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Jorge Soto (foto de Jesús Martónez)

Jorge Soto (foto de Jesús Martónez)

    AUTOR
Jorge Soto Martos

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Santa Coloma de Gramenet (Barcelona, España), 1975

    BREVE NOTA BIOGRÁFICA
Trabajó en una fábrica hasta los 26 años y acabó dejándola para leer, escribir y viajar por más de treinta países. En ese periodo vivió dos años y medio en Tailandia y trabajó como guía acompañante en China, Vietnam y Birmania. También, de manera esporádica, dio clases de español. A mediados del 2008 volvió a Barcelona y publicó dos guías de viaje, de Valencia y de Santiago de Compostela. La Rueda es su primera novela




Opinión/Entrevista
Entrevista a Jorge Soto Martos, autor de La Rueda
Por Jesús Martínez, lunes, 04 de abril de 2011
Volar

"Rodrigo es un hombre de 35 años que lleva dos años sin trabajar gracias a un dinero que consiguió al dejar la empresa. Sus ahorros menguan, pero se siente incapacitado para volver al mundo laboral. Un turbulento suceso le empuja a tomar una determinación radical: ser un vagabundo romántico…” Es la sinopsis de La Rueda, la novela que Jorge Soto Martos (Santa Coloma de Gramenet, 1975) ha publicado sin mucho revuelo mediático, sin excederse en laudatorios, una especie de ataque selectivo a la civilización occidental, la cual está llamada a perder sus equilibrios. Rodrigo podría ser Jorge Soto. “Sí y no, es autobiográfica, pero no lo es…”, se enreda el autor, incondicional de la bohemia y de la alegría, así, sin más. La Rueda es el regreso al inicio de los primeros deseos, aquellos que se quedaron en el cabás, hace muuuchos años: “La Rueda es la historia de Rodrigo, que quiere hacer muchas cosas, pero que, finalmente, no hace nada”.
El perfil de Jorge Soto Martos podría ser este: “El hijo pequeño de una familia de emigrantes andaluces que se instalaron en Santa Coloma de Gramenet (Barcelona) y que prosperaron trabajando duramente cada día. Becado en Salesians de Sarrià, estudió segundo grado de Formación Profesional, en la sección de automatismo. Quería ganar dinero y ser del Barça”. Ni una cosa ni la otra.

Si Chris Lowney, en El liderazgo al estilo de los jesuitas (Editorial Belacqua, 2008), propone tres ejemplos de liderazgo como irrefutables biografías dedicadas al sacrificio de Hacer Lo Que a Uno Le Viene en Gana, y que son los incansables viajeros (con rampas en las piernas) Benedetto de Goes, Matteo Ricci y Christopher Clavius, nosotros podríamos añadir el nombre que nos confiere: Jorge Soto.

Habiendo trabajado hasta los 25 años en Mercedes-Benz (“quería ser camionero”, divagaba, más por correr los cinco continentes que por tatuarse lobos en la espalda), como operario y coordinador de grupo, dejó la fábrica y dejó las lijadoras, los anticongelantes y las pistolas de pintura, y se dispuso a dar la vuelta al mundo, de la que sólo lleva la mitad del trayecto recorrido; ha llegado hasta Singapur.

“Solicité la excedencia en Mercedes-Benz y me fui a Egipto para aprender inglés. También quería escribir, por lo que me pasaba muchas horas en la biblioteca de mi barrio y leía cualquier cosa de novelistas olvidados. Pero para escribir sobre países lejanos, y antes de ir a ellos, tenía que aprender inglés, así que después de Egipto me fui a Reading, en Inglaterra, donde trabajé de pinche de cocina, en una cadena de restaurantes españoles parecida a Starbucks Coffee”, desmenuza Jorge, acoquinado en un principio por el sulfuro de las comandas atrasadas, pero contento porque había dejado atrás una existencia insulsa que le daba una nómina pero que no le daba la vida; más bien se la quitaba. “Fue sorprendentemente fácil mandarlo todo a la mierda.”

