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    AUTOR
Fernando Pessoa

    GÉNERO
Novela

    TÍTULO
Libro del desasosiego

    OTROS DATOS
Barcelona, 2002. Traducción de Perfecto E. Cuadrado. 603 páginas. 27 €.

    EDITORIAL
El Acantilado












Reseñas de libros/Ficción
Interior noche
Por Justo Serna, jueves, 9 de octubre de 2003
Diario sin fecha de un yo disuelto, el de Bernardo Soares, el semiheterónimo ideado por Fernando Pessoa: la introspección del sujeto moderno, que se descubre fracturado e inconstante; la aventura de una noche interior, de una ensoñación. Páginas y páginas que son escenas y secuencias de una vida fragmentaria, de una identidad troceada.
Hay ciertas ficciones que escapan de la sociedad en que fueron alumbradas: son novelas, por ejemplo, que no sirven para apreciar inmediatamente el tiempo y el espacio en que fueron ideadas. Esta característica no se debe a que sean obras incompletas, parciales o fracasadas, sino a la decisión deliberada del autor por evitar toda tentación verista, documental. Si esas narraciones aspiraran a ser novelas realistas, esta carencia las invalidaría. Pero no hablo de esta clase de relatos, sino de ficciones hipotéticas. Sus autores sitúan su avatar en un tiempo más o menos indeterminado y su desarrollo avanza con expresa imprecisión. De ese modo, los detalles de la realidad o del contexto que darían fuerza y convicción a los actos sólo son un motivo remoto y sólo eso, un fondo simplemente verosímil, instrumental, un escenario esquemático deliberado que sirve para subrayar otros aspectos tal vez más abstractos, genéricos, pero significativos. Estas novelas pecan de ambigüedad y, por eso, permiten interrogarnos sobre nosotros mismos, sobre lo que perdura más allá de su contexto, sobre el porvenir que aún no se vislumbra: son textos que más que ser hijos de su tiempo, lo impugnan, lo niegan, lo rebasan. Al decir esto no me refiero a los libros de ciencia ficción, tan frecuentemente realistas, retratos velados del hoy, sino a aquellos otros volúmenes en cuyo interior está todo lo que, desde siempre, nos preocupa, todo lo que tan extraño resulta para los antepasados y para nosotros. Con una hipérbole justísima decía Ernst Bloch en algún pasaje de su obra que el carácter esencial de la literatura es abordar lo que no se vislumbra, incluso lo que todavía no se ha manifestado como dato de la existencia, aquello que aún no se ha materializado o que, sin más, no es percibido por los coetáneos. De esos libros hablo precisamente. Vista así, la literatura es una condensación de lo duradero, un espacio en el que se hacen explícitas las tensiones y los puntos de fuga de la condición humana, las convenciones de nuestro tiempo y de todo tiempo. Pues bien, uno de esos puntos de fuga en los que se da la mayor condensación es el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, ahora editado en castellano por El Acantilado, en excelente traducción de Perfecto E. Cuadrado.
Es posible que el Libro del desasosiego no retenga lo significativo o lo típico de la Lisboa del primer tercio del novecientos, pero dicha obra contiene a su manera prácticamente toda la modernidad, la evaluación, el escrutinio e incluso la debelación de algunas de las grandes cuestiones que la modernidad se ha planteado desde hace siglos

