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Nancy Mitford: "Amor en clima frío" (Libros del Asteroide, 2006)

Nancy Mitford: "Amor en clima frío" (Libros del Asteroide, 2006)

    AUTOR
Nancy Mitford

    GÉNERO
Novela

    TÍTULO
Amor en clima frío

    OTROS DATOS
Traducción de Miguel Martínez-Lage. Barcelona, 2006. 336 páginas. 18,95 €

    EDITORIAL
Libros del Asteroide



Nancy Mitford: "A la caza del amor" (Libros del Asteroide, 2005)

Nancy Mitford: "A la caza del amor" (Libros del Asteroide, 2005)

Nancy Mitford (1904-1973)

Nancy Mitford (1904-1973)


Reseñas de libros/Ficción
Nancy Mitford: "Amor en clima frío" (Libros del Asteroide, 2006)
Por Juan Antonio González Fuentes, martes, 03 de octubre de 2006
¿Les suenan a ustedes de algo las hermanas Mitford? Si no fuera así, lo que por otra parte no tendría nada de particular, les recomiendo que se acerquen, por ejemplo, a un delicioso trabajo que sobre ellas escribió Annick Le Floc’hmoan (Ces extravagantes soeurs Mitford), y que fue publicado en español por la editorial barcelonesa Circe en el año 2003, con el menos sugerente título de Las hermanas Mitford.
Las atractivas Mitford, es decir, Unity, Diana, Pamela, Jessica, Deborah, Nancy y Tom (la única hermana que en realidad era hermano, y que como tal murió en Birmania, en 1945, sirviendo en el ejército británico), eran las hijas del matrimonio formado por Lord Redesdale (David Mitford, 1878-1958) y Sydney Bowles, quienes celebraron su boda el 6 de febrero de 1904, con lo que queda más o menos precisado el contexto histórico en el que vamos a desenvolvernos de ahora en adelante.

El matrimonio y sus descendientes pertenecían a la más rancia aristocracia rural inglesa, situándose su cuna en el absolutamente apabullante castillo de Batsford, en Gloucestershire, y entre sus parientes más directos figuraban los Churchill, familia del duque de Marlborouhg.

Para poder calibrar con exactitud el acierto del adjetivo excéntrico aplicado a todos y cada uno de los miembros de la extensa familia Mitford, no basta con aportar datos como que la mitad de las hermanas fueron prolíficas escritoras (algo bastante poco frecuente entre las féminas de su época y clase social), o que varias simpatizaron abiertamente con el nazismo, llegando a codearse con el mismísimo Hitler o a casarse con el cabeza visible del nazismo británico, como fue el caso de Diana Mitford (1910-2003) al enamorarse y emparejarse con el ínclito Sir Oswald Mosley.
Las dos novelas tienen mucho de autobiografía. En ellas aparecen elementos y personajes muy reconocibles en la propia vida de Nancy Mitford, empezando por sus propios padres, hermanas y hermano, y demás parientes y amigos del complejo y abundante entorno familiar

Pero reconozcamos que ser una mujer atractiva y de buena familia, publicar algunos libros, y en algún que otro caso ser filonazi, quizá no debería conducirnos directamente a calificar de excéntrica a la dueña o dueñas de tales condicionantes. No, para entender la justa y proporcionada aplicación del calificativo “excéntrico” a los Mitford (hombres y mujeres juntos y revueltos), hay que acudir directamente a la lectura de sus varias biografías particulares o de conjunto o, si se prefiere, leer dos novelas construidas con muchísimos elementos autobiográficos: A la caza del amor (1945) y Amor en clima frío (1949), ambas escritas por la escasamente nacionalsocialista Nancy Mitford (1904-1973), y ambas publicadas en español por la editorial barcelonesa Libros del Asterioide, con apenas un año de diferencia.

Ya ha quedado dicho que las dos novelas tienen mucho de autobiografía. En ellas aparecen elementos y personajes muy reconocibles en la propia vida de Nancy Mitford, empezando por sus propios padres, hermanas y hermano, y demás parientes y amigos del complejo y abundante entorno familiar. Pero es que además, los escenarios, los decorados, el atrezzo de sendas historias (la segunda puede leerse como prolongación de la primera), están cincelados por la autora empleando sutiles y ácidas palabras literarias, teniendo permanentemente presentes para ello en su memoria, los muy precisos originales conocidos y vividos a lo largo de sus casi cinco primeras décadas de existencia.

