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Sara Presutto (foto de Jesús Martínez)

Sara Presutto (foto de Jesús Martínez)

    AUTORA
Sara Presutto

    LUGAR NACIMIENTO
Barcelona (España)

    BREVE CURRICULUM
Padre napolitano, abuela rusa y madre aragonesa, la desautora ya nace y crece disconforme. Una universitaria outsider inmersa en el mundo forzoso de todo tipo de trabajo, siempre alienante. Bajadas las cadenas opresoras en su jubilación, inicia su propio vuelo identitario con su libro Poemas en cuatro tiempos, publicando sus famosas tiras humorísticas para diversas revistas




Opinión/Entrevista
Entrevista a Sara Presutto, autora de Renata sui géneris
Por Jesús Martínez, jueves, 01 de abril de 2010
Veinte años

Prudente, extremaba la vigilancia, y ninguna medida le daba la tranquilidad que necesitaba para hacer bien el trabajo. En la empresa Burguet de industrias químicas, en la planta de los titanios y los cloruros, en el cuartucho de los líquidos inflamables, Sara combatía la dictadura de Franco con su contribución a la causa de la libertad. Mientras su compañero Ramón custodiaba la puerta, atento por si venía alguien, Sara abría los crisoles y los bidones vacíos de cobalto, cuyos rótulos alejaban los dedos de la curiosidad, por temor a verse desintegrados en el magma de la corrosión. “Si me hubieran pillado... ¡Ah!, si me hubieran pillado...”, se contiene Sara, que describe con muecas el miedo que pasó. “Mi misión era la de destruir toda la documentación antifranquista que se manejaba y que podría poner en peligro al aparato.”
Sara Presutto (Barcelona) es una chiquilla que cuenta los años para atrás, restándose en cada cumpleaños un poquito de vejez. La juventud desinhibida se lee en su primera novela, Renata sui géneris (Ediciones Carena), un rompecabezas de palabras que torea el idioma como Serafín Marín torea en La Monumental. Se trata del relato de una joven pija en una sociedad que no la puede ni ver. “La idea me la dio una chica llamada Vassala, a quien no conozco de nada. Sin querer, en el aeropuerto de Madrid, oí una conversación que mantenía con una amiga. Hablaban sobre la posibilidad de comprarse un pisito en un barrio de Barcelona, y lo decían con recelo, como si les fueran a morder los perros o algo así.”

Sara Presunto se apropia de uno con la saña de una mina Bouncing Bettys, esas que cubren los campos de amapolas de Afganistán y que estallan a la altura del pecho después de subir en espiral.

Ya en la tierna cuna la mecían con canciones napolitanas. El Anema e core la adormila desde entonces:

Nuje ca perdimmo 'a pace e 'o suonno,
nun ce dicimmo maje pecché?

Contar la increíble historia de Sara, como la de Benjamin Button, es contar la increíble historia de su padre, Alfredo, quien, huérfano, se escapó del orfanato en el que había sido internado. Y se escapó porque se ahogaba y en los pulmones de sus 11 años ya se achicaba agua y una vitalidad desbordante. Y se fue a la bocana del puerto para abrirse al mar y entregarse como en una ofrenda de Michoacán. Se enroló con media luna en el bolsillo y una mandolina que siempre le acompañaría y con la que seguiría tatareando los rondeles a los que le daban cuerda.

“Mi padre recorrió los siete mares. En los puertos de todos los países, bajaba a tierra y se empleaba de camarero, para aprender el idioma del país, por eso dominaba el francés, el inglés y el alemán”, refiere la hija, a quien se le ilumina el semblante, rejuvenecido con cada minuto que pasa y cada suspiro que regala, en su habitación de una casa sin nombre, en una ciudad permisiva que podría ser Barcelona, entre los recuerdos de sus foxterrier Copi y Zuri y las piedras que colecciona porque le recuerdan los gritos de Munch, y entre las cajas de teléfonos móviles encima de una edición nobilísima, acartonada y roída de Lear King, de Shakespeare, y con la tristeza y el dolor de La Vida, el cuadro más azul de la época azul de Picasso, y con la alegría conveniente de los óleos tahitianos y desacomplejados de Gauguin; y rodeada de sus dos queridísimas amigas, con quien convive, Carmen y Margarita (“una marea de riqueza”).

Y en una de estas incursiones, en el puerto de Barcelona, Alfredo, el mocetón, de frente ancha y cuencas como dos arcos de herradura, el napolitano onesto de labia fina, se despidió del mar, y de sus caballitos y de sus viernes con vientos y de la corona de barbotín que se había calado en sus noches frioleras. La madre de Sara, Ángela, una aragonesa de firmes intenciones, atrapó a este grumete sin edad con la red de sus encantos, y Alfredo cayó como un soplido cae sobre un castillo de naipes.

“El mundo le hizo comprender muchas cosas que le convirtieron en un antimilitarista y en un feminista. Los sábados le decía a mi madre que iba él al mercado a hacer la compra y así ella tenía un pequeño descanso en sus tareas diarias”, dice Sara.

Tuvieron tres hijos: Ángeles, una concertista de piano que en Lisboa halló el amor y las llaves de la afinación (“de pequeña me quedaba quieta viendo cómo movía los dedos, y ella me reconvenía: ‘No me toques los pedales’. Aún recuerdo sus ruegos, mientras me cogía de las manos: ‘Sempre insieme, sempre insieme’ [‘siempre juntas, siempre juntas’]”); Alfredo, el único varón, y el único que se desgajó del núcleo familiar como un hurón, y Sara, quien se sacudió los esplendores, los planes y los duendes de sus deseos para cuidar a sus padres, que se hacían viejitos a medida que ella se quitaba más canas de encima.