No pretendo por mi parte realizar un estudio minucioso del caso Pessoa, de sus heterónimos y de su poesía, para los que me falta la competencia propia del especialista en literatura lusitana. Pero creo que frente al Libro se requiere una competencia transdisciplinaria y no sólo la solvencia propia del lusitanista. Aspiro, pues, a tratarlo como un ejemplo sobresaliente de ese tipo de literatura a que aludía: como un banco de pruebas que permite hablar en voz alta de algunas de las convenciones que Pessoa hace explícitas o derriba y que son recursos de la literatura contemporánea, recursos del género novelístico, pero también fórmulas perceptivas de la modernidad que al revelarse nos enfrentan con nuestro propio modo de ver y de contar. ¿A qué convenciones me refiero? Hablo de las categorías de autoría, de personaje, de narración autobiográfica o diarística, de la identidad, etcétera. La reflexión sobre algunas de esas cuestiones no son, desde luego, logros exclusivos de Pessoa y las vemos simultáneamente en otros autores decisivos de los años treinta (incluso en Heidegger hallamos una empresa semejante). Pero lo significativo de su caso es que ese vislumbre o esa revelación que hay en nuestro creador no se agotan en su contexto, sino que condensan una tradición crítica que viene de atrás: hay en Pessoa, al menos en un cierto Pessoa, una indagación acerca del mundo, de la cultura y de la identidad, después del nihilismo, después de Nietzsche. Igualmente apreciamos la perduración de sus temas e interrogantes hasta nosotros. Lo que quiero decir es que el Libro nos permite a los lectores dejar de tratar como obvios, incluso como asentados o intemporales, fenómenos tales como los de autor, narrador, personaje, identidades, ilusión biográfica. Hablamos, pues, de categorías también históricas de las que hoy somos conscientes y que Pessoa tuvo la lucidez de examinar en una obra literaria particular. Es posible que el Libro del desasosiego no retenga lo significativo o lo típico de la Lisboa del primer tercio del novecientos, pero dicha obra contiene a su manera prácticamente toda la modernidad, la evaluación, el escrutinio e incluso la debelación de algunas de las grandes cuestiones que la modernidad se ha planteado desde hace siglos. Examinemos con algún detalle esta obra y veamos cómo en ella se revela lo básico de este tiempo. Así aprenderemos, como indicaba Alain Badiou en un capítulo de su Petit manuel d’inesthétique, a ser contemporáneos de Pessoa.

Lo primero que llama la atención de este Libro es la circunstancia de su aparición. No fue hasta 1982 cuando apareció la primera versión extensa del mismo, es decir, muchos años después de la muerte de Fernando Pessoa. Estamos ante un libro hechos de trozos y concebido durante un lapso de vida prolongado, pero también un libro de inestable composición, extraído del famoso baúl de inéditos que Pessoa dejó al fallecer. Eso nos debería llevar a preguntarnos, con Michel Foucault, qué es una obra, la noción misma de obras; nos debería llevar a interrogarnos acerca de cuáles son las condiciones de los inéditos, de los textos inacabados que luego se fijan, se restauran y vuelven. Pero lo segundo que llama la atención de este libro es la autoría, la idea misma de autoría, otro de esos universales que en la literatura no se suelen cuestionar. Es decir, deberíamos preguntarnos qué es un autor, también con Foucault o con Roland Barthes. Este Libro lo atribuye Fernando Pessoa a Bernardo Soares. ¿Quién es aquí el autor empírico y quién el autor interno? Pessoa se lo adjudica a un individuo de quien no se dice el nombre en las primeras páginas y de quien sabremos después que vive y trabaja en la Rua dos Douradores, en Lisboa. Esa atribución la hace Pessoa en un ‘Prefacio’. ¿Es ese prefacio propiamente “texto”, es decir, forma parte de la obra o es un paratexto externo, un añadido? Como se ve, las ideas mismas de autoría y de obra ya se ponen en crisis desde el inicio de esta ficción.

