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Miguel Rubio

Miguel Rubio

    AUTOR ENTREVISTADO
Miguel Rubio

    LUGAR DE NACIMIENTO
Madrid

    BREVE CURRICULUM
Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, y Diplomado en Trabajo Social por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado durante más de una década con el colectivo de personas sin hogar. Recientemente ha publicado una investigación sobre inmigración en la Comunidad de Madrid y varios artículos sobre intervención social. Es aficionado a la novela negra, el cine, la música y el boxeo. Ésta es su primera novela




Opinión/Entrevista
Entrevista al sociólogo y trabajador social Miguel Rubio, autor de Ahora que estamos muertos
Por Jesús Martínez, miércoles, 01 de julio de 2009
PUTA HEROÍNA. Ahora que estamos muertos vamos a liarnos unos petas, tomarnos unos lingotazos y pillarnos un cebollón. Qué se puede esperar de un librillo con la portada verde del INEM. Qué se puede esperar de un librillo que casca con las letras de Calamaro (“alguien fuma en el cajero”), rasgadas ya en la coronilla del primer capítulo, roto por esta frase que yo también siento: “¡Joder, qué puto frío!”. La primera novela del ex trabajador del albergue de San Isidro de Madrid Miguel Rubio (Madrid, “siempre me quito años. Pongamos casi 40”) se titula Ahora que estamos muertos (Ediciones Carena), escrita en el invierno de 2001, y abandonada a la fuerza durante siete años, el tiempo suficiente para que reposara en el cajón, “como el buen vino”.
El libro de Rubio trata sobre los indigentes de Madrid, pilláos, chungos, purria, en la cuerda floja de Philippe Petit, el equilibrista de Man on wire. A quienes no se los llevó la puta heroína, les mató las apuestas en el póquer, timbas desquiciadas en las que se ponía sobre el tapete a la madre, el piso y la pensión; y a quienes no repudió la familia se los tragó la máquina del Limón-Limón-Cereza. “Esta es la historia de unos tíos que viven en la calle, es un homenaje a los implicados, es el contacto directo con la miseria.” El círculo “mágico, negro y duro” de esta novela con vocación de ensayo transcurre en un solo día, como el Boomsday del Ulises de Joyce.

Miguel Rubio se flipó, quería ser músico. Ex componente de Treze (“nací un 13 de diciembre”), una cueva pura de rock, como la de Tequila, los Trogloditas y Burning: “Adoro el soul y el blues, y el viejo rock. ¡El 21 de julio voy al concierto de los Eagles!”. Las dos maquetas que grabó circulan entre los coleguis. “En la novela hay guiños, ellos lo saben.”

Ahora que estamos muertos vamos a contar un cuento.

Alguien fuma en el cajero y sueña que tiene la televisión prendida.
—Al final de una de las presentaciones del libro en Madrid, una mujer se me acercó y me dijo: “Por primera vez me he fijado en la gente que está tirada en la calle”.
Miguel Rubio, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología, es un currele que empezó su historia laboral como Sacarinos: “Con 14 años, me coloqué de botones en una empresa. Les hacía los recados. Luego he sido cartero, dijey, administrativo..., de todo un poco, macho”. Lector voraz y desordenado de lo que cae en sus manos, siente predilección por la novela negra (Block, Highsmith, McBain, Thompson, Chandler), y aún le ha de dar una patada en los huevos al profesor que le aconsejó a su madre: “Este niño mejor que se ponga a trabajar, no vale”. Le den.

Qué triste cuando se apaga la vida durmiendo en la calle.
—Voy al gimnasio y me lío a puñetazos con un notario.
Miguel Rubio, peso medio, practica el boxeo por disciplina: “Es un deporte completo. Los golpes de boxeo salen de los pies”. En el ring le pega, le mete la del pulpo, baila el fox trot. Cuando descansa, le da vueltas a la chota, hasta que le patina la mandarina y la castaña se le va. Se ralla con la misma mierda de siempre: “En la pobreza hay mucha hipocresía. Nos dan pena los indigentes cuando salen en la tele, pero no les queremos cerca de nuestro portal. Por otro lado, los servicios sociales hacen agua por todas partes. No entiendo que algunos acogidos lleven 30 años viviendo en un albergue. El efecto perverso de estos centros es que cuanto más tiempo pasas en ellos, más difícil te resulta salir y volver arriba”, se desahoga Miguel, rebotado por las injusticias de cada día. “En cierto modo, por eso tenía la inquietud de escribir esta historia”.

