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Antonio Crespo Massieu: <i>Elegía en Portbou</i> (Bartleby, 2011). Presentación en Madrid: 24-11-2011 a las 19:21 horas en el Archivo Histórico Nacional (CSIC) C/ Serrano, 115

Antonio Crespo Massieu: Elegía en Portbou (Bartleby, 2011). Presentación en Madrid: 24-11-2011 a las 19:21 horas en el Archivo Histórico Nacional (CSIC) C/ Serrano, 115



Antonio Crespo Massieu, recitando

Antonio Crespo Massieu, recitando

Antonio Crespo Massieu en la Feria del Libro de Madrid, 2011 (foto de Pepo Paz)

Antonio Crespo Massieu en la Feria del Libro de Madrid, 2011 (foto de Pepo Paz)


Tribuna/Tribuna libre
Antonio Crespo Massieu desafía la desmemoria con su estremecedora Elegía en Portbou
Por Miguel Veyrat, viernes, 01 de julio de 2011
¡Tristes banderas
del crepúsculo! Soy púrpura viva
contra ellas.
Seré un corazón en la oscuridad;
púrpura de nuevo con el alba
.
Carles Riba (1)

Llega hoy a los lectores la Elegía en Portbou (2) de Antonio Crespo Massieu (3), cuando se cumplen 75 años de la rebelión armada contra la II República Española, para desatar las tenaces voces de los muertos y humillados por la masacre cainita, prolongada 40 años en un largo memento de terror. Este bello canto coral sobre la ausencia ha sido urdido por un poeta verdadero que nació al comienzo de la segunda mitad del pasado siglo, recientes los ecos del asalto a Europa de las hordas nazis y fascistas tras el “ensayo general de España”. Resuena ahora entre el golpeteo de varias jugadas de dados sobre el tablero nacional, que tratan de acallar metódicamente la patria subyacente de la memoria. No sería la menor ni la más grave el significativo y vergonzoso ruido del episodio perpetrado por la Real Academia de la Historia —eficazmente recuperada para el negacionismo con un director colocado en su día por el entonces presidente Aznar, acaso para tal propósito. Acompaña bien, en todo caso, a la destemplada orgía de numerosas instituciones y personas cuya adscripción “necesaria” a una democracia fraguada urgentemente en tiempos de oportunismo, sólo fueron actos consecuentes del taimado y continuo embozo del espíritu de la tardo-dictadura. Sin embargo, al griterío de los franquistas ya destapados al olfatear la proximidad de la profetizada “segunda transición” hacia el pasado, se oponen varios signos, quizá insuficientes pero arraigados en nuestra más auténtica cultura democrática, que llegan montados en un azar de imposible abolición.
Si late aún en todo demócrata el aldabonazo de conciencia que impone el reciente fin impuesto por la muerte al largo viaje de Jorge Semprún —mas no a su voz—, la inmediata reimpresión de la obra de ese testigo excepcional de la barbarie del siglo XX, remediará en parte su pérdida irreparable. Neuma y enlace con ella, ha de servir de contrapunto el desafío coral a la desmemoria de esta Elegía en Portbou que hoy tenemos entre manos, armonizándose a su vez con la no menos feliz reedición en lengua castellana de Les Elegies de Bierville del gran Carles Riba, en la magnífica versión de Marta López Vilar. Por ello señalan los editores de Elegía en Portbou, que “en el espacio histórico que va desde la derrota del 39 hasta el final de la dictadura y nuestro presente, la palabra nombra, en este extenso poema inacabado y abierto por su misma pretensión, todas las heridas del siglo XX, quizá el más cruel de la historia”. Añadiremos que el último estudio de Paul Preston, en el que califica el exterminio masivo de demócratas planificado por Franco y sus auxiliares felones, militares y civiles, como un auténtico Holocausto (4) que resultaría preparatorio al perpetrado por los nazis y sus auxiliares fascistas sobre los judíos, perros judíos comunistas, homosexuales, gitanos, comunistas en general y perros combatientes de la II República española, redondearía esta serie de benéficos impulsos movilizadores. Inacabados y abiertos, sí, a este nuevo e inquietante siglo, como indica el incesante goteo de noticias que denuncian el retroceso de las democracias.

