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    AUTOR
Fernando Savater

    GÉNERO
Autobiografía

    TÍTULO
Mira por dónde. Autobiografía razonada

    OTROS DATOS
Madrid, 2003. 417 páginas. 23,50 €

    EDITORIAL
Taurus



Fernando Savater

Fernando Savater


Reseñas de libros/No ficción
Querido Fernando
Por Justo Serna, martes, 15 de julio de 2003
En primer lugar, te pido disculpas por la incorrección y la inelegancia de escribirte en público. Fíjate: me valgo de una carta para dirigirme a ti, una carta, que es género privado, y que hago accesible a otros en la Red, ese espacio en donde tantos fisgonean, en donde muchos fisgoneamos. Sin embargo, pese a lo dicho, inmediatamente me corrijo. Valerse del género epistolar no es tan desacertado como pudiera pensarse: al fin y a la postre, un individuo de inspiración tan dieciochesca como tú lo aceptará de buen grado.
Fue justamente entonces, en el setecientos, cuando la carta intelectual y pública alcanzó sus cotas más altas, cuando en Europa se cruzaron algunas de las correspondencias más copiosas, más informativas, más reflexivas, que a tantos instruyeron. Pensemos, por ejemplo, en Edmund Burke, cuyas Reflexiones sobre la Revolución francesa se expresaron bajo la forma de una larga epístola dirigida a un caballero y que aún hoy podemos leer nosotros, los destinatarios imprevistos y admiradores de su facundia analítica. Pero pensemos igualmente en la abundantísima, en la inacabable correspondencia de Voltaire, tan apreciado por ti, y cuyas cartas editadas bien que te sirvieron para componer ese bello centón literario, El jardín de las dudas (1993), con el que concursaste al Planeta hace unos años. Emplear ese epistolario fue un modo de componer una ficción, pero fue también tu manera de airear, de hacer públicas, las misivas de aquél. Por tanto, me arrogo el derecho de irrumpir en tu intimidad enviándote al ciberespacio estas notas, un ciberespacio que ya no es, que ya no puede ser, el hiperuranio platónico, un poco avejentado, la verdad. Sin embargo..., hay algo más.

Que se utilice la correspondencia puede pasar, pero que alguien se sirva de un medio electrónico para transmitir algún sentimiento es un proceder dudoso, incluso poco elegante, me amonestará el purista. Esto último, por ejemplo, es lo que José Saramago declaraba a la prensa el pasado mes de marzo. Nos sotaneaba e insistía en que veía imposible transmitir emociones mediante el E Mail, ya que este instrumento vendría a ser, decía, “una venganza de la tecnología”. "En la comunicación directa interviene la mirada, el olor, la presencia física. En una carta puede todavía caer una lágrima, pero el correo electrónico nunca puede ir acompañado de emociones", aseguraba el escritor. Yo, la verdad, no creo en esta jeremiada apocalíptica y sospecho que el medio no impide nada, ni siquiera los sentimientos de los corresponsales. Fíjate, por ejemplo, en el libro de José Luis Pardo y tuyo, titulado Palabras cruzadas (2003), un volumen enjundioso, reflexivo, incluso sutil, que habéis hecho empleando el correo electrónico. Por esto y por muchas cosas más, pues, me permitirás esta licencia, me permitirás servirme de la carta cibernética con la esperanza de que te llegue y de que mediante su escritura puedan examinarse o manifestarse ciertas emociones, emociones que ni tú me has pedido ni yo estoy obligado a confesar, pero que, con gusto, sin fastidio alguno, escribo y te remito.
Por eso me he deleitado con tu autobiografía: al acabarla he tenido la impresión de que esa obra también me aludía, de que ese libro me decía exactamente a qué aventura yo mismo he aspirado; al finalizarla he llegado a la convicción de que ese volumen me hablaba de situaciones, de personajes, de vivencias que sin ser exactamente mías, me las había apropiado a lo largo del tiempo, conforme seguía tu dilatada biografía, perdón tu extensa bibliografía

