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José Antonio Baños (foto de Jesús Martínez)

José Antonio Baños (foto de Jesús Martínez)

    AUTOR
José Antonio Baños

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Totana, (Murcia, España), 1948

    BREVE CURRICULUM
Licenciado en Filología Hispánica y profesor retirado de lengua y literatura española. Es autor de La profundidad del acantilado y Diario inacabado




Opinión/Entrevista
Como el toro: entrevista a José Antonio Baños, autor de El árbol seco
Por Jesús Martínez, lunes, 02 de noviembre de 2009
Como el toro, José Antonio Baños, un toro cabrero de la alfarería murciana (Totana, 1948), empezó una clase que con el desconsuelo de los actos inútiles se preveía de enojos fútiles y teorizaciones casquivanas por los impúdicos enredos. José Antonio Baños, profesor de primaria del colegio Pau Casals, en Horta-Guinardó (Barcelona), había entrado en el aula minutos antes que la treintena de alumnos de entre 12 y 14 años, para tenerlos vigilados como David Hasselhoff peinaba las olas en busca de tiburones y esguinces. El curso de 1973-1974 se había iniciado con el conveniente secuestro de algún boletín trimestral. La censura, el parasitismo funcionarial, la escuadra mora a caballo y el férreo control gubernamental cubrían la dictadura con un mantón de ofensas y reproches. El pan de cada día.
Los chavales de los setenta, con el flequillo de José María Tasso, los pantalones verdinegros de pana y parches en las rodillas, cargaban de camino al colegio una cartera como la silla de montar de una yegua de Sanlúcar de Barrameda.
Otras glorias estrípers se publicarían luego en las portadas de Interviú, pero aquel año los jóvenes se ponían con Amparo Muñoz, y con ese descaro y con mucha timidez llegaban a la escuela, mansos ante los bedeles que no les quitaban ojo, con la bizarría de los ujieres de cámara.
José Antonio Baños, el toro, sentado en su mesa sin tachaduras, el trono de un edificio recientemente inaugurado, abrió el libro de lengua y literatura españolas por los poemas de los perdedores que a él más le entusiasmaban. Como el toro se levantó, anduvo con los tacones bajos de sus zapatos de puntera floreada y cuero natural, y se entretuvo mientras observaba a las señoras que llevaban las bolsas de la compra y su alma a cuestas.
Juan, ese día, esa clase, esa hora, no dijo esta boca es mía. Normalmente envalentonaba al grupo, dispuesto a la algarada más que a la algarabía, con sus salidas de tono retro y sus plantes de Escipión.
Raquel, mudita, diamantina en sus comentarios, de corazón púrpura, colocó el codo derecho en el ángulo inferior izquierdo de la mesa, y su peso de artifara mostraba bien marcados los pezones como dos isobaras.
Y Manolo, con el papel de estraza grasiento por el bocadillo de sardinas, bostezaba, como solía bostezar por las mañanas. Su padre, paleta, le levantaba sin querer cuando madrugaba para ir al tajo. Dormían en la misma habitación de la barraca.
Leyó el toro José Antonio Baños, y leyó con esta pequeña aclaración introductoria: “Voy a leeros una poesía de Miguel Hernández, un escritor que luchó en la guerra con la palabra, y a quien mataron. Se titula: Como el toro he nacido para el luto. Se trata de un soneto... ¿Alguien me puede decir de cuántos versos consta un soneto?”.
Rosaura, con los ojos bizcos y ardorosos del color de la grosella, enfermiza y demacrada por la cortedad de sus alimentos, acertó, y eso le hizo sentir especial: “Son 14 versos, profesor –y no se abstuvo de añadir, sabihonda--: dos cuartetos y dos tercetos”.
—Muy bien, Rosaura, comienza tú.

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

La clase escuchó la voz carrasposa y aniñada de una chica que empezaba a desarrollarse como mujer. Un toro enlutado sin duda era un toro muy negro, más negro de lo habitual en un toro. Ellos no entendían muy bien, pero, callados, continuaron leyendo lo que otros compañeros verbalizaban por el mandato divino del profesor, el toro.
—Sigue tú, Juan.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.


Juan bebía los vientos por Raquel, en sí una tormenta tropical tan catastrófica como el Ketsana. Y porque nunca había sabido expresarse con las palabras adecuadas, convencido de meter la gamba como sus padres manchegos siempre le tenían dicho, descubrió en estos términos desmadejados, a los que no encontraba sentido, lo que él sentía, la furia de su amor y el arrebato de su inmenso cariño que se desvivía por ser correspondido.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro
.