Sin embago, Elegía en Portbou no es, no puede ser por razones biográficas, el relato de un solo testigo del exterminio cainita en dos guerras con el mismo agresor, como lo fue el de Semprún, ni el de un científico de la historia como el de Preston. Pero sí el de alguien que más que heridas en el propio cuerpo, ha padecido gran parte de los años de represión como poeta y ciudadano y quiere asumir y entregar junto al suyo, el dolor moral de la larga derrota de nuestros muertos trasterrados, insepultos en fosas desperdigadas y anónimas o yacentes en los grandes cementerios bajo la luna que asimismo denunciara en plena contienda Georges Bernanos, poeta tan católico como Riba y como él consciente del “vaciamiento de sí mismo” (heauton ekénosen) que supone la fe en el Cristo. Acompañan por tanto a esta Elegía en Portbou, añadidos al lecho del dolor mas vivo causado por la maldad, también los actos de heroísmo, de bondad y resistencia. En ningún momento pierde el poeta, desde su perspectiva de derrotado, el hilo histórico cuyo tratamiento poético —en X cantos agrupados en tres Libros que siguen a un hermoso poema introductorio, más una larga estela final de voces nombradas individualmente y tañidas en coro a lo largo del texto—, no desvirtúa lo verdadero de su temática basada en hechos ciertos y probados. Muy al contrario, la palabra poética sigue siendo aquí aquella que establece lo verdadero acontecido en la tierra, pues lo eleva a la condición de mundo que se instaura como nuevo en la mente de sus protagonistas lectores. La verdad irrebatible de la poesía.

Perplejo y estremecido pero determinado, el poeta alterna sus versos blancos alargando y estrechando ritmos, adaptando las cadencias, diástole-sístole de la inspiración primordial largo tiempo retenida y alimentada que ahora escapa

El autor decidió colocar en el dintel de entrada a su libro unos versos de Rilke que advierten: ¿Quién nos dio pues la vuelta, de tal modo/ que hagamos lo que hagamos, estamos en la actitud/ de uno que se marcha? Como quien,/ en la última colina que le muestra una vez más/ su valle por entero, se da la vuelta, se detiene, permanece/ así un rato,/ así vivimos, siempre despidiéndonos/. Cerca ya de la frontera de Portbou, Riba entregó a Antonio Machado los versos que abren como epígrafe estas líneas, garrapateados en un papel. En el año 39, al despedirse antes de partir ambos hacia el exilio y entonar sus propias Elegies, el catalán desde su razón poética personal, para que anduviera iluminando los caminos doloridos del ausente (Carmina invenient iter, es la cita de Séneca que abre su colección de plantos) hasta hallar lo oculto que pudiera justificarlo. Y apuntar el sevillano su aliento exhausto en estos días azules y este sol de la infancia, anotados para el recuerdo en otro humilde papel hallado en un bolsillo de su americana, que ya no lucirían para él sino unos pocos días más. He querido colocar al frente de esta reseña aquellos heridos versos nacidos en el presentimiento de lo que sería una larga noche piedra —en expresión de Celso Emilio Ferreiro, uno más de los grandes poetas vencidos y olvidados—, como homenaje a aquella voz solitaria que contrasta con la voluntad colectiva en la que se inserta necesariamente el significativo trabajo de Antonio Crespo Massieu, escrito en el exilio interior de los años de la humillación —en que todo dios permanece para siempre ausente y de espaldas a cualquier realidad ajena a su severa ortodoxia, determinada en cada ocasión histórica por los amos de la tierra.

Aquí pues en el cementerio de Portbou, donde Walter Benjamin sobrevuela el desfile de sombras abrazado en su despedida al ángel perplejo de la historia, se halla el lugar que elige el poeta para entonar su kaddish de duelo:

Y aquí, ante este mar, en este cementerio de luz y espliego,
en este rincón donde la tierra se esconde, donde los hombres
desaparecen perdidos en azul, en serpenteante línea que desciende
y escala la montaña, en negro vacío que horada siglos, distancias.
Aquí jalonado de muertos, en este promontorio de ausencias,
en la escarpada memoria de los que fueron y de lo que fui,
en las voces que suben y se hacen signo, azul sobre blanco,
en el reconocimiento de lo que perdí, de mis sombras y las suyas,
en esta respiración acompasada con los muertos, este vaivén
de rezo o suspensión, de acompañamiento o herencia,
en esta devolución consagrada, circunvalada, rodeada
como piedra o carne, en este llanto que es palabra,
en esta latitud del siglo donde mi pasado se diluye
como agua verde o espasmo de un recuerdo conquistado
al olvido y sus trampas, a los maliciosos del consuelo.

