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Miguel Veyrat: <i>Poniente</i> (Bartleby, 2012)

Miguel Veyrat: Poniente (Bartleby, 2012)

    TÍTULO
Poniente

    AUTOR
Miguel Veyrat

    EDITORIAL
Bartleby Editores

    PROLOGO
Antonio Crespo Massieu

    OTROS DATOS
978-84-92799-46-6. Madrid, 2012. 144 páginas. 13 €




Creación/Creación
Miguel Veyrat: Poniente
Por Miguel Veyrat, viernes, 04 de mayo de 2012
PARA REDIMIR EL TIEMPO: UN POEMA VERDADERO

Tras la lectura de este libro de Miguel Veyrat, una certeza asalta al lector. En este viaje a Poniente, en esta despedida, es mucho lo que queda: la huella de alguien que ha vivido “libre y señor de su luz”, fiel siempre a una palabra exacta y clara, transparente por no traicionarse nunca, hecha del fulgor luminoso del amanecer y la oscura claridad del ocaso. La oscura claridad de la palabra. Pues dice mundo con su mitad de sombra, con lo oculto que permanece en el poema. Y nos espera como pregunta o adivinación. Para que nos perdamos con ella. Este "hombre viejo" y "libre", atravesado por siglos de palabras, donde vive la más arcana tradición, ha llegado al farallón de Poniente, al final del viaje; ve y escucha: “Y en el aire apenas/ sueña un poema verdadero”. Este poema soñado, exacto, que contiene el latir del mundo, es un poema “de pura nada hecho”. Esta luz ardiendo y cegando, este llegarse al último viaje y saber que entonces (¡sólo entonces!) sonarán “los versos nunca escritos/ en la lengua olvidada en que nacen/ todos los lenguajes” es lo que resuena, lo que vive, en estos poemas que nos deja Miguel Veyrat (1).

Vive el poema hecho carne. El poeta y su palabra ardiendo: “¿Por qué comemos y bebemos otra cosa que luz o fuego?” La cita y la pregunta (pues el poema es el espacio de la luz sin respuesta) es de Juan Ramón y abre la sección “Al filo de la pira”. Lugar exacto del poeta y su palabra amenazada (tan cerca siempre del balbuceo o la mudez) al filo de la pira o en el fondo del abismo. Sólo así se hace carne la palabra. El poema es cuerpo, materia, un trenzado de palabras (un texto) que acoge la realidad exterior y la confunde con la voz que la dice. El muro blanco que bordea el camino, los cascotes de vidrio roto, la luz de mil colores “penetran en la piel”; el viento “penetra un verbo que agita el lenguaje entero” y “traspasa audaz los poros / del vaso de mi cuerpo”. Es el reconocimiento de la vida que estalla en todas las cosas y llega al poema. El poeta sabe que su materia está en las piedras, en los campos, en los arroyos pero también en los lápices, las mesas, las sillas y al escribir siente que “las cosas transpiran por mis raíces de carne”. Ese “misterio de amor” se hace emoción en el poema, allí donde palpita toda la vida que late en los objetos, hechos con la lenta pericia de los artesanos, todo lo que fabricaron y estaba ya en el poeta antes de nacer. Y esa corteza, ese árbol hecho mesa (“en el taller de mi tío Jaumet el carpintero”) es la respiración del poema invisible, lo que está oculto y debe ser leído y sacado a la luz: “¿Me reconoces ahora tú corteza palimpsesto de mis palabras?”. Porque “en la mesa tiembla el espíritu del roble” o sentimos el alma de la sierra que cortaba la madera; así se nos dice en este poema tan materialista porque en él están las cosas (su densidad) y el trabajo que las transforma (y es humano) y quienes las hicieron con esfuerzo y en ellas permanecen. Porque no hay distancia entre Objeto y Sujeto o, al menos, esta distancia queda abolida en el poema.

Vive la tradición; es decir, las infinitas palabras ya dichas, hechas carne del poeta, parte del cuerpo del poema. Todo lo escrito (lo vivido, lo salvado contra el tiempo y la historia). Es una herencia que nos pertenece pero que el poeta tiene que conquistar: vivirla hasta el tuétano, hacerla suya. Y este libro, este hermoso Poniente, la hace suya con una pasión desmedida, la dice desde dentro o el poeta se deja decir por ella. Hablan aquí, nos llegan atravesando los siglos, la poesía trovadoresca, Quevedo, el Marqués de Santillana, Antonio Machado y su oculto misterio, Juan Ramón y también Leopardi, Rilke, Ezra Pound, T.S. Eliot, Paul Celan y Martine Broda (en poemas donde su muerte y el eco de sus palabras nos alcanza y estremece), Brecht (junto al cual el poeta evoca la memoria de Javier Egea), Emilio Prados, Luis Cernuda ... Y Dante como si fuera guía en esta travesía y diera la mano a la otra herencia (que tantas veces es la misma o se confunde o está oculta), la tradición hermética: Hermes Trismegisto, los alquimistas, el conocimiento y rituales de las Logias masónicas... Hermanados. Todos los que tejieron vida derrotando a la gramática engañosa, voces mal traducidas que aquí están: los que intentaron “medir lo exacto”.

