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Profesor del Colegio de Altos Estudios Estratégicos del <br>Ministerio de la Defensa Nacional de El Salvador

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Plano de la zona

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Oscar Arias

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Federido Trillo

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Tropas de EE.UU. antes de abandonar Diwaniya

Tropas de EE.UU. antes de abandonar Diwaniya


Tribuna/Tribuna internacional
¿Qué hacen en Irak los soldados centroamericanos?
Por Napoleón Campos, martes, 13 de enero de 2004
Los pueblos y gobiernos de las naciones centroamericanas respaldaron a Estados Unidos en el inicio de su ofensiva anti-terrorista después del 11-S con el descabezamiento de Al Qaeda y los talibanes en Afganistán. Con un 15 por ciento de la población centroamericana en Estados Unidos, los ataques los sentimos como si hubiesen sido contra nosotros mismos. Varias decenas de centroamericanos, la mayoría humildes trabajadores migratorios, murieron o fueron heridos por los ataques terroristas en Nueva York y Washington. Una ciudadana salvadoreña, dedicada al transporte personal de remesas, viajaba en el segundo avión secuestrado dirigido contra las Torres Gemelas.
Sin embargo, cuando en el horizonte de esta ofensiva emergió el capítulo de Irak, a mediados del 2002, el consenso político y ciudadano pro-estadounidense comenzó a resquebrajarse, y se rompió completamente cuando el presidente español José María Aznar reiteró a sus colegas centroamericanos en la cumbre de julio en San Salvador la solicitud que previamente el presidente Bush hizo de enviar tropas a Irak.

LAS PRESIONES PARA EL ENVIO DE TROPA

A pesar del fin de la Guerra Fría, la política exterior centroamericana ha seguido atada a la visión del mundo de Washington. No obstante, con Bill Clinton se experimentó una era de relativo respeto y concordia. Primero, Clinton desmontó las bases militares que Ronald Reagan instaló en Honduras para asediar a la Nicaragua Sandinista y a la guerrilla de El Salvador, luego aportó importantes recursos para la reconstrucción pos-bélica, y fue sumamente generoso en ayuda directa tras el huracán Mitch de 1998, que complementó con una amplia amnistía a los emigrantes ilegales centroamericanos.

La España democrática, por su lado, ha recorrido en América Central un tortuoso camino que se inició con el incendio que los militares guatemaltecos hicieran de su representación diplomática en enero de 1980. Bajo el gobierno del PSOE y con la entrada a la Comunidad Europea, la colaboración de España en la resolución de los conflictos fue siendo más perceptible. La cima, a mi juicio, fue alcanzada al ser firmados los acuerdos de paz de Guatemala en Madrid en diciembre de 1996.

El Príncipe Felipe fue el representante extranjero de más alto rango que visitó las zonas más devastadas por Mitch, pocos días después de la catástrofe, y las Infantas han visitado en varias ocasiones la región. Las inversiones españolas, a pesar de la calamidad, no sólo se mantuvieron sino que se incrementaron. Algunos académicos señalan que esta inversión de alrededor de 250 millones de euros equivale a menos del 5 por cien del total de la inversión española en América Latina y menos del 1 por cien de toda la inversión española de ultramar, pero en una región con altos niveles de pobreza, desempleo y emigración, esta proporción ha bastado para hacer positiva y perceptible la imagen de España.

La cumbre de las Azores produjo un giro importante en las relaciones de América Central con Estados Unidos y España. Las presiones para el envío de tropa fueron públicas y hechas sin ambigüedades, pero para los países centroamericanos cuyas huellas de sus propias guerras están frescas –y en más de un sentido las heridas no han sanado del todo-, el envío de tropas a Irak constituye, sin duda, una terrible perversión.

EL COMPROMISO MILITAR

La solicitud fue hecha a tres países continentales: El Salvador, Honduras y Nicaragua; y en el Caribe a República Dominicana quien en 1997 materializó su adhesión al proceso de integración centroamericano junto a Panamá y Belice.

Quedaron fuera del llamado Costa Rica, Panamá y Guatemala. Los dos primeros por carecer de fuerzas armadas: Costa Rica desde su guerra civil en 1948 y Panamá desde la invasión estadounidense que derrocó al general Noriega en 1989. Guatemala se salvó porque su proceso de paz no ha concluido y sigue bajo la observancia de la ONU. De hecho, la verificación internacional concluirá a finales del 2004.

En los países involucrados se produjo, y aún prosigue, un acalorado debate sobre el envío de tropa, decisión de los ejecutivos que fue aprobada en los parlamentos dominados por partidos de derecha y conservadores. En Nicaragua se argumentó –y no sin razón- que de las 135 minas anti-personales que existían al final del conflicto en 1990, el 40 por cien permanece sin desactivar. Por tanto, si de cumplir “las obligaciones internacionales” se trata, primero habría que cumplir “las obligaciones nacionales”. En República Dominicana, Bernardo Vega, ex-embajador dominicano en Washington, afirmó que los paralelismos entre la intervención de Estados Unidos en Dominicana en 1965 y la actual en Irak son “extraordinarios”.

El Premio Nóbel de la Paz, Oscar Arias, en un tono de alivio sostuvo que “a Costa Rica (su país) no le pueden pedir que mande soldados porque no tiene, gracias a Dios”. Pero, fue enfático al señalar que “Centroamérica no necesita enviar soldados a Irak...es una decisión equivocada”. En la línea de Arias, los sondeos de opinión pública señalan que entre 3 a 4 centroamericanos de cada 5 no aprobaban el envío de tropas a Irak.