El toro José Antonio Baños recuerda aquella clase porque el silencio embargó el aula, y los bolígrafos no se convirtieron en improvisadas cerbatanas, y las hojas anilladas de sus cuadernos de garabatos dalinianos no volaron por el cielo con la forma de un avión ligero. Más de 30 años después, cuando justo ayer se jubiló, aún la recuerda con un ai al coll: “Los niños entendieron el poema perfectamente. No tuve que llamar la atención a nadie. Atendían, se interesaban, estaban inquietos: ¿cómo una persona podía decir tantas cosas sólo con el lenguaje?”.
José Antonio sangra por las heridas que los pocos libros editados de Miguel Hernández llenan su biblioteca. Actualmente, lo ha superado, aunque le profesa un enorme respeto. Esta mañana lee a Marguerite Yourcenar en Con los ojos abiertos, y siente que es un trampa en la que ha caído como Alonso se ha estrellado en el circuito de Singapur. “¡Qué mujer, cuánto saber!”
Cuando se le pregunta por su vida, inclina la cabeza, como el toro, con el resquicio de la disensión de Saramago en la opinión que se niega a dar, y como su vida, como el toro, es larga, aprieta, templa y manda: “Intentaré resumírtela. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Tenía 18 años, a los 18 años lo hice todo: a los 18 años acabé la carrera de magisterio, a los 18 años aprobé las oposiciones, y a los 18 años me vine a Barcelona”, precisa, y compendia en tres minutos la decisión más trascendental de su lata existencia. “Yo le dije a mis padres que quería estudiar Filosofía y Letras en Salamanca. Me dijeron que la economía no daba para eso. Recuerdo que mi madre me recomendó que me buscara una carrera cortita en Murcia, y que luego estudiara lo que me diera la gana. Y le hice caso.”
Tan a pecho se tomó el convenio que firmó con su madre que en Barcelona, cuando llegó en 1966, se matricularía en Filología Hispánica, “lo que realmente me gustaba”. Apreciaba la literatura tanto o más que la libertad, porque una con la otra andaban de la mano, y porque en los clásicos averiguaba qué era lo que la dictadura tanto temía. “La Celestina y el Libro de buen amor se prohibieron por lascivas, y no te digo nada de Fuenteovejuna, la épica de un pueblo que se subleva contra la opresión…”
En la Barcelona de las aceitunas en los chiringuitos de la playa, José Antonio dio las vueltas de un tiovivo, de instituto en instituto, y no hallaba el centro en el que reposar su culo de mal asiento: “El curso 1968-1969 lo impartí en el Colegio Nacional Francisco Franco, en el barrio de la Salut de Badalona, que era como estar en Andalucía, y en el que los maestros daban clase a los niños, y las maestras, a las niñas. Luego estuve un año en Ciutat Meridiana, en Horta-Guinardó. Finalmente, recalé en el colegio Pau Casals, en el que introduje en los comentarios estilísticos a autores vilipendiados, como Federico García Lorca y Miguel Hernández; y fui uno de los primeros en dar a conocer la obra de Mario Vargas Llosa, que empezaba a dar leña”.

El escritor José Antonio Baños es gay. Hoy no es nada excepcional, pero salir del armario entre milicos, en las cavernas del franquismo, era como pedir a gritos que te fusilasen. La homosexualidad ha sido su tema recurrente, el motivo principal de tres de los cuatro libros que ha publicado: La profundidad del acantilado, Diario inacabado y su novedad, El árbol seco, sobre cómo vive la tercera edad su condición sexual, a quienes bajo el Régimen de represión tachaban de invertidos. “El personaje principal de El árbol seco, Benigno, el prota, de 63 años, es un trasunto mío. Y su pareja antagonista es Rodrigo, un chico la mitad de joven. Lo más interesante es el debate teórico entre los dos. Este libro me ha servido de terapia, porque cuento mi propia experiencia y la experiencia de colegas que se han casado para cubrir las apariencias y que han hipotecado su vida afectiva”, reprocha José Antonio, el toro, quien, como el toro, acomete contra la “marginación subterránea” que hace que aún hoy te insulten con un “¡mariconazo!”. “Por eso, mi siguiente libro, que estoy preparando, y que aún no tiene título, es un ensayo crítico sobre la literatura homoerótica de la Antigüedad: Píndaro, Safo, Teócrito…, para hacer ver que lo que unos consideran una enfermedad, es una fuente de acción.” Como el toro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro
.
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