Director: Rogelio López Blanco      Editora: Dolores Sanahuja      Responsable TI: Vidal Vidal Garcia     
  • Novedades

    Gloria, película de Sebastián Lelio (por Eva Pereiro López)
  • Cine

    Crítica de Hace mucho que te quiero, película dirigida por Philippe Claudel (por Eva Pereiro López)
  • Sugerencias

  • Música

    Here, CD de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros (por  Marion Cassabalian)
  • Viajes

  • MundoDigital

    ¿Realmente hay motivos para externalizar la gestión de un website?
  • Temas

    La muerte de la voluntad
  • Blog

    La primera novela de la generación beat: Go, de John Clellon Holmes (por Iván Alonso)
  • Creación

    Miguel Ángel Molfino: Y colorín, colorado, tu vida ha terminado
  • Recomendar

    Su nombre Completo
    Direccción de correo del destinatario
Elvis Presley en 1957 (fuente: wikipedia)

Elvis Presley en 1957 (fuente: wikipedia)



Alejandro Lillo

Alejandro Lillo

Elvis Presley en un concierto en Hawai en 1973  (fuente: wikipedia)

Elvis Presley en un concierto en Hawai en 1973 (fuente: wikipedia)

Chuck Berry en 1987 (foto de Roland Godefroy; fuente: wikipedia)

Chuck Berry en 1987 (foto de Roland Godefroy; fuente: wikipedia)

Jonathan Franzen

Jonathan Franzen

Jonathan Franzen: Libertad (Salamandra, 2011)

Jonathan Franzen: Libertad (Salamandra, 2011)


Tribuna/Tribuna libre
El rock and roll y el descontento: la rebeldía integrada
Por Alejandro Lillo, viernes, 4 de mayo de 2012
Phineas y Ferb es una serie infantil creada por Jeff “Swampy” Marsh y Dan Povenmire que se emite en Disney Channel. Su título se corresponde con el nombre de pila de dos chicos, de dos hermanastros que, acompañados por un ornitorrinco, pasan juntos las vacaciones de verano. Durante ese tiempo Phineas y Ferb se dedican a crear inventos y a construir máquinas asombrosas aprovechando las ausencias temporales de su madre. La trama de los capítulos se completa, por un lado, con los infructuosos esfuerzos de Candance, la hermana mayor de Phineas, para que su progenitora descubra los artefactos y edificaciones que realizan los niños; y por otro, con las aventuras del ornitorrinco. Este animal es en realidad miembro de una organización gubernamental secreta que combate al Doctor Doofenshmirtz, un científico “loco” que no para de idear maldades.

En el capítulo titulado “Los Baljeatles”, el duodécimo de la segunda temporada, un amigo de Phineas se apunta a un curso de “industrial metal” pensando que se trata de unas clases relacionadas con la ingeniería cuando en realidad es una asignatura de heavy rock. Baljeet, que así se llama el muchacho y que es un genio de las matemáticas, está desesperado, pues piensa que va a suspender por primera vez en su vida: por mucho que estudie no logra arrancar los tonos adecuados a su guitarra eléctrica. “Me he leído todos los libros que había sobre la historia del rock”, comenta el niño de ascendencia india. Entonces Phineas le contesta:

 

Pero Baljeet, el rock and roll no se lee. Es cuestión de desinhibirse y divertirse. El rock and roll es una forma de decirle al mundo lo que sientes (…) En el rock no hay que sacar buenas notas ni respetar las normas. Tienes que rebelarte. La música te vale para expresar tus sentimientos y tus emociones. Toca lo que sientes.

 

He aquí una interesante definición de lo que es el rock´n´roll; más interesante aún si tenemos en cuenta que se enuncia en una serie infantil, en un programa, en principio, dirigido a niños. La idea fundamental de esta argumentación es que el rock es algo que hay que sacar de dentro, que tiene que ver con la necesidad de gritarle al mundo lo que sientes: la rabia o la alegría, la desesperación o la esperanza. Pero se trata de algo que también tiene que ver con la rebeldía, con esa idea de saltarse las normas, tanto las que nos vienen impuestas desde fuera como las que nos exigimos a nosotros mismos. En esa definición se habla, pues, de una doble rebeldía: desinhibirse, soltarse, dejarse llevar, por un lado, y romper las normas por otro. O, dicho de otro modo: la rebeldía relacionada aquí con el rock´n´roll tiene una dimensión individual y otra social.

