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José Enrique Martínez Lapuente (foto de Jesús Matínez)

José Enrique Martínez Lapuente (foto de Jesús Matínez)

    AUTOR
José Enrique Martínez Lapuente

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Monforte del Cid (Alicante, España), 1951

    BREVE CURRICULUM
Funda y dirige la revista de creación literaria Garimau en 1983. Con cierta asiduidad participa con artículos de opinión, crítica literaria y artes plásticas en revistas y periódicos españoles. Ha publicado El cuaderno de Vigo y Perpetuo presente (poesía) y Deseo y palabra poética (ensayo). Desde hace 30 años trabaja para la industria editorial como corrector de estilo, traductor y redactor




Opinión/Entrevista
Entrevista a José Enrique Martínez Lapuente, autor de Un extraño viaje
Por Jesús Martínez, martes, 5 de enero de 2010
El héroe. Se vestía con la playa caliente y se subía la cremallera del tren que la rajaba, de la misma manera que se ponía los pantalones con la bragueta bajada. En la Barcelona de los años sesenta, a las putas no se les montaban redadas; se las montaba: se sentaban en el Saló de Cent, formaban parte del sistema, y a ellas recurrían los comisarios de la brigada político-social anhelando algo de consuelo cuando querían seguir descargando su porra de juguete. El barrio Chino, el tocomocho (que nada tiene que ver con el calimocho) y las faenas grises de bocadillo envuelto en los crímenes de El Caso le daban a la ciudad una pátina de fogoso tenebrismo con el que Caravaggio podía haber pintado el Cristo con los peregrinos de Emaús. “Siniestra, inhóspita, aislada.” Para el traductor José Enrique Martínez Lapuente (Monforte del Cid, Alicante, 1951), Barcelona era un burdel de puerto con la Sagrada Familia de fondo. Solo, acabó tan angustiado por la solitud, que cerró los párpados de la luna y se fue a caminar el largo trecho de su vida por los soles del Borne, cuando BCNeta, como ahora, no existía. Algo de aquel tiempo lo cuenta en Un extraño viaje, el anticipo de una novela biográfica de impecable factura: Recuerdos e invenciones (crónica breve de una vida apresurada: Rodrigo Carballo), quizá la experiencia insulsa del aceite hirviendo. Entonces, José Enrique no era José Enrique, sino Émile, su alias político.

 

El hombre desnudo, privado de sentido y de historia, que mira de frente el sol y la muerte, es un héroe
Jean Daniel, sobre El extranjero, de Albert Camus


Sol Nuevo

“Tenía 15 años, y con 15 años un chico está muy solo.” José Enrique, que no Émile, emigró con su familia, sus padres y dos hermanas, de Alicante a Barcelona, justo cuando el Sol cursaba tercero de bachillerato.
Los soles, barrizales de cuerpos deseosos de afecto, rodaban por el adoquinado, y José Enrique, que no Émile, los recogía todos, y los escondía en el bolsillo interior de su abrigo de felpa de tres cuartos en el que guardaba una billetera sin billetes. Bajo el farol del sol, los obispos se la meneaban mientras oraban las salves de Sara.
“No me adaptaba a esa ciudad, un auténtico desierto para mí, un ambiente que no me ofrecía nada interesante. Con compañeros del instituto empecé a desarrollar lo que llamábamos inquietudes. Buscábamos una vida diferente a la que se nos imponía, un modelo alternativo de sociedad que superara el principio de la propiedad privada. Uno se sentía como fuera de todo, una sensación como de estar aquí y de estar fuera”, se acuerda José Enrique, que no Émile, y exhuma sus recuerdos oscuros con el mimo arqueológico de los voluntarios de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. “Con 18 años, en 1969, me hice militante comunista, y formé parte de una célula clandestina de la Organización Comunista de Barcelona-Bandera Roja, escisión del PSUC, maoísta. Militaban, entre otros, Jordi Borja y Jordi Solé Tura.”
Las ratas recibían a los huéspedes en la pensión de El Carme.
“El socialismo sin democracia es un cuartel”, se decía en Checoslovaquia.
Émile, que no José Enrique, quien odiaba los “modelos autoritarios”, fue expulsado de Bandera Roja por ser demasiado crítico con la dirección.