Mira, hace pocas semanas que acabé de leer Mira por dónde, tu autobiografía, un título que expresa azar y casualidades, itinerarios y prudencias, esas vicisitudes y senderos que se abren o se bifurcan, por decirlo con el admirable Borges. Ese rótulo lo veo como un reclamo, como una boutade, incluso, pero lo veo también como un significativo hallazgo. Con ese epígrafe pareces designar la vida como mapa, la representación de un territorio con caminos posibles por los que uno puede aventurarse; pero con ese título pareces reproducir asimismo el enunciado exacto de un consejo, el que un padre, un hermano mayor o un adulto obsequioso darían a un joven inexperto que temerariamente se adentrara en la existencia. A pesar de haber sido la tuya una vida bastante sedentaria, de San Sebastián a Madrid, como corresponde a un profesor que primero fue aplicado estudiante, esa divisa (Mira por dónde) expresaría la condición misma de la aventura, la cautela que debe guiar los pasos de quien se interna en un azar venturoso lleno de riesgos. Y ése, precisamente, es el primer dato que recorre las páginas de tu libro: el sentido mismo de la aventura, la experiencia de elegir, de atreverse. Para alguien como tú, como tantos de nosotros, que ha sido frágil y algo retraído frente a la bronca de los fuertes, la exaltación del coraje es medicina y antídoto. Decía Joseph Conrad que no hay nada que celebrar en la fuerza bruta, “nada de lo que pueda uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad nacida de la debilidad de los otros”. En cambio, el arrojo del débil o el cultivo de inteligencia por parte del menesteroso, forjarse, por ejemplo, con la lectura, con la escritura, son formas de aventurarse en la vida sin depender de la fatalidad, rehaciendo la condición personal. ¿Por qué hay en tu autobiografía y en tus restantes obras esa veneración del coraje y de la aventura? Pues precisamente porque son sinónimos de la libertad, una disolución del determinismo, un modo de remontar la circunstancia. Lo paradójico es que esa celebración la hiciste valiéndote de la experiencia de los fuertes convirtiéndola en materia literaria y en motivo de reflexión moral, como adelantaste hace años en La tarea del héroe (1982). Permíteme abordar esta primera clave, la de la aventura y el esfuerzo, de una manera más precisa.

Cuando pronuncias esa palabra, aventura, cuando la pronunciamos contigo, solemos pensar en viajes prolongados, en destinos remotos, sin itinerarios previstos ni rutinas ni derroteros trazados. Le damos un gran valor a lo que dicha voz significa, sobre todo porque apreciamos esas circunstancias excepcionales que alteran lo ordinario, que nos exaltan y que nos ponen en riesgo. Necesitamos la rutina, el principio de realidad dictaminado por Freud, pero la existencia fija y acomodada y previsible acaba pronto por agostarnos. ¿Qué podemos oponer al tedio? Hubo un tiempo en que grandes partes del globo permanecían inexploradas: eran incógnita y enigma, la cifra misma de lo desconocido. El otoño de ese período fue el largo siglo XIX, cuando el reparto colonial del mundo era ya prácticamente definitivo. Fue también en el ochocientos cuando floreció un género narrativo ya antiguo, pero que por entonces prolongaba y daba sentido a las peripecias de los colonizadores, de los exploradores de los traficantes, de los misioneros y de los cazadores de fieras. Me refiero a las novelas de aventuras, relatos viajeros protagonizados siempre por animosos caballeros que se aplebeyaban en el trance. Tu examen de esta circunstancia es sutil y se reparte entre La infancia recuperada (1976) y La aventura africana (1999).

Pertrechados con toda clase de atavíos y auxiliados por algunos silenciosos secundarios (porteadores, etcétera), aquellos caballeros avanzaban dominados por una idea fija, obcecados por la meta que los guiaba: era el objetivo del viaje, su justificación, casi siempre un rescate o un logro científico. Afrontaban riesgos, amenazas, y se oponían bravamente a los peligrosos villanos que los acechaban, aunque principalmente se sobreponían a unas aprensiones propias de súbditos victorianos. De aquellas aventuras temerarias nos han quedado un puñado de deliciosas novelas, excitantes, entretenidas, grandiosas novelas que nunca han formado parte del canon ni tampoco de la exaltación evocadora de los analistas más refinados, aunque sí de tus páginas mejores. Hoy, cuando la existencia en las grandes ciudades sigue siendo frecuentemente tediosa, añoramos aquellos viejos, aquellos buenos tiempos que se perdieron con el advenimiento del siglo XX. Los periplos actuales, tan cuidadosos, tan exquisitos, sólo son un lejano remedo del Grand Tour burgués o un pálido reflejo de los viajes africanos o interoceánicos, de las travesías arriesgadas en que se aventuraban los victorianos eminentes, y suelen discurrir para nuestro descargo por itinerarios previstos. Echamos en falta, sin embargo, esa aventura física, esas geografías indómitas e insólitas, pero sobre todo deploramos que se pierda la principal lección que se desprende de aquellas narraciones y que tú examinaste con rigor: el coraje de quien se aplebeya enfrentando el miedo, el viaje como formación y temple del espíritu, como experiencia que curte el alma para el otoño de la vida, que tonifica la voluntad muelle, que nos obliga a mostrar humor, trato solidario y audacia frente a las penalidades y la muerte. No es posible olvidar a este respecto las páginas que dedicaste a La isla del tesoro, un volumen que estando ambientado en otro siglo sólo es concebible por un Stevenson del ochocientos. Jóvenes que fueron tímidos y taciturnos, pendencieros o arrogantes, acababan sobreponiéndose, arrostrando peligros, dando pruebas de generosidad, de eficacia e inteligencia, demostrando músculo, nervio, olfato y camaradería. Sí, ya sé que son relatos políticamente incorrectos, aunque eso a ti no te importe; ya sé que siempre están protagonizados por hombrecitos y que sus virtudes se tienen por viriles y occidentales. Pero, ah amigo, qué muchachos, qué arrojo, qué relatos. Seamos condescendientes, suspendamos nuestros reproches exquisitos y retengamos lo fundamental: el recuerdo de esas cualidades rudas y plebeyas que fortalecían a aquellos aguerridos viajeros, esas virtudes que encallecían a aquellos mozalbetes tiernos. Por eso, gente como tú, que se ha entregado con fruición y con exceso al deleite de las ficciones, no añora el mundo exterior, no envidia la aventura real que sin templanza nos pone en riesgo hasta llevarnos al borde mismo de la muerte. ¿Por qué razón? Pues porque quien ha leído a los grandes está ahíto de experiencias, de paraísos artificiales y de infiernos virtuales, que le servirán para componer mejor su propia vida.
Años después, de un Savater maduro, defensor del amor propio, defensor de una ética eudemonista, pero compasivo a la vez, he aprendido sobre todo el valor de la democracia laica, incluso explícitamente atea, sin trascendencias clericales, el coraje que es preciso desplegar para no aceptarla por rutina o con condescendencia instrumental: ésta no es un medio sino un fin, y así son sus procedimientos y el respeto de la ciudadanía lo que constituye la única base de una vida decente