El autor del Libro sería, según la descripción, uno esos “tipos curiosos, caras sin interés, una serie de apartes en la vida” y que frecuentan restaurantes y casas de comida. Parece ser “un hombre que aparentaba treinta años, delgado, más alto que bajo, exageradamente encorvado cuando estaba sentado, pero no tanto cuando estaba de pie, vestido con cierto desaliño no del todo descuidado. En la cara pálida y sin rasgos particulares se apreciaba un aire de sufrimiento [indefinible, como de privación y angustia] que no le añadía interés”. Es decir, nos hallamos ante un hombre sin atributos, sin especiales cualidades, uno de esos tipos que no suelen atraer la mirada del espectador desatento. Pero detrás de la mediocridad o del abatimiento o de la timidez, habría un matiz, algo, “un cierto aire de inteligencia”. Supo Pessoa accidentalmente que ese individuo “era un empleado de comercio, de una casa de allí al lado”, lo que quizá –añadimos nosotros— justifique ese encorvamiento con que se le describe, el encorvamiento de quien pasa muchas horas ante el escritorio anotando asientos contables. Lo que acabó por despertar el interés y el pasmo de Pessoa fue el que conociera y elogiara Orpheu, la célebre revista de los escritores vanguardistas portugueses. ¿Qué hace un empleado leyendo y, por admirarla, apreciando los logros de una publicación selecta, concebida para unos pocos? El caso es que, además de haberla leído, el escribiente escribe, escribe por las noches a falta de amigos, a falta de lecturas que le despierten interés, a falta de lugares adonde ir. Vive sumido en “la dignidad del tedio” –según las propias palabras del empleado que Pessoa reproduce—habitando en un cuarto alquilado. Su vida parece la de alguien que se ha dejado mover sin verse obligado a hacer nada de particular, sin estar forzado a responder a las exigencias del Estado, de la sociedad, de la escuela, de la amistad o del amor. Como insiste Pessoa, “nada le había obligado nunca a hacer nada” y había vivido, pues, en la inercia y en el distanciamiento, dotado probablemente de “una falsa personalidad”, según apostilla. Su única razón, la de haber vivido (pues Pessoa se refiere a él en pasado) y la de haber trabado alguna conversación con Pessoa, es la “de que necesitaba acercarse a alguien para dejarle el libro que dejó”. Y bien..., ¿qué hallamos?
Como no podía ser de otro modo, el primer motivo que hallamos en el Libro es la escritura misma, el yo que se reconoce porque escribe. Se trata, según decíamos, de un yo fracturado, hecho de fragmentos. Es la del Libro una escritura fragmentaria en la que se expresa un alma troceada y en la que se confunden la palabra y la identidad y en donde el yo está propiamente roto

Permítaseme examinar brevemente algunos de esos contenidos: permítaseme enumerar las cuatro buenas razones que tendríamos para leer el Libro, esos aspectos que trata, esos aprioris que pone en cuestión sin afán reparador, sin ganas, o esos universales sobre los que nos hace reflexionar. Son recursos de la literatura, de la tradición, que Pessoa-Soares hace explícitos y que son o forman parte de la definición misma del sujeto moderno, de la cultura occidental, del sentido común contemporáneo. Son evidencias de las que se muestra su artificialidad. ¿Para qué hace algo así? Cuando Bernardo Soares las revela no aspira a reemplazarlas por otras, como correspondería a un disciplinado vanguardista que profesara el optimismo; a lo que aspira es a mostrar la impostura invencible de que estamos hechos, de que está hecha la cultura misma, una impostura que soy yo, que es sociedad, que es creación y que es limitación. Se trata de un artificio que nos salva de la naturaleza (menos mal) y que nos deja sumidos en un inconcreto malestar. El Libro adopta la forma de un diario sin fecha, un discurrir sin data y prácticamente sin ubicación, raptos de escritura, lascas del yo que se desprenden y que se adhieren al papel, trozos sin coherencia, como es la identidad misma del hombre moderno. Ese sujeto, ese sujeto ideal de la modernidad, se quiso emprendedor y constante a la vez, viajero y dotado de amarres firmes, individuo y parte de una colectividad. Una figura contemporánea de Soares, el Törless de Robert Musil, dejó de ser joven cuando admitió su error inmaduro: la búsqueda del fondo inmóvil del alma. Stephen Dedalus, el personaje de Joyce, creció cuando se sacudió las pertenencias irrevocables a que creía estar obligado. Son héroes coetáneos al de Pessoa, son muchachos que luchan por hacerse y por entenderse en un contexto lleno de ataduras y de atavismos, en un momento de crisis de la sociedad respetable del ochocientos. A Bernardo Soares lo adivinamos viejo, anímicamente viejo, alguien que parece haber aprendido bien las lecciones amargas de Törless o de Dedalus, pero alguien en quien ya no hay optimismo debelador o reformista, ni gesto audaz que pueda cambiar las cosas y de paso ennoblecer al héroe. Simplemente discurre, dejando impresiones parciales de sí, como si viviera en una permanente ensoñación: no es ni siquiera como el personaje de Proust, capaz de narrar torrencialmente a partir de una sugestión. Soares sólo vive como escribe, sin saber para qué y sin aguardar nada, ajeno a los embustes de la aventura, del esfuerzo y de la trascendencia religiosa o humanista. Precisemos todo lo anterior y extendámonos en algunos de sus recursos.

