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Olivia Emilia Albertina Schreiner (1855-1920)

Olivia Emilia Albertina Schreiner (1855-1920)

    AUTOR
Miguel Ángel Sánchez de Armas

    LUGAR DE NACIMIENTO
México

    CURRICULUM
Profesor – investigador en la Escuela de Periodismo del Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP – Puebla (México) Líneas de investigación: políticas de comunicación, comunicación y propaganda, historiografía de los medios y literatura y periodismo. Es autor de diversos libros, entre ellos Apuntes para una historia de la televisión mexicana, El enjambre y las abejas: ensayos sobre democracia y comunicación y En estado de gracia. Conversaciones con Edmundo Valadés



Miguel Ángel Sánchez de Armas

Miguel Ángel Sánchez de Armas


Tribuna/Tribuna libre
Memoria del karroo
Por Miguel Ángel Sánchez de Armas, martes, 01 de junio de 2010
Olivia Emilia Albertina Schreiner nació un 24 de marzo del Año del Señor 1855 en una pequeña estación agrícola de Wittenberg en lo que hoy es Lesoto, en el vasto Cabo africano. Fue la novena de los doce vástagos de Gottlob y Rebeca, una pareja de predicadores calvinistas. Gottlob había escuchado el llamado del Señor y viajó de Londres a Sudáfrica para evangelizar a los paganos, pero tristemente tuvo mayor éxito en echar hijos al mundo que en convertir a la verdadera religión a los aborígenes de aquel inhóspito territorio. Poco después de su arribo y quizá empujado por la desolación, Gottlob intentó combinar el púlpito con el comercio y la severa clerecía de la Pérfida Albión ordenó su despido.
Gottlob Schreiner debió ser un tipo singular. Me lo imagino chaparro, terco, grueso y fuerte; un rubicundo teutón lleno de complejos y enojado con el mundo que lo había arrumbado el confín de la tierra entre salvajes ignorantes. Pero si bien imponía con mano de hierro el temor a Dios en su casa, no fue buen comerciante y fue de fracaso en fracaso hasta su muerte en la bancarrota en 1876.

Fueron años difíciles para los Schreiner. A los 12 años Olivia fue enviada con sus hermanos mayores para hacerse cargo de las labores de casa. Después se empleó como institutriz y en 1881 había ahorrado lo suficiente para viajar a Inglaterra con la ilusión de estudiar en la Escuela de Medicina para Mujeres de Elizabeth Garrett Anderson y Sophia Jex-Blake, algo que no logró por su mala salud y problemas emocionales. Pero sí consiguió que un editor leyera el manuscrito con el que había viajado desde su pueblo, un relato amoroso y amargo de un territorio en donde la luna chorrea su luz y el karroo se extiende en su inmensidad salitrosa hasta donde la vista alcanza.

Olivia Schreiner fue catapultada a la fama literaria de inmediato. Hasta entonces hospedada en cuartuchos baratos de los barrios pobres de Londres, vio cómo se le abrían las puertas de los salones literarios y los círculos intelectuales de vanguardia

Historia de una hacienda africana apareció bajo el sello de Chapman & Hall en 1883 firmada con el seudónimo “Ralph Iron” y fue aclamada como una de las grandes obras de la literatura universal. Se le considera la primera novela moderna sudafricana. Hoy, 127 años después, la historia agridulce de Em y Lyndall sigue vigente en toda su fuerza. La vida de esas jóvenes en un rancho en donde no hay nada más importante que la Biblia, puede conmover hasta las lágrimas a un lector moderno -incluso a quien no esté familiarizado con las condiciones de vida en aquella colonia que fue patria del apartheid- por la fuerza de las emociones y la profunda humanidad de los personajes que Olivia Emilia supo capturar:

Es el año de 1860. Las primas Em y Lyndall viven y trabajan en un humilde rancho en la desértica llanura sudafricana llamada karroo. Em es adiposa, dulce y pasiva, un perfecto ejemplar destinado al matrimonio. Lyndall es inteligente, inquieta, bella, autosuficiente… y condenada a la infelicidad. Su apacible vida se altera con la aparición de un bombástico irlandés, Bonaparte Blenkins, quien asegura tener parentesco con Wellington y con la reina Victoria y se apodera de la voluntad de la lerda y gorda madrastra de las muchachas. Así, conforme transcurre la vida de las dos mujeres hacia un trágico y fatal desenlace, el lector es llevado por los meandros de la condición humana no sólo de aquella retrasada colonia, sino del mismo género humano.