Por eso, decía, tu autobiografía respira aventura desde el título, un título que parece el consejo atinado, sabio o resabiado, de Long John Silver a un despistado Jim Hawkins. Me explico. Como indicaras en La infancia recuperada, la novela de Robert Louis Stevenson es, a la vez, “una reflexión sobre la audacia”, sobre la necesidad de extraer ese don o cualidad que el muchacho posee sin saberlo previamente y sobre las consecuencias también perniciosas o temerarias que ese coraje pueda acarrearle. El joven se prueba, se mide con rivales temibles, se amista con John Silver y, al mismo tiempo, sabe que esa compañía es peligrosa y aleccionadora. Más que temer la brutalidad del bucanero, siente prevención ante su inteligencia, su doblez, su cautela estratégica, su capacidad negociadora: John Silver, al que Hawkins contempla con atracción y aversión, es bravucón o afecta docilidad cuando le conviene para salvar su pellejo; es, en fin, el pirata amante del ron, pero el bebedor que bebe con templanza, el bucanero que no se deja aturdir y perder por el alcohol, como sus estúpidos camaradas. Punto y aparte.

Y bien..., ¿cómo se traduce este sentido de la aventura en tu vida, en tu autobiografía? Te leo, te sigo, te apruebo y te desapruebo desde 1975. Fue entonces, contando sólo dieciséis años, cuando me tropecé por primera vez con tus artículos en Triunfo. No es por dar coba, pero qué diferente me parecías de tus colegas de revista y de cátedra, que agradable impresión era leer a alguien que mezclaba con iconoclasta y saludable libertad a Stevenson y a Spinoza o a Nietzsche, que entonces –admítelo-- eran tus autores de referencia y, como el primer amor (consiénteme esta cursilada), aún perduran. No creo exagerar si digo que he crecido intelectualmente contigo, y si tú has publicado treinta, cuarenta o cincuenta libros, quizá yo haya leído treinta, cuarenta, cincuenta volúmenes tuyos. Por eso me he deleitado con tu autobiografía: al acabarla he tenido la impresión de que esa obra también me aludía, de que ese libro me decía exactamente a qué aventura yo mismo he aspirado; al finalizarla he llegado a la convicción de que ese volumen me hablaba de situaciones, de personajes, de vivencias que sin ser exactamente mías, me las había apropiado a lo largo del tiempo, conforme seguía tu dilatada biografía, perdón tu extensa bibliografía. Permíteme otra licencia en esta correspondencia electrónica, una breve confesión que tiene que ver más conmigo que con tu escritura torrencial y con tu condición de polemista. Insisto: creo que a ello me obliga la sinceridad que se espera de una carta, que a la postre es el género que ahora empleo; pero creo también que me autoriza el antiguo conocimiento bibliográfico que de ti tengo, no tan antiguo, desde luego, como tus estrictos coetáneos, porque --por suerte para mí-- son unos pocos años los que aún nos separan.