Y vive la herida del mundo, el dolor y la injusticia. El horror del siglo XX hecho emocionada elegía en los poemas dedicados a Paul Celan y a Martine Broda en que su memoria se confunde con la de Lorca, Juarroz, Pierre Jean Jouve o Lacan. El presentido desastre. Y lo que ya es presente en este “siglo veintiuno del secuestro/ en que cada persona fue una empresa en miniatura”; frente a esta cosificación, esta reducción de todo lo vivo a mercancía, este secuestro de la ciudadanía, levanta el poeta el alma viva de las cosas. Y está la patria pequeña y sórdida que atormentó a Luis Cernuda; también ahora Veyrat nos dice “Me devoró vivo/ la mediocridad” y desea ser expulsado “para siempre de este territorio/ que no pude elegir y no es el mío”. Pues al poeta ni siquiera le queda el consuelo de ese Fernando Pessoa siempre extranjero y siempre otro (“mi patria es la lengua portuguesa”) y nos dice: “ninguna lengua será una patria / que resida por entero en la conciencia”.

Este viaje a Poniente es también aceptación de la muerte desde la plenitud de la vida y la palabra, un inclinarse ante el misterio definitivo, fin de un viaje circular que cierra la esfera y es también regreso. ¡Cómo resuena aquí Juan Ramón ( el que deseaba ser completado juntando su mitad de luz con su mitad de sombra para ser “equilibrio eterno / en la mente del mundo”) o las palabras de Rilke, lo desvelado por la palabra poética o la tradición hermética!En este regreso a la materia, a lo primordial, origen y fin confluyen. Y este viaje, herido por la belleza del mundo, por la palabra que la salva, es también un regreso: “He ido donde la belleza pareció ser toda nueva / para siempre, y en el último día hallé/ el primero”. Equilibrio del mundo, círculo que se cierra o elipse donde los tiempos se confunden y encuentran.

Y la palabra exacta, el poema verdadero capaz de transmitir el mundo y su temblor ¿se disuelve también o permanece acaso? Hay en este libro una fe desmedida, ciega (por deslumbramiento, por mirar cara a cara al sol y a la oscuridad), clarividente, en la poesía. Porque el poeta sabe que mientras camina hacia ese lugar, ese punto negro donde espera el lento sudario, arden las palabras y él se quema y consume con ellas. Aquí, en la tierra que es su “única guarida”, donde le acompañan sus hermanos los poetas; aquí “lo nuevo sin sombra aguarda en la poesía”.

En este “Poniente” que nos deja Miguel Veyrat se condensa todo un vivir. Reflexión sobre el tiempo y la historia, sobre la muerte (es decir sobre la vida), sobre la poesía. En él hay poemas breves, con toda la luz de la belleza; los hay de un clasicismo tan luminoso y exacto que se dirían escritos hace siglos o la hermosa traducción de un poeta griego o latino que nos era desconocido; está la emoción de la elegía pero también la sátira mordaz; la imagen sorprendente con la que se suele abrir el poema para ir luego desplegándose y adquiriendo sentidos; y está también el poema hermético que impone su oscuridad al lector; a veces el poema acoge voces, citas que acuden, como sucede en Ezra Pound, en la lengua en que fueron escritas porque lo que se anhela es una “poesía total destilada de los dialectos / que pudren sobre el moho” que hermana lenguas y traducciones, que desconoce fronteras o límites porque está siempre, por voluntad propia, al filo de la pira, al borde del abismo. Es un palimpsesto, una poesía escrita “sobre estelas de poetas desvelados”, “para ser leída entre cielos y estiércol”. Es decir, aquí, en nuestra única guarida, en la tierra.

Nosotros seguiremos la recomendación del poeta: “Mientras llega la hora del gran salto/ grabaremos este alegre epitafio”; el que, junto a Brecht, Miguel Veyrat ha querido dedicar a Javier Egea. En el se encierra (y se nos abre) la dignidad de una vida, la pasión por la libertad, la herencia conquistada y la fe en la palabra poética. Es decir lo que ha sido el vivir y la palabra de Miguel Veyrat. Para ir al encuentro de todo lo que nos regala “Poniente”, para no olvidar la libertad y cortar con él la rosa de Ronsard. Así nos espera Miguel Veyrat, vayamos a su encuentro:

 

“Mas su amor alimentó a todos

cuantos comimos de su rojo corazón.

