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Jorge Carrión: <i>Telefreud</i> (2012)

Jorge Carrión: Telefreud (2012)

    TÍTULO
Telefreud

    AUTOR
Jorge Carrión

    OTROS DATOS
2012. 36 páginas. 1,99 €



James Gondolfini (Tony Soprano)

James Gondolfini (Tony Soprano)


Tribuna/Tribuna libre
Enfermos en serie. Cómo tratar a Tony Soprano
Por Justo Serna, jueves, 07 de junio de 2012
Leo un ensayo breve pero importante titulado Telefreud (2012). Su autor es Jorge Carrión. Dicho texto es el esbozo de algo mayor: un libro de muchas páginas y mucha enjundia, eso esperamos. De momento es un escrito editado en y para Internet que, según dice Carrión, se desarrollará. ¿De qué trata? Del Psicoanálisis en Televisión, en las series. Carrión es un analista avezado. A él le debemos Teleshakespeare (2010), una obra en la que mostraba la hondura dramática de las ficciones actuales. No mezclaba Shakespeare y la Televisión para trivializar el teatro clásico, para banalizar el dolor. Lo hacía para rastrear la huella del dramaturgo, esas cuestiones humanas que perduran en las tablas o en la pequeña pantalla. Lo pequeño o lo grande no dependen del formato ni del soporte. Dependen del tratamiento formal, de la ambientación y de la profundidad psicológica de la ficción. Carrión hallaba, aún humeante, el rescoldo de aquellas tragedias y de aquellas comedias shakesperianas.

La mecha no se ha apagado. El futuro libro que ahora nos anuncia con Telefreud será, pues, la segunda parte. O la segunda entrega, el siguiente capítulo, de la obra precedente. Era inevitable pasar de Shakespeare a Sigmund Freud. ¿No dijo este último que él no había dicho nada nuevo que no hubieran tratado los grandes autores clásicos, los poetas, los dramaturgos? La razón y la emoción, el azar y la necesidad, el libre albedrío o el determinismo, lo evidente y lo soterrado: esos ingredientes estaban en el teatro remoto y están en las ficciones presentes. Por otra parte, llevamos una larga temporada –o varias-- con problemas en serie: serios problemas de autoestima, de decisión, de moralidad. Aunque, ahora que lo pienso, estamos como hace siglos. Ésa es la verdad. Es más: no nos sentimos nada bien. ¿Qué debemos hacer? ¿Qué podemos hacer?

 

Lo que sigue, lo que el lector podrá compartir ahora, ha sido motivado por Carrión, por su ensayo sugerente y polémico: de hecho, aquello que escribo es un diálogo implícito con el autor de Telefreud, aunque dicho texto sea más el acicate que la referencia. Me centro en The Sopranos (1999-2007), una de las series con las que él arranca. De todo lo que podría decir de los mafiosos de Nueva Jersey me limitaré al psicoanálisis, cosa que ya había tratado en otro lugar. No espero que Carrión comparta mis disquisiciones.


Alguien se siente mal y acude al doctor. Confía en su saber y sobre todo en su experiencia. Otros han recurrido a sus servicios como sanador y, por tanto, la fama le precede. El paciente cree tener esta o aquella dolencia. Justamente por eso detalla al doctor los síntomas, todos esos indicios que el cuerpo proporciona. Con lenguaje bastante preciso el paciente indica qué es lo que le está pasando últimamente. Noto una punzada aquí, cerca del esternón, precisa o quizá es en la boca del estómago. ¿Alguna contusión, algún golpe?, pregunta el experto. No, contesta el paciente, para inmediatamente añadir: de vez en cuando incluso tengo dificultades para respirar. Entonces distingo como un ahogo, una especie de aplastamiento en el pecho, responde.

Ajá. Vaya. Ya. El doctor se muestra lacónico. Emplea un lenguaje interjectivo, breve. Está a la expectativa. Con los ojos bien abiertos, aguardando todo dato que pueda dar pistas. En efecto, parece estar en guardia. En realidad, permanece a la escucha, reparando en lo que el paciente expone y en cómo lo expone. Escruta los movimientos o los aspavientos que realiza, esos gestos con los que acompaña sus palabras, el relato de dichos malestares. ¿Qué hacer? Probablemente, el siguiente paso del doctor sea una escueta pregunta al enfermo. Lo someterá a un interrogatorio profesional. ¿Para qué? Para poder identificar su dolencia, para poder adelantar un diagnóstico. El paciente dirá todo lo que quiera decir (o sólo lo que desee revelar). Así, con una información muy concreta o con unos detalles imprecisos, el doctor aventurará un tratamiento.