Verás, como antes decía, comencé a leer algunas cosas tuyas hace más de veinticinco años, cuando publicabas en Triunfo y en la primera época de El viejo topo. Recuerdo tus artículos al lado de otros firmados por autores de evidente inspiración althusseriana, maoísta y marxista, y recuerdo también el aprecio que por Nietzsche declarabas una y otra vez. Por un lado, yo te tenía una envidia manifiesta: alguien que era capaz de lidiar con la expresión nietzscheana y salir victorioso, alguien que era capaz, incluso, de aclarar su léxico en medio del oscurantismo estructuralista, merecía nuestra atención, mi atención. Eras el joven intelectual que me aupabas hasta París, el escritor que era capaz de hablar sin oscurecer las cosas y de sostener el tipo sin complejos, sin la mediocridad y la indigencia teóricas que había en el mundo académico de entonces, que era cuando yo ingresaba en la Universidad. Por otro lado, sin embargo, cada artículo tuyo me incomodaba: admiraba su festividad expresiva, su alegría ácrata, pero la aureola nietzscheana con que te revestías me aturdía, me inquietaba: por mi propio desconocimiento, claro.

Años después, has seguido fiel a los preceptos mejores de Nietzsche, a su defensa del individualismo y de la vida sin objeciones colectivistas, sin metafísicas compensatorias, pero te has distanciado del nietzscheanismo más tremebundo, como reconocías en tu Diccionario filosófico (1995), y que algunos aún cultivan como oposición esteticista contra el sistema. Años después, el Nietzsche que me aturdía ya no me incomoda y, en efecto, también yo, el lector de Nietzsche y Savater, os tomo a ambos como tónicos contra las abdicaciones antiindividualistas a que nos obligan la mediocridad y una vida de renuncias. Años después, de un Savater maduro, defensor del amor propio, defensor de una ética eudemonista (Ética como amor propio, 1988), pero compasivo a la vez, he aprendido sobre todo el valor de la democracia laica, incluso explícitamente atea, sin trascendencias clericales, el coraje que es preciso desplegar para no aceptarla por rutina o con condescendencia instrumental: ésta no es un medio sino un fin, y así son sus procedimientos y el respeto de la ciudadanía lo que constituye la única base de una vida decente. A esto has dedicado muchos artículos y libros, textos valientes, hermosos y justificados, y nos ha dado páginas memorables, chispas de inteligencia, de humor y de coraje. Son muchos de ellos livres de circonstances, libros urgentes, perentorios, libros en los que te ensucias corajudamente las manos. Si admiro mucho de lo que escribes, si te he seguido desde hace tanto tiempo, ¿cómo puedo afrontar tu autobiografía, que en parte son mis memorias fantaseadas? No somos sólo lo que vivimos o lo que recordamos haber vivido, sino también ese conjunto de existencias fantasiosas con que ampliamos nuestra experiencia y que tú celebraste desde La infancia recuperada. Por eso, el único modo que tengo de examinar tus memoras es distanciándome principalmente del detalle que tú relatas, procurando que el tono pesadamente profesoral que voy a adoptar ahora no aburra a tus lectores, procurando que mi examen frío del género que empleas permita ver por qué el subtítulo de tu obra es Autobiografía razonada.
La memoria no es un atributo secundario: es nuestra principal cualidad. Después de la muerte, ese escándalo al que tú tantas veces te has referido o enfrentado con orgullo luciferino, lo peor que nos puede suceder es perder la memoria, olvidarnos de nosotros mismos, de ese yo que creemos ser, de ese nombre que nos rotula y fija

Verás, si hemos de hacer caso a los especialistas, podemos decir que el yo y la identidad son dos recursos que no posee o que no siente el niño. Cuando nacemos sólo somos un ser confuso, frágil y omnipotente a la vez, aferrado a la madre, en fusión originaria, primitiva, vinculados a esa fuente nutricia que es nuestra progenitora. Poco a poco, nos hacen creer y descubrimos que tenemos eso que llamamos identidad, que somos iguales a otros y a la vez diferentes, que no somos uno solo, como soñadoramente sentíamos, sino que sólo somos uno, que hay otros, que la realidad es algo externo, que puede ser amenazadora y que la relación que con los rivales mantenemos es de suma cero: lo que los otros tienen no lo tiene el niño que se creyó omnipotente. Descubrimos poseer una identidad diferente, hecho que es gozoso y temible a la vez. Poco a poco, advertimos tener algo así como un yo, que nuestro yo se define frente a otros, una pluralidad de identidades compiten por darse espacio en el mundo. Poco a poco, el lenguaje nos hace ingresar en la cultura, que es comunicación, que es expresión de la prohibición, de la norma y de la restricción, de la ley. Poco a poco, la palabra contiene la amenaza y lo potencialmente hostil: nos comunicamos, pero sobre todo nos relatan, nos cuentan. Al hablar damos sentido y al hablarnos nos dan recursos significativos para encajar lo disperso, lo vario, lo diferente, aquello que no conocemos, no sabemos, no vemos y que puede hostigarnos. La palabra es una ganancia porque con ella comienza el sentido y comienza la represión, comienza el relato y la comprensión significativa del mundo. Cuando ya hablamos desaparece el goce primitivo y fusional, al que se refiriera Freud, e ingresamos en ese mundo poblado por otros también dotados de palabra, de nombre. La palabra es nuestro primer recurso de identidad: la palabra es sobre todo prohibición y aquello que nos hace sujetos, aquello que comienza a sujetarnos al rotularnos y al darnos historias que tipifican e identifican.