Aquí, donde las voces se convocan, voces como las que atormentaban a Virgilio en su última hora en el ensueño descrito por Hermann Broch (5), incrustándose en su mente para mezclarse y componer juntas la larga cadena de poemas desde el primer grito modulado por un humano hasta nosotros, sobre la voz anudada de poetas y pensadores. Aquí forman para lanzarse juntas en la Elegía en Portbou las voces de vivos y muertos, las de Rilke y Celan, Tundidor y Mestre, Benjamin y Primo Levi, Pepe Méndez, Machado, Manrique, el propio Riba, Char, Lévinas, Buber, Grande, con el contrapunto irónico de otras altisonantes que ya sentencian que se ha hecho justicia (Pío Cabanillas), localizan y denuncian criaderos y nidos especiales/para judíos (Jiménez Caballero) o berrean un vibrante ¡Arriba España! que redactado difícilmente con el brazo en alto, perdura negro sobre blanco en el Libro de Actas del Ayuntamiento de Portbou. Todas ellas inscritas en el reiteradamente evocado azul, un mítico azul de Voronet que subyace en el recuerdo del poeta e ilumina su compasión cosida a la esperanza en la palabra venidera anunciada por Celan.

Recitativo, canto, elegía, poema, cántico, cantata, gozos o salmo —valga en esta ocasión la confusión de géneros pues en todos ellos suena en un momento u otro la Elegía en Portbou—, merece honda lectura

Así, somos también convocados a escuchar todas las voces posibles, audibles o inaudibles, finalmente acordadas en la de Crespo Massieu que nos llega ya nítida y clara: A sentarnos todos, y sentarnos todos para el recuento con los despiezados, los perdidos, los sepultados sin sepultura, los que fueron ceniza, denso vacío, los que dijeron la palabra, y los que callaron y tuvieron miedo, los avergonzados, los postergados por el amor, los heridos por el deseo, los que esperan sin saberlo y los que saben y ya no esperan, los que fueron luz o sonrisa, los que dejaron algo, los que apenas fueron. Sentarnos todos con ellos: con los que también fueron deportados al campo, los que olvidaron la oración y fueron sacrificados, los hacinados en la playa llorando arena, los que defecaban en el mar, los elegidos, los llevados a las fosas ardeatinas, puestos en la balanza, penosamente sumados, los que alcanzaron con su hedor descompuesto la indiferencia del príncipe blanco, el pastor que parte la mañana y el pan con sus asesinos, y el que yace sin saber dónde, el que está aquí en este cementerio cuya belleza sobrecoge, en este vertedero del siglo, en este mirador de la historia y sus infinitas, sagradas, ausencias. Convocados a la melopea que hace el recuento de la hilera que tiembla en la noche,/ que avanza al amanecer entre ruinas, escombros, la metralla,/ y el desconsuelo, las mujeres, los niños, la pureza/ de alba y la carne, los hombres vencidos de ojos sin luz/ con la andrajosa belleza de la dignidad…