Cuarto Creciente

“Tenía 20 años, y con 20 años un chico está muy solo.” Cine en matinés de domingo, debates interminables en parroquias sepulcrales con misas oficiadas por curas obreros, y libros-hugonotes, sociales, críticos, radicales: Max Aub, Blasco Ibáñez, Ramón J. Sender..., cuyo fin era devolver la identidad perdida, reconstruir la memoria prohibida.
Los soles, cánticos a la madrugada, cavidades sucias por el orín de los borrachos y los charnegos que bajaban de las barracas del Carmelo para divertirse en El Molino.
En las esquinas, las manos manoseaban las reglas de las chicas con dedos ágiles.
“En 1973, me entrevisté en la clandestinidad con Antonio Ubierna, histórico del Frente de Liberación Popular (Felipe), quien había pasado por Mayo del 68 y por Bélgica, expulsado de Francia, y que recaló en Berlín. A partir de ahí, dos compañeros y yo —un cártel, casi— hicimos con él un seminario de dos años, en el que se discutía TODO: el movimiento obrero, de antes y de después de la Revolución Rusa, las tesis de Abril, el federalismo...”, rebufa José Enrique, que no Émile, alentado por un Vichy que se bebe como un lingotazo de vodka. “Conecté con Acción Comunista, un grupo que procedía de una escisión del Felipe, y en el que inicialmente se encuadraron Julio Cerón, Ignacio Fernández de Castro y una serie de personas como José Luis Leal, posteriormente presidente de la Asociación de la Banca Española. Acción Comunista se definía como luxemburguista-espartaquista y antiestalinista, y reconocía el derecho a la divergencia dentro de la organización, la cual cosa me atrajo. Pero en 1976, una parte de la formación, sin autorización de la ‘mayoría cualificada’, inició un conato de lucha armada en Barcelona que terminó con la caída del ‘aparato’: se incautaron pistolas, metralletas, millones de pesetas en metálico...”
Un año antes, había muerto el “vetealdiablohijodeputacabrón” de Franco, a quien Émile, que no José Enrique, despidió con la relectura agonizante, que a la sazón le venía como anillo al dedo, del poema de Pablo Neruda El general Franco en los infiernos: “Que la sangre caiga en ti como la lluvia...”.
Los jóvenes llevaban las fundas de sus dientes en la guantera, y los zapatos lustrosos en la boîte de los prestamistas.
Émile, que no José Enrique, se apartó, junto con otros militantes, de Acción Comunista. Ya estaba más que harto de “aventuras irresponsables”.

Sol Lleno

“Tenía 25 años, y con 25 años un chico está muy solo.” Estudios en la Alliance Française de París, en la Association des Étudiants Protestants, cerca de los Jardines de Luxemburgo, la misma residencia a la que había arribado Jorge Semprún después de salir de Buchenwald. En la Rue Puteaux, 10, visitas a Juan Andrade, quien fuera amigo íntimo de Andreu Nin y discípulo de Leon Trotsky. Relaciones con activistas críticos de ETA…
Los soles, norias de caballitos con la música trepidante de los banjos y un asomo de tristeza que se encarama en las tapias sin fisuras ni grafitos. Los pobres, maleantes y estafadores en la España de la abundancia. Cubiertos de loza para comer mierda con patatas.
“En 1976, en España, nadie confiaba en la democracia. Nadie daba un duro por nada. Cada día había muertos en las calles. La Ley para la Reforma Política aún no encontraba salida. Y algunos apostamos por la ruptura”, reconoce José Enrique, que no Émile, acalorado por los delanteros de los futbatas del bar Llopart, en Sants. Toma distancia de su pasado para ver con perspectiva el vestidor de las palomas con el pico ensangrentado. “Retomamos el contacto con la Liga Comunista Revolucionaria y con la Organización de Izquierda Comunista, con lo que quedaba de Acción Comunista y con la vieja guardia del POUM, y lo reflotamos, de acuerdo con Wilebaldo Solano y otros veteranos militantes. Pretendíamos fundar un tercer partido que disputara el liderazgo de la clase obrera. Cristalizó en un frente electoral, el Frente por la Unidad de los Trabajadores (FUT), comunista, que no obtuvo representación parlamentaria en las elecciones de 1977.”
En 1981, con la consolidación de la democracia, para muchos finalizó un proceso que no llegaba a ninguna parte. Crisis. Angustia. Neurosis. Émile, que no José Enrique, se refugió en el psicoanálisis de Jacques Lacan para entender qué carajo le había pasado.
El FUT se disolvió, por lo que Émile, que no José Enrique, evitó ser expulsado.

Cuarto Menguante

“Tenía 30 años, y con 30 años un chico está muy solo.” José Enrique, que no Émile, se apartó de la política, se ubicó profesionalmente. Se centró en el oficio de corrector.
Los soles, peroratas con caninos que hace que te encojas en la silla y que te entre el sueño aun estando ya dormido. Los soles de sombra negra y llama intacta.
El salón de la placidez lo pintan bastos capellanes de anuncios por palabras.
“Un viejo afiliado del POUM en el exilio, Amadeo Robles, editor de la Librería Hispanoamericana de París, me regaló una máquina de componer textos IBM, el no va más por entonces, para que con ella me ganara la vida. La pasé a Barcelona con la colaboración de un oficial de Aduanas, militante del Partido Comunista. Me establecí en un taller de composición y traducción de textos y diseño gráfico: Ápice, en la calle de Aribau, 15, en el que sacamos el primer número de la revista Mientras Tanto”, descansa la voz José Enrique, que ya no es Émile. Pagó con creces el peaje político en una Transición que se llevó por delante a cirios y troyanos.
Ahora, trabaja como autónomo para numerosos clientes: Círculo de Lectores, Grupo Planeta, Editorial Océano... “La traducción de varias obras, como el Diccionario histórico de la locura, me ha enseñado mucho: es una pequeña obra de arte, considerada como tarea intelectual menor.”
Émile, que no José Enrique, es hijo de un tiempo intensamente vivido y escasamente comprendido en el que fue posible una conciencia de resistencia cultural y cívica, y en el que estaba vetado medrar en torno a negocios que conculcan leyes.
Hoy, José Enrique Martínez, que no Émile, practica el pensamiento libertario, camino del anarquismo.

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