emprendido el examen filológico más depurado.

Para no haberlo entendido, Pla aceptó de buen grado el largo prefacio que el ensayista valenciano hizo a la Obra Completa, pues, como le confesaba en una carta privada (recogida en el primer volumen de la ‘Correspondència’ fusteriana, Valencia, 3 i 4, 1997), “el Sr. Vergés me ha enviado su prólogo, que he leído con gran interés. El prólogo está muy bien y les estoy muy agradecido”, un agradecimiento que probablemente se remontaba a muchos atrás, pues ya el primer artículo de prensa que Fuster publicó en el periódico Levante, en 1952, era una inteligente aproximación a la creación del ampurdanés, cosa que podemos constatar en la recopilación Llegint i escrivint(Valencia, Prensa Ibérica, 1995). Pero dejemos a dos viejos amigos, a Fuster y Pla, que tantas páginas y elogios y conversaciones se dedicaron y que ha exhumado con erudición admirable Isidre Crespo (De Fuster a Pla. Gandía, Alfons el Vell, 2002) y reparemos en el segundo caso de mala comprensión de la obra del ampurdanés.

Me refiero a la que presuntamente habría cometido Xavier Pla. Este último es profesor de la Universidad de Gerona y es responsable, entre otros estudios, de un imprescindible volumen (Josep Pla. Ficció autobiogràfica i veritat literaria. Barcelona, Quaderns Crema, 1997) que Espada no cita en el texto en ningún momento ni tampoco en la bibliografía final. Con toda probabilidad, la causa esté en el repudio que de la mezcla de ficción y realidad hace periódicamente Espada y que manifestó con contundencia cuando le hice la entrevista para Ojos de Papel. Sólo en un determinado momento, en la página sesenta y tantos de su libro, el periodista barcelonés parece tratar al rival rechazado y aborda su tratamiento sin mencionarlo hablando de “futuros intentos metodológicos como el de caracterizar el conjunto de la crónica planiana como un ejemplo de autoficción”. Esta tesis sería para Espada una “fantasía que, al margen del desesperado intento de incrustación de la etiqueta ficcional sobre la literatura planiana, fracasa gravemente desde el principio. Porque Pla no es en modo alguno un escritor ‘auto’, es decir, dispuesto a la exploración profunda del yo. ¡No digamos ya lo que pensaría de la exploración del yo ficcional!”. Admite Espada que a pesar de tener por principio el relato de la realidad, la obra de Pla está llena de errores, lapsus o maquillajes, y justamente esos datos reforzarían su intención realista u objetivista. “Los desajustes entre la realidad y la literalidad hacen las delicias de determinados profesores y quizá justifiquen toda una vida pasada a la sombra”, concluye.
Es por eso por lo que esta entretenida biografía la veo desajustada, un texto en el que la pesquisa se sacrifica a la glosa, un procedimiento interesante, ya digo, pero tal vez perezoso, un modo de arrojar luz fragmentaria en un universo que exige paciencia investigadora, incluso erudita, de profesor, algo que el propio Arcadi Espada y Xavier Pericay ya lo señalaban años atrás

No me parece que la vocación de veracidad que pueda haber en la obra del ampurdanés desmienta la intención de determinados profesores, de Xavier Pla en concreto, o de su predecesor más inteligente: el Josep Maria Castellet de Josep Pla i la raó narrativa. Primero porque la declaración de un autor sobre su propia obra, incluso cuando se inserta en el texto, es sólo un criterio más (y no necesariamente el más importante), un elemento paratextual que podrá o no ser tenido en cuenta o una confesión de cuya verdad podemos dudar si hay otras pruebas que la contradicen. Por otra parte, la autoficción no significa que un escritor se refiera a sí mismo, sino que el yo se expresa y se justifica vicariamente tratando objetos: se rehace, se compone e incluso se embosca, abordando objetos distintos y distantes. Pero hay más. Por alguna razón que no revela Espada en su biografía, la hostilidad implícita hacia Xavier Pla contradice las expectativas que en 1997 le había despertado, según podemos leer en Contra Catalunya. “Pocos ejercicios literarios tan fascinadores como reconstruir en la densidad de la crónica planiana la figura del cronista que la trazó; como verificar, por lo que respecta a las pocas huellas íntimas ofrecidas por el personaje narrativo, qué tiene ese personaje de real y qué de legítima impostura estratégica”. Es en ese momento cuando Espada añade una nota al pie muy reveladora: “Éste parece ser, al fin, el objetivo de algún docto investigador. A falta de leer su tesis, centrada en ese asunto y presentada en 1996 en la Universidad de la Sorbona, no hay duda de que el prólogo escrito por Xavier Pla a Cartes a Pere (Destino, 1996) abre una vía de investigación lúcida e interesante en el complejo magma planiano”. Bien, la tesis aludida se presentó, en efecto, y el volumen citado más arriba es su destilado y, sin duda, los objetivos y los resultados no han variado. ¿Entonces...?