Perplejo y estremecido pero determinado, el poeta alterna sus versos blancos alargando y estrechando ritmos, adaptando las cadencias, diástole-sístole de la inspiración primordial largo tiempo retenida y alimentada que ahora escapa, a veces en la más pura tradición de la escritura automática, que sin quebrar la unidad prosódica estalla en la supuestamente informe melopea de /deforme niño que escupió al fin una palabra/ (si acaso lo fue)/ mascó masculló maculó muscló masclá/ que nada o todo contiene/ —aquella epifanía mass-klo que golpea en Primo Levi, /melodía que siempre permanece/ o voz que fundara de nuevo el origen/. Y regresar con todas las cosas tocadas y usadas hasta el origen del lenguaje para finalizar el libro primero, “El libro de los pasajes”; para abordar el segundo “Libro de la Frontera”. Frontera de la luz y de la historia evocadora de las llagas salvadas por la misma luz que prevalece siempre en el país de las sombras, donde asoma el corazón de Virgilio en busca del padre doliente en el infierno, verso rebelde agazapado en la mente de Eneas Massieu, residuo acaso de su incierta caligrafía escolar que silabea aquel ibant obscuri sola sub nocte per umbram, verso (6) que le absorbe e informa el trasfondo de su Elegía. Todos apiñados para avanzar hacia el “Terco suburbio de la esperanza” en el Canto VII donde cobra nuevo sentido la entrega de Riba a Machado, camino del exilio, /seré un cor dins de la fosca/ púrpura de nuevo con el alba/. Y el poeta repite con sus maestros sobre el acantilado del día: Se canta lo que se pierde. Colliure. /Nunca olvido./. Y se pregunta: ¿A partir de cuándo?

Mas la palabra está salvada en el tiempo, contra el tiempo. Sólo para abrirse como un presagio en el blanco cementerio donde se procede a nombrar uno a uno a los que se quedaron entre la indiferencia de los vivos en el vacío de la muerte y la lejanía de los años. Un bellísimo Canto VIII —canto o recitativo al modo de Bach o Händel— nos llevará hacia el tercero y último de los libros, el “Libro del Descenso”, en cuya boca de sima un pasquín indica a voi ch’entrate, en compañía de Walter Benjamin en el papel de Virgilio —tu duca, tu signore, e tu maestro—, que “tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando este venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. Benjamin entra en el clamor colectivo como profeta del gran Holocausto iniciado en España en “La zarza ardiente de la piedad y la restitución”, mientras el cantor Dante Massieu reconstruye sus últimos pasos y pensamientos camino de la última toma en sobredosis, abrazado a su Baudelaire adorado, embebido y ajenado en la droga con la que ya intentó suicidarse años atrás. Se trata del impresionante recitativo final, Canto X, “Mira, descansa, descansad. Al fin hemos llegado”.

Recitativo, canto, elegía, poema, cántico, cantata, gozos o salmo —valga en esta ocasión la confusión de géneros pues en todos ellos suena en un momento u otro la Elegía en Portbou—, merece honda lectura, pero que habrá de realizarse en las páginas ya impresas del libro pues debido a su extensión resulta imposible reproducirla entera en la breve Antología que sigue a continuación de estas líneas. Incluímos en cambio el poema de apertura y la intensa e impresionante poema nº VI del “Libro de la Frontera”, presidido por un Paul Celan que lamenta un demasiado tarde, nibelungos de izquierda. Quisiera añadir poco antes de mi firma, que al dilettante lector y redactor del presente artefacto, que no es reseña ni loa, sino referencia necesaria de un gran poeta en tiempos de penuria, sólo le quedaría una anotación más en atrevida analogía con la que no espera que estén de acuerdo muchos de los actores presentes en la hipócrita cultura contemporánea española. Elegía en Portbou es un documento poético que significa con enorme altura estética —a los noventa años cumplidos de la composición y recomposición por TS Eliot de su Tierra Devastada, ayudado por la sabia mano de Ezra Pound tras la Primera Guerra Mundial— nuestro “nacional” baldío de cuerpos y almas sobre cuya arcilla púrpura manchada, amasada en sangre y huesos, se ha construído un régimen recompuesto en los bordes de una inmensa herida sin cerrar, de una traición sin reparar, con los retazos de una capa acuchillada (Yeats), apuntalado con arena de llorar por argamasa.