Fíjate en el nombre propio, tú que naciste Fernando Fernández Savater. Nuestros nombres son identificadores, la primera voz de identidad: son designadores rígidos que nos atan a una misma identidad. Podremos cambiar de aspecto, creceremos, nos mudaremos de casa o de estancia, pero el nombre seguirá acompañándonos como un rótulo que nos habrá de servir para fijar nuestro yo y para que otros atribuyan actos emprendidos por alguien que se llama de determinada manera. Lo primero que se nos da es el nombre y el linaje, y creemos que todo aquello que ejecuta quien así ha sido rotulado es el mismo. Sin embargo, aun cuando seamos uno, físicamente uno, la vida nos multiplica los dones, los bienes, los actos, las empresas, los gestos, los pensamientos y los sentimientos, un paroxismo de hechos o de fantasías que no son sucesivos necesariamente, que son simultáneos, que pueden no ser coherentes, que se refractan entre sí. La vida es corta y nuestra presencia infinitesimal, ciertamente, pero si la miramos bien la existencia es un abigarrado repertorio de cosas que nos pasan, que pensamos, que soñamos, que fantaseamos, que hacemos, sin que todo ello pueda captarse con el auxilio de la lógica. Por eso, tantos desconfían tan abiertamente del género autobiográfico. Por eso decía el joven Wittgenstein que la lógica no roza lo fundamental del ser humano: el arcano, el sentido de las cosas. Sólo retrospectivamente empleamos la lógica, alguna lógica, para dar cemento a lo que está suelto, para ahormar bajo el molde del nombre propio hechos emprendidos o cometidos por quienes fuimos, somos o seremos: tú, que dejaste de ser Fernando Fernández Savater para convertirte en un autor que firma como Fernando Savater. Pero no es sólo que vayamos cambiando, es que ese que fuimos y que creemos no ser ahora, lejos de habernos abandonado, lo llevamos alojado en el interior, así como a tantos otros que no hemos actualizado y que compiten por hacerse presentes. El modo que los humanos tenemos de aquietarnos, de estabilizarnos, de fijar lo móvil, es nuevamente a través de la palabra, adhiriendo a ese nombre propio lo que hizo un niño, lo que hizo un joven, lo que hizo un adulto, de acuerdo con un relato coherente. A ese relato coherente lo llamamos memoria o memorias, y del recurso de la memoria se sirven lógicamente los memorialistas.

La memoria es una facultad, una función de nuestro aparato psíquico; pero es también el recuerdo mismo, la evocación. Crecemos, el tiempo nos injuria con las arrugas y con la decrepitud y nuestra vida se multiplica, se satura con recuerdos de circunstancias, de acontecimientos: en nuestro interior se agolpan y se yuxtaponen evocaciones que se alojan al margen de la importancia que a esos hechos recordados les demos, al margen de la relevancia histórica o personal. Hay cosas que nos dejan indiferentes y que, por razones que ignoramos, persisten en nuestro fuero interno, minucias del pasado que perseveran en nuestro interior. Pero hay, además, otras cosas que jamás nos han sucedido, fantasías de hechos no ocurridos, laceraciones de las que creemos haber sido víctimas, audacias que nos atribuimos, quimeras o actos inexistentes que, sin embargo, se alojan en nuestra psique, ocupando un lugar, desplazando incluso el recuerdo de hechos verdaderamente acaecidos. Es decir, en el ejercicio de la memoria se da la evocación de acontecimientos reales; se da también el recuerdo de episodios menores que, por algún azar asombroso, los retenemos sin que haya circunstancia especial que lo justifique; se da, en fin, la rememoración de hechos no sucedidos, de hechos que no nos han ocurrido, y que, por alguna suerte de prodigio o de delirio, de mentira piadosa o de herida irrestañable y dudosa, los tomamos como ciertos, hasta el punto de tener de ellos una imagen literal, precisa, exacta.
En tu caso, por ejemplo, el sentido de la autobiografía es, claro, como no podía ser de otra manera, la alegría, ese rapto instantáneo de felicidad, esa suma de pequeños placeres con que enfrentamos la muerte o la decadencia cuando nos sentimos queridos. Y ésa es la otra clave de lectura de tu libro, pero también de tu vida