Como no podía ser de otro modo, el primer motivo que hallamos en el Libro es la escritura misma, el yo que se reconoce porque escribe. Se trata, según decíamos, de un yo fracturado, hecho de fragmentos. Es la del Libro una escritura fragmentaria en la que se expresa un alma troceada y en la que se confunden la palabra y la identidad y en donde el yo está propiamente roto. En la tradición cultural de Occidente hay distintas clases de fragmento. Tenemos, por ejemplo el fragmento de los presocráticos, el arqueológico, el cachito de un todo que podría reconstruirse. Tenemos también el fragmento al modo de Max Weber, otro contemporáneo de Pessoa: como conocer el entero no es posible, por la incapacidad humana, elegimos un punto, esquinado o no, desde el que observar. Tenemos, en tercer lugar, el fragmento que revela la ausencia de sistema, el propio del Libro del desasosiego, el propio de la literatura aforística: efectivamente, no hay sistema, tal como se reconoce en Nietzsche, en Benjamin y en el Adorno de Minima moralia o en Bernardo Soares. Como este último confiesa, “soy, en buen medida, la misma prosa que escribo. Me despliego en períodos y párrafos, me coloco puntuación”. Es decir, no escribe “más que fragmentos, trozos, extractos de lo inexistente”. Esto que anota son raptos sin trabazón, sin engrudo, diríamos, impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, palabras ligadas con las que va formando, poco a poco, su libro casual y meditado, según añade Soares. Esta clase de escritura supone el reconocimiento de que ya no se conoce el todo, de que ya no es posible el todo, de que ya no hay todo, sea éste mi identidad o el entero que presuntamente hay ahí fuera y que se me opone o del que yo mismo formaría parte. “¡Poder construir, levantar un Todo”, dice Soares con nostalgia de la totalidad congruente. Poder “componer una cosa que sea como un cuerpo humano, con perfecta correspondencia entre sus partes, y con una vida, una vida de congruencia y unidad, unificando la dispersión”. Nada de eso es ya posible. Por eso justamente quiere componer un diario, que es una amarga y serena revelación, este diario troceado y total que es el Libro. Para la sensibilidad moderna habría algo de monstruoso en todo ello.

Un interludio quizá sirva para explicarme mejor. Hablemos brevemente de lo monstruoso, de esa condició, y pongamos, entre otros posibles, el ejemplo del hombre-lobo. ¿Por qué produce instintiva repulsa? ¿Por qué es malo? Produce rechazo porque es el fruto insólito de una mordedura o de un apareamiento bestial, porque es un híbrido antinatural, compuesto informe; pero sobre todo porque su apariencia extraña, inaudita, parece revelar la perversidad de su alma averiada, sin interlocutor, sin observador. ¿A que se debería su ferocidad, esa ferocidad que, por ser hombre, es maldad? El licántropo es un humano monstruoso, desamparado, sin identidad definida ni estable, un humano que experimenta una metamorfosis con la luna llena, un ser que da aullidos de soledad provocando dolor gratuito. Es la suya una doble naturaleza, mitad hombre, mitad bestia, y eso, esa aleación incongruente, nos repugna, repugna el buen sentido y el orden de la creación –que dirían los clérigos--, la sensatez y la estabilidad previsible de las cosas. Esa disolución del yo y esa confusión entre partes incompatibles se viven dolorosamente por los monstruos y el daños que los lacera es mayor porque no hay escritura o palabras que suturen o cautericen. Se viven como monstruos no sólo por su aspecto fiero, tan temible, o por su desaliño indumentario, que pregona lo peor, por su personalidad troceada. Se sienten como tales por carecer de una escritura propia con la que relatarse a sí mismos o por no contar con alguien amistoso a quien confesarse. Las memorias o las autobiografías o la revelación ante un interlocutor retienen la identidad varia dando asiento a lo que originariamente es simultáneo e incongruente. La escritura, la voz confesional, es así una suerte de operación ficticia y apaciguadora. Nos repara, da argamasa a lo disperso y fija lo que pudo ser monstruosamente distinto. Son las palabras propias o ajenas aquello con lo que revestimos esa identidad fracturadas y dividida que es la nuestra, el orden verbal que nos permite representarnos sellando partes y cachitos del yo.
El diario, el Libro, es una reflexión emprendida después del nihilismo, la reflexión sobre la pluralidad de las vidas sin fundamento que nos acaecen, sobre la existencia sin razón, sin justificación