En fin, yo creo que en el juicio sobre la bibliografía sobre Josep Pla (que estaría hecha, insisto, por autores incluso hostiles) hay por parte de Arcadi Espada una evidente exageración que se compadece bien con la necesidad de fundamentar la propia obra, la necesidad del tratamiento que el biógrafo le ha dado a su objeto. Como no le gusta ninguno de los libros que lo han abordado, el periodista barcelonés está sinceramente convencido de dar una visión mejor argumentada y presentada del ampurdanés. Al margen de si esto es así o no, juicio que dejo al lector, creo, sin embargo, que la proximidad o la simpatía de un biógrafo no son cualidades imprescindibles. Es más, en opinión del propio Pla son un obstáculo, pues, como leemos en sus Notas dispersas, “si alguien quiere algún día escribir una biografía, no le hará ningún daño pensar en esta observación de Mr. Arthur Balfour: ‘Las biografías tendrían que escribirlas los enemigos inteligentes de los biografiados’. Es una manera bastante fina de decir que en estos entierros, a los amigos y a los admiradores, por muy triunfales que sean, nadie les ha dado vela”. Bien, yo creo que esto también es una exageración de Pla, pero tal vez no le falte razón cuando nos advierte contra los biógrafos que admiran el objeto de su relato: es probable que de nuestros adversarios aprendamos mucho, justamente porque aprecian nuestras debilidades y contradicciones y, por tanto, es probable que sean más útiles para el conocimiento. Pero Espada no es exactamente un rendido admirador de Pla que asee al muerto, sino un lector que no siempre se deja deslumbrar por el genio indudable del ampurdanés.

Ahora bien, fuera de estos reproches o dudas, me pregunto qué método utiliza Espada para contar la vida y la obra de Pla. Dicho a bote pronto, me parece que el procedimiento que emplea es ingenioso, aunque algo tramposillo a la vez. ¿En qué consiste? Seguir uno de los diarios más escuetos, crípticos e inconexos de Pla (titulado Notes per a un diari, 1965-1968) para anotar Espada sus propias reflexiones a partir de una letra o de unas palabras insuficientes, para comentar con exégesis lo que literalmente dice el ampurdanés o para reproducir sin más lo que el diarista escribió. Con esta operación da demasiado y, a la vez, da demasiado poco, pues retoca a Pla en función del antes y del después de esos años (1965-1968), lo completa y añade lo que la literalidad del documento no registra por su deliberada brevedad. Quiero decir: el procedimiento es interesante e incluso diría que 'microhistórico': toma un atajo, una vía de ingreso en un dominio (todo Pla) que es enorme y al que se accede por uno de sus textos. Ya digo, es interesante: convierte estos diarios escasos en vía de acceso, en una puerta de ingreso a ese mundo inacabable, en ese “complejo magma” que es Pla, un modo muy económico de ahorrar la lectura de documentos innumerables. Pero también es una manera de retar y de retarse con un texto oscuro, cifrado casi. Con ello nos muestra su arrojo o su temeridad, como se quiera, y cree franquear el silencio.

La vía adoptada en una investigación para describir o narrar no es obvia ni está dada o impuesta de antemano ni está fijada por el objeto. Los objetos pueden ser estudiados de modos muy distintos y nada garantiza que la elección de un camino frente a otro sea jerárquicamente la más importante o excluyente. Por tanto, son los valores del observador los que guían la selección y dirigen la mirada, empezando así un proceso cognoscitivo que aspira a dotar de significado a las acciones estudiadas, en este caso las palabras anotadas por Pla. Esas palabras aluden a hechos humanos y forman parte de una urdimbre significativa, un contexto semántico que hay que desentrañar, a lo que parece entregarse Espada. Es decir, ese suceso oscuro o estas abreviaturas o esta económica descripción habría que interpretarlos para traducirlos a un nuevo lector. De ese modo, lo que en principio parecía extraño, sorprendente o excepcional, indescifrable, acaba viéndose como una posible vía de acceso que permita comprender el mundo de Pla. Sin embargo, Espada opera en ocasiones forzando la literalidad del diario, añadiendo expresamente lo que no tiene, tomando el texto original como pretexto para extenderse en hechos que nada tienen que ver con la entrada del dietario. Por eso, el apéndice documental, que no procede curiosamente del diario de 1965-1968, sino de otros dietarios mas apreciados (Notas para Silvia y Notas del crepúsculo), parece ser una marca de veridicción, de simple y temerosa confirmación.