 

Cuando finalmente Baljeet comienza a cantar y a manifestar sus sentimientos, reconoce que está reprimido y que no logra “desahogarse bien”. Este dato, unido a la referencia a los libros de rock puesta en boca del niño, recuerda a School Days, una canción escrita por Chuck Berry en 1957 y que ha tenido numerosos covers; o lo que es lo mismo, numerosas versiones. School Days expresa a la perfección las sensaciones de miles de jóvenes estudiantes ante el control que representaba la familia y la escuela en una sociedad tan encorsetada como la de los Estados Unidos de la década de los 50. Ambas instituciones –la familia y la escuela-, les daban cobijo y seguridad, pero a la vez les imponían unas normas muy estrictas. Los jóvenes necesitaban algo que les ayudara a liberarse, a sacudirse tanta rigidez, y Chuck Berry se lo proporcionó. La letra de la canción muestra el aburrimiento de las aulas, la monotonía del estudio, la esperanza de salir pronto, de escuchar una pieza de rock’n’roll en la máquina de discos, en la jukebox. Chuck presenta la vida en la escuela como un espacio implacable en el que los alumnos son sometidos a una severa disciplina. Hay que estudiar mucho porque la competencia es grande y los profesores son exigentes. Pero cuando dan las tres y el timbre suena, es tiempo de diversión: es tiempo de rock’n’roll.

 

Aunque la sociedad norteamericana actual poco tiene que ver con la de la década de los 50, la realidad es que Baljeet se muestra como un personaje obsesionado con los resultados académicos, por lo que parece normal que encuentre en su interpretación rockera una válvula de escape para tanta tensión acumulada. Al final del capítulo, cuando Baljeet se enfada porque descubre que en el curso de “industrial metal” no ponen notas, es cuando canta y experimenta realmente lo que es el rock and roll.

 

Pero, ¿qué canta? La letra que interpreta es distinta según se oiga en inglés o en castellano, aunque el espíritu viene a ser parecido. Si nos fijamos en la versión en castellano, dice: “Yo tengo que protestar / (…) Quiero un plan de estudios más severo en disciplina / Evaluarme del 0 al 10 / (…) Tengo represión / y no me desahogo bien / Pero no lloraré lo puedo asegurar / Voy con el establishment / Mis padres me comprenden / El sistema se defiende / Porque lo queremos conservar…“. ¿Contra qué se rebela Baljeet? Pues precisamente contra el hecho de que en ese curso de rock no pongan notas, y contra la necesidad de que en el colegio sean más estrictos. Es decir, que emplea este tipo de música para defender el status quo. Se rebela, de alguna manera, contra la rebeldía del rock and roll.

 

¿Cómo deberíamos entender esta actitud en el contexto de la serie? ¿Es una forma de desactivar entre los chavales ese espíritu rebelde vinculado con el rock? ¿O acaso es una forma de denunciar precisamente la pérdida de impulso revolucionario y transgresor de este estilo de música, universalizada por primera vez por Elvis Presley?

 

Lo cierto es que la trayectoria de Elvis contiene estas dos caras: la de la rebeldía y la del conformismo, y su propia trayectoria personal y musical encarna y refleja esa disyuntiva, ese debate sobre los límites subversivos de la música rock, esa domesticación de los ritmos. John Lennon afirmó en una ocasión que Elvis ya no fue el mismo al regresar del servicio militar, realizado en la República Federal Alemana. Sin embargo, algún que otro músico va más lejos en sus afirmaciones que Lennon. Poco importa ahora que el artista en cuestión sea un personaje de ficción; lo interesante es el sentido de sus palabras, la crítica que expresan hacia el mundo del rock y el contexto en el que se inscriben. El individuo se llama Richard Katz, y la obra de ficción en la que pronuncia esas palabras se titula Libertad, la última novela de Jonathan Franzen.

 

Libertad impresiona por la hondura de sus personajes, por la penetrante descripción del mundo en el que esas personas viven, y por la huella, suave pero profunda, que va dejando en el lector a lo largo de sus más de seiscientas cincuenta páginas. Es una de esas novelas que no terminan de leerse nunca, uno de esos libros de los que todo lo que se diga resultará insuficiente, un mero reflejo de la riqueza y vastedad de sus planteamientos. La obra de Franzen disecciona la cultura, el imaginario y el modo de vida norteamericano --también el occidental--, de los últimos cincuenta años. Lo hace con tal maestría que no le quita a esa recreación ni una pizca de su complejidad, ni un ápice de su ininteligibilidad última, de tal modo que, una vez concluido el libro, cuanto más se piensa en él más imprescindible, conmovedor y lúcido se vuelve.

 

Gran parte de la trama se centra en la historia de una familia americana, de clase media y tendencias progresistas, formada por Walter y Patty Berglund y sus dos hijos. Aunque junto a ellos van cobrando protagonismo una variada gama de individuos, como los padres y los hermanos del matrimonio, los novios y amistades de los hijos o los vecinos del barrio en el que viven, la novela se articula en torno a tres caracteres: Patty, una madre aparentemente impecable; su marido Walter, un abogado profundamente comprometido con la cultura y la naturaleza; y un artista de rock, amigo íntimo de Walter desde sus tiempos universitarios, llamado Richard Katz.