Olivia Schreiner fue catapultada a la fama literaria de inmediato. Hasta entonces hospedada en cuartuchos baratos de los barrios pobres de Londres, vio cómo se le abrían las puertas de los salones literarios y los círculos intelectuales de vanguardia. Pronto descubrió su segunda vocación, la de activista en favor de los derechos de las mujeres, y se integró a movimientos que en aquella época victoriana, de acuerdo a sus críticos, “no gozaban de la mejor reputación”. Hasta nuestros días hay quien la considera una de las madres fundadoras del feminismo. Luchó por el sufragio universal, la educación, la liberación sexual y la igualdad de salarios y publicó un clásico del género, Las mujeres y el trabajo, en el que denuncia el “parasitismo sexual” del hombre sobre la mujer. También fue una activa pacifista durante la primera guerra mundial.

Olivia tenía 26 años cuando llegó a Inglaterra. Además del manuscrito de Historia de una granja africana, llevaba en el equipaje otras dos novelas, que habrían de ser póstumas

Un estudio fotográfico hecho durante la primera de sus dos estancias en Londres nos muestra a una mujer gruesa de facciones agradables y aura inteligente en cuyo semblante nada hay que permita adivinar su alma atormentada y su vida sumida en la tristeza y la depresión.

Porque la existencia de Olivia Schreiner fue una de soledad y frustraciones amorosas y sexuales. Dan Jacobson, quien prologó en 1971 la edición de Penguin Classics de Historia de una granja africana, reflexiona si la vida de la escritora en pueblos sudafricanos como Kimberley, Cradock o De Aar habría sido más solitaria que en las casas de huéspedes londinenses que fueron durante tanto tiempo su hogar. “Uno se pregunta si la convivencia con rancheros bóer y con sudafricanos ignorantes pudo haber sido más dañina a su talento que, digamos, la que tuvo con la “Sociedad de la Nueva Vida” en Londres, cuya meta era ‘cultivar en todos y cada uno un carácter perfecto’.”

Y sigue: “Havelock Ellis, autor de estudios sobre la sicología de un acto sexual del que él era incapaz; Edward Carpenter, el delicado homosexual redactor de panfletos sobre los derechos de la mujer y del ‘sexo intermedio’; Leonora, la brillante y trágica hija de Karl Marx quien fue llevada al suicidio por su amante Edward Aveling, el conspicuo socialista, revolucionario, estafador y mujeriego: ésta era la clase de personas entre quienes encontró a sus mejores amigos.

“Ciertamente es más fácil ser irónico que justo respecto a esos tardíos victorianos, seculares, progresistas, feministas, traductores de Ibsen e incansables fundadores de organizaciones y sociedades de debate. Que con tanta frecuencia fracasaran en vivir de acuerdo a sus ideales sería en sí algo que difícilmente se les podría echar en cara. ¿De cuántos de nosotros no se podría decir lo mismo? Pero que hubiesen sido incapaces de llegar a ciertas conclusiones incómodas respecto de sus ideales a partir de las complejidades y miserias de sus propias vidas... ese es otro problema, uno que difícilmente podría perdonar cualquier lector que se haya expuesto a la obra completa de Olivia Schreiner.”

Creo, por lo que he leído de ella, que nació en el siglo equivocado. La imagino una mujer fogosa, apasionada, poco convencional, que sufría atrapada en los corsés verdaderos y los ideológicos que aquella sociedad imponía a sus mujeres

Olivia tenía 26 años cuando llegó a Inglaterra. Además del manuscrito de Historia de una granja africana, llevaba en el equipaje otras dos novelas, que habrían de ser póstumas. Su vida entró en un remolino emocional azuzado por el represivo ambiente victoriano de la época. Evidentemente era una mujer fuerte, pues defendió con éxito la trama de su novela (los editores querían que Lyndall, quien muere en el parto, se casara con el padre de la criatura, “para no ofender el pudor de los lectores”) aunque debió utilizar un seudónimo masculino, “Ralph Iron”. (Recuerde el lector que habían pasado sólo siete años desde la muerte de la baronesa Dudevant, Amandina Aurora Lucía Dupin, quien firmara sus libros extraordinarios con el muy masculino seudónimo de “George Sand”.)