De ahí que además de su propia familia y seres adyacentes, por las dos novelas discurran en fascinante maridaje, los colores, las luces y las sombras que formaron en gran medida el contexto en el que se desarrolló la vida de Nancy: la verde campiña inglesa, mansiones envidiables, calles exclusivas de Londres, el Oxford más de postal ensoñada que podamos imaginar, jaurías de perros domésticos y manadas de relucientes caballos dispuestos a correr tras el zorro, sirvientes acostumbrados a los desatinos de los señores, arrendatarios hipócritas, propietarios que se pasaban la vida dormitando en sus clubes de Londres o cazando en sus tierras…
Si en A la caza del amor hay una cierta mirada condescendiente, e incluso por momentos dulcemente melancólica, sobre el mundo en el que la autora nació y creció y sobre sus pobladores, en las páginas de Amor en clima frío todo se ha transformado definitivamente, sin ambages, en frustración y ahogo, en patetismo y estupidez a raudales, en un lamento sin escapatoria y congelado

Todo este entramado familiar, paisajístico y espiritual, lo extiende Nancy Mitdord como si de un tupido e historiado tapiz se tratase, para hacer discurrir sobre él, por medio de negros trazos muy precisos y delicados de buena literatura, sus historias de amor, o mejor dicho, de búsqueda de un amor que redima en alguna posible medida unas existencias marcadas por el odio y la estolidez.

Ya lo insinuó el referente literario inexcusable de Nancy Mitford, Evelyn Waugh en su obra maestra Retorno a Brideshead: los miembros de las clases altas inglesas de la etapa de entreguerras, aquellas que aún vivían con el recuerdo refulgente del cruel y castrante esplendor de la época victoriana, estaban educados en el odio más brutal y demoledor, en el odio hacia sí mismos, en no aceptarse de forma natural, y en ejercer sobre sí entonces una violencia atroz para autocastigarse y acallarse, una violencia revestida siempre de templanza, buena educación, aburrimiento y la muy conocida flema británica.

Nancy Mitford describe en sus dos novelas esa particular situación: nadie es natural en las páginas de sus historias, nadie vive en aceptación de sí mismo, nadie trabaja en el desarrollo libre de su propia naturaleza, sino que muy por el contrario, todos parecen aceptar el papel que la sociedad y el entorno les han adjudicado siguiendo designios de raza, clase y tribu. Todos renuncian a la rebeldía al adquirir la madurez, y todos acaban aceptando la máscara que les violenta. La tragedia está asegurada, de cualquier modo, para los espíritus más libres y menos convencionales entre los persoanjes de la escritora inglesa.

Hay pocas formas de no sucumbir completa y sumisamente a esta especie de olla a presión rebosante de artificios vitales y convencionalismos sociales, que con matices sutiles ha descrito la Mitford: la huida hacia otras geografías menos asfixiantes; el ejercicio de la lúcida pero trágica ironía; abrir de vez en cuando una espita por la que dejar escapar parte de la presión cegadora (a esa espita, a menudo, la llamamos excentricidad); la búsqueda infatigable y a veces lánguida del amor…

Todo lo enunciado forma parte del esqueleto literario de las dos novelas de Nancy Mitford que hasta aquí hemos traído. Y ni que decir tiene que la autora dibuja, en los dos espléndidos trabajos, el camino del amor y su búsqueda como quizá el más acertado y valiente para escapar del odio a uno mismo, para esquivar la existencia artificial y sin argumento que se les plantea a los protagonistas de sus páginas, en especial a la omnisciente narradora.

Pero si en A la caza del amor, hay una cierta mirada condescendiente, e incluso por momentos dulcemente melancólica, sobre el mundo en el que la autora nació y creció y sobre sus pobladores, en las páginas de Amor en clima frío todo se ha transformado definitivamente, sin ambages, en frustración y ahogo, en patetismo y estupidez a raudales, en un lamento sin escapatoria y congelado. La presencia de estos elementos descorazonadores son los que, en definitiva, nutren el sustrato dramático de la novela y la dotan de un mayor peso incluso existencial, como si de una sentencia irrevocable se tratase.

Nancy Mitford nos ha dejado dos visiones satíricas de un mismo mundo, de su mundo, separadas por el término de la II Guerra Mundial. En la primera hay un punto de piedad, en la segunda ese punto se ha desvanecido, dejando todo el espacio al peso insondable de un veredicto. Y mientras, por allí revuela la esperanza desesperanzada del amor y su búsqueda, incluso en climas fríos.
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