Y se fue a la India, donde se sentía extrañado por los “seudohippies intelectualoides” que iban a buscar el sentido de su ser: “Para mí está clarísimo que la vida no tiene sentido, de ahí radica su belleza y su dureza. Yo no fui a eso, no fui a nada, nada buscaba y nada encontré. (Esto sí lo puedes poner.)”.

Allí aprendió la frase “Dónde está el baño?”: “Where is the toilet?”. Y se puso a escribir:

Los trenes de la India
“En los compartimentos sin puertas ni cortinas había seis camas enfrentadas en dos hileras de tres. Cuando llegamos al nuestro, se encontraba sentado un chavalito indio que nos sonreía. Parecía nervioso pero pensé que quizá no estaba acostumbrado a ver a occidentales. Yo estaba encadenando mi mochila a los ganchos bajo la cama inferior cuando, de repente, el brasileño va y dice: “¡Mierda, mierda, mi mochila pequeña!”. Había sido un segundo: mientras yo me agachaba él dejó la mochila pequeña en la cama superior y se puso a mirar por la ventana, y de repente, ¡zas! Ni indio ni mochila. Estábamos aturdidos: pero si el chico estaba aquí, y yo allá, ¿cómo ha sido? Mira bien, anda. ¿Cómo lo ha hecho?…”

Y se escapó de la India, y se fue a Perú, donde Jorge aprendió el primer valor de los jesuitas, el ingenio (“El líder se adapta confiadamente, sabiendo qué es y qué no es negociable. Explora nuevas ideas, métodos y culturas en vez de mantenerse a la defensiva ante lo que pueda venir”). En Perú no le hizo falta el inglés.

Y se puso a escribir:

En la jungla exuberante (bosque de Manu, en Perú)
“Aquel primer día fue fantástico: de los altiplanos áridos de los incas a los pueblos tórridos de la jungla. Descendimos en furgoneta más de dos mil metros hasta llegar a un pequeño pueblito llamado Shintuya, el último pueblo al que se puede llegar por carretera. A mitad de camino cruzamos el bosque nuboso eternamente en su bruma y paramos para observar las primeras colonias de un tipo de loro pequeño, verde y chillón. Comenzaba la aventura, el calor, la humedad, los mosquitos y el sonido de la oropéndola que nos acompañaría durante todo el viaje en la región de Madre de Dios. La oropéndola, el pájaro negro y amarillo del tamaño de la urraca, de piar agudo, como un silbido, y con aquellos nidos inmensos, bellos, un entramado de ramitas finísimas que cuelgan de las ramas como frutas o bolsas.”


Y volvió del Perú y, después de mil y una, se fue a Tailandia (“bebía cerveza, hablaba tai…, y fumar marihuana era contactar con shiva”). Allí aprendió el segundo valor de los jesuitas para los Líderes Sin Complejos: el amor (“Loyola aconsejaba gobernar con amor y modestia; de manera que hubiera un ambiente de amor más que de temor. El amor era el pegante que unificaba a la Compañía. De esta manera entendían que el liderazgo inspirado en el amor permite: visión para ver el talento, potencial y dignidad de cada persona; valor, pasión y compromiso para desatar ese potencial; lealtad y mutuo apoyo”). Su pareja tailandesa acordó con él irse a dormir juntos. Mientras duró la mudanza, Jorge escribía:

Una boda en la Tailandia rural
“Por la tarde nos llevaron a la casa de los padres de la novia (que en Isaan es también la casa en la que vivirá la pareja hasta que tenga dinero para comprar una propia, cercana a la de los padres de ella; costumbre matriarcal única de Isaan). Era obvio el interés que yo despertaba, y al llegar a la altura de la mesa con los bebedores de güisqui, me obligaron a sentarme con ellos. Y yo, encantado. El más borracho era el jefe de la policía local, que me daba la bienvenida. Me decía que si tenía algún problema que confiase en él, y así estuvo todo el rato, con una repetición divertida y alcohólica.”