Creo, por lo que he leído de ella, que nació en el siglo equivocado. La imagino una mujer fogosa, apasionada, poco convencional, que sufría atrapada en los corsés verdaderos y los ideológicos que aquella sociedad imponía a sus mujeres. Siempre en busca del amor y la felicidad, tuvo una serie de affaires que habrían sido el escándalo de las buenas conciencias, entre ellos uno, al parecer nunca consumado, con Havelock Ellis. De aquella época sobreviven numerosas cartas. El 28 de julio de 1884 le escribió a Ellis una nota conmovedora que ofrezco con una traducción libre mía al final:

I was going to tear up the bit I enclose [destroyed] but I won't because perhaps you would like to see it. I can't explain what I mean by this fear, not even to myself; perhaps you can for me. I am so afraid of caring for you much. I feel such a bitter feeling with myself if I feel I am perhaps going to. I think that is it. I feel like someone rolling a little ball of snow on a mountain side, and he knows at any minute it may pass out of his hand and grow bigger and bigger and go—he knows not where. Yet, when I get a letter, even like your little matter-of-fact note this morning, I feel: “But this thing is yourself.” In that you are myself I love you and am near to you; in that you are a man I am afraid of you and shrink from you.

(Iba a romper el papelito que te mando [destruido] pero no lo haré porque tal vez te gustaría verlo. No puedo explicar qué quiero decir con este miedo, ni siquiera a mi misma; tal vez tú puedas hacerlo por mí. Tengo mucho miedo de quererte demasiado. Me da una sensación amarga si siento que tal vez lo haga. Creo que eso es. Me siento como alguien que empuja una pequeña bola de nieve en la ladera de una montaña y sabe que en cualquier momento se le saldrá de control y crecerá más y más y se irá... quién sabe a dónde. Sin embargo cuando recibo una carta, incluso como tu indiferente nota de esta mañana, pienso: “Pero eres tú mismo”. En tanto eres mi misma persona, te amo y estoy cerca de ti; en tanto eres un hombre, te temo y me aparto de ti.)

En 1899 Olivia volvió a Sudáfrica y se casó con Samuel Cronwrigh, un ranchero y activista político que también debió haber sido una personalidad fascinante: tomó el apellido de Olivia y cambió su nombre a Cronwright-Schreider, ¡y si eso no fue una muestra de amor, no sé cómo podría calificarse! Fue madre de una hija que murió a las pocas horas de nacida. Su infelicidad se acentuó y regresó a Inglaterra sola. A principios de 1920 Samuel fue por ella a Londres para escoltarla de regreso a su país. Dicen las crónicas que no la reconoció, tan enferma y consumida estaba, al llegar al miserable cuartucho en donde se hospedaba.

Olivia Emilia Albertina Schreiner murió el 10 de diciembre de ese mismo año y fue enterrada junto con los restos de su hija y de su perro favorito en Buffels Kop, en la desértica planicie karroo.

De esta singular escritora mi consultor de cabecera dice que “Aunque fue amiga de Cecil Rhodes, el padre de Sudáfrica, rompieron su relación a raíz del fallido ataque de Jameson contra los bóer en 1895, cuyas actividades denunció en su libro El soldado de caballería Halkett de Mashonaland, que criticaba la forma en que se colonizó Rhodesia y originó una gran polémica. Trabajó en favor de los bóer durante la guerra contra Inglaterra (1899-1902). De hombre a hombre (1927) y Ondina (1929), ambas novelas de tema feminista, se publicaron póstumamente. Mujer poco corriente y valiente, revolucionó el enfoque del feminismo y realizó muchas observaciones agudas sobre el futuro político de Sudáfrica, en particular sobre la situación de los negros bajo el apartheid.”
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