El diario de Soares no tiene unidad ni fechas, rompiendo la convención de la datación, como si su escritura fuera un cuerpo troceado cuya composición ignoramos y por eso es de imposible compostura, un cuerpo sin centro, sin cerebro que rige. Así, pregona, “narro indiferentemente mi autobiografía sin acontecimientos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones”, añade adoptando el género de san Agustín y de Rousseau, “y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo que decir”, dado que no hay nada, que no soy nada, que no espero nada. Aceptar que las cosas están así y que de ellas se va a escribir no significa hacerlo de cualquier manera: dice escribir su “literatura como escribo mis asientos –con cuidado e indiferencia”, con el cuidado y la indiferencia del escribiente abnegado y ajeno. ¿Lo leerá alguien? “¿Qué me importa que nadie lea lo que escribo? Lo escribo para distraerme de vivir”, admite resignadamente. Por eso, el diario, el Libro, es una reflexión emprendida después del nihilismo, la reflexión sobre la pluralidad de las vidas sin fundamento que nos acaecen, sobre la existencia sin razón, sin justificación. Así, Pessoa-Soares aparece como contemporáneo de Nietzsche o de Heidegger: pregona la vida sin Dios ni humanidad sustitutiva, sin fe, simplemente navegando a la deriva. O como dice de manera expresa: “Quedamos, pues, entregados cada uno a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos hallamos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos”.

¿Cómo podría emprenderse grandes aventuras si no hay puerto ni fin? No se trata de cambiar el destino, no se trata de “pasar de los fantasmas de la fe a los espectros de la razón”. Hacerlo no sería más que un traslado de celda, admite. Por eso, vive siempre en el presente inaprensible y desesperanzado, en un presente local y sedentario. Pero esa falta de esperanza no es una carencia o una nostalgia que curar, como los religiosos creerían, sino un dato exacto de la experiencia después del nihilismo. “Siempre seré de la Rua dos Douradores, como el resto de la humanidad. Siempre seré, en verso o en prosa, un oficinista. Siempre seré, en lo místico y en lo no místico, local y sumiso, esclavo de mis sensaciones y del momento de tenerlas”. Se trata, pues, de vivir sin trascendencia alguna que me sobrepase y me justifique en el futuro (Dios o la humanidad), y sin nostalgia del pasado perdido. De hecho, “mi pasado es todo aquello que no conseguí ser”, mucho más dilatado, más amplio, más variado de lo que permite esta vida concreta, ordinaria, que “es rápida y triste”, que es siempre alicorta. Por eso, mi vida es ésta, pero es también aquellas otras que no fui, aquellas otras que descarté o que la suerte me impidió seguir. Vivir, así, es recorrer un existencia concreta, pero es también experimentar, sentir, fantasear una existencia conjetural y ancha. Soy un oficinista, un ayudante de tenedor de libros que alberga otras vidas: como el Bartleby, de Melville, como el propio Kafka, empleado en una compañía de seguros, le diríamos a Soares.