En un hotel de mil estrellas y con mil recuerdos de única compañía.
—Me descojonaba con las personas sin hogar.
En el tajo, Miguel y sus compañeros desarrollaron un humor negro delicioso, ideal para combatir las peores situaciones de las que sudaba todo el mundo, e ideal para combatir ese puto frío: “Quería escribir la cara oculta de la Movida madrileña, que no era sólo el colorín de Almodóvar y sus presentaciones de Pegamoides, sino también Los Chichos, Los Chunguitos y la heroína”. El puto caballo: “Lo vi. Hubo una generación entera masacrada”.

El mundo está lleno de fantasmas durmiendo en la calle cerca de tu casa.
—A los sin hogar se les trata como tontos.
Se considera Miguel un tipo con principios, serio y riguroso, exigente consigo mismo. “Les hablo de frente. A los sin techo, que antes recibían el nombre de carrilanos –los que iban por el carril–, no se les van a acabar los problemas por muchos bocadillos que les repartan. Son personas que sufren una desestructuración interna que requiere respuestas mucho más complejas. Se ha de invertir en medios técnicos, materiales y humanos, capacitar a profesionales que les hagan ver a muchos que si no están dispuestos a dejar la droga, no podrán salir del hoyo”, insiste Miguel, un hombre de la noche con alergia al sol, por el amor que le dispensa a unas gafas de sol con las que pretende pasar de incógnito en las Ramblas barcelonesas, escondido entre la multitud de Sant Jordi, entre capullos a quienes los apestosos vagabundos, los perracos de la calle, se la pelan. “Yo quería explicar el recorrido invisible de las personas sin hogar, ese carrusel de los bocatas de las monjas, de los comedores populares... Pero si por mí fuera, una vez escrito, desaparecería con un escueto: “Ahí tenéis, me largo”.”

Uno que pateó el tablero, otro que sueña con las mejores bebidas.
—Creo en la historia que he escrito.
Retocó los diálogos, los pulió, los afiló, y le dejó un borrador a una profesora de Universidad, que le alentó con los brazos abiertos: “Es buenísimo, mándalo a las editoriales”.
Se fue a la fotocopistería, encargó nueve juegos, los grapó, los metió en sendos sobres, y esperó, manteniendo su estómago caliente con los shawarmas de los badulaques. A las tres semanas le llamó el editor José Membrive, y le hizo uno de los hombres más felices del mundo: “Me da buenas vibraciones. Lo edito”.

En el cielo las estrellas y toda la frente adornada con espinas.
—Pillamos un ciego hablando de la novela.
En una de las tres presentaciones de Ahora que estamos muertos que Miguel ha hecho en Madrid, el cineasta José Manuel González, director de El hombre de arena, asistió como ponente. Alguien le preguntó: “¿Para cuándo una película?”.
A la semana, José Manuel le escribió un correo electrónico que jamás será borrado: “He leído dos veces el libro, mi mujer también. ¡Qué cojones, adelante!”.
Autor y director se citaron en un antro regentado por chinolis: “Quedamos para unas cervezas y me pone el borrador de la película encima de la mesa”. A partir de ahí, más tapas, más cañas, más ganas de ir a mearla. Miguel Rubio, con el punto, ha quedado contentillo: “Estamos trabajando juntos en el guión. José Manuel pretende ser superfiel a la novela con los diálogos y los flashbacks de los protagonistas. Aún no hay nada firmado. Veremos en qué queda todo”

La noche está llena de tristeza durmiendo en la calle cerca de mi casa.
—Creo en los miserables.
Miguel Rubio nombra a su tocayo Unamuno para insuflarse ánimos, antes y después de cargar su furia contra el saco de la lona, el mosqueo que le despabila, la misma sensación de los noventayochistas que perdieron Cuba y que no se rajaban, pero que sentían que algo iba asquerosamente mal. No se calla la boca: “Hemos pasado de ser un país con boina a creernos el centro del mundo, pero España sigue siendo un lugar de incógnitas, caspa y envidias”.

La noche está llena de tristeza.
—¡Joder, qué puto frío!
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