Así como TS Eliot sometió humildemente su manuscrito a quien consideraba il miglior fabbro, el no menos flexible poeta Castro Massieu pasó en 2008 un ejemplar de su obra inédita a “algunos poetas y amigos que fueron sus primeros lectores: Francisca Aguirre, Enrique Falcón, Félix Grande, Guadalupe Grande, Juan Carlos Mestre, Antonio Orihuela, Manuel Rico, Jorge Riechmann. Es de justicia consignar los nombres que han jalonado este tiempo de espera, agradecer a quienes me han alentado, han emitido opiniones sobre el libro y han hecho un poco más fácil perseverar en el empeño”. Quede pues consignado, también aquí; a posteriori me permito añadir mi propio aliento de nacido en un refugio en la Valencia del 38 durante un mortífero bombardeo, invitando a quien se sienta atañido a “perseverar en el empeño”, mucho más común si cabe desde estos momentos. El 1 de abril de 1939 fue también el mes más cruel para las devastadas tierras de España. Ojalá que la voz de Crespo Massieu tuviese el poder de “fundar de nuevo el origen” —en respuesta al desolado ¿Desde cuándo?— acompañándose de la masa de poetas que le han precedido, más los que a buen seguro se unirán desde esta hora a su propósito. Exegi monumentum aere perennius (7). Inacabado y abierto corazón en la oscuridad. Todo parece indicar que la resistencia contra nuestra desmemoria endémica será todavía imprescindible, púrpura de nuevo con el alba.


BREVE ANTOLOGÍA


¿A partir de cuándo?

¿A partir de cuándo el ángel, el pájaro,
desde cuándo la herida, el canto, lo quebrado,
el asombro, la suave permanencia, la luz,
desde cuándo la música, su ingrávido descenso,
la claridad bañando el mundo, la palabra
escalando la noche, vaticinando gira que gira
el gozne, lo entreabierto, la cadera herida, la piel
marcada, lo que rodea y abraza, lo circunciso,
la agrietada fidelidad, la fraterna constancia
de lo que contemplan los contemplados,
a partir de cuándo el silencio y sus sombras,
desde que tiempo sin tiempo horada renuncias,
enumera traiciones, olvidos, cuándo.

Quién escuchó el pájaro, la luz, la carne,
quién la dijo, desde dónde la inventó, la bautizó
y sacralizó el instante, lo venidero como esperanza,
un sueño terso que adivina lo posible, lo nunca acaecido
y sin embargo siempre preguntado, indagado
en temblor, hueco, cuenco de vigilia, descenso, regreso.

¿A partir de cuándo el pájaro, la luz?
¿desde cuándo el cazador, el oscuro silencio?
¿a partir de cuándo?

Cuando llegó el verbo y fue sangre, boca, saliva,
cuando pobló, nombró, dijo, permaneció.

Mas ¿cuándo llegó el verbo?
¿cuándo el pájaro y su canto?
¿a partir de cuándo el canto?
¿cuándo su renuncia?


VI

Está la llaga y la luz y la luz
prevalece y salva

Pues amor también es un encuentro,
conocimiento que hacia atrás se pierde,
lo que busca el animal, el niño, un pálpito,
sentir la piel, el suave estremecimiento de la caricia,
el roce, lo que irradia el calor, el abrazo que tiembla,
lo compartido, la belleza que se adelgaza y se hace
música, tacto, silencio en que todo estalla
como palabra que es consuelo, acogimiento,
una plenitud hecha aire, acorde, suave evocación
que llega, se escucha y penetra como herencia
o fidelidad, lo alto, lo hermoso sin sobresalto,
lo que fue melancolía al caer la tarde
y ahora susurra y es vuelo de notas, distancia inasible.

El siempre repetido asombro,
lo desnudo que conmueve,
la perfección que viste en Florencia,
lo aparecido en mármol, lienzo,
lo hasta ti llegado, ahora por fin
ofrecido, esperando tacto,
un aliento, la incandescencia, la suavidad.
Luz nacida del centro, del oscuro vaivén
que todo contiene y es materia
vuelta a una profundidad que cobija,
una pasión que ya es música, infinitas
palabras atravesando siglos, orfandades,
para decir lo irrepetible: una luminosa heredad
o tan sólo dos cuerpos ya nunca solos.

Así nos encuentra lo que busca el niño,
el animal, un remoto origen para reconocernos
en el punto mismo del inicio cuando vivir
era lo que nos esperaba: una reclamada aventura,
cuando la sonrisa nos pertenecía como la historia
que estaba por escribir y todo era como promesa:
las palabras, la carne, el mar, las ciudades,
todo transitaba en el instante hacia la luz,
edificaba recuerdos, nostalgias, era júbilo, rebelión
o conocimiento.