“Todos nosotros, que soñamos y pensamos, somos ayudantes de tenedor de libros en un almacén de paños, cualquier tipo de paño, en una Baixa cualquiera. Escrituramos y perdemos; sumamos y pasamos; cerramos el balance y el saldo invisible es siempre en contra nuestra”. Por eso, cualquiera de nosotros puede llegar a sentirse como un insecto, como la mosca que Soares se siente sin dejar de ser oficinista, como el viajante Gregor Samsa del que Pessoa no habla: “Y me sentí un alma de mosca, me dormí mosca, me sentí encerrado como mosca. Y el mayor de los horrores es que al mismo tiempo me sentí yo”. Ahora bien, se puede ser modesto, y pensar y soñar grandemente. ¿Cuáles son los dones del destino?, dicho así exagerada, pomposamente. “Dos únicas cosas me dio el destino: unos libros de contabilidad y el don de soñar”. A la postre, “puedo imaginarlo [e imaginarme] todo, porque no soy nada”. En efecto, “pienso muchas veces cómo sería yo si, resguardado del viento de la suerte por el biombo de la riqueza, nunca hubiera acabado, de la mano moral de mi tío, en una oficina de Lisboa, ni hubiera ido ascendiendo de ella a otras hasta llegar a esta cumbre barata de buen tenedor de libros”. Porque “todo lo que hacemos, en el arte o en la vida” es la copia imperfecta de aquello que pensábamos hacer. No sabemos “si hubo otros seres que fuimos, cuya mayor perfección sentimos hoy, en la sombra que de ellos somos, de una manera incompleta”. Por eso, “continuamente siento que fui otro, que sentí como otro, que pensé como otro”. Por eso, exclama: ”Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es esa pausa que hay entre mí y mí?”. La respuesta no puede ser otra que la de admitir que “la propia vida es una perpetua dispersión”, una continua multiplicación. “Creé en mí varias personalidades”, pero no son sucesivas, sino que “vivo todas aquellas vidas domésticas al mismo tiempo”, porque “mi alma es una orquesta oculta” y “sólo me conozco como sinfonía”, porque “cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una multiplicidad de sí mismos” y “en la inmensa colonia de nuestro ser hay gente de especies muy diversas, pensando y sintiendo de forma diferente”. Cuando Soares dice eso alude, claro, a la heteronimia de Pessoa, a esa malformación del alma que la fractura y la multiplica hasta hacer convivir simultáneamente las personalidades que la habitan. Esa dispersión quizá sea patológica, pero en todo caso es la vivencia extrema del hombre moderno que ve fracturarse uno de sus aprioris más firmes, la identidad continua, la de la estabilidad psíquica. Es decir, Pessoa-Soares da forma y expresión a un descubrimiento de nuestro tiempo.
Pero ahora, en nuestro tiempo, en el tiempo de Pessoa, ya no hay geografía por descubrir ni territorio virgen que colonizar ni tampoco es fácil de identificar a los héroes de una pieza con quienes aspiramos a codearnos cazando fieras. La aventura así concebida fue sobre todo propia de una época lejana, de un mundo que hemos perdido y que ya no es el nuestro

Pero esa revelación no es inocua, sino que a su portador le produce ese malestar inespecífico a que antes aludía: el desasosiego, una incompetencia para vivir industriosa y activamente, pero también el aburrimiento de la vida después de la muerte de Dios y de la crisis de los sistemas. Por eso, la autodefinición de Pessoa-Soares es la del extranjero, la del espía, la del extraño, cosa que trató amplia y finamente Robert Bréchon en su biografía del escritor lusitano. Hecho a sí mismo sin molde y sin identidad fija, sin dependencias, sin pertenencias, pero también sin afectos. “Todos me tenían por pariente: ninguno sabía”, apostilla Soares, “que me habían cambiado en la cuna”, como en la novela familiar del neurótico freudiano. Ni padre ni madre, muertos tempranamente y a los que ya no recuerdo, una vida fría, postiza, aquejada de “la saudade del otro que yo podía haber sido”, es decir, una vida contingente, finita, sin razón, “como una venta donde tengo que esperar hasta que llegue la diligencia del abismo”. Por eso, lo único que cabe hacer son dos cosas. La primera es dejarse llevar, “que la vida sea una convalecencia, sin moverse”; la segunda es contradecir todo propósito, porque vivir es ser otro. Si todo carece de sentido, si somos “esfinges falsas y no sabemos lo que realmente somos”, a qué trazarse metas, identidad y continuidad; hay que contrariar lo que uno desea, espera o ambiciona, sentir en el “alma un poco de veneno, de desasosiego y de inquietud”. Desasosiego: algunas veces lo llama así, y otras lo llama “tedio absoluto y completo” o “náusea física”, la náusea que se experimenta bajo esa lluvia permanente lisboeta que todo lo humedece en Libro. Pero, en fin, ¿qué es el tedio? “Unos llaman tedio a lo que no es más que aburrimiento; otros, a lo que sólo es malestar; otros aún dicen tedio queriendo decir cansancio”. A la suma de todo ello (el tedio, como consecuencia del aburrimiento, más el malestar y el cansancio) lo llamamos desasosiego y es a la vez el descubrimiento de que “en todo esto –cielo, tierra, mundo--, lo que hay en todo esto no es otra cosa que yo mismo”.