Imítalo si osas viajero airado,

pues luchó por la libertad del hombre.

En su estela espera la última rosa

de Ronsard, guardando el sitio.”

 

ANTONIO CRESPO MASSIEU



 

***



 

 

Selección de poemas de Poniente (realizada por Marta López Vilar)

 

PERDURA EL CANTO

Máscaras constantes

surcan el dolor. Como derivan los cuerpos a

espumas al romper por la costa y las mareas.

Será mi aliento que canta. Inesperado y solo.

Del otro lado salta maquinal un verso al aire.

Pero ahora no soy yo.

 

TIERRA AJENA

Entretanto vivo aislado donde ya no llegan caminos

pues la arena de las horas se detuvo

al cesar el temporal y devolver al espacio

la canción que tú me diste —ebria

de tanto fuego convertido en luz. Comíamos

estrellas. Bebíamos de las ubres del cielo consteladas

en su vidrio de azulado parpadeo. Creíamos

vivir al limpio aroma del amor primero

que anuló la turbulencia en los confines. Ahora

reposamos —ahítos de luz, con la boca llena de tierra.

 

VIAJE INFINITO A TEBAS

Descoso la herida de la frente

con las mismas manos

con que abrí el ocaso. Un pálido

flujo se mueve desde

dentro, filtra el leve

ademán que indica

el giro hacia la noche.

Por la brecha volando

sale un pájaro —cruza el mundo

y reposa sobre el frágil

muro en que cantaba

el destino. De la herida

cae rodando la sesera —como

un dios que agoniza

clausurando posibles paraísos.

En este lugar ya sobraba

todo atisbo de razón.

Las brasas se asfixiaron.

El sol no existe. Allá a lo lejos

quedan floreciendo los naranjos.

 

PAÍS DE AUSENCIA

Aunque todo resulte en nada, al desandar

el camino la travesía termina

y comienza al mismo tiempo. Todo

será nombrar y nombrar de nuevo

cada cosa, hallar un nombre propio. Pero

nadie es nada, si vivir adherido a

un nombre supone un modo de suicidarse.

Un lugar así tampoco podría ser

el mío: Pues que navego en redondo

sin patria conocida será que me he perdido

 

UN BLANCO MIEDO

He ido donde la belleza pareció ser toda nueva

para siempre, y en el último día hallé

el primero. Aquel que cae al fulvo ardor de luz

desnudo y leve, con su juvenil sonido

por el aire. Hermoso aunque se emboce

en la primera sombra derramada sobre la página

en blanco. He retrocedido a ninguna parte

como el salto de un cuerpo en el abismo,

que busca su signo para copiarlo en la página

esfumada de aquél día inaugural. Así nos miente

el alba en la escritura oculta que jamás cancela

los pasos de la noche en su primera sombra.

Momento exacto en que la belleza se estrella

en vano contra el muro del deseo que espantó

a Leopardi —cuando nuestros pechos se amotinan

frente al poder de la Naturaleza que impera

sólo para el mal, y la infinita vanidad del Todo.

 

VIRGILIANA

Muda está la lluvia fina por el paso

angosto que cruzamos todos

entre humildes tamarindos,

camino de una nueva edad de oro.

A ese niño que nace y juega solo,

contadle que sus dioses son

de la misma materia que comparte

con las cosas y otros seres.

Deseadle que la duda sea el puente

de su ceñido sendero —porque

el abismo no sabe ser neutral.

Si debe cantar, que fluya alzado

en las palabras sin que veneno

alguno las altere. Que resista

el brazo del fuerte. Y si por último

debiera morir en el empeño,

que salte hasta el cantil —ya

coagulado en rosa rota por el viento.

Sólo por delicadeza, como van

desde siempre al matadero los poetas.

 

VI

Antes era el silencio tu caverna oscura.

Eras tú un objeto

o cosa sin mente soberana. Libre ahora

ser sin nombre

atónito entre dispersas ascuas a trasluz

late el corazón

de un crepúsculo violeta que en la taza

marmórea canta.

Por su mente se remansa el agua muerta.

 
NOTA
(1) Las palabras entrecomilladas pertenecen a versos del poema "Antes de amanecer".


Nota de la Redacción: agradecemos a Bartleby Editores en la persona de su director, Pepo Paz, y al prologuista Antonio Crespo Massieu, la gentileza por permitir la publicación de su texto y de la selección de poema del libro de Miguerl Veyrat, Poniente (Bartleby, 2012). También queremos expresar nuestro reconocimiento a Marta López Vilar, autora de dicha selección.

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