La memoria no es un atributo secundario: es nuestra principal cualidad. Después de la muerte, ese escándalo al que tú tantas veces te has referido o enfrentado con orgullo luciferino, lo peor que nos puede suceder es perder la memoria, olvidarnos de nosotros mismos, de ese yo que creemos ser, de ese nombre que nos rotula y fija. Identidad es eso, lo que es igual a sí mismo, lo que perdura por encima o por debajo de lo diferente. Recordar es sobre todo recordarnos e ir añadiendo uno tras otro los hechos que nos constituyen y que son trozos de nosotros mismos, trozos adheridos. Ahora bien, la memoria no es una facultad que tenga por objetivo el establecimiento de la certeza; la memoria es una función arbitraria y dudosa, engañosa, que lleva a cabo operaciones muy poco fiables; la memoria es relato, una narración en la que se encajan y en la que se hacen congruentes hechos, circunstancias, episodios; pero la memoria es sobre todo un sentido de las cosas, el significado que otorgamos a lo que recordamos. Olvidar no es una tragedia y con ese precepto trabajan los memorialistas o los biógrafos. De hecho, en el caso de que fuera posible, recordarlo todo aún sería peor y viviríamos en un infierno abarrotado de trastos, un eterno presente multitudinario de hechos populosos y antiguos que se agolparían impidiéndonos pensar. ¿Te suena? Borges, claro.

Lo que es doloroso, lo que es ciertamente doloroso, no es el olvido, operación que nos aligera el fardo de lo sucedido e insucedido, que decía Ramón Gómez de la Serna, sino perder el sentido que le damos a lo que nos ha ocurrido o creemos que nos ha ocurrido, perder el sentido de lo que evocamos; lo auténticamente dramático es ignorar el significado particular y general con que dotar los hechos múltiples y distintos que nos han constituido o que aceptamos constituyentes de nuestra identidad. En tu caso, por ejemplo, el sentido de la autobiografía es, claro, como no podía ser de otra manera, la alegría, ese rapto instantáneo de felicidad, esa suma de pequeños placeres con que enfrentamos la muerte o la decadencia cuando nos sentimos queridos. Y ésa es la otra clave de lectura de tu libro, pero también de tu vida. Félix de Azúa lo ha señalado muy bien: “¿Cómo ha conseguido este individuo mantener la moral en todo tiempo y lugar durante casi sesenta años? Es inexplicable. Para empezar, tuvo una infancia rotundamente feliz, lo cual es uno de los motivos de depresión más frecuentes entre los adultos”, admite. “Como era feo y leía libros”, prosigue Félix de Azúa, “en el colegio le apedreaban y le perseguían. Le siguen persiguiendo, pero ya no por feo, sino por malo”. Y aun así, podríamos decir, sigues siendo o manifestándote feliz, sin cargar tus tropiezos a determinismo alguno, sin imputar a los otros lo que tú mismo no logras. Por eso, conjeturo, te has debido de sentir muy querido, querido Fernando.

A esa suma de felicidades que te han acompañado le has dado forma de relato autobiográfico, haciendo de tu vida propiamente un relato o, mejor aún, una sucesión de relatos en los que te narras y te explicas con palabras, encajando piezas con un significado. Pero esa idea misma de pieza, de trozo, que está presente en cada uno de los capítulos de tu libro hace explícitas la voluntad de fragmento, la imposibilidad de cierre o de sistema, la imposibilidad de coherencia. Ser coherente de principio a fin, has dicho con razón, es aburridísimo, es repetirse, no cambiar: esas piezas que tú encajas y que no siempre pueden soldarse fácilmente, no pregonan coherencia sino vida plural y por lo que parece no pretendes ni aspiras a hacer de tu autobiografía un relato lineal y congruente en cada una de sus partes. Hay memorialistas, sin embargo, que prefieren vivir con doblez, con el sentido engañoso de las cosas pasadas unidas y estables, en vez de afrontar las múltiples verdades incoherentes y fragmentarias de su ser. El buen memorialista o el buen biógrafo saben hoy que si quieren hacer persuasivos sus relatos, que si quieren rendir tributo a la vida plural e informe que es la existencia de cada uno, entonces deben desestructurar el relato congruente que tomamos instintivamente de la memoria o del modelo de la memoria, las falacias, pero también las cómodas coherencias que nos dan estabilidad al margen de las verdades temporales y múltiples. Concebida así, como armazón de la congruencia, es absolutamente ficticia la tentativa de la autobiografía, dado que es una usurpación del yo, un modo de exhumar y de ahormar lo que no fue ni sucesivo ni ordenado ni tuvo un sentido, ni consistencia ni constancia de principio a fin. Ahora bien, hay algo en la autobiografía, en toda autobiografía, que entraña inevitablemente una singular operación ficticia: el yo actual, el que escribe o rehace el pasado, usurpa a aquel que fue y lo inviste con un sentido que pudo no ser el que entonces tuvo. ¿Qué hacer?
¿No dijo Nietzsche que toda filosofía no es, en el fondo, más que unas memorias del filósofo encubiertas? Pues bien, en tu caso es justamente al revés: tu autobiografía es la condensación de tu filosofía, su materialización, la celebración de la alegría, tu rechazo del resentimiento y del arrepentimiento, como aprendiste de Spinoza

