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Pablo Peña Almagro (foto de Jesús Martínez)

Pablo Peña Almagro (foto de Jesús Martínez)

    AUTOR
Pablo Peña Almagro

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Jaén (España), 1961

    BREVE CURRICULUM
Diplomado en Profesorado de EGB por la Universidad de Granada, entre 1990 y 1995 trabajó como responsable de la red comercial de dos compañías multinacionales de seguros. Ha publicado los libros Como gotas que van al mar (1999) y La sombra de un ángel (2006)




Opinión/Entrevista
Entrevista a Pablo Peña Almagro, autor de Si volviera a nacer
Por Jesús Martínez, jueves, 01 de abril de 2010
En un principio

En un principio, Pablo Peña nació desentendiéndose de los melodramas. Las señoras que enviudaban de potentados ricos recurrían a la literatura amorosa de entreguerras. En un principio. Pablo Peña nació, y estas mujeres, que le rodeaban, le achucharon, con candor, y le auparon, con besucones de maruja y abrazos de teletubbie. Esa memoria colectiva, que él atesora sin el menor signo de duda, afloraría luego en sus novelas, en las que repara en los conflictos morales y en los trances de las personas, cuyas vidas, inútilmente, capitulan ante cualquier adversidad.
Pablo Peña Almagro (Jaén, 1961) nació para escribir asuntos turbios y lícitos, devaneos y cruces de palabras, relaciones sentimentales y encontronazos serios. Publica Si volviera a nacer (Ediciones Carena), que se puede definir como el libro de la supervivencia y la aceptación de nuestros propios errores: “No hay segundas oportunidades cuando ya no es posible rectificar”. Trata sobre lo que le sucede a un chica llamada Catalina, que encabeza los capítulos de su propia existencia, y cuenta los avatares de otros personajes que, de algún modo, estuvieron, a la vez, cerca y lejos de ella. “Una historia que fue creciendo en mi más estricta soledad.” En un principio.

“Para escribir, necesito ausentarme y estar en silencio”, revela Pablo, con el brillo de los ojos enfebrecidos por el crudo invierno que hiela norte y sur. Él mismo se presenta: “Amigo de mis amigos y curioso por excelencia, hacedor de todo lo que me he propuesto, fundamentalmente porque me gusta más hacer, que me hagan”.

En un principio, Pablo Peña nació para doctorarse en Magisterio. En un principio. Cursó estudios en la Universidad de Granada. “Tozudez; estaba en mis planes iniciales y tenía que hacerlo”, se reafirma, y mueve la cabeza con suficiencia, como Van Nistelrooy cuando marca, dando a entender lo que en realidad aparenta, una estatua curada de humildad y tapada con las hojas de sus cuadernos, que rellena con la energía que los chavales gastan en los institutos.

Antes del Magisterio, Pablo se hizo “motorista de actuación inmediata”, una vocación atenuada por el eco de sus acordes insufribles y las letras desenfadadas del grupo de pop Pablo el Guindilla y sus alegres coleguillas, en el que tocaba la guitarra siendo adolescente, antes del magisterio, de ingresar en el cuerpo armado y de iniciar, en un principio, su camino en solitario como cantautor. “Cuando cumplí 18 años, mi padre, Pablo Peña I, me puso en un brete. Él trabajaba en el Ayuntamiento de Jaén, y me informó de la convocatoria de dos oposiciones en el consistorio, una para administrativo, y otra para policía local. Escogí la segunda.” Aprobó.

La cabezonería de Pablo, que se sacó Magisterio a la vuelta de la mili en Girona, motivó también que, atrafagado en los incidentes diarios de su labor de agente motorizado (“conocía todos los baches de las calles de Jaén, montado en mi BMW 450 cc”), pidiera una excedencia para cambiar de aires y de profesión. “Durante unos años trabajé de inspector comercial provincial de una compañía de seguros. No tenía horario fijo. Me dio la oportunidad de conocer la provincia”, deduce, atenazado por las vigas de sus recuerdos, que ha ido levantando sobre sus espaldas, en un principio, con las teclas de su máquina de escribir.

