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    AUTOR
Felipe Fernández-Armesto

    GÉNERO
Historia

    TÍTULO
Las Américas. Una historia hemisférica

    OTROS DATOS
Reseña de Antonio Sanz Trillo.
Traducción de Juan Manuel Ibeas. Barcelona, 2004. 269 páginas. 14.50 €


    EDITORIAL
Debate



Felipe Fernández-Armesto

Felipe Fernández-Armesto


Reseñas de libros/No ficción
¿Un continente, dos Américas?
Por Antonio Sanz Trillo, martes, 4 de enero de 2005
No es hasta el capítulo final cuando descubrimos el subtítulo del libro (Una historia hemisférica), que revela las intenciones del autor: abarcar todo el hemisferio. El lector que quiera introducirse en los contenidos de Las Américas debe quedar advertido; no estamos frente a un libro más de historia (de América), sino ante una síntesis histórica. Pero tampoco es una síntesis histórica al uso (por ejemplo, como la obra de Antonio Domínguez Ortiz, España. Tres milenios de Historia, Marcial Pons, Madrid, 2001). Felipe Fernández-Armesto ha creado una atmósfera omnicomprensiva, en la que el ser humano interactúa con su entorno, y es precisamente las distintas maneras en la que los habitantes de las Américas han desarrollado respuestas lo que da pie al autor para establecer diferencias entre las regiones que conforman el continente americano.
En una reciente entrevista Neil Scott se refería a Fernández-Armesto como un “hombre del Renacimiento” porque era capaz de utilizar los conocimientos de varias disciplinas científicas para construir sus relatos. En efecto, en Las Américas se pone de manifiesto esa capacidad, que no era nueva para un autor cuya obra abarca asuntos tan dispares como los que reflejan algunos títulos: Introducción a la fotointerpretación (1999), Historia de la verdad y una guía para perplejos (1999), Civilizaciones: la lucha del hombre por controlar la naturaleza (2002), Ideas que cambiaron el mundo (2003) e Historia de la comida: alimentos, cocina y civilización (2004), entre otras escritas por este prolífico autor, Profesor de Historia y Geografía de la Universidad de Londres y miembro de la Facultad de Historia Moderna de la Universidad de Oxford.

El título -Las Américas- resume en sí mismo la tesis de Fernández-Armesto: no existe una sola América. Aunque entre los siglos XVI y XVIII se mantuvo un concepto unificador, la realidad mostraba un continente con una gran diversidad política y cultural. Un desarrollo distinto en los ámbitos de la economía (adaptación a las cambiantes condiciones de la economía global), la política (alto grado de estabilidad) y la sociedad (capacidad de organización de la sociedad civil) provocó que en los siglos XIX y XX se extendiera con éxito la doctrina del excepcionalismo norteamericano. Para el autor, esta adjetivación carece de lógica, aunque reconoce que, en el contexto de las Américas, los Estados Unidos son excepcionales precisamente por esos rasgos distintivos. No obstante, advierte que “la divergencia es o bien un episodio breve y no característico de una historia común, o bien un efecto predecible y contenible de la pluralidad esencial de un hemisferio siempre caracterizado por la diversidad, que a veces a favorecido a una región y otras veces a otra”.
En las Américas coloniales –al menos hasta el siglo XVIII- la supremacía del Sur respecto del Norte continuó vigente. Tal es así que la América anglosajona trató de imitar el modelo colonial español, uno de cuyos máximos exponentes fue la creación de centros urbanos complejos. Incluso en la religión hubo más puntos convergentes que diferencias

En los capítulos 2 y 3 el autor confirma que el “privilegio gringo es producto de la historia, no del destino”. En efecto, durante las épocas precolonial y colonial la “superioridad” estuvo en el Sur. En la época precolonial la civilización, o más correctamente, las civilizaciones surgieron en el sur del continente, y de ahí se extendieron hacia el Norte. La base de estas diferencias residía en factores medioambientales -que Fernández-Armesto ha desgranado en un ejercicio narrativo claro y conciso- que explican el por qué de la profusión de centros de civilización en Mesoamérica y en América del sur, cuando el continente había comenzado a ser poblado desde el Norte.

En las Américas coloniales –al menos hasta el siglo XVIII- la supremacía del Sur respecto del Norte continuó vigente. Tal es así que la América anglosajona trató de imitar el modelo colonial español, uno de cuyos máximos exponentes fue la creación de centros urbanos complejos. Incluso en la religión hubo más puntos convergentes que diferencias entre un tipo de colonización y otro debido, entre otras razones aducidas por el autor, por el deseo tanto de católicos como de protestantes de evangelizar en una época de grandes turbulencias religiosas en Europa.