¿Estamos hablando de un médico y su enfermo? Sin duda, la descripción anterior podría servir como escena originaria, como situación primitiva. Esto que contamos es lo primero que pasa cuando acudimos a la consulta: el paso previo a la prescripción de unos preparados que sanen. Todos tenemos práctica: sabemos cuándo y por qué nuestro médico de cabecera o el especialista extienden las recetas. Con esos específicos que nos administra esperamos sentir una mejoría, incluso la desaparición de la dolencia. Y esperamos vernos libres de los molestos síntomas, claro. Salimos de allí, de la clínica, experimentando alivio. Hasta la próxima visita…

Esa descripción podría servir, en efecto, como la escena ordinaria de una consulta médica. Pero, pensémoslo, podría ser también una situación bien distinta. Pongamos por caso: una persona siente malestares psíquicos, vive infeliz a pesar incluso de su bienestar material, de todos los lujos de que se rodea. ¿Qué hace? ¿A quién recurre? Si es creyente podría frecuentar a su sacerdote o pastor. Podría acudir a la Iglesia, a la Sinagoga o a cualquier otro templo en el que recibir auxilio espiritual. Según parece, Dios atiende, pero la verdad es que no siempre está en capilla. Es más: los ritos u oficios religiosos están pensados para la Comunidad, no para el creyente. ¿Entonces? Sin duda, el fiel de esta o de aquella confesión podría comunicarse directamente con la Superioridad, pero no es menos cierto que Dios se expresa de modo a veces confuso: o al menos confuso para el creyente. En ocasiones manda señales bien explícitas de su enojo. Otras veces, su hermetismo hace incomprensible los mensajes recibidos: los seres humanos somos torpes intérpretes, hermeneutas poco avezados. No estamos a su altura.

Justamente por ello (o por ella), el Ser Supremo está inaccesible, es inaudible y no suele mandar soluciones a nuestros malestares. Estudiosos y expertos atribuyen el silencio de Dios a la magnanimidad con la que nos trata, a su grandeza: a la libertad con la que nos deja actuar. Generalmente no es un entrometido, pues no nos tutela, no nos dirige, no nos guía, no nos controla. Nos deja obrar según conciencia y nos deja conducirnos moralmente. Hemos sido instruidos en unos valores que nos permiten distinguir el bien de su contrario. Por tanto, cada uno ya sabe cuándo infringe los preceptos o cuándo inflige dolor, cuándo comete pecado o cuándo se compromete con el mal. En resumidas cuentas, Dios está allí en lo alto; o está abajo entre nosotros pero oculto: sólo de cuando en cuando se manifiesta. En cambio, los seres humanos siempre están por aquí, merodeando y mostrándose como lo que son: débiles, inconstantes y poco fiables. En cuanto pueden –y si el castigo o la pena son menores-- se saltan las normas e incluso hacen daño gratuitamente o por egoísmo, injustificadamente o por ambición. Y encima se sienten mal.

¿Qué hacer? La Comunidad humana ha inventado todo tipo de recursos culturales para frenar, para contener la crueldad o la estulticia. Por ejemplo: los gendarmes y los consejeros espirituales. Los polis reprimen e impiden; los curas, los pastores, etcétera, igualmente. Ahora bien, la sociedad ha ideado asimismo otro tipo de remedios: los terapeutas. Un terapeuta no es un guardián del delito, no es un vigilante del pecado. Tampoco es un médico: al menos no es un médico corriente. Eso sí, trata con delincuentes, con pecadores y con enfermos. Trata con gentes que obran mal y que obran maldades, que dañan a la colectividad o que se dañan a sí mismos, que viven o sobreviven a patologías diversas. Como puede apreciarse, esos términos, esas expresiones, no son equivalentes. Uno puede infringir o puede infligir; uno puede perseguir a los demás o puede perseguirse a sí mismo; uno puede resistir o resistirse. O puede hacer todo ello a la vez. Si ocurre esto último, si sucede algo así, entonces es probable que el terapeuta tenga como paciente a Tony Soprano. O a un tipo que se le parezca. Rico y necesitado, alguien ya crecido pero a la vez inmaduro, un individuo robusto y violento y a la vez un petimetre conmovedor.