Íbamos por el país de las sombras, orgullosos
de un no proclamado con la cara al viento
de todas las interrogaciones o certezas,
contra los silencios cómplices y la repetida ignominia.
Entonces la palabra era un soplo cálido de la memoria,
abrías, abríamos, calles de espanto, de enloquecido sueño,
de gritos (a gritos, con piedras de voz, de luz, rompíamos
avenidas, ventanas, lunas, lo que se quebraba en el tiempo
para nacer) con pequeñas banderas, con una esperanza
repetida en infinitas lenguas.
Éramos como nuestros cuerpos:
una insolente certeza,
el desnudo afán de una belleza nuestra y desconocida.

Descendimos a la noche amenazada
(lo ocultado con el miedo, lo destruido,
lo que íbamos haciendo trizas en la madrugada,
lo arrojado en el silencio)
supimos del espanto, del hueco de sangre
que hería las baldosas, los registros, las largas ausencias,
supimos la caída que fue grito multiplicado
(descubriste entonces la geografía insumisa
de tu ciudad nunca vencida, las alejadas plazas,
el extrarradio, las barriadas humildes, las aceras
nunca antes visitadas) y fuimos vergüenza
cuando al alba era la muerte y su decretado silencio.

Y sin embargo nada,
ni la noche, el horror, el miedo,
nada
abolía la sonrisa, la inconsciente esperanza,
el saberse inicio, terso reclamo
de un mañana venidero, inevitable, nuestro.
Éramos certeza, una luz,
un cuerpo esperando otro cuerpo,
un descenso torpe, casi un balbuceo,
desde la tibieza, desde ese indeleble desamparo
que nos acogía y estallaba en deslumbramiento:
lo soñado tan real como un dedo
que desciende, como deseo
abierto en iris, en carne retenida, en susurro
de piernas, en un furor tan dulce como abandono.
¡Ah tu pubis incandescente iluminando la estancia!
llamando la mirada como lo negro contiene la luz,
llamarada que viste la penumbra y nos encamina
a la caricia, a dilatar infinito el deseo hasta llegar
donde apunta y abrir la carne al común estremecimiento,
al abrazo de mundos que juego y pasión, ferocidad
y ternura confunden y todo se resuelve, se revuelve en instinto
y luego se adelgaza en pequeña palabra, cansancio,
otro encuentro que es reposo, rememoración, olvido

Tú fuiste, tú eres la presentida belleza, el fulgor de Italia,
el asombro de un cuerpo extendido (el infinito asombro
de todos los cuerpos) el calor buscado, el pálpito, la caricia,
el roce cuerpo contra cuerpo (ante, bajo, sobre, desde)
ese temblor que parecía añoranza (pues infancia es
una caricia inagotable, insatisfecha, que luego
en otra carne estalla) esa indecible suavidad,
lo que llega, ocupa espacio, fuerza la mirada,
llama a la jubilosa extenuación, al camino, al reconocimiento.

Nació entonces el cumplimiento, la sabiduría
de la carne, sus secretos, lo recóndito, la fidelidad
construida en el diario, renovado aliento del milagro
hecho casi costumbre, rito, lo común como una hogaza
gigantesca de tránsito, apariciones, viajes, silencios:
dos cuerpos horadando el tiempo, perpetuándose
en lo mínimo que fue temblor y se hizo distancia,
necesaria lejanía, un nuevo horizonte,
preservando así la materia estremecida.

Intacto el deseo y la belleza como aparición insondable,
sentir de nuevo el descubrimiento,
lo incólume y bajar entonces la mano
hasta la luz cegadora de la adolescencia,
así caminan los amantes atravesando la noche,
compartiendo amaneceres inconclusos, renuncias,
olvidos, un tiempo incierto de sombras,
palabras escondidas, la complicidad y sus secuelas
y las esperanzas salvadas, los que volvieron
traspasaron (¿indemnes acaso?) la puerta de las prisiones.

Así los amantes
llevan consigo ese ardido filamento de la memoria
como cuerpo iluminando la oscuridad y lo que persiste,
los compañeros que alimentaron las brasas en el frío invierno
y los perdidos, los arrojados al vacío, el que predijo
en la hora infausta las alamedas de la libertad,
las primeras páginas atroces, el espanto
de los avances informativos
pero también
las canciones que acunaban nuestro dolor
o alimentaban una esperanza que tendíamos
como blanca sábana que nos cobijara,
que era un pan pequeñito, negro, duro como piedra
de escándalo arrojada en patios que se teñían de sangre,
mínimo pan que nos acompañaba como el milagro de la luz,
como lo invicto entre las sombras, como dos cuerpos
extendidos en la noche esperando la verdad del amanecer,
su consuelo de claros contornos, la trasparencia,
acaso una frágil eternidad.