Aprendió a decir en inglés: “¿Podría hablar más despacio?”: “Could you speak slower?”.

Y volvió de Tailandia, y saltó a Birmania, y allí hacía amigos y “hacía el loco”, y hacía de guía para la agencia turística Años Luz, porque el inglés ya lo dominaba: “Short stay carpark?” (“parking de corta estancia”). Y la escritura fluía:

Ciclón en Birmania
“…Birmania está abandonada a su suerte desde hace tiempo, a toda suerte de ciclones; los otros fueron de guerra, de hambre, de miseria y de tragedia. Pero ahora, el gobierno birmano ya permite que la ayuda entre al país… Tiene guasa. Imagino que no la dejaron entrar antes porque estaban limpiando las calles de los otros muertos, aquellos que el gobierno machaca, viola y asesina a su antojo. O quizá estaban cubriendo con lonas de plástico sus plantaciones de opio…”


Y San Ignacio de Loyola ya no le podía dar más consejos sobre heroísmo: “Los líderes imaginan un futuro inspirador y se esfuerzan por darle forma, en vez de permanecer pasivos a la espera de lo que traiga el futuro”.

Y se fue a Turquía, a su regreso de Birmania, y en Turquía no paró de escribir:

“Recuerdo que estaba yo en Estambul tomando una cerveza, y charlaba de todo un poco con mis amigos. Leí en voz alta lo que decía la guía: que en el Este había menos turismo, que era una sociedad más tradicional…, y no hizo falta mucho más. En ese mismo momento decidimos que sí, que íbamos, y lo celebramos con otra cervecita. El camarero nos vio de buen humor y decidió darnos algo de conversación. Cuando le contamos que nos íbamos a Erzurum, nos preguntó: “¿Para qué?”. La respuesta nos hizo reír, y a él también. Luego nos dijo: “No vayáis, aquí tenéis de todo: bares y chicas. En Erzurum, nada, sólo barbudos”. Y nos reímos juntos de nuevo.”

El inglés ya lo tenía por la mano: “Can you show me on the map?” (“¿Me lo puede mostrar en el mapa?”).

Y volvió a su barrio, en Santa Coloma de Gramenet, la patria cuya bandera había ondeado en Turquía, Birmania, Tailandia, Perú, Inglaterra y Egipto.

“Volví porque ya no me quedaba un duro, en plan maricón el último…”

Y aquí se aburrió: “Me preguntaba: ‘Y ¿qué has aprendido?’. Me contesto siempre: ‘Soy un pelín más sabio y tengo un pelín menos de miedo’”.

Se lo pasó bien: “Me han robado más de una vez y he pillado enfermedades a porrillo. Un día fui a mear y no me la veía”.

Cuenta Jorge Soto: “Estaba yo una vez en una sucursal bancaria, esperando mi turno, y escuché una madre que le decía a su hijo, el cual corría con los brazos en cruz por la oficina: ‘Niño, estate quieto, que en los bancos no se puede volar’. Se me quedó grabada la frase, porque es muy sintomática, es muy real y muy convincente. Sí, en los bancos es imposible volar”, filosofa, así que se le ocurrió La Rueda (Ediciones Carena), que es su vida vivida a la inversa, no de atrás para adelante, ni del no al sí, sino la historia que podría haber sucedido si él, Jorge Soto, no hubiera dejado sobre el capó del Mercedes Clase C 180 CDI Blue Efficiency Elegance 4P, con cilindrada 2.1, 120 caballos de potencia, transmisión manual, carrocería sedán y dimensiones 4.581 x 1.770 x 1.447 mm…; si no hubiera dejado, digo, sobre ese Mercedes Clase C, la lijadora manual, los tornillos del 15 y la pantalla de visualización multifunción a medio instalar. Y si no hubiera dejado todas esas herramientas sobre ese coche pulido para subirse a un avión con destino al aeropuerto de Heathrow, entre otros. Volar y volar.
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