Se enganchó a la literatura del mismo modo que los imanes besan los polos del sexo opuesto. “Llegó un momento en que sentí la literatura”, confiesa, asombrado aún por El alquimista, de Paulo Coelho, y por La piel del tambor, de Arturo Pérez-Reverte. “Continúo leyendo a los mismos autores, ellos me han hecho encontrarme, poco a poco, con muchos otros. Hoy no sé si han cambiado ellos o lo he hecho yo, lo cierto es que ya no veo en sus novelas aquello que un día me cautivó.”

A medida que leía los despropósitos de la morenaza Macarena Bruner, Pablo empezaba a escribir “sin pretensiones”. Así, los cuentecillos se convirtieron en novelillas, creciendo en estructura y redondez, hasta que se guardaron en el armario el vestido de calicó y se compraron un vestido de terliz, más elegante y claro, más ceremonioso.

En Como gotas que van al mar, la que podría considerarse su primera novela, construyó la historia de un niño, Loren, que, abandonado por sus padres, encuentra acomodo en una granja de Extremadura: “Ese niño es acogido por el señor que gobierna la casa, y lo cría. Los sentimientos empiezan a unir a todos los que tienen relación con el pequeño, y el camino de la vida les empuja hacia delante hasta descubrir cuán fuertes pueden ser los lazos del destino”.

Si Como gotas que van al mar se quedó en el tintero, consumida por los más allegados y por su mujer y sus tres hijos (Paqui, y Mamen, Laura y Pablo, respectivamente), su siguiente obra, La sombra de un ángel, encontraría en la autoedición la debida salida. “La publiqué porque alguien me dijo: Pero si tú nunca vas a tener un libro en los escaparates’”, dice, con el orgullo herido y la sangre hirviendo. Trata sobre un administrativo de la Cámara de Comercio de Cuenca, cuyo padre fue un famoso poeta de la región. Por casualidad, Carlos da con un manuscrito, y se empecina entonces en recuperar su memoria. “El conocimiento es irreversible, aunque se tenga un pasado negro. No depende de la voluntad y, a veces, es mejor no saber aquello que te puede hacer sufrir.”

En Si volviera a nacer, Pablo, pulido, desbastado, atinado, imaginó las tribulaciones de una mujer de Jaén, Catalina, a quien se le tuercen las tortas y anda por otros derroteros de los que tenía planeados, igual que Nellie Bly en Diez días en un manicomio: “Regresar a los lugares de su infancia le hace comprender muchas cosas”. Catalina, de nombre pomposo y heráldico, se abandona a su estado de dejadez, y reordena sus prioridades y descubre sus sentimientos y se arrepiente de los errores:

“Definitivamente sola, Catalina, sentada en aquel banco del parque, empezó a recordar todo lo que aconteció en aquel tiempo antes de su partida de la ciudad en la que ahora se encontraba, y cómo aquel día se montó de polizón en un tren de mercancías.”

Actualmente, el escritor metido a policía Pablo Peña Almagro narra una novela de la cual desconoce el título, pero no el protagonista. “Va sobre Diego, un joven restaurador de obras de arte que trabaja para un anticuario granadino, con sus complejidades y sus condicionantes personales. Ya veremos por dónde tira”, esboza este licencioso apuntador de travesías urbanas y rurales, coleccionista de los sueños de las personas normales, con hondos pesares y voluminosos secretos, tan insondables como la prosa que los describe. “En mis novelas hay mucho sentimiento y mucha fuerza interior.”

En un principio, Pablo Peña Almagro nació para pacificar las calles de su ciudad. Pero se le fue de las manos, como siempre ocurre con la buena literatura.

En un principio.
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