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    AUTOR
Eric Hobsbawm

    GÉNERO
Autobiografía

    TÍTULO
Años interesantes. Una vida en el siglo XX

    OTROS DATOS
Traducción de Juan Rabasseda-Gascón. Barcelona, 2002. 379 páginas. 23,90 €

    EDITORIAL
Crítica








Reseñas de libros/No ficción
La historia de un historiador
Por Inés Astray Suárez, martes, 15 de julio de 2003
Como profesional de la historia, como ciudano comprometido con una causa política y como persona, Eric Hobsbawm vivió intensamente ese siglo XX, que tan profundamente habría de transformar la existencia humansa. Lejos de ser un comunista arrepentido no puede menos que acabar por reconocer "con harto dolor de su corazón" que quizá la Internacional Comunista no fue una idea tan buena
Como muy modestamente reconoce en el prólogo de este libro, Eric Hobsbawm, no es uno de esos personajes cuya vida pública les permite publicar su autobiografía bajo el título de Memorias. Por reputado y conocido que sea, incluso fuera del ámbito de los especialistas, uno no supone que la autobiografía de un viejo historiador judío, comunista, escéptico y aficionado al jazz, sea precisamente un relato apasionante para llevar de vacaciones. Pero es el caso. Y ello fundamentalmente por tres motivos.

En primer lugar, tanto por los avatares de su historia personal como por su condición de historiador y de militante del Partido Comunista, Eric Hobsbawm, es un “observador partícipe” de la historia de ese que el mismo denominó “el siglo corto”. Nacido el año de la Revolución Rusa, siguió el 11 de septiembre de 2001 desde la cama de un hospital de Londres, pero conservando espléndidamente todas sus capacidades mentales (este libro es prueba fehaciente).”Los historiadores de mi edad son guías de una parcela crucial del pasado, aquel otro país en el que se hacían las cosas de modo distinto. Quizá no sepamos más acerca de la historia de nuestra época que otros colegas más jóvenes que escriben sobre ella a la luz de una serie de fuentes de las que entonces no disponíamos (...) Por otro lado estábamos allí, y sabemos como era el aire que se respiraba, y ello nos permite disfrutar de una inmunidad natural contra los anacronismos de los que todavía no existían”.
Difícilmente se puede encontrar un testimonio tan inteligente y tan honesto de toda una vida de militancia comunista

“Estábamos allí”. Por ejemplo en la Viena de posguerra, una ciudad culta y cosmopolita, que acababa de perder su condición de capital imperial, donde pasó su primera infancia en el seno de una familia judía de clase media, de madre vienesa y padre británico, una de esas familias que tanto por la dificultad de los tiempos como por la escasa habilidad para los negocios del cabeza de familia, tenía muchas dificultades para pagar las facturas del ultramarinos, pero se resistía a prescindir del servicio doméstico, que se las arreglaba para que sus hijos recibiesen una buena educación y viajasen por toda Europa desde muy jóvenes.

Y poco después, tras la muerte de sus padres, estaba en Berlín el frío día de invierno en que Adolf Hitler ascendió al poder. Fue en Berlín donde se hizo comunista y participó en las primeras actividades políticas (por ejemplo, esconder la multicopista de su célula bajo la cama, en casa de sus tíos). Huyendo tanto del nazismo como de la pobreza, la familia Hobsbwm regresó a Inglaterra y, gracias a una beca, el joven Eric pudo estudiar en Cambidge, en el Cambridge “rojo” y defensor de la República española de la segunda mitad de la década de los treinta, pero también profundamente imbuido de las “costumbres tribales de las escuelas privadas británicas”, en las que difícilmente podía encajar. Su aversión a los ambientes universitarios autocomplacientes y parroquiales, data de aquellos años.
Eric Hobsbawm, políglota y viajero incansable, nos ofrece una visión magistral de los profundos cambios sociales, intelectuales y vitales del siglo XX a través de su propia trayectoria personal

Llamado a filas en 1940, tanto por su militancia comunista como su origen centroeuropeo, sus superiores tuvieron buena cuenta de mantenerlo alejado del frente y de cualquier tarea de responsabilidad, y a pesar de afirmar que la derrota del nazismo valió los cincuenta millones de muertos que costó, confiesa que aquellos años fueron los más aburridos de su existencia. El fin de la guerra le permitió reanudar una carrera profesional brillante, pero, sin duda, ralentizada por su militancia comunista, en un país que, aunque lejos de la histeria anticomunista de la “caza de brujas” no era ajeno a la Guerra Fría.

Y ése es el segundo motivo por el que merece la pena leer este libro. Difícilmente se puede encontrar un testimonio tan inteligente y tan honesto de toda una vida de militancia comunista. Por qué un joven intelectual de los años 30 se convirtió en comunista no es un hecho que requiera demasiadas explicaciones: “pertenezco a una generación para la que la Revolución de Octubre, representaba la esperanza del mundo”. Sin duda, la labor del comunismo internacional frente al fascismo tanto en la Guerra de España como en la Segunda Guerra Mundial, habría de alimentar esa fe. Más difícil resulta explicar por qué siguió siendo comunista después de su “desalentador” viaje a la URSS en 1954 o tras el famoso discurso de Jrushchev en el XX Congreso del PCUS de 1956, después de la crisis húngara o de la “Primavera de Praga”. Seguramente la explicación profunda se encuentra en la bella frase con la que termina este libro “La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no mejorará por sí solo” . Aunque lo cierto es que no es necesario ser comunista para suscribirla, y el propio Hobsbawm reconoce retrospectivamente una íntima motivación, el orgullo: “Quitarme de encima el sambenito de pertenecer al Partido habría mejorado mis perspectivas de éxito profesional, especialmente en Estados Unidos. Me habría resultado fácil escabullirme a la chita callando. Pero logré probarme a mí mismo que podía alcanzar el éxito como comunista reconocido –independientemente de lo que signifique eso del “éxito”- a pesar de dicho sambenito y en plena Guerra Fría”.

Y, por último, merece la pena leer este libro porque resulta extraordinariamente ameno incluso para quien no tenga un especial interés por la historia. Eric Hobsbawm va alternando el relato biográfico propiamente dicho, que predomina en la primera parte de la obra, con sus reflexiones sobre los más variados temas. Políglota y viajero incansable, nos ofrece una visión magistral de los profundos cambios sociales, intelectuales y vitales del siglo XX a través de su propia trayectoria personal. La visión de una mente autocrítica y abierta, fiel a sus principios, pero ajena a todo dogmatismo.
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