Hablamos, pues, de un yo aquejado de un solipsismo incurable. “La única realidad para cada uno es su propia alma, y el resto –el mundo exterior y los otros—una pesadilla antiestética”. Soledad, tristeza y tranquilidad son las afecciones del alma, del alma de este individuo, las de un individuo sometido “al destino cotidiano, al sueño inútil, a la esperanza sin vestigios”. Por eso, “toda la vida del alma humana es un movimiento en la penumbra. Vivimos en medio de un crepúsculo de la conciencia, nunca seguros de lo que somos o de los que creemos ser”. La única realidad, así, sería el sueño, esa ensoñación que nos permite sólo vislumbrar aproximadamente, sin certezas. Pero, atención, que eso sea así no significa que se esté amputado, que se esté impedido para la vida; no significa que hay otra vida más auténtica y que está ahí fuera. “La superioridad del soñador [frente al hombre de acción] consiste en que soñar es mucho más práctico que vivir, y en que el soñador extrae de la vida un placer mucho mayor y mucho más variado que el hombre de acción”, porque las experiencias externas, presuntamente reales y diferentes, del hombre de acción siempre serán magras, escasas y repetitivas, frente a las dimensiones de esas experiencias interiores que se multiplican dentro del sedentario móvil. “La experiencia directa es el subterfugio, o el escondrijo, de quienes carecen de imaginación. Leyendo los riesgos que corrió el cazador de tigres [el arquetipo del hombre de acción] sé ya cuanto sobre riesgos vale la pena saber”.

Como antes indicábamos, hay un lugar común que consiste en creer que la aventura se da siempre fuera, que los riesgos y los peligros que voluntariamente queremos correr se dan en otras geografías y que es allí en donde se ponen a prueba y triunfan los caracteres fuertes. Pero ahora, en nuestro tiempo, en el tiempo de Pessoa, ya no hay geografía por descubrir ni territorio virgen que colonizar ni tampoco es fácil de identificar a los héroes de una pieza con quienes aspiramos a codearnos cazando fieras. La aventura así concebida fue sobre todo propia de una época lejana, de un mundo que hemos perdido y que ya no es el nuestro. Era la aventura como formación del alma, como modo de curtir el espíritu, como experiencia que tonifica la voluntad, es el arrojo, el coraje ante lo desconocido y que, de entrada, nos sobrepasa. Pero, claro, esa idea o esa meta ya no son propias de nuestro mundo, demasiado folletinescas, demasiado decimonónicas, consoladoras, idea y meta que componían un final ortopédicamente feliz. El narrador de Pessoa no confía en todo ello: no cree posible ir demasiado lejos, no emprende viajes intercontinentales o transoceánicos para probarse, para aventurarse. El personaje de Pessoa es ordinario, un individuo con cobardías, con renuncias, con resignaciones y mansedumbres a las que se enfrenta torpemente, héroe cotidiano de interior que no sabe con qué cuenta y lo que le deparará el destino. Bueno, sí, la muerte. Por eso, “nunca tuve una verdadera preocupación salvo mi vida interior”. “Mejores, y más felices, aquellos que, reconociendo la ficción de todo, hacen la novela antes de que se la hagan”, una novela que edifica “un mundo falso”, repleto, abarrotado, en el que moran “figuras que viven, y son constantes y están vivas, en mi vida interior. Tengo un mundo de amigos dentro de mí, con vidas propias, reales, definidas e imperfectas”. Son viajeros a su modo, “transeúntes eternos a través de nosotros mismos”, puesto que no hay paisajes sino el paisaje que nosotros somos”, puesto que “el universo no es mío: soy yo”. A Soares le agrada la palabra y le sirve para describir a aquellos que lo habitan y para definirse a sí mismo. “Transeúnte de todo –hasta de mi propia alma--, no pertenezco a nada, no deseo nada, no soy nada”. Ni siquiera el cuerpo en el que estamos, “porque nuestro propio cuerpo pasa y se transforma, porque nosotros no poseemos nuestro cuerpo (poseemos únicamente nuestra sensación de él)”.