Caminan los amantes juntando memoria y deseo,
lo transcurrido (lo que atravesó su piel,
el ácido de las derrotas, las humillaciones
o la fraterna alegría del encuentro) y lo que se anuncia
y nunca llega, lo adivinado en el tránsito de los cuerpos,
cuando la palabra penetra en la luz y se hace materia,
para negar el silencio y decir fragmentos de un sueño
que estalla y es lo venidero que no vendrá,
todo tan dilatado, tan mínimo y asombroso.

Lo que persiste y atraviesa dudas,
la hosca sequedad de la herida, la llaga abierta,
como escindida memoria que sangra aún
extiende todavía sus alas negras,
el incomprensible dolor, tan punzante, tan
de quebrar mundos, de puntillas ahogando
aliento, cerrando espacio, volviendo la carne
a una olvidada soledad, a un quejido sin voz.

Hay también aquí una distancia,
una esfera inalcanzable,
un espacio de silencio que ningún amante
puede salvar, el goce (¿la libertad acaso?)
que se afirma y es herida ardiente, rejón
que taladra el recuerdo y regresa en las pálidas
horas de insomnio cuando imagen y palabra
dilatan el tiempo como cuerpo torturado,
extendido en el potro de una verdadera y falsa memoria.

Está la herida, la distancia, lo insalvable
y está la pasión, la piedad, la caricia, el tránsito
que no es olvido, la abierta materia de sueños,
la argamasa, el adobe amasado en trigo y barro
de los días que junta cuerpos, fragmentos, lo renovado,
la claridad, el asombroso fulgor de la belleza.

Está la herida y está la luz,
están los cuerpos, su tenaz resistencia,
la pasión, lo vivo elemental,
está la carne
está la llaga y la luz
y la luz prevalece, ilumina y salva.


NOTAS
(1) Elegías de Bierville. Versión del catalán de Marta López Vilar. Libros del Aire, 2011.
(2) Bartleby Editores, 2011. Colección de poesía dirigida Manuel Rico
(3) Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense y Diplomado en Estudios Portugueses por la Universidad de Lisboa. Profesor de literatura española en Enseñanza Secundaria. Ha publicado la antología comentada Una mano tomó la otra. Poemas para construir sueños (Comunidad de Madrid, 2002), en coautoría con Pedro Hilario, Roberto Bravo y Fernando Cañamares. Desde 1997 es responsable de las páginas literarias de la revista Viento Sur, de cuya redacción forma parte. Ha escrito los poemarios: Acaso revelación, En este lugar (Fundación Kutxa, Donostia- San Sebastián, 2004) que obtuvo en 2004 el “Premio de Poesía Kutxa. Ciudad de Irún” en su XXXV edición, Orilla del tiempo (Germania, Valencia, 2005) y Elegía en Portbou. Ha publicado trabajos de investigación y de creación literaria en numerosas revistas culturales y poemas suyos han sido incluidos en diversas antologías poéticas. (4) El Holocausto Español, Debate, 2011.
(5) El caos demoníaco de cada voz aislada, de cada conocimiento, de cada cosa, le asaltaba ahora… Oh, cada uno está amenazado por las voces indomables y sus tentáculos, por el ramaje de las voces, por las voces de rama que enredándose entre ellas le enredan, que crecen disparadas, cada una por su lado, y volviendo a retorcerse unas en otras, demoníacas en su individualización, voces de segundos, voces de años, voces que se entrelazan en la malla del mundo, en la malla de las edades, incomprensibles e impenetrables en su rugiente mudez . Hermann Broch, Der Tod des Virgil, Rhein Verlag A. G. Zurich, 1958. Versión de J. M. Ripalda en Alianza Literaria, 2002.
(6) Eneida, 6, 28.
(7) Horacio, Odas, 3, 30, 1
.
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