“Mi pasión, desde los 12 años, es la escritura. Quería ser escritora, actriz, qué se yo, y escribir cosas como ‘destino, descubre tu semblante…’, pero me hice cargo de mis padres, qué remedio”, conversa, alimentada aún por un océano de gas con burbujas. “Me puse a estudiar algo más serio, Químicas, en la Universidad de Barcelona, una carrera que, sinceramente, me importa un rábano.”

Sara Presutto trabajó en una empresa de productos químicos, descolorida por el gris acerado del tungsteno, descompuesta por los ribetes de las mezcolanzas en las probetas.

Y Sara ponía en práctica algo que había aprendido durante su fugaz exilio, cuando la guerra, que era cantar para olvidar los ratos amargos, los flecos de su desgracia, el pábulo de las velas en los velorios más cercanos. De la Guerra Civil española sólo sabe lo que de mayor aprendió, que los italianos de Mussolini lucharon al lado de Franco, y sólo recuerda que se montó en un trasatlántico hacia una tierra en la que el mundo hablaba en el idioma paterno. “En Nápoles, adonde llegamos, me identificaban como la prófuga española, y era objeto de atención. Una monjita me preguntó: ‘Credi in Dio?’, y yo, a su vez, les devolví otra pregunta: ‘¿Quién es Dios?’. Se quedó muda.”

Sara sembraba de lentisco y pena los caminos por los que transitaba, y asomada siempre a la ventana con antepecho de la escuela, cantaba con voz destemplada una melodía que hacía saltar las lágrimas a la escolanía: “Allá a lo lejos se refleja el cielo de opalina, pero tú en vano me llamas…”. La familia regresó a España embarcada en los camarotes de tercera clase del Vulcania. Años atrás, su madre le había hecho entender las filigranas del futuro: “Sarita, un rey puede ser destronado, pero nunca tronado”.

Y ya establecida en Barcelona y mareada por los vapores de los compuestos de óxidos y sales binarias, Sara se escapó por las rendijas del respiradero, y cambió de colocación y retomó sus ideales. Puesto que la literatura, su pasión primera y más longeva, se resistía a darle el tiempo suficiente con el que poder amarla y disfrutarla, se inclinó por los estudios de mercados cualitativos, el modo más fiable de estar cerca de las personas, de sus problemas y de sus imperfecciones. “Me especialicé en entrevistas en profundidad de dinámicas de grupo, y en estas estuve unos cuarenta años. Escuchaba a los clientes, y llegué a una conclusión: la gente dice una cosa y luego hace otra bien distinta”, sostiene, y se adivina en sus informes los argumentos necesarios para 324 novelas, cada una con su trama y cada una con sus personajes principales.

A intervalos, Sara Presutto daba clases de francés al director español de una caja de pensiones, y daba clases de español al cónsul francés en Barcelona. Para esto último, se hacía servir del método Berlitz, tan bueno como plasta:

—Qu’est-ce que c’est?

—Il s’hagit d’un berre.

—Est-ce une tasse?

—Non, il s’hagit d’un cendrier.

Metió la pata cuando una vez le preguntaron cómo se decía encendedor en francés. Sin más, ella se dejó llevar por la prosodia: “Encendér”. En realidad, tenía que haber dicho “briquet”. Es fácil perdonárselo: “Es que tenía mucha cara”.

Y guió a los turistas por las Ramblas y por las naves de la Sagrada Familia, y fotografió las autopsias, en el cobijo de la muerte, y vendió billetes a destinos vírgenes, y jugaba a baloncesto en el femenino Picadero Jockey Club (“campeones de Cataluña y España, y subcampeones de Europa”)… Y escribía poco, porque la escritura se le iba entre andanzas y apretujones. En 1962, la Imprenta Garrido de Barcelona le imprimió el poemario romanticoide y valiente Contraluces de silencio, con un prólogo tan inspirado como los poemas a los que alude: “Sara Presutto es una muchacha de su tiempo, de curiosa frente combada, con una sonrisa triste en los labios y en los ojos”. Los poemas, cómo no, venían punteados por el buril de la desdicha: “Estés donde estés / humano que llores, / mi tristeza por la tuya, / juntas, / harán un canto de luz sobre nuestra oscuridad”.

Ahora teje otro libro de versos, En cuatro tiempos. Los capítulos, por este orden: Adagio (“tristeza de playas desiertas”), Preludio (“dejadme pisar la tierra fresca”), Squerzo (“hacer el amor con el océano Índico”) y Andante forte (“si queréis justicia llenad las calles del mundo”).

Ángeles Presutto, la hermana fallecida, perfeccionó sus clases de piano gracias a una beca de la Princesa del Piamonte. Sara se arrepiente de no haber aprendido a tocar este instrumento. Para quitarse esa espina, ha resuelto el relato Renata sui géneris, más divertido que los diálogos de Groucho & Chico, abogados (“Con una madre como Carina, Renata se hizo a sí misma en una de las placentas más adineradas…”).

Un bocado que hay que masticar bien: “Este desimportante libreto no musical, y sí desaacadémico, es el fruto de unas neuronas enloquecidas”.

Ayer tenía 21 años. Hoy, Sara Presutto acaba de cumplir los veinte.
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