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Cartel de la primera temporada de <i>A dos metros bajo tierra</i>

Cartel de la primera temporada de A dos metros bajo tierra
















Tribuna/Tribuna libre
¿Enterrar a los muertos? Tras el padre A dos metros bajo tierra
Por Alejandro Lillo, viernes, 08 de junio de 2012
“El resultado inmediato y visible de toda esta educación fue que yo huía de todo lo que me recordaba tu presencia, aun de lejos”, dice Franz Kafka en la Carta al padre, fechada en 1919. “Primero fue el negocio. De hecho, habría tenido que gustarme, sobre todo en mi infancia, cuando aún no era más que una tienda en un callejón; estaba tan lleno de vida…”, añade. “Pero como, poco a poco, me infundiste terror en todos los sentidos y la tienda y tú fuisteis para mí una sola cosa, tampoco en la tienda me sentía a gusto”, concluye Franz.




Estaba tan lleno de vida… ¿Qué es la vida, una suma de casualidades? ¿Una sucesión de azares que se combinan en un lugar y un momento concretos para producir eso que hemos convenido en llamar presente? Nate Fisher, protagonista de A dos metros bajo tierra (Six Feet Under, 2001-2005), sabe que estar vivo es casi un milagro, que podemos morir en cualquier momento, de la forma más inesperada y absurda posible. Ahora mismo, por ejemplo, antes de acabar de leer estas líneas, ustedes podrían fenecer arrollados por un hidroavión (o por una manada de elefantes, quién sabe).

 

O yo mismo podría caer fulminado sobre mi teclado, abatido por un fallo cerebral. Si ocurriera tal cosa, se quedarían sin saber lo que tengo que decir sobre la muerte y el psicoanálisis, sobre la figura del padre y la repetición. No sabrían por qué empleo A dos metros bajo tierra como modelo. Tampoco es que vaya a poner un pie en la Luna. Pero, bueno, la calidad de la serie creada por Alan Ball me anima a intentarlo sin ser un gran conocedor de la obra de Freud y sus seguidores. Así es la vida, una especie de anomalía de la que no deberíamos dejar de asombrarnos.

           

La primera temporada de A dos metros bajo tierra gira en torno a la represión de los sentimientos en la sociedad industrial moderna. La segunda orbita alrededor de cierta idea expresada por Poe en El pozo y el péndulo: aquella que tiene que ver con la cuchilla que pende sobre nuestra existencia y que amenaza a cada instante con caer sobre nosotros. La tercera temporada es la idea del padre la que funciona como elemento aglutinador. No es la única, por supuesto, pero es la que de alguna manera vincula las historias de los principales personajes de la serie.

 

La figura del padre no tiene por qué coincidir con la del progenitor, ni presentarse de forma pura, ni siquiera tiene que ser necesariamente masculina. En Freud, el papá simboliza la autoridad: marca la ley y obliga o fuerza a su cumplimiento. Ya sea para emular o detestar dicha figura, ya sea para aproximarse o alejarse de ella, el padre es un referente en la vida de las personas, algo con lo que se tiene que lidiar, que se tiene que asumir, aceptar, integrar, rechazar o negar. ¿O era al revés? En cualquier caso, se trata de un hito, de un enorme poste de piedra que marca un camino, una dirección, aunque también su contraria.

 

Nathaniel Fisher, el patriarca de la familia, el fundador de la funeraria que lleva su nombre y en la que finalmente van a trabajar sus dos hijos, muere en los compases iniciales del capítulo piloto de la primera temporada. Desde entonces, pulula por la serie como el Gran Ausente, como un espectro que sigue influyendo y marcando la vida de los restantes miembros del clan. Pero, ¿sabemos quién fue Nathaniel Fisher? Los espectadores, desde luego, no tenemos ni la más remota idea. Cuando lo vemos aparecer, cuando se materializa, lo hace como proyección mental de los personajes, actuando en algunos casos como una especie de superyó, esa instancia moral y severa que nos amonesta, que nos recrimina, que nos atenaza.

 

Nosotros no sabemos quién fue Nathaniel Fisher, pero sus hijos tampoco. En un capítulo memorable de la primera temporada --no diré cuál--, este extremo se pone en evidencia con una sensibilidad, una belleza y una profundidad notables. Si conocer verdaderamente a una persona en vida es una tarea imposible, ¿cómo pretender hacerlo una vez muerta? Valiosa lección, por cierto, para los historiadores y para todos aquellos que estudian el pasado o tratan de profundizar en las motivaciones humanas; aunque también representa una enseñanza para el presente: las identidades no permanecen fijas ni estáticas. Somos seres maleables, con capacidad de influir y de ser influenciados, de tal modo que nunca somos nosotros mismos, nunca estamos completos y nunca podremos saber realmente y de una vez por todas quiénes demonios somos. Y eso es algo con lo que también hay que aprender a convivir. 



Nuestra identidad es cambiante y contradictoria, sí, pero no sólo se ve afectada por lo que nos acontece mientras vivimos, por los sucesos ordinarios pertenecientes a nuestro quehacer cotidiano. El pasado también cuenta. Los acontecimientos pretéritos –ya sean individuales o colectivos--, pero sobre todo el modo cómo los recordamos, los percibimos o los interpretamos, resultan trascendentales en la configuración de nuestro yo: interfieren nuestro presente, se inmiscuyen en nuestra vida y determinan o condicionan, según los casos, nuestra actitud, nuestro comportamiento, nuestras ideas, nuestras convicciones.