Que admitamos todo esto no nos salva ni nos permite abandonar los géneros, las memorias, por ejemplo: no podemos dejar de nombrar esa pluralidad vasta y cambiante, no podemos dejar de satisfacer esa necesidad personal y cultural, y sólo una aguda, modesta e incómoda conciencia de las estrategias, convenciones y retóricas de producción del pasado, de su relato y de su traslado verbal, sólo el explícito reconocimiento de la finitud, de la muerte, de la vastedad de identidades, de la fragilidad humana son las que justificarían ahora que todavía queramos conservar la autobiografía. Por eso, me atrevo a conjeturar, llamas a tu obra autobiografía razonada, ¿no? La alegría, la autoconciencia, el autoexamen, en suma, hacen de tus páginas lo que siempre han sido, desde hace treinta, cuarenta o cincuenta libros atrás: una felicidad lectora, un placer del entendimiento y de la vida, como Nietzsche te enseñó. ¿No dijo este último que toda filosofía no es, en el fondo, más que unas memorias del filósofo encubiertas? Pues bien, en tu caso es justamente al revés: tu autobiografía es la condensación de tu filosofía, su materialización, la celebración de la alegría, tu rechazo del resentimiento y del arrepentimiento, como aprendiste de Spinoza. Es tan evidente esto, que a veces se te va la mano. Es cuando te reprocharía tu incontenible propensión al chiste (incluso al deliberado dislate verbal: hablas de chapapote intelectual, creo recordar), puesto que, como admites resignadamente, te mueres por un buen chiste. A mí, la verdad, no es algo que me mate, pero bueno..., ésa es tu libertad compositiva y por ella brindo.

Aunque, ya que estamos de reproches, no quiero concluir esta carta sin manifestar alguno que yo le haría a tu libro o sin mencionar otros cargos con que otra clase de lectores te amonestarán. Tu narración es muy cautelosa, pero que muy pudorosa, con los amores, con las mujeres que has tratado, con tu sexualidad y con el cuerpo, eso sobre lo que dictaminó Schopenhauer (otro de tus admirados).Sí, ya sé que no te consideras un atleta sexual y que juzgas de buena educación la contención y la cortesía con que hay que tratar a las chicas. Pero evitar mencionarlas tan obstinadamente es la manera de protegerse a uno mismo, una forma de parapetarse en un oscuro y elegante silencio. Cuando se adopta el género de la autobiografía se está obligado a algo de impudicia no siempre favorecedora si se quiere persuadir al público, cosa que no es idéntica a la obscenidad de quien todo lo exhibe. No te escudes ni te excuses. Podrías haber hecho, por ejemplo, como nuestro admirado Guillermo Cabrera Infante: de él recordarás, sin duda, La Habana para un Infante Difunto, aquel híbrido de ficción y memoria en donde examinaba con impudor su propio erotismo y una pasión desenfrenada por las mujeres.

Sin embargo, hay, como antes decía, otra clase de lectores, con los que no me identifico, y que te sermonearán por ciertos rasgos de carácter o por ciertas páginas que hay en tu libro. Estoy seguro, por ejemplo, de que esta autobiografía tuya escandalizará a quienes fácilmente te encasillan tipificándote entre los suyos, pongamos a los académicos que te ven como un catedrático del ramo o pongamos a esos ocasionales aliados del Partido Popular que se te suman en tus combates vascos, tan necesarios, tan justificados. No se puede sostener ante todos ellos, hieráticos profesores o políticos creyentes, esas defensas de la ebriedad filosófica, vital, esa exaltación del ateísmo, del vino, de las drogas, del aturdimiento maduro y contenido y de la borrachera con tiento: no deben de gustar mucho a quienes se erigen en severos garantes de lo correcto, de lo obligado, de lo profesional o de lo confesional. Como tampoco debe de agradar a los dengosos intelectuales, a tantos y tan finos creadores, tu antiguo, tu incorregible aprecio de la fantasía infantil, desde Tolkien hasta Harry Potter. Pero ahora que lo pienso, ahora que hablo de este personaje de las novelas juveniles, me doy cuenta de algo que te interesará, algo que todos tus enemigos quisquillosos te reprocharán para confirmar los errores en los que incurres: es la simpática errata o deliberado gazapo –no son excluyentes-- que cometes en el capítulo de tu autobiografía que dedicas a Harry Potter. Cuando hablas del villano, del auténtico heredero de Saurón, en este caso en la novela de J. K. Rowling, lo nombras como Valdemort. Ja, ja, ja. Se llama, en realidad, Voldemort. De no ser deliberado, supongo que habrás hecho un híbrido involuntario o una simbiosis creativa entre Voldemort y Valdemar (ya sabes: el señor Valdemar de Poe, otro de tus amores literarios). Ja, ja, ja. Si es un error o algo así, podíamos decir con Borges: por favor, no te corrijas ni lo corrijas, que las erratas nos mejoran. Valdemar tenía el cuerpo descompuesto y su aborrecible podredumbre se consumó en el espacio de un minuto. Voldemort, por su parte, carecía de cuerpo aunque añorara hacerse con uno para toda la eternidad. Permíteme que te recuerde la primera aparición de este maligno personaje: así me explicaré mejor y podremos ver la culpable, la simpatiquísima índole de tu errata.