 

Richard, siendo ya un hombre maduro, se convierte en un cantante de culto, cosechando un impresionante éxito. Sin embargo, por razones que no vienen al caso, en el año 2003 decide abandonarlo todo y, una vez dilapidada su fortuna, se pone a trabajar construyendo y arreglando terrazas. Un adolescente que vive en uno de los pisos en los que Richard está trabajando lo reconoce y lo convence para hacerle una entrevista. Tras unas cuantas preguntas infructuosas, el joven finalmente inquiere: “Qué opinas de la revolución del MP3?”. Entonces se establece el siguiente diálogo, que puede encontrarse en el capítulo de la novela titulado “Explotación a cielo abierto”:

 

R: Ah, revolución, vaya. Me encanta volver a oír la palabra “revolución”. Me encanta que ahora una canción cueste exactamente lo mismo que un paquete de chicle y dure exactamente el mismo tiempo hasta que pierde su sabor  y tienes que gastarte otro pavo. Esos tiempos que por fin acabaron, no sé… ayer… ya me entiendes, esos tiempos en que fingíamos que el rock era el azote del conformismo y el consumismo, en lugar de su siervo ungido… a mí esos tiempos me resultaban de verdad irritantes. Me parece bueno para la honradez del rock and roll y bueno para el país en general que por fin veamos a Bob Dylan e Iggy Pop tal como fueron en realidad: como fabricantes de chicles de menta.

P: ¿Quieres decir entonces que el rock ha perdido su carácter subversivo?

R: Quiero decir que nunca ha tenido carácter subversivo. Siempre ha sido chicle de menta, y simplemente nos gustaba creer lo contrario.

 

Las palabras del rocker son tremendamente duras. Están cargadas de ironía, como la novela entera, pero no son hipócritas, pues él mismo se incluye entre los vendedores de chicles: “…y lo digo como fabricante de chicle desde hace muchos años…”.  Richard Katz hace un razonamiento muy relacionado con la idea central de la narración, que tiene que ver con el verdadero grado de libertad del que podemos hacer uso en nuestras vidas. La amargura latente en las palabras de Richard muestra cómo, pese a su esfuerzo e intenciones, algo más fuerte que él lo convierte en un vendedor de chicle, precisamente en algo que él mismo desprecia; por eso renuncia a la fama y al éxito, porque lo convierten en algo que siempre ha detestado. Podemos estar más o menos de acuerdo con su opinión, pero creo que ese diálogo, esa entrevista, merece ser releída y recordada. Parece una reflexión muy pertinente que nos traslada, además, al inicio de esta tribuna, y que nos obliga a preguntarnos qué demonios hace sonando una canción de heavy metal en Disney Channel.

 

Al inicio de este artículo distinguía entre desinhibición personal y ese rebelarse contra las normas. Parece que en la actualidad la industria del rock está dominada por la exhibición, la desinhibición y el espectáculo, y no parece dar muestra de esa rebeldía social y pacífica –como sólo lo es la música- que tanta falta nos hace. Los gamberros de antaño se han convertido en unos buenos chicos. Y aunque las grandes estrellas canten, griten y se contorsionen vestidos con ropa de cuero y maquillajes estridentes, su transgresión no parece ir más allá de la estética de su propio cuerpo. En un momento de la entrevista a Katz, el adolescente le pregunta por Bob Dylan, por cuando  se “pasó a la guitarra eléctrica”. Richard le contesta lo siguiente:

 

Si vas a hablar de historia antigua, remontémonos a la Revolución francesa. Acuérdate de cuando aquel… cómo se llamaba… aquel rockero que compuso la Marsellesa, Jean Jacques no sé cuantos… acuérdate de cuando su canción empezó a acaparar todo aquel tiempo en antena en 1792, y de pronto el campesinado se sublevó y derrocó a la aristocracia. Esa sí fue una canción que cambió el mundo. Descaro, eso es lo que les faltaba a los campesinos. Ya tenían todo lo demás: un estado de servidumbre humillante, una miseria absoluta, deudas impagables, condiciones laborales espantosas. Pero sin una canción, tío, todo eso se quedaba en nada. El estilo sans-culotte fue lo que de verdad cambió el mundo.

 

La ironía y la falta de conocimientos históricos delatan al rockero, pero la idea que trata de expresar parece clara. La pregunta, en pleno siglo XXI, con una tremenda crisis a cuestas y con el proceso de desmantelación del Estado del bienestar en marcha, sería: ¿cuándo va a llegar la música que nos haga reaccionar?

  • Suscribirse





    He leido el texto legal


  • Reseñas

    La cuestión religiosa en la Segunda República
  • Publicidad

  • Autores

    Entrevista a Pepa Cantarero, autora de Te compraré unas babuchas morunas (por Jesús Martínez)