 

Si el futuro se presenta como una infinidad de posibilidades, como una multiplicidad de opciones que se corresponden con otras tantas expectativas, si es lo indeterminado, lo que está por suceder, el pasado se percibe como lo ya acontecido. La experiencia del pasado surge como un bloque, como un todo compacto y cerrado, como algo concluido donde no hay espacio para toda esa infinidad de posibilidades que no se consumaron y que podrían cambiar completamente nuestra concepción de ese pasado, y, por tanto, el modo como afrontamos el futuro. A esa característica de lo pretérito el historiador Reinhart Koselleck la llamó “espacio de experiencia”. Las enseñanzas del pasado llegan de golpe, mientras que el futuro se despliega ante nosotros como un abanico de posibilidades. Aunque el pasado no se puede cambiar, sí podemos actuar sobre nuestros recuerdos para hacer más llevadero el presente, para que el peso de ese bloque que cargamos a la espalda se haga menos oneroso, más asumible y liviano. Para evitar repetir los mismos errores, las mismas equivocaciones.

 

Pero regresemos a la familia Fisher y traslademos estas reflexiones a Nathaniel, ese padre muerto que ya forma parte del pasado y que se aparece ante sus hijos y su esposa como proyección de sus propios pensamientos, de sus propios recuerdos, de sus propias inquietudes y temores. ¿Qué sabemos de la relación que mantenía Nate con su padre? Conocemos más bien poco. Sabemos que Nate se marcha joven a Seattle, que no sigue los pasos de su progenitor en la funeraria como sí hace David, su otro hermano. El primogénito prefiere huir, alejarse de su familia y llevar una vida independiente de ellos. Pero tras la muerte del patriarca regresa para quedarse. Debe ayudar a sus hermanos y a su madre, ocuparse del negocio familiar, algo que hasta entonces parecía haber detestado. Así es como comienza, en 2001, la serie: con Nate regresando a casa sin saber que su padre acaba de fallecer en un accidente de tráfico. 

 

En la tercera temporada, la primera conversación que mantiene Nate es con su padre. Están en un restaurante. Su progenitor está comiendo algo que huele fatal. Nate lo mira desde el otro lado de la mesa con cara de enfado. Finalmente, harto de la conversación que mantienen, abandona la mesa y deja al patriarca solo. Aunque se trata de una proyección, de un acontecimiento que no sucede realmente, no parece que la relación entre ambos haya sido muy cordial, como tampoco ha sido fácil la vida de Keith, el novio de David Fisher. Ha tenido que convivir con un padre rudo, autoritario y agresivo. Una experiencia que también ha marcado la vida de su familia. Ambos –Keith y Nate— han llevado caminos opuestos a los indicados por sus respectivos padres: guiados por su experiencia, cada uno a su manera ha tratando de alejarse de unas figuras que, en principio, resultan nocivas para ellos: Nate, marchándose a vivir a Seattle, ciudad situada a más de mil ochocientos kilómetros de la que habita el señor Fisher; Keith, formándose como policía y mostrando una especial animadversión hacia los maltratadores.

 

Sin embargo, no todo es tan sencillo como parece. Según ya hemos dicho, lo pretérito influye sobre el presente, y lo que permanece reprimido, lo doloroso o traumático de nuestro pasado, siempre está amenazando con regresar, con salir a la superficie para devorarnos. Es la compulsión a la repetición y el retorno de lo reprimido. Tanto Keith como Nathaniel júnior creen haber escapado de la influencia paterna, de su sombra, pero están muy equivocados. El carácter de Keith es duro y áspero, y repite la actitud agresiva de su padre, un comportamiento que va a causarle no pocos problemas. Nate Fisher, por otro lado, lleva el nombre de su progenitor y, pese a sus esfuerzos por alejarse del camino trazado por Nathaniel, se encuentra trabajando en la funeraria como él, compartiendo la vida con una mujer asombrosamente parecida a su madre y cargado de responsabilidades. Sin darse cuenta, comienza a repetir sus gestos, sus costumbres. Y entonces descubre que se está convirtiendo en el hombre del que quería alejarse, que está repitiendo un comportamiento que siempre ha detestado. O eso es lo que una parte de él piensa…

 

Lo cierto es que Nate Fisher no sólo está vivo de milagro, un poco como todos nosotros, sino que también se encuentra al borde del abismo. Algo parecido le sucede a Claire, su hermana pequeña, que comienza a estudiar Bellas Artes y cree encontrar un referente en uno de sus profesores, esa figura paternal que tanto añora; Claire está convencida de ser opuesta a su madre, pero la vida le llevará a tener que afrontar algunos de sus mismos dilemas, a repetir o no el comportamiento de su progenitora. Esa decisión la llevará por un camino y no por otro, pero ese otro camino, esa decisión no tomada, la enriquecerá, entrando a formar parte de su ser, de su experiencia vivida. Pagará un precio por ella, de eso no cabe ninguna duda. Pero eso significa madurar: aceptar la pérdida. Nuestro mundo se rige por los éxitos, por los logros, por lo que hemos conseguido, por aquello que hemos alcanzado. Pero nuestro ser está tan determinado por eso como por lo contrario: por nuestros fracasos, por nuestros esfuerzos desperdiciados, por todas las opciones que descartamos y por todas aquellas decisiones que no hemos podido tomar. Por todas las fatalidades que se nos han impuesto.

 

Somos lo que tenemos, sí, pero también todo lo que hemos perdido, lo que ha permanecido oculto o sepultado. De todos modos, aquí estamos: viviendo a ras de suelo al borde del abismo.


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