El cambio en la imagen del mundo no fue la única aportación de las Américas al resto del mundo; el continente fue también el origen de una nueva visión del ser humano basada en el respeto de sus derechos y en la aplicación indiscriminada de los mismos, y contribuyó al surgimiento de nuevas tendencias de pensamiento político. Estas aportaciones no fueron las únicas, no obstante permiten al autor incidir en la convergencia continental durante la época colonial. Además, esta convergencia se produjo también hacia dentro, y Fernández-Armesto ha recurrido para explicarla a los ejemplos de la crisis demográfica que supuso la colonización y al desarrollo del comercio intraamericano.
El último capítulo es de la esperanza para América Latina de alcanzar a su vecino del Norte. A pesar de las frustraciones del pasado, Fernández-Armesto concluye con la explicación de una serie de factores que a su juicio son coincidentes con los que hicieron posible el despegue de Estados Unidos

En el capítulo dedicado a la época de la Independencia nos interesa destacar el resultado de los procesos revolucionarios que acabaron con los imperios británico y español, fundamentalmente. El autor expone comparativamente ambos procesos, sus puntos coincidentes –más numerosos- y sus diferencias. Como señala en la p. 136 “(…) las revoluciones se pueden ver como la última gran experiencia común americana”. Mientras que en la América española reinó el caos, el empobrecimiento y la sumisión al militarismo más reaccionario, en el Norte surgió un país fuerte y próspero económicamente, si bien la cohesión tuvo que esperar el desenlace de una guerra civil.

El siglo XIX fue el del cambio de supremacía; a partir de entonces Estados Unidos pasó a ser la potencia hemisférica en los ámbitos económico, militar, educativo, artístico e incluso político, pues la democracia norteamericana, a pesar de sus defectos, era impracticable en la mayor parte de América Latina. Para Fernández-Armesto una de los factores que más contribuyó a este desarrollo desigual fue la industrialización, impulsada por el librecomercio. El gran pecado de América Latina consistió en no haber sido capaz de avanzar al mismo ritmo, y en consecuencia, haber permanecido como meros productores de materias primas. No obstante, el autor rebate algunos estereotipos para afirmar que la historia de las Américas en el siglo XIX no fue tan diferente.

El capítulo 6 está dedicado al siglo XX, caracterizado por el predominio hegemónico de Estados Unidos sobre el continente. Una supremacía que se tradujo en una estrategia de acciones directas e indirectas con el objetivo, primero, de alejar a los europeos, y después de los dos conflictos mundiales, de enfrentar la amenaza comunista de la Unión Soviética. Para finalmente considerar la incorporación de América Latina en el nuevo orden mundial. Obviamente, por las fecha en la que fue ultimado el libro el autor no se refiere a los cambios en el plano internacional tras los sucesos del 11-S, pero sí que ha dejado una premonición al afirmar que ese nuevo orden “requería los servicios de Estados Unidos como policía global, obligó o animó a nuevas intervenciones y pareció anunciar un nuevo periodo de injerencias americanas aún más amplias e incisivas”. Precisamente este capítulo esconde cierta dificultad para el lector, si no está ciertamente avezado en los avatares de la política exterior de Estados Unidos durante el siglo XX. No obstante, contiene claves que dan una idea muy aproximada de lo que sucedió y el papel de América Latina en la estrategia norteamericana. Fernández-Armesto ha realizado un interesante ejercicio intelectual al contraponer la influencia de Estados Unidos y de su cultura a la creciente presencia de inmigrantes de habla española que “formarán un grupo de presión a favor de una colaboración pancontinental más estrecha”.

El último capítulo (7) es de la esperanza para América Latina de alcanzar a su vecino del Norte. A pesar de las frustraciones del pasado, Fernández-Armesto concluye con la explicación de una serie de factores que a su juicio son coincidentes con los que hicieron posible el despegue de Estados Unidos: unos cambios demográficos favorables, disponer de recursos naturales subexplotados y el aumento de las oportunidades económicas. Cierra el libro un ensayo bibliográfico en el que el autor ha identificado los textos que él ha considerado como los más importantes sobre las cuestiones que ha planteado.

Las Américas constituye una obra de referencia para los que pretendan encontrar una reflexión original sobre la evolución del continente americano y las razones fundamentales por las que se pasó de un predominio del Sur a la supremacía del Norte. Y probablemente lo más interesante, ofrece al lector pautas para profundizar en los contenidos y lanza constantemente elementos para la discusión acerca del presente y el futuro de América Latina.
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