Es por eso por lo que esta entretenida biografía la veo desajustada, un texto en el que la pesquisa se sacrifica a la glosa, un procedimiento interesante, ya digo, pero tal vez perezoso, un modo de arrojar luz fragmentaria en un universo que exige paciencia investigadora, incluso erudita, de profesor, algo que el propio Arcadi Espada y Xavier Pericay ya lo señalaban años atrás en su introducción a la edición castellana de los Dietarios en Espasa: Notes per a un diari, leemos en la primera llamada de aquel prólogo, exigía un “notable aparato crítico-biográfico”. ¿Por qué razón? Porque como admite el propio Josep Pla en el prólogo del volumen de las Obras Completas que recoge el dietario de 1967-1968, es éste un “relato esquemático”, sin “ningún pensamiento sublime ni ningún hecho extraordinario”, un relato en el que todo pretende ser directo, escrito con “un visible malhumor o una notoria intrascendencia”, incluso con rutinaria repetición que se añade tediosamente: “tot com sempre” o “em llevo com sempre, tard i malament”. Evidentemente, si así es la narración cotidiana, entonces se requiere un relleno posterior por parte del biógrafo, relleno que podría haberse evitado adoptando otra estrategia de presentación de la vida, una estrategia de archivo. Por eso, el esquematismo narrativo de Pla se reemplaza en el libro de Espada con el antes y el después, con la glosa sobre la vida anterior y posterior, con el brillo de una prosa eficaz, económica, aforística. Una prosa eficaz, económica, aforística, en la que menudean, suponemos que deliberadamente, catalanismos sorprendentes.

Tal vez, la intimidad preservada de Pla, esa reserva que se aprecia en sus Notes es lo que ha impedido a su aventajado discípulo desentrañar algo más de ese mundo propio que el ampurdanés protegió con tanto ahínco y elocuencia frente a biógrafos inquisitivos. Y este asunto, el de la intimidad en parte desvelada por Espada, es con toda probabilidad el aspecto potencialmente más escandaloso para algunos lectores. ¿Escándalo? No se piense que juzgo así dichas páginas por mojigatería o simple circunspección. Creo, por el contrario, que los párrafos en los que el biógrafo insiste en el erotismo declinante de Pla (esas presuntas erecciones sobre las que conjetura Espada o ese recuerdo de la amante antigua, de Aurora, a la que tanta importancia da) son quizá algo reiterativos. No quiero decir con ello que no fueran importantes en ese período de la vida del ampurdanés. Lo que quiero decir es que arrojar luz sobre una etapa tan corta de la vida basándose en un material documental tan escaso y tan escueto facilita una recreación demasiado libre, muchas licencias para un biógrafo que, tal vez, no debería haberse consentido. Aunque, ahora que lo pienso, esa libertad que Espada se da quizá se deba a lo bien aprendidas que tiene las lecciones del posmodernismo. Téngase en cuenta que el biógrafo posmoderno es aquel que sabe que su biografiado es, en efecto, un magna inaprensible al que sólo se puede acceder fragmentariamente, montando piezas de un puzzle que nunca casarán, una recreación en parte aventurada e imaginada de pensamientos y de sensaciones que sólo pertenecieron a un tercero. Ésas son la paradoja y la imposibilidad del género biográfico, según nos enseño Jorge Luis Borges en su Evaristo Carriego, un Borges que ha apadrinado con su ejemplo todos los experimentos, las parodias y los collages posmodernos que han venido después. ¿Estaremos con la biografía de Arcadi Espada ante un artefacto literario de índole posmoderna, en donde la conjetura sobre una palabra o sobre un silencio abre un campo de posibilidades interpretativas? Si es así, en ese caso habría que leer el volumen como si de una ficción involuntaria se tratara, no en el sentido de la mentira, por supuesto, sino en el de la experimentación con la verdad.
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