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lunes, 26 de marzo de 2007
Lvov, de Józef Wittlin
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[4774] Comentarios[0]
Mi Lvov de Józef Wittlin es lectura decididamente recomendable para los espíritus melancólicos, para los amantes de la historia y de lo que fue el Imperio Austro-húngaro, para quienes deseen viajar sin moverse de su butacón predi

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Juan Antonio González Fuentes

Algunas personas hemos nacido para vivir en lo pequeño, en la monótona cotidianeidad sabida y casi polvorienta de las calles pequeñas, sombrías y tristonas de las ciudades viejas y atávicas. Generalmente somos personas tocadas por lo que el poeta decimonónico santanderino Amós de Escalante definió perfectamente en un precioso endecasílabo: “Musa del septentrión, melancolía”. Sí, somos melancólicos, estamos tocados por un spleen que recorre los pliegues breves de nuestras almas y que necesita de los límites físicos y consabidos de un escenario permanente, casi inmutable, en el que todos los actores conocen de memoria su cometido y lo llevan a cabo con la mansedumbre que quien se intuye a sí mismo no de este mundo, y lleva dicha con cierta pesadumbre y a la vez con orgullo aristocrático y pasado de moda.

En las memorias de Luis Buñuel hay una párrafo en el que reconocí al cineasta aragonés como “uno de los nuestros”. Le preguntaron en cierta ocasión si no había sentido deseos alocados de viajar sin parar por países exóticos y maravillosos, así como la India, y el director contestó con un rotundo e inequívoco NO. Cuando le pidieron una explicación, dio una que creo resume perfectamente bien lo que quiero decir. Buñuel aseguró que no le gustaban los lugares en los que no sabría qué hacer ni dónde estar a una hora determinada. ¿Qué haría él en Bombay o Calcuta a las nueve de la noche, por ejemplo? No saberlo le desasosegaba y le molestaba profundamente. Sin embargo, sabía perfectamente qué haría a esa misma hora en Nueva York: tomarse una copa en no recuerdo qué bar de no sé que esquina de no sé que calle. Esa seguridad le reconfortaba.


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Józef Wittlin: Mi Lvov (Pre-Terxtos, 2006)


A mí me sucede lo mismo, así somos los melancólicos. No es que no sintamos dentro el pellizco de la aventura, es que hallamos la aventura en el día a día, en tomar la consabida copa o café en el local de siempre, donde sabemos quién estará, qué dirá, cómo nos servirá. Somos adictos exploradores de la monotonía.


Quien se haya reconocido de alguna manera en lo dicho hasta aquí, encontrará deliciosa la lectura del libro del escritor y poeta polaco Józef Wittlin (1896-1976) Mi Lvov (Pre-Textos, 2006), que ahora propongo. Wittlin nació en Galitzia cuando esta región fronteriza aún formaba parte del Imperio Austro-hungaro. Estudió en la Universidad de Viena, completando sus estudios en el Teatro Municipal de Lodz. Miembro del Pen Club de Varsovia, pasó muchos años en Italia, emigrando al final a los EE.UU en 1941, dónde la American Academy of Arts and Letters le concedió su premio literario en 1943. Amigo del gran narrador Joseph Roth, Wittlin recreó en la que podría considerarse su obra maestra, la novela La sal de la tierra (1935), el finis Austriae justo anterior a la Primera Guerra Mundial. Jozef Wittlin murió en la ciudad de Nueva York en 1976.

Como el título del libro indica, Wittlin rememora en Mi Lvov su vida de infancia y primera juventud en la entonces ciudad polaca, hoy ucraniana, cuando era la capital de Galitzia. Lvov (Leópolis o L’viv, en ucraniano) se fundó hacia 1250, y muy pronto se transformó en un importante centro comercial. Fue conquistada por los polacos en 1340, quedando bajo su poder prácticamente sin interrupciones hasta 1772, año en el que pasó a formar parte del Imperio Austro-húngaro convertida en capital de la importante provincia de Galitzia. Durante la I Guerra Mundial la ciudad fue escenario de sangrientas batallas, siendo al término de la contienda anexionada a la nueva Polonia. Sin embargo las tropas soviéticas la ocuparon en 1939 al dar comienzo la II Guerra Mundial, sufriendo casi de inmediato la llegada del ejército alemán, quien la ocupó durante el periodo 1941-44. Al terminar la guerra, Polonia cedió la ciudad a la URSS, pasando así a formar parte de la República Socialista Soviética de Ucrania. La población polaca fue expulsada entonces, yendo a parar casi toda a la antigua ciudad alemana de Breslavia, y los ucranianos la repoblaron con sus propios efectivos. Hoy es una de la ciudades más hermosas e importantes de Ucrania.

Lvov en el siglo XX antes de la Gran Guerra. Ese es el escenario cotidiano por el que Wittlin deambula con su memoria e imaginación recordando cómo era la vida entonces en aquella hermosa, adormecida, confusa y decadente ciudad austro-húngara. Wittlin devuelve a la vida en el papel los cafés, las calles, las iglesias, los jardines, las estatuas, los comercios, los olores, los teatros, las escuelas..., y a los personajes y tipos más singulares que tenían las calles de Lvov como escenario único de su deambular vital.

Libro melancólico, hermoso, triste y alegre a la vez. Lectura breve y hermosa, destinada a anidar para siempre en el corazón de los que profesen la melancolía, el spleen dulce y enfermizo de la existencia. Lectura decididamente recomendable para los espíritus melancólicos, para los amantes de la historia y de lo que fue el Imperio Austro-húngaro, para quienes deseen viajar con intensiad sin moverse de su butacón predilecto. Y si además de lo dicho tenemos muy en cuenta que Lvov también es la ciudad de Stanislaw Lem, de mi último descubrimiento literario, Adam Zagajewski, del pianista Emanuel Ax, del músico Doppler, del actor Paul Muni, del caza nazis Simon Wiesenthal..., y de tantos y tantos otros personajes interesantísimos, pues la verdad es que encontramos múltiples razones no sólo para leer el libro de Wittlin, sino también para dejar los asientos y viajar hasta Ucrania.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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