Quien haya visto algún capítulo de Los Soprano (1999-2007), la serie que David Chase realizó para la HBO, difícilmente olvidará a su protagonista, un tipo nacido en Nueva Jersey de origen italiano. Probablemente acabe sintiendo alguna simpatía por él. Y ello a pesar de ser un mafioso: su gran volumen, su carácter irritable y a la vez manso, su glotonería y su amenazante presencia ocupan la pantalla, que ya no es tan pequeña. Tony fuma unos cigarros carísimos, come pasta con auténtica gula, bebe agua o vinos importados o licores de muchísima graduación. Viste con elegancia impostada: un traje de buen corte y de excelente paño cuando quiere impresionar; una camisola informal o un chándal cuando se siente cómodo y suelto, eficaz. Soprano es de Nueva Jersey, sí. Allí vive en una residencia ostentosa, de mucho lujo, de gran fasto. Y allí regresa cada día, según nos anuncian los créditos iniciales, conduciendo él mismo su enorme automóvil: temporada tras temporada, así empieza la secuencia de apertura, cada capítulo.

Tony gobierna los negocios con mano de hierro y dirige las relaciones entre las familias del crimen organizado. ¿Su tapadera? La gestión de desechos. Al mismo tiempo es hijo, hermano, esposo y padre. Es decir, tiene parentesco. Posee una familia carnal y, por tanto, desempeña todos esos papeles. Está casado con Carmela: la quiere y la engaña, a veces de manera compulsiva. Con ella mantiene una relación matrimonial que inexplicablemente resiste los altibajos y los adulterios del varón. Quizá por ser su confesión católica y quizá porque a Carmela la respeta a su manera: como madre que es de sus hijos Meadow y Anthony Jr. Soprano.

Cuando conocemos a Tony a finales de los años noventa es un hombre de mediana edad. Su padre ya ha muerto y de él sabremos siempre por relato, evocación, recuerdo. Las hermanas de Tony mantienen con él una relación intermitente o tensa. Y la madre…, pues la madre es una anciana fastidiosa, entrometida, mandona, con la que ninguno de los hijos parece llevarse bien. Es más: Tony se lleva mal o muy mal. El parentesco de Soprano no es nada particular u original, ya que su vida es vulgar. Arrastra como puede las decepciones de la existencia, mantiene una relación matrimonial previsible y, sobre todo, sobrevive a un mar de contradicciones. No es que se equivoque en sus decisiones. Es que la decisión que toma como capo o como padre no son exactamente compatibles. Todo eso lo siente y lo padece con gran angustia: con desvanecimientos y con toda clase síntomas que no siempre calman los ansiolíticos o, concretamente, el Prozac.

Justamente por eso, Tony Soprano acude de modo regular a la consulta de Jennifer Melfi. Hablo de la Dra. Melfi, la psicoanalista que lo trata, que trata sus malestares psíquicos: las neurosis que padece y las sacudidas o avisos que su cuerpo le envía en forma de síntomas. En la consulta se nota lujo y sobre todo gusto. Los muebles son caros, pero no aparatosos: tienen un diseño fino y unos materiales nobles. Se aprecia el tacto y el tino de la psiquiatra, que ha creado un espacio suntuoso y discreto a la vez. Como corresponde a tdo terapeuta, la Dra. Melfi habla poco, aconseja menos y procura no implicarse emocionalmente. Mira, escucha y, de cuando en cuando, hace alguna observación. Mientras tanto, Tony, que se ha dejado caer en la butaca que los pacientes tienen reservada, larga sin parar, revelando lo que buenamente puede revelar. Es decir, habla con paráfrasis, con eufemismos, y por tanto evita la sinceridad completa que sería deseable en una terapia de esta naturaleza. Allí no acude a declarar sus crímenes, pero sus acciones y sobre todo sus contradicciones le fuerzan a confesar parcialmente, con cierto enredo y con cierta franqueza. Pero la Dra. Melfi no ejerce las funciones de un sacerdote que escuche, imponga una penitencia y absuelva. Ella mira tras sus lentes y procura no torcer el gesto.

Hace poco más de un año empecé a ver Los Soprano. Quedé prendado por la excelencia de esta serie. Me la habían recomendado varios amigos. Entre ellos, David P. Montesinos. Incomprensiblemente había estado años y años resistiéndome a disfrutarla. O más sencillo: simplemente no había querido enterarme a pesar de su perfección. Caído en las redes narrativas de la serie estuve meses viendo el mundo con el esquema de los Soprano: hasta el episodio más tosco de la realidad circundante lo interpretaba con el auxilio de esta obra. No me resigno. Meses después vuelvo a dicho esquema siempre que puedo: para hablar de la corrupción local, por ejemplo. Y si no aplico dicho esquema, entonces procuro vestirme como Tony. Es un decir. En mi caso me pongo una camiseta negra que lleva un rótulo rojo. ¿Qué hay escrito? The Sopranos.

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