Si así es la vida y así está su vida, a falta de otros estímulos, la literatura acaba siendo lo único que justifica la existencia del escribiente silencioso, aquello que se opone a la existencia, que corrige o reemplaza la existencia: la palabra y la imaginación añaden o conservan y dan la “permanencia que la vida celular no permite”. Por tanto, el arte verbal, por ejemplo, parece ser lo único que vale la pena para este descreído, justamente por ser la quintaesencia del artificio, de la impostura, lo único que amplía la cosa, lo único que prolonga aquello que la finitud remata. Por eso, “considerarla [la cosa] cada vez de un modo diferente equivale a renovarla, a multiplicarla por sí misma”. Por eso, “quiero ser una obra de arte, del alma por lo menos, ya que del cuerpo no puedo serlo”. Resuena aquí el Nietzsche creador: el arte será así el artificio de sí mismo, pero de un sí mismo, de un yo, que no sabemos si “existe realmente o no es más que un concepto estético y falso que yo hice de mí mismo”. El prodigio verbal que se materializa en las novelas, por ejemplo, no es acción ni es experiencia directa, como aspira el cazador de fieras, sino que es “negación de la vida”, objetivación de sueños y recreación de lo propio. “El amor, el sueño, las drogas y sustancias intoxicantes, son formas elementales del arte, o mejor, de producir sus mismos efectos”. De un lado, esos narcóticos expresan “lo que no tiene” el artista; de otro, expresan “lo que le sobró de lo que tuvo” aquel artista. Las novelas son siempre, pues, corrección y “lo que de ellas queda son eso, palabras. ¿Por qué no serán esas figuras extrahumanas verdaderamente reales?” Al final, se confiesa: “he reparado muchas veces”, dice nuestro narrador, “en que algunos personajes de novela llegan a tener para nosotros una importancia que nunca podrían alcanzar los que no son nuestros conocidos y amigos, los que hablan con nosotros y nos oyen en la vida visible y real”. Por tanto, la pregunta de por qué no se hacen reales esos personajes carece en el fondo de sentido: yo mismo y los que moran dentro de mí no somos más reales ni perduramos más.

Vivamos, pues, aguardando la muerte sin desgarro ni esperanza. “Vivir una vida desapasionada y culta, al relente de las ideas, leyendo, soñando, y pensando en escribir, una vida suficientemente lenta como para estar siempre al borde del tedio”. Porque todo, absolutamente todo, es a la postre inútil, la lectura, la escritura y nada nos salvará de nosotros mismos y de la irrelevante amenaza que es morir. En efecto, nuestra existencia carece de fundamento, de necesidad y sólo es contingencia, fin, muerte, desaparición. “Mañana yo también desapareceré de la Rua da Prata, de la Rua dos Douradores, de la Rua dos Fanqueiros. Mañana también yo –el alma que siente y piensa, el universo que soy para mí mismo--, mañana, sí, yo también seré el que dejo de pasar por estas calles, aquel a quien otros evocarán con un ‘¿qué habrá sido de él?’. Y todo cuanto hago, todo cuanto siento, todo cuanto vivo, no será más que un transeúnte de menos en la cotidianidad de las calles de una ciudad cualquiera”. Punto final.


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