Con todo, finalmente, El Salvador envió 370 efectivos, Honduras 366, Nicaragua 230 y Dominicana 302. Los presidentes centroamericanos aceptaron operar bajo mando español y polaco en el neurálgico entorno chiíta de Najaf. El folklore ha estado a la orden del día. En Honduras, por ejemplo, el batallón fue denominado Xatruch en recordación del caudillo hondureño de apellido catalán que comandó las tropas de su país que, junto a las del resto de la región, derrotaron al filibustero estadounidense William Walker quien, a mediados del siglo XIX, pretendió implantar un régimen esclavista desde Nicaragua.

Los centroamericanos arribaron a Najaf y Diwaniya en agosto. La bienvenida fue violentísima pues coincidió con el atentado que cobró la vida de decenas de chiítas al final de las oraciones un viernes en la mezquita sagrada de Najaf, entre quienes se encontraba el Ayatalloh Mohhamed Baquir-Al-Hakim quien había vuelto del exilio desde Irán. El 1º de octubre los soldados dominicanos tuvieron el primer intercambio de fuego, sin reportar bajas. El 3 de diciembre, los hondureños en esta misma zona fueron blanco de disparos de morteros, y un día después los dominicanos sufrieron un segundo ataque. A 16 de diciembre, no ha muerto ningún soldado centroamericano.

En realidad, no solamente para las facciones violentas de diferente signo, sino para los civiles iraquíes en una mayoría del 80 por ciento –como reveló la encuesta auspiciada por la Universidad de Oxford- desconfían de las fuerzas extranjeras. Un porcentaje lógico en una tierra que desde el siglo XIII, con el arribo de los mongoles, ha sufrido sucesivas ocupaciones desde el exterior.

En el ínterin, la nota disonante –que reveló una gravísima falta de seriedad y profesionalismo por el lado español- la puso el 27 de septiembre el ministro Federico Trillo, quien arengó en Najaf a las tropas salvadoreñas con un "¡Viva Honduras!" Los soldados respondieron con un tímido y desilusionado "¡Viva!", hasta que se dio cuenta del gravísimo error y les gritó "¡Viva El Salvador!" Esto ocurrió justo en el momento en que delegaciones de juristas de los dos países debatían en una sala especial de la Corte Internacional de Justicia de La Haya la reapertura de la delimitación fronteriza sobre la cual la Corte sentenció en 1992 para poner fin a las disputas que les llevaron a protagonizar la última guerra bi-nacional en América Central, la recordada “Guerra del Fútbol” en 1969.

PERSPECTIVAS SOMBRIAS

Yo comprendo que a los gobiernos a quienes les pidieron tropas no les quedaba otra alternativa. En Washington, y sobre todo en los círculos republicanos, una negativa centroamericana a enviar tropas habría complicado las negociaciones actuales de un Tratado de Libre Comercio (TLC) y de un acuerdo migratorio de mayor alcance a las amnistías y permisos laborales que se vienen prorrogando desde 1998.

Los actuales gobiernos ven en la inserción periférica con Estados Unidos la plataforma que lance a la región al mundo, sin importar que pueda ir en detrimento de sus lazos con el resto de América Latina, la Unión Europea y Asia. De hecho, la negociación del TLC ha tomado fuerza desde el fracaso de la cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Cancún, después de la cual Estados Unidos forzó a Guatemala y Costa Rica a romper con Brasil.

Ciertamente, el envío de tropas centroamericanas a Irak constituye un desafío a las posiciones pacifistas de México y Chile, miembros alternos del Consejo de Seguridad de la ONU, y del mismo Brasil quien se ha opuesto a que se prolongue una ocupación extranjera en Irak que fracasó en descubrir las armas de destrucción masiva, principal argumento para la invasión, y que ha costado la vida por ahora a 15 mil civiles iraquíes.

Por otra parte, las remesas originadas en Estados Unidos constituyen los salvavidas en los que flotan las economías de la región. Su impacto para detener la pobreza, sostener las reservas internacionales y la derrama económica en los servicios telefónicos y aéreos es impresionante. Poner en riesgo a los ya amnistiados –y la legalización de más ilegales- constituiría ciertamente un detonante explosivo para la región centroamericana.

En ese sentido, hay una ansiedad en los gobiernos porque ambos acuerdos se materialicen antes de que Bush se someta al escrutinio electoral en noviembre, el cual, según las encuestas del segundo semestre de 2003, Bush podría perder.

Para España, existe el riesgo de que su robusta imagen en América Central pueda irse debilitando a medida que la situación en Irak se conduzca hacia un pantano, y se proyecte hacia el mundo el escenario del 2 de diciembre, cuando el presidente Aznar y su partido se quedaron solos en el parlamento, y también en la calle, ante una creciente mayoría de ciudadanos españoles que reclaman el retorno de sus tropas, conmovidos por la muerte de los siete oficiales de inteligencia.

La noticia relativa a que dos de estos oficiales españoles eran los principales proveedores de información para las tropas en Najaf, ha generado un desconcierto mayor en la opinión pública centroamericana que no ha percibido en la Resolución 1511 del Consejo de Seguridad ni en la Conferencia de Donantes de Madrid el norte que configure un desenlace menos violento.

En una región donde las minorías de ascendencia árabe y judía han alcanzado un poder económico y político considerable (los dos aspirantes más serios a la presidencia en El Salvador en marzo de 2004 descienden de emigrantes palestinos), la evolución en el Medio Oriente no pasa desapercibida, por el contrario, se coloca en el centro de la atención ciudadana. Más aún cuando en la circunstancia actual una guerra tan lejana se convierte en cercana porque jóvenes soldados están allá sin que en su tierra las tareas de la paz y de la consolidación democrática hayan concluido del todo.

En este sentido, si alguna moneda de cambio debe retribuir América Central a la comunidad internacional por el apoyo recibido tras guerras, huracanes y terremotos, el envío de tropas a Irak definitivamente no es la más digna y razonable.
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