En Harry Potter y la piedra filosofal, hay un villano, alguien que quiere robar un tesoro, en este caso la piedra filosofal custodiada por un perro de tres cabezas. Es Lord Voldemort, un antiguo mago bueno que, como Lucifer, optó por el lado oscuro, cayendo, perdiéndose, y contra quien Potter emprende y reinicia la eterna lucha del bien contra el mal, una lucha para la que el perverso cuenta con aliados, con algún traidor que está dentro del colegio. El atrezzo es variado y es, como no podía ser de otro modo, laberíntico. Hay bosques, el bosque como experiencia, como amenaza, como destierro y como aprendizaje, un bosque en el que hallamos unicornios y centauros y en el que Harry debe adentrarse para pasar una noche; y hay pasadizos secretos en los que Potter da muestras de valor y de coraje, ese mismo que tú celebraste, pasadizos por los que se avanza al superar pruebas y acertijos. Ese bosque y esos corredores son el escenario del enfrentamiento y de la restauración del orden, una restauración siempre provisional. ¿Y para qué quería el malo la piedra filosofal? Para lograr la inmortalidad, pero sobre todo para lograrla dentro de un cuerpo. Es decir, Lord Voldemort no tiene cuerpo aún y, por eso, puede habitar distintos, materializarse de diferente manera para seguir cometiendo sus fechorías. Lo que parece un logro del malo, la inmortalidad incorpórea, en realidad es una carencia, un límite y una condena, algo semejante a lo que le sucediera a Drácula. El coraje de Harry Potter impide que Lord Voldemort complete sus vilezas, que logre su meta, pero no consigue la destrucción absoluta del mal. Por tanto, el villano no cejará en su empeño y los lectores de esa primera novela adivinan pronto su vuelta, suponen que la serie de las aventuras de Harry Potter continuará, reanudándose esa eterna lucha y confirmando que también para ellos vivir es sobrevivir bravamente. Etcétera, etcétera. ¿Cabe mejor lección?

En fin, permíteme acabar con Stevenson, con uno de sus Ensayos literarios, con una cita que te brindo, una referencia con que te obsequio y que, seguro, es la mejor definición de tu obra y de tu modo particular de ver, de hacer las cosas y de escribir. Se trata de la “Carta a un joven que se propone abrazar la carrera del arte”, un colofón muy justificado en esta reseña que adopta la forma epistolar, pero también un cierre muy pertinente si hablamos de esa pulsión infantil por el relato que tú cultivas o que tú admiras. “La ejecución de un libro, de una escultura, de una sonata”, dice Stevenson, “deben emprenderse con la insensata buena fe y el espíritu incansable de un niño que juega”, como ese niño que tú describes en la primera parte de la autobiografía, pero también como ese adulto que no abandonó nunca lo mejor de su aprendizaje infantil. “¿Merece la pena?”, se pregunta Stevenson. “Siempre que al artista se le ocurre hacerse esta pregunta, ampara una respuesta negativa. No se le ocurre al niño que juega a los piratas en un sillón del comedor, ni tampoco al cazador que rastrea su presa; la ingenuidad de aquél y el ardor de éste debieran fundirse en el corazón del artista”. Qué atinada descripción de la fotografía con que se ilustra la cubierta de tu autobiografía. Es probable, querido Fernando, que tú hayas sido ese niño al que se refería Stevenson, ese niño que juega a piratas o que sueña con ser cazador de fieras mientras lee una narración de peripecias viriles, mientras espera hacerse a sí mismo aventurándose en lo que aún está por vivir. Salud.

Recibe un